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Sismo del 19 de septiembre: la visión de un brigadista

brigadista
Anécdota de un brigadista voluntario en una de las zonas de derrumbe en la CDMX/Imagen: El Semanario

miércoles 19 de septiembre de 2018

Fue hace ya un año que un terrible sismo sacudió a la Ciudad de México y algunos estados del país; y aunque eso ya había pasado hace tiempo, 32 años para ser exactos, nunca olvidaré la experiencia vivida.

 

Ciudad de México .- Todas las fuentes de información hablaban sobre el sismo que sacudió a la capital del país, la cifra de personas que perdieron la vida iba aumentando al pasar de las horas.

Se veían imágenes y videos, característicos de la era digital actual, que daban testimonio de los hechos ocurridos, personas desaparecidas y otras que perdieron su patrimonio, México estaba de luto y con profunda tristeza.

Pero lo que más recuerdo es el ambiente sombrío y los pocos ánimos de las personas para realizar sus labores, cual fuese el lugar que frecuentaba, el tema era la tragedia, por lo que era importante hacer algo al respecto. Había logrado ver que los jóvenes habían encontrado una forma de ayudar, la cual era ir directamente a una zona de desastre y retirar escombros, colocar campamentos, cargar vivieres o cualquier la actividad que implicara que México se levantara de nuevo.

En ese momento descubrí que podía hacer algo por el país que en muchas ocasiones he criticado pero que en esos momentos necesitaba mi ayuda. Así que atendiendo a las recomendaciones que se emitían para los brigadistas voluntarios, compre un casco de construcción, un chaleco y guantes de carnaza, artículos que recuerdo me fue complicado conseguir debido a que otras personas también habían tomado la iniciativa de ayudar y por ende habían comprado con anterioridad.

Fui entonces de noche, hora en la que más se decía que necesitaban ayuda, pues la participación ciudadana era más diurna y en la madrugada casi no había elementos de apoyo.

Al dirigirme con los encargados del lugar, noté que muchos ya estaban organizados, las donaciones estaban en el lugar respectivo, los víveres se encaminaban a campamentos aledaños y cada uno sabía sus actividades y los que no, recibían una pequeña capacitación de lo que había que hacer.

Fue entonces que al llegar, una chica que tendría la misma edad que yo, me recibió y notó que tenía todo lo necesario para unirme a una brigada que partiría en 20 minutos hacía la llamada zona cero. Ella me indicó que antes de irme con ellos debía escribir en mi brazo mi nombre y número de contacto en caso de que algo malo sucediera, posteriormente me uní al grupo de voluntarios que esperaban también aportar su grano de arena a la causa.

Algunos iban en grupos, amigos que seguramente estudiaban juntos, otros más en solitario que consultaban su teléfono o llamaban a sus familiares y seres queridos para informales sus actividades de las próximas horas. Después de un rato, llegaron unas personas que parecía estaban a cargo de las brigadas y nos dijeron que había un puesto de vacunación en donde podían inyectarnos contra el tétanos, medida de seguridad muy importante dada la situación y actividades en las que estaríamos. Así mismo, nos dijeron que había un grupo de psicólogos voluntarios que podían ayudarnos a entender y afrontar la situación por la que estaba pasando el país, “no sientan pena de tomar la ayuda” decía uno de ellos.

Después de un rato de esperar a que más personas se unieran a la brigada, llego el momento de montar filas y encaminarse hacía la Zona Cero. Entre aplausos, palabras de motivación y gritos de autoría, la brigada 43 avanzó a suplir a quienes estaban desde varias horas antes. En el camino nocturno, muchos hablaban de la experiencia vivida en otros puntos de apoyo similar, otros más de lo que habían escuchado en las noticias de las personas afectadas y unos más entonaban la canción de “México Lindo y Querido” uniendo voces a melodía.

Al pasar por las calles, veíamos a pequeños grupos de personas que volvían después de sus jornadas, quienes fueron despedidos con aplausos y palabras de agradecimiento, o también de gritos que repetían el nombre del país del que provenían.

Al llegar a la zona, se nos informo la situación actual, un edificio había colapsado, se decía que podían haber aun personas con vida y la idea era retirar escombros, ya fuera en las filas de “botes” (hileras de hombres que pasaban de mano en mano botes de pintura llenos con escombros) o en las filas de carretillas; además nos comentaron que para el caso de las mujeres había una fila en las que ellas devolvían los botes que se hubiesen vaciado para volverlos a llenar posteriormente.

Se nos explicó además las señales que se hacían con las manos y utilizaríamos durante nuestra estadía ahí, la primera de ellas era el puño derecho levantado que indicaba silencio, pues podría haber alguien con vida entre los escombros, otra que siempre seguía de la anterior era la mano que daba giros con el dedo índice levantado que indicaba seguir trabajando.

Otra señal era levantar la mano con la palma abierta que indicaba un alto total de las actividades, pero en la que no era necesario guardar silencio; otra que consistía en levantar los dos puños significaba que se había encontrado a una persona.

Posteriormente se aseguraron de que las todos estuviéramos correctamente equipados y con nuestros datos en el brazo, agregando además la hora en la que estábamos entrando (20:52 horas).

Colocados en tres filas, a cada uno nos iban dirigiendo a las unidades que se nos asignaban, una fila para las mujeres que suplirían a sus compañeras, otra para los hombres que cargarían los botes de escombros y una más para los que estaríamos en las carretillas, ya que nosotros habíamos llevado, coincidentemente, zapatos con casquillo que podían protegernos de algún material pesado que pudiera caer al piso.

Algo que recuerdo muy bien fue los varios momentos en que la señal de silencio se hacía presente en el lugar, en ese momento todas las maquinarias se apagaban, las luces de las plantas móviles se apagaban y todos guardaban silencio a excepción de algunos murmullos muy bajos para escucharse en no mas de dos o tres personas.

Las personas en ese momento solo podían esperar dos cosas: haber encontrado una persona con vida o si ella, y la otra era reanudar las actividades. En muchas ocasiones los silencios eran muy prolongados y se sentía un ambiente de incertidumbre sobre las especulaciones que cada uno hacía para sus adentros.

Una vez reanudas las actividades, en la parte de carretillas, todos esperábamos el momento de llegar al frente de la fila para así poder estar en as faldas del edifico colapsado y que nuestro vehículo fuera llenado, para después trasladarlo con sumo cuidado a la zona de camiones que recogían los escombros.

En ciertos momentos, se hacía un llamado a quienes tuvieran conocimientos de carpintería y pudieran auxiliar en la acomodación de polines que evitarían que una pared o techo cayera encima de los brigadistas y voluntarios.

Otro hecho que llamaba mucho mi atención era la cantidad de bebidas hidratantes, alimentos y golosinas que circulaban por todo el lugar, sándwiches, tortas, aguas y dulces eran ofrecidos a todos los voluntarios que estaban ahí, ello para que pudieran seguir con las actividades que se les había encomendado y que no sufrieran una descompensación.

Y así trascurría el tiempo, se había hecho ya una camaradería entre los diversos grupos, muchas nuevas amistades que compartían risas, anécdotas y un fin en común, ayudar a México.

Pero todo se apagó en un momento de suma tristeza, se hizo presenta la señal de silencio, se apagaron las luces, las personas estuvieron calladas, los especialistas de protección civil, ejercito y brigadistas corrían al llamado de que algo había pasado.

Más de una hora fue el silencio, perros brigadistas habían llegado al lugar y se había acordonado las orillas de la calle para que una ambulancia pudiera pasar, la única luz roja y azul que se veía en la calle que poco a poco se acercaba a edificio colapsado.

Entre rumores, se decía que habían encontrado un cuerpo sin vida, otros más decían que un elemento de seguridad había fallecido, pero en cualquier caso era un momento de profunda tristeza para todos, aunque hasta la fecha no tenga la certeza de que fue lo que sucedió esa noche.

Mucho tiempo entre penumbras transcurrió, hasta que algunos médicos y elementos de seguridad pidieron a todos aquellos jóvenes voluntarios que se retiraran del lugar, que la “extracción” tardaría mucho tiempo (tres horas decían algunos) y era mejor que cada quien volviera después a seguir ayudando.

Una vez emitidas las ordenes, nos dirigimos al campamento de entrada, donde parecía que no se detenía la actividad pese a las altas horas de la madrugada en las que nos encontrábamos (4:38 horas).

Ahí había aun puestos que seguían recibiendo víveres, artículos de donación para brigadistas y se organizaban todo con lo que ya se contaba.

Había también un restaurante que había sacado varias de sus mesas a la calle y que ofrecía comida caliente a los voluntarios, que con gran ánimo tomaban los guisos, fruta y bebidas que se les antojaba.

Algunos de los voluntarios, después haber comido, fumado un cigarrillo y descansado, decidieron permanecer en el campamento a la espera de poder volver a entrar y ayudar de nueva cuenta, otros más habían optado por ir a sus casas a descansar y volver a ese lugar o algún otro en que pudieran necesitar ayuda.

Cual fuere la decisión, en nuestros corazones, todos sabíamos que eso no pararía en unos días, tomaría tiempo para que todo estuviera mejor, pero lo que sí era seguro, era que a pesar de las diferencias momentáneas entre las personas, en tiempos de calamidad y necesidad, podemos ayudar a quien más lo necesita, ya sea poca o mucha la ayuda, los mexicanos pueden contar con su pueblo, así como lo señala un fragmento del Himno Nacional: “piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo, un soldado en cada hijo te dio”.

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