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Todo por servir se acaba: el mantenimiento de un museo

museos mexicanos
Museo de la Ciudad de México (2013) / Foto: Diego Delso.

miércoles 4 de julio de 2018

Detrás de las mamparas se esconden instalaciones, ductos, muros con capas y capas de pintura y un sinfín de detalles que tendemos a ignorar porque no los vemos. Los continentes de los museos, cada recinto, tienen una historia y desempeñan un papel particular en la manera de percibir al museo en sí. Un museo no es sólo su nombre, su logotipo, su colección, su personal y su público, sino que es la suma de esos factores más el carácter que le imprime su sede. ¿Por qué? Porque en ella sucede todo: es espacio de encuentro, almacén de colecciones y mobiliario, sea público o privado, está pensado para transitarse, para ser recorrido por miles y miles de personas a las que hay que sorprender, enseñar, entretener, hacer imaginar, atender.

El inmueble, sede de un museo, pudo estar destinado a otros usos y en su concepción el arquitecto nunca incorporó su función actual; tal es el caso de los museos que ocupan edificios históricos. Otros tuvieron la suerte de nacer en una construcción que fue pensada ex profeso: sus instalaciones eléctricas e hidrosanitarias, así como la idea de cualquier ampliación o modificación no hieren el velo de la historia. Es cierto que cualquier plan de mantenimiento anual entraña erogaciones que pueden no llegar a cumplirse a causa de diversos factores: falta de presupuesto, asignación de prioridades y, en ese sentido, resolución de problemas inminentes. Cuando eso sucede, quien dirige un museo debe considerar lo urgente y no necesariamente aquello importante, mal que le pese. Y será juzgado tanto si se lleva a cabo como si no.

museo en mantenimiento

Trabajos de conservación en el Paraguas del Museo Nacional de Antropología.

El mantenimiento es piedra clave de la conservación y sus conceptos son parte de un catálogo que implicaría un plan de varios años. No muchos museos tienen oportunidad de renovarse íntegramente en cuestiones museológicas y de instalaciones. Desafortunadamente, no muchos cuentan con presupuesto asignado para mantenimiento, sobre todo en el sector público. El gran problema es que la mayoría de los museos federales se asientan en inmuebles históricos que resultan ser portentosos elefantes blancos. Ya sea por su valor histórico o artístico, estos inmuebles suelen estar “catalogados”, pero la pertenencia a un catálogo en tanto patrimonio no garantiza que haya dinero para su manutención. En muchas ocasiones se generan limbos sobre a quién le toca qué (dependiendo del periodo histórico al que pertenezca, dependiendo de lo que le duele al inmueble, si es ornamental o estructural…). Y en ese ir y venir lo único que sucede invariablemente es el deterioro.

restauración fuente

Restauración de la fuente central del Museo Nacional de Antropología.

La responsabilidad de un director de custodiar acervos, programar exposiciones y actividades de vinculación con los públicos, coordinar el trabajo de las áreas, velar por el buen ejercicio de los recursos, comienza a parecer una losa imposible de cargar cuando entramos a aspectos relacionados con lo que hay que invertir para mantener tuberías soldadas y despejadas, impermeabilizar, el buen funcionamiento de los elevadores, tener los baños limpios y, en general, que las instalaciones hidrosanitarias estén en óptimo estado. Y no se olvide que los edificios antiguos comienzan a sufrir las consecuencias como todo aquél que cumple muchos años: resulta más complicado que cambiar vidrios rotos o repintar muros descascarados; es equivalente a plantear una cirugía mayor en un paciente que no va a reaccionar con la intervención.

Las inversiones millonarias que requieren las renovaciones, desafortunadamente, no se consiguen todos los días y si se obtienen, las hace el sector privado. Generalmente, se plantean proyectos de alcance parcial. El gobierno, en el esquema proteccionista y tutelar que da origen a los museos mexicanos, ya no puede cargar con la responsabilidad de dotar de presupuesto y hacer frente a las necesidades de mantenimiento de todos sus recintos. Aunque generalmente no hay ampliaciones a otros inmuebles o adquisición de anexos, los museos pueden replantear el uso de cada uno de sus espacios y decidir si es mejor preservarlos para exhibición, convertirlos en una ampliación de bodega de materiales, o hacer espacios de mediación para los visitantes. Pero sea lo que sea, un replanteamiento, por más sencillo que parezca, implica costos. Máxime si la nueva función que se pretende dar a un espacio requiere de dotarlo de condiciones idóneas de conservación de obra artística o materiales históricos. En función de cada tipo de colección es que se determinan esas necesidades que acaban convirtiéndose en el aire vital que respiran los objetos para no palidecer, debilitarse, y desangrarse hasta morir. Y sí, hay que pensar en que el estado de los inmuebles en mucho está relacionado con la conservación de esas condiciones ideales dentro de los recintos.

Museo de Arte Moderno

Vista de la construcción del Museo de Arte Moderno (MAM), INBA, 1964, México (Cortesía: MAM-INBA).

Poner un espacio a disposición del público entraña todo esto. El reto está en incentivar la conciencia de participación mediante donativos y colaboración procedentes de la iniciativa privada: en la medida en que los museos gestionen más autónomamente los recursos que se procuran, al margen del presupuesto que tienen asignado, habrá mayores posibilidades de construir un proyecto realista de atención las urgencias que, una vez resueltas, nos permitan atender a las cuestiones de importancia. Pese a que los inmuebles históricos que albergan museos no fueron construidos con este criterio lacerante de la obsolescencia programada, sino que se erigieron con el señorío de materiales pensados para durar muchos años, la resistencia de las instalaciones, de la ornamentación, el desgaste de aplanados y la mugre que se va juntando como pátina sobre elementos otrora prístinos, reclaman la atención diaria (y la dotación presupuestal) para que los inmuebles no sólo no pierdan su gloria, sino evitar que colapsen y continúen siendo funcionales. La próxima vez que visiten un museo, recuerden que para hacer posible su existencia y operación, es necesario un equipo calificado que revise periódicamente todo eso que permanece oculto a la mirada del visitante, pero que enseguida se visibiliza si se descompone. Y no basta con revisar, hay que actuar.

El contenido presentado en este artículo es responsabilidad exclusiva del autor y no necesariamente representa la opinión del grupo editorial de El Semanario Sin Límites.

Un comentario

  1. El mejor ejemplo de esto es el Museo de Historia Natural.
    Cuanto tiempo cerrado?
    Hasta la nueva sala y los ultimos cambios realmente no ha recibido un trabajo de mantenimiento a fondo, eso si siempre esta limpio hay que reconocerlo, pero el costo de laxentrada es una burla.
    ¿Cuanto recaudaran al año para mantenerlo con esa pestaña de mosca que cuesta la entrada?

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Sobre Sara Baz

Sara Baz
Sara Baz (1976) es historiadora del arte e historiadora, se interesa en fenómenos y manifestaciones culturales, especialmente en el arte religioso, en la muerte y en el vino. Es docente desde hace más de 20 años y se ha dedicado a museos, gestión cultural y edición.