Hoy quiero compartir con ustedes una reflexión sobre dos retos que, entre muchos, se nos presentan en estos momentos de crisis. El primero tiene que ver con una situación de carácter estructural que como sociedad hemos padecido desde tiempos remotos. El segundo resulta de la respuesta que como individuos podemos tener frente a escenarios críticos.
1. El fin del mundo en un país desigual
El primer reto se nos presenta por la desigualdad en la que como país vivimos. He aquí imágenes contrastantes que nos hablan de ello.
En un puesto de tianguis de algún rincón del país se lee “Seguiremos atendiendo hasta que el coronavirus nos mate”; en una calle de la Ciudad de México el señor que recoge la basura le dice a un vigilante “¿tú qué prefieres: morirte de hambre o de la enfermedad?”; mientras, en un pueblo distante, internado en la sierra, los habitantes aún no se enteran de la emergencia sanitaria que azota al mundo. Estas imágenes contrastan con aquellas que, en días previos, vimos en supermercados de las grandes ciudades mexicanas donde se agotó el papel de baño y los productos antisépticos y de limpieza.

Así es México. Un país con realidades contrastantes donde miles pueden correr a comprar todo aquello para “el fin del mundo”, pero también un país donde millones viven al día porque para ellos diariamente es el fin del mundo. Vivimos en un país donde la mitad de la población sobrevive en un fin del mundo cotidiano; y, ahora, con la crisis sanitaria que nos ha traído el COVID-19, vivimos frente al temor de una pandemia que en la mente de muchos se asemeja a un inminente fin del mundo.
Esta situación nos muestra la realidad de México, un país que dentro del 25% con mayores niveles de desigualdad en el mundo alberga al hombre más rico de América Latina junto con más de 50 millones de personas pobres (Oxfam). Es decir, un país donde 52.4 millones de mexicanos viven en pobreza: 41.9% de la población nacional; 9.3 millones se mantienen en pobreza extrema, lo que equivale al 7.4% del total nacional; mientras que 28 millones de personas, 22.4% del total nacional, tienen carencia alimentaria (Coneval, 2018).
Sin duda, esta situación se nos presenta como un reto el cual, lamentablemente, no podremos atender si no es con acciones compensatorias de gobierno, empresa y sociedad, las cuales procuren a quienes menores oportunidades tienen para hacer una cuarentena y, con ello, librarse del contagio masivo, no tener que salir a las calles a ganarse el pan de cada día. Una acción compensatoria podría ser que los empresarios permitan a sus trabajadores no asistir con goce de sueldo durante un mes –o el tiempo que dure la fase de mayor contagio–. Otra opción es que quienes tenemos empleados en nuestros hogares hagamos lo mismo: que dejen de asistir con el pago correspondiente. Asimismo, el gobierno tendría que pagar, a quienes no tienen un empleo formal, por el trabajo que no realizarán durante el tiempo que dure la emergencia sanitaria.

2. Lo peor de nosotros mismos
Si bien las crisis pueden sacar lo mejor de nosotros mismos, tal como ocurrió en los sismos de 1985 y 2019, donde la solidaridad y la valentía de muchos permitieron ayudar a quienes más lo necesitaban; también los escenarios críticos pueden sacar lo peor de nosotros. Para ilustrar esto presento dos situaciones en las que bien podemos encontrar correlatos en nuestras propias vidas.
Hace unos días se difundió en redes sociales la forma en que un hombre que se había contagiado de coronavirus y fue presa de discriminación en su propia residencia. Los vecinos del edificio donde habita rociaron cloro en su puerta y el personal de vigilancia no quería dar acceso a quienes intentaban llevarle víveres para pasar su cuarentena.
Otro ejemplo lo tenemos también en un vecindario donde la administración, siguiendo las recomendaciones del gobierno federal, cerró las zonas comunes y, entre ellas, las áreas de juego. Ahí, una niña de dos años, sin entender por qué si el sol brilla y los pájaros cantan, ella no puede entrar a jugar como siempre lo ha hecho. Su insistencia hace que momentáneamente entre a los columpios, pese a la reprimenda de su madre. Frente a ello una de las vecinas grita: “si pusieron la cinta es para que los niños no entren”.

Estas imágenes muestran cómo el temor y la intolerancia pueden hacer que las personas actúen irracionalmente y culpen a los enfermos, la inocencia infantil o la “irresponsabilidad” de los padres. Esta crisis hace que vecinos, quienes otrora se saludaban cordialmente, ahora se sientan amenazados por los demás. Si en momentos de crisis a veces podemos ponernos en el lugar de los otros, de los que sufren y padecen, para tratar de aliviar su pena con nuestra ayuda solidaria; también en escenarios críticos, sobre todo cuando nos sentimos amenazados, somos incapaces de sentir empatía para comprender la situación de los otros.
En suma, esta emergencia sanitaria nos dejará lecciones para tratar de convivir –con-los-otros– frente al riesgo y la amenaza, así como a comprender que nuestra riqueza y nuestras oportunidades pueden representar la pobreza y falta de oportunidades de otros, por lo que debemos procurar acciones individuales y colectivas que contribuyan a generar una justicia social en la que todos, medianamente, tengamos la misma posibilidad de vivir con dignidad.
Fuentes:
Coneval. Medición de la pobreza en México. 2018, disponible en https://bit.ly/2UCOttZ.
Oxfam, “México justo: Políticas públicas contra la desigualdad”, disponible en https://bit.ly/2JAS71q.
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