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Gobernados por lingüistas

posverdad

Carlos Azar Manzur


Ya merito

Foto: Ethic.

jueves 11 de octubre de 2018

Finalmente se firmó la renovación del Tratado de Libre Comercio. De acuerdo con los deseos narcisistas de los políticos, lo ideal, para ellos, hubiera sido alejarse de cualquier renovación y firmar uno nuevo. “Después de mí el diluvio”. Pero eso hubiera atentado contra las prisas del cambio de gobierno mexicano y de la incertidumbre de los resultados en las elecciones medias estadounidenses. Sin embargo, el discurso siempre nos otorga la posibilidad de anunciar nuestras victorias y más en la época de la posverdad. Donald Trump no sólo es el único ser en la tierra que no está enamorado de Trudeau (pero sí del presidente norcoreano) y observó la oportunidad de un nacimiento y decidió cambiarle el nombre al NAFTA (que nos hablaba de la referencia a un combustible que alimentara nuestro motor) y bautizarlo como USMCA. El presidente que ha logrado encontrar todas las posibilidades de la cacofonía y del caos, obsesionado con las palabras huge y amazing, alcanzó la débil capacidad poética de USMCA. Heidegger dijo que hemos nombrado tanto al mundo que ya perdió significado y pide acudir a los poetas, tan acostumbrados a encontrar nuevas formas, para nombrarlo de nuevo. A partir de esa petición, el lingüista Trump creó unas siglas que aluden, casi de pasada, a Village People y a su coreografía simple pero funcional. Bien dijo Nietzsche que al ser humano le encantaba el olor a establo.

village people

Coreografía de ‘YMCA’, ‘Saturday Night Live’ (NBC).

En consecuencia, Juan Carlos Baker, subsecretario de comercio exterior y responsable del equipo del gobierno mexicano frente al tratado, plantea una versión traducida y propone AMEC. Míster Baker coloca a México en primer lugar porque haber escogido a Canadá hubiera dado como resultado ACME (lo que evocaría al coyote -gran científico al que le fallaba la tecnología ACME- en su lucha contra el correcaminos). Lo que preocupa es el resultado: Acuerdo entre México, Estadosunidos y Canadá. Haber tachado la U del tradicional EU sigue un indicio lingüístico necesario: las contracciones. Para llegar a ellas se recurre a las figuras de dicción, principalmente de transformación y de omisión, siendo la más común la sinalefa, como en “al”, que sustituye “a el”. (Lamento tener que emplear terminología técnica especializada, pero, al ser gobernados por lingüistas, es preciso entrar a su lenguaje).

acme

El Coyote y El Correcaminos (Warner Brothers).

No conforme con los resultados arrojados, el presidente electo entró a la discusión. En un mensaje de Twitter pidió que el pueblo bueno interviniera en la elección del nombre. Ya sabemos que Andrés Manuel es un lingüista convencido. Enamorado de las palabras, es el responsable de haber recuperado algunas que teníamos olvidadas y devaluadas. De esta manera, colocó en nuestro vocabulario “espurio”, “gorgojo”, “chachalaca” y el más reciente “fifí”. Presa de un vuelo poético novedoso, lanzó en la red de los gorjeos tres propuestas: TEUMECA, T-MEC y NINGUNO DE ESTOS. En la propuesta del presidente electo surge un cambio necesario, borrar la A de Acuerdo por la T de Tratado. Sin embargo, las nuevas siglas parecen evocar remedios medicinales ante una enfermedad que no tiene cura, cocteles que detienen el avance del mal, pero no lo remedian. Afortunadamente, hay un tercer inciso. A riesgo de parecer fifí, ése es el que elegiría yo.

acuerdo comercial

Andrés Manuel López Obrador, Tlaxcala (Foto: Saúl Lopez/Cuartoscuro).

Como siempre sucede en la poesía, no hemos alcanzado el consenso adecuado. Por el momento, prevalece la aportación de Donald Trump como único nombre posible, al mismo tiempo que pide, a gritos, un sustituto mejor. ¿Será por eso que Platón expulsó a los poetas de la República?

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Carlos Azar Manzur

Carlos Azar Manzur
Como escritor, editor y maestro de secundaria y de varias universidades, siempre ha sido un defensa central. Estudió la licenciatura en psicología, convencido de que era una rama más de la literatura. Como nadie más cree eso, todos los problemas laborales que ha tenido se le deben achacar a Freud. Ahora, tiene dos maestrías, una en literatura y creación literaria por Casa Lamm y otra en Arts and Litterature por la AIU de Hawai: la puerta burocrática se ha abierto. Trabajó como el coordinador editorial de la CEPAL, comisión de la ONU y fue Secretario Técnico del Consejo Ciudadano para la Cultura y las Artes de Puebla. Ha publicado cuatro libros de poemas (“Pavana para el banquete de los poderosos”, “Distancias”, “Cántico a Eli” y “El círculo de la presencia”), una historia de la ópera, un cuento suyo fue elegido para la antología Delta de las arenas, cuentos árabes y judíos latinoamericanos, un capítulo del libro “Las dos caras de la historia” de Random House Mondadori, coordinado por Alejandro Rosas, y otro en “Máscara contra Rostro” de la Facultad de Filosofía de la UNAM. Fanático de la memoria y alimentado tras las bambalinas de un foro isabelino, ama el cine, el fútbol, la música y la cocina de Puebla, el último reducto español en manos de los árabes.