Home || Ciencia y tecnología || El espacio personal, el territorio propio y la voz

El espacio personal, el territorio propio y la voz

Espacio.

José Luis Díaz Gómez


Mente y Cuerpo

Imagen: VICE.

sábado 14 de septiembre de 2019

El espacio peripersonal rodea al cuerpo humano; es un ámbito objetivo centrado en el cuerpo y también es la representación mental de la zona en la que el sujeto opera directamente, es decir, donde utiliza los objetos e interactúa con otras personas. Es un área graduada afectivamente en referencia al nivel de conocimiento, aceptación o rechazo que el sujeto tenga con sus prójimos. El espacio íntimo tiene un significado defensivo, manifestado por un límite de seguridad entre los 20 y los 40 cm. Cuando esta frontera se traspasa por alguien fuera del círculo de confianza, el sujeto se siente amenazado e invadido en su terreno propio. Si bien este espacio defensivo debe tener una larga raíz evolutiva, se manifiesta individualmente de acuerdo con rasgos de la personalidad y varía según el estado de calma o ansiedad.

El espacio peripersonal.

El espacio peripersonal (sombreado oscuro) es en el que el sujeto puede manipular su entorno, el espacio extrapersonal, el que puede percibir pero no puede manipular directamente (tomada de Cléry, et al. 2014).

El conocido antropólogo estadounidense Edward T. Hall propuso una herramienta llamada “proxémica” para el estudio de las distancias entre diversas criaturas de alguna especie gregaria. En el caso de humanos consideró que hay cuatro distancias sociales. La más cercana corresponde a la ya mencionada, de unos 45 cm y que es la más personal e íntima, pues facilita los contactos físicos y expresa seguridad y confianza. Dice Hall:

Cada organismo, sin importar qué tan simple o complejo, tiene a su alrededor una burbuja sagrada de espacio, un pedazo móvil de territorialidad a la que sólo pueden penetrar unos cuantos organismos y únicamente por periodos de tiempo cortos”. (Traducción mía).

Entre los 45 y los 120 cm ocurren comunicaciones vocales y menos contactos físicos, es un espacio interpersonal. Hasta los 3.5 metros los sujetos pueden interactuar visual y auditivamente con facilidad, pero sin intimidad; Hall lo llama el espacio consultivo. Finalmente está la zona que abarca lo visible y audible; el amplio espacio de convivencia social que ocurre en las congregaciones, espectáculos, conferencias, rituales religiosos y demás.

Zonas de proximidad.

Zonas de proximidad o cercanía al sujeto según Eduard T. Hall (tomada de Wikimedia).

En la representación mental del espacio peripersonal convergen varios sistemas sensoriales: lo que se ve, se escucha, se palpa, se huele o se saborea integra una noción unitaria y global sobre el perímetro corporal. Estos procesos coordinados facilitan que la atención se centre en sitios relevantes del espacio cercano y la persona responda a las demandas de la tarea o a las exigencias del medio inmediato. Concretamente, las señales visuales y táctiles convergen en varias regiones del cerebro y se combinan para posibilitar las interacciones apropiadas con el espacio que ronda al cuerpo. Los vínculos que enlazan lo que se ve con lo que toca y manipula son fundamentales en la representación espacial y las zonas parietales y frontales de la corteza cerebral, las cuales enlazan las zonas visuales y táctiles siendo cruciales para la correcta elaboración del espacio cercano al cuerpo. Tales representaciones mentales del espacio contiguo están centradas en la cabeza, el tronco y las manos, zonas esenciales para guiar sensorialmente a la acción con los objetos y las criaturas alrededor.

El cerebro de los primates y de los humanos construye representaciones múltiples y modificables del espacio que rodea el cuerpo y en el que los objetos pueden ser agarrados y manipulados. Se trata entonces del espacio alcanzable, un concepto útil para comprender el entorno peripersonal, pues el uso de herramientas modifica transitoriamente la zona operativa de una manera funcional y pre-reflexiva. Lo pre-reflexivo quiere decir que no es necesario pensar directamente en las sensaciones, las acciones y las representaciones que definen el ámbito inmediato, sino que sencillamente entran en operación y se van depurando mediante un aprendizaje sensorio motor y conforme se adquieren diferentes destrezas. Sin duda este aprendizaje moldea la conciencia corporal, en especial la que se refiere a las capacidades de acción del organismo.

La voz es un importante dispositivo que opera desde el espacio íntimo al comunitario, pues constituye una extensión del cuerpo que hace al emisor figurar, comparecer y revelarse a sus escuchas. La voz establece un vínculo de la persona individual con su entorno y con el oyente, pues tal y como lo proclamaba el bolero “Tu voz” del compositor cubano Ramón Cabrera: “tu voz se adentró en mi ser y la tengo presa.” La versión de Celia Cruz y la Sonora Matancera de este bolero fue muy popular desde 1952 en toda Hispanoamérica. A esta afortunada metáfora caribeña habría que agregar la no menos sugerente del escritor francés Daniel Pennac, nacido en Marruecos: “Nuestra voz es la música que hace el viento al atravesar nuestro cuerpo”, aunque habría que estipular que el instrumento orolaríngeo que produce la voz está tañido por la persona en carne propia. En efecto, la voz es una extensión de la presencia corporal, no sólo porque faculta el reconocimiento del emisor por su timbre único, sino porque revela su estado afectivo por sus tonos y demás elementos pragmáticos. Si bien múltiples especies animales emiten conductas sonoras que comunican diversos estados internos, los ancestros humanos aprovecharon la versatilidad expresiva de la voz para construir con ella la comunicación simbólica. Desde esa formidable adquisición, la voz da cuerpo sonoro al lenguaje y los humanos dependemos de ella para informar, persuadir, vituperar y en general enlazar con otras personas. Recordemos que la etimología de la palabra “persona” se suele referir a la máscara usada por los actores del teatro griego clásico, pero se debe agregar que la máscara era usada para proyectar la voz: per-sonare, en latín.

Celia Cruz.

Izquierda: La “flamboyante” Celia Cruz, cantante de la Sonora Matancera y de la canción “Tu voz” con letra de Ramón Cabrera. Derecha: Etimología de “persona”: per-sonare: “sonar a través” de la máscara usada en el teatro clásico giego para amplificar la voz del actor (tomada de: http://lavisionperifericadepilarcortiguera.blogspot.com/2017/08/per-sona.html).

El tema es relevante a la relación entre el yo y el mundo porque la voz es la expresión personal más asociada a una voluntad personal y particular: el empeño o la necesidad de comunicar cuanto ocurre en la conciencia. Es así que el enunciado vocal tiene dos polos: por un lado, sus fuentes internas y subjetivas, como son las motivaciones para comunicar algo y el pensamiento que las deletrea, y por el otro, sus efectos externos y objetivos que son el motivo de la expresión oral. Viene a cuento el verso de Blas de Otero: “aquí os dejo mi voz escrita en castellano” en el que se distinguen la voz y la escritura, una voz poética que va más allá o está más acá de las palabras. La “voz poética” es un afortunado concepto de la crítica literaria que en un sentido se refiere al ritmo y tono que transmiten emociones, figuras o imágenes en un poema y en conjunto identifican el estilo particular de un poeta que ha logrado una expresión o “voz” propia. Pero hay otro sentido de la voz poética y es el narrador implícito del verso y que no necesariamente coincide con su autor, una especie de personaje virtual que expresa las palabras y plantea una duplicidad fascinante en la conciencia de sí del poeta.

En este punto llegamos al pórtico del siguiente tema de la autoconciencia, el que se refiere a la agencia, la capacidad del individuo humano de actuar de forma voluntaria; de emprender las acciones necesarias para lograr sus objetivos.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Tu opinión es importante

Su dirección de correo electrónico no será publicada.Los campos necesarios están marcados *

*

Sobre José Luis Díaz Gómez

José Luis Díaz Gómez
Se graduó de médico cirujano en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) en 1967 con una tesis dirigida por el Prof. Dionisio Nieto quien fue su principal maestro. En esta misma universidad y año emprendió una carrera académica como investigador de tiempo completo que continúa. A principios de los años 70 amplió su entrenamiento como investigador asociado en los Laboratorios de Investigación Psiquiátrica de la Universidad de Harvard y del Hospital General de Massachusetts en Boston, E.U.A a cargo del Prof. Seymour S. Kety. Se ha dedicado a la psicobiología y la neurociencia cognitiva. Sus estudios han incluido la interdisciplinariedad: la neuroquímica, la psicofarmacología, el problema mente-cuerpo, la naturaleza de la conciencia, las emociones y la epistemología. Es investigador titular “C” en el Departamento de Historia y Filosofía de la Medicina de la Facultad de Medicina de la UNAM. Pertenece a la Academia Mexicana de la Lengua, electo desde el 2013, para ocupar la silla VI.