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Una lección de Semana Santa

Odiseo y sirenas

Miguel Ángel Sánchez de Armas


Juego de Ojos

Obra de Herbert James Draper, “Ulises y las sirenas”, 1909 (Fuente: Replicante).

viernes 19 de abril de 2019

Homero nos cuenta que Odiseo era el apuesto, inteligente y valiente rey de Ítaca y lo tenía todo: vasallos que lo adoraban, un gran palacio, prestigio entre los pueblos helénicos (lo de “griegos” lo inventamos nosotros); abundantes riquezas y una esposa de película, ni más ni menos que la correteable Penélope. Y como si esto fuera poco, también era el favorito de Atenea y la diosa se le aparecía de tarde en tarde para conversar. Un buen día Penélope le dio un hijo, Telémaco, y su felicidad fue completa.

Pero los dioses tenían otros planes. Odiseo tuvo que partir a la guerra contra Troya. Durante diez años los ejércitos se masacraron entre sí y las aguas del Egeo se tiñeron de rojo. Muchos héroes perdieron la vida en aquella lucha. Aquiles mató al gran Héctor y a su vez fue asesinado. Los hombres desesperaban. Entonces Odiseo tuvo una idea genial: simular un retiro y dejar frente a las murallas de Troya un gran caballo de madera a manera de tributo al vencedor. En el interior se escondieron varios guerreros que abrirían las puertas de la ciudad por la noche.

Caballo de Troya.

Obra del del italiano Giandomenico Tiepolo, «La entrada del caballo en Troya», 1760 (Fuente: nocierreslosojos.com).

Así lo hicieron. Los troyanos, jubilosos por su victoria, arrastraron el trofeo a la ciudad y organizaron un reventón celebratorio. Sólo uno entre ellos, el adivino Laocoonte, se dio cuenta del ardid y puso el grito en el cielo. Pero el dios Poseidón mandó a dos feroces serpientes marinas que en un santiamén dieron cuenta del nigromante y ya nadie más protestó.

Lo que sigue, todos lo saben. Por la noche Odiseo y sus hombres descendieron de la panza del caballo, gentilmente pasaron por las armas a los soldados que dormían la mona, abrieron las puertas al ejército que había regresado al amparo de la oscuridad e incendiaron Troya. Dejo fuera por falta de espacio lo de Helena y el rapto y las aventuras de Ulises.

Pero Odiseo cometió un error: creyó que el mérito era sólo suyo, que sin ayuda había conquistado Troya y que en verdad era más grande que los dioses. Esto enfureció a Poseidón (después de todo había silenciado a Laocoonte para que el plan del caballo no fracasara), y decidió demostrar al apóstata que sin los dioses el hombre no es nada. Así que el rey de Ítaca y sus hombres se pasaron otros diez años en el viaje de regreso (no les ayudó nada que hubieran cegado al cíclope caníbal Polifemo, hijo de Poseidón) y les fue como en feria: una diosa los convirtió en animales, otra se enamoró de Odiseo y le ofreció vida eterna a cambio de ser su marido eterno, los atacaron monstruos más terribles que los de La Guerra de las Galaxias e incluso se dieron una vuelta por el inframundo, en donde entre otras sorpresas, Odiseo se encontró con el alma de su mamá, que se había suicidado allá en Ítaca.

Ulises y Polifemo.

Obra de Pellegrino Tibaldi, «Ulises cegando a Polifemo», 1550 (Fuente: RZ100arte).

Todos mueren menos Odiseo. Este al fin regresa a casa y se encuentra con que unos cien pretendientes a la mano (y a todo lo demás) de Penélope, y al trono y riquezas de Ítaca, se han instalado en su palacio y tienen meses comiendo, bebiendo y divirtiéndose a costilla del tesoro real. Atenea se presenta nuevamente. Odiseo no sin razón le reclama que lo hubiera sometido a tal, ejem, odisea. La diosa responde con la memorable sentencia: “Los dioses sólo dan lo que los hombres desean”, y el monarca se queda sin palabras. Se reencuentra con Telémaco, el hijo que dejó recién nacido, y con ayuda de Atenea y de algunos sirvientes leales, pone una trampa a los rufianes que invadieron su casa y, por supuesto, los mata a todos. El rey así recupera a su mujer, a su hijo y a su reino y es de suponer que vive feliz el resto de sus días.

Más de uno de mis lectores pensará que con esta súper síntesis de una de las más bellas épicas de la antigüedad he llegado al límite de mi cacumen y agotado la poca sustancia de columnista empeñado en no abordar temas de la “política”. En parte tendrán razón. Pero además que me propuse despertar meditaciones de semana santa, sostengo que, en esta épica –como en casi toda obra literaria– encontramos lecciones de gran sabiduría. No estamos, necesariamente, ante un “cuento fantástico”.

Retorno de poseidón

Obra de John Singleton Copley, «El retorno de Neptuno», 1754 (Fuente: wahooart.com).

En primer lugar, debemos preguntarnos qué decían estas narraciones a su auditorio original. Hoy la imagen de Poseidón con su trinche nos puede evocar una película de Disney, pero en aquel tiempo la divinidad era cosa seria y los hombres se relacionaban con ella mediante rituales y en un contexto específico, tal cual en el cristianismo se da la relación con Dios. Cuando Poseidón dice a Odiseo que “sin los dioses los hombres no son nada”, quizá podemos leer una advertencia contra las conductas egoístas, autosuficientes y mezquinas. Una interpretación moderna puede ser en el sentido de que la solidaridad, el amor por los conocimientos, el respeto a los demás, el sentido de la historia, la gratitud y otras virtudes, hacen mejores hombres, y lo contrario los lleva a la perdición. Hoy como entonces, sólo los políticos (con pocas y honrosas excepciones) creen que nomás su puritito “mérito” los ha colocado en la cumbre, en una categoría social y ciudadana por encima del resto de los mortales y que poseen una luz interior y una chispa vital que ha sido negada a los demás. Como dijera el llorado Jesús Robles Toyos, “la política apendeja a los hombres inteligentes” y enloquece a quienes desdendenantes no tenían demasiadas luces.

Otro tema para la reflexión son las palabras de Atenea: los dioses sólo dan a los hombres lo que éstos desean. La cita no es textual, pero sí el espíritu. ¿Qué les decía a los antiguos helénicos y qué nos puede decir hoy a nosotros? Una consideración, acoplada al anterior ejemplo, es que no hay nada que no esté a nuestro alcance, ni hazaña imposible, ni meta prohibida, ni camino intransitable si, primeramente, tenemos la capacidad de ver claramente qué es lo que queremos y después la energía, disciplina e inteligencia para lograrlo. “A dios rogando y con el mazo dando”, dice mi venerada abuela. Y no hay viento favorable para quién no sabe a dónde va, añado yo.

Homero nos hace ver que todo comienza y termina en el hombre.

Miguel Ángel Sánchez de Armas

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

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Sobre Miguel Ángel Sánchez de Armas

Miguel Ángel Sánchez de Armas
Doctor en Comunicación y Cultura por la Universidad de Sevilla y diplomado en estudios avanzados por la misma institución, Maestro en Comunicación por la UPAEP y Licenciado en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM, se ha desempeñado en la academia, en la docencia, en el periodismo y en la comunicación institucional. Fue discípulo de Manuel Buendía, en cuya memoria estableció la fundación que lleva el nombre del periodista asesinado en 1984. Fundó las revistas Mexicana de Comunicación, Mexicana de Cultura Política y Mexican Journal of Communication. Milita en organizaciones de comunicadores de México y de América Latina y es integrante de la Academia de Historia de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística. Ha ocupado asientos en congresos nacionales e internacionales y fue miembro de la Junta de Gobierno del International Institute of Communications de Londres. Entre sus publicaciones figuran El peligro mexicano: comunicación y propaganda en la expropiación petrolera de 1938; Apuntes para una historia de la televisión mexicana; El enjambre y las abejas: reflexiones sobre comunicación y democracia; En estado de gracia: conversaciones con Edmundo Valadés; Medio pan y un libro y Retrato del General. Fue jurado del Premio Nacional de Periodismo, consejero electoral propietario en el D.F., recipiendario del “Micrófono de oro” de la Federación de Asociaciones de Radio y Televisión de España y becario Ashoka. Desde 1990 escribe la columna semanal “Juego de ojos” que publican diversos medios en México, Estados Unidos, España y Centroamérica. Su ficha curricular está incluida en el Diccionario biográfico mexicano.