Derroteros de la imagen. Mirada colonizada y derivación política

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Si nacemos contando con el don de la vista, nos veremos sumergidos al cabo de pocos meses en un universo saturado de imágenes. Aunque el olfato y el tacto son decisivos para que el recién nacido se sienta amado y seguro en la proximidad de su madre, pronto comenzará a horadar el mundo con los ojos. Los objetos de colores le resultarán atractivos y, en cuanto los alcance, se los llevará a la boca. Pronto también, muy pronto, la visión del mundo exterior estará ya mediada por lo que nos dicen de él, por cómo nuestros padres o personas cercanas miran y por lo que nos aproximan para ver más detalladamente. “Cuando aprendo a ver socialmente, es decir, cuando empiezo a articular mi experiencia retiniana con códigos de reconocimiento que provienen de mi(s) medio(s), entro en sistemas de discurso visual que vieron el mundo antes que yo, y que seguirán viéndolo cuando yo ya no lo vea…” (Villafañe. Introducción a la teoría de la imagen, 2006).

Imágenes.
Ilustración: MIMI_N.

En el fondo originario de la imagen se encuentra el sentido de la imitación. La mímesis es condición para crear imágenes que están en lugar de otra cosa. Por eso son representaciones. Dice Susan Blackmore (La máquina de los memes, 1999) que el ser humano pertenece a la única especie que es capaz de aprender por imitación (“Imitation and the definition of a meme”, A memetics compendium, 2008 http://citeseerx.ist.psu.edu/viewdoc/download?doi=10.1.1.731.4497&rep=rep1&type=pdf#page=170). Al definir una imagen imitamos el mundo. Pero ninguna imitación es auténticamente reproductiva: en la operación de imitar está implícita la interpretación. Así surge el concepto de meme, una palabra contraída de un vocablo griego que Richard Dawkins asignó en 1976 a todas aquellas formas de la cultura que se reproducen en una comunidad. “Necesitamos un nombre para el nuevo replicante, un nombre que nos aporte la noción de unidad cultural de transmisión o unidad de imitación”. Gracias a esto podemos entender por qué nuestras madres cortaban los cabos del pepino y los frotaban contra el mismo para que no se volviera amargo. También eso explica el porqué de ciertos procedimientos en la cocina o el que las mujeres embarazadas se cubran la panza con un trapo rojo durante un eclipse. Así, además de aprender a ver, aprendemos a producir imágenes en nuestro cerebro a partir de tonadas, participación en rituales, textos literarios o formas de hacer cerámica. El mundo aparece siempre mediado por nosotros en esa manera de compartir.

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Parecería que esta forma de construir la cultura implica solamente reproducción de modelos a partir de lo ya existente y que no admite cambios. Menuda forma de concebir las cosas. Entonces, ¿para qué nos rebelamos o por qué protestamos? Porque las formas de protesta también se aprendieron por imitación, también se reprodujeron sus mecanismos y también mutaron en la interpretación que, en la deriva de los tiempos, se ha hecho de los mismos. Cierto, el imperialismo, el colonialismo, el machismo, la dictadura también se pueden reproducir, igual que gestos de solidaridad, empatía y afecto. Al margen de la ramplonería de los mensajes presidenciales de AMLO –lo que parece ser extraordinariamente efectivo entre ciertos públicos–, los spots que comenzaron a salir a raíz de la cercanía del Primer Informe de Gobierno me recuerdan lo que Televisa, perversamente, nos enseñó a ver. Nada lejos de la retórica priista, sino gestada a su servicio, nos condicionó al ámbito de posibilidad de una perspectiva milagrera, a la idea de que la muchacha del servicio doméstico se puede casar con el patrón joven y guapo, de que se puede trascender la opresión y la miseria, pero ojo, no con trabajo, esfuerzo o estudio, sino con fe y tantita suerte o bien con la ayuda de la Virgen de Guadalupe. El caudillismo posrevolucionario nos legó, abstracción hecha de cualquier explicación histórica, una idea del héroe conductor que puede acabar con un régimen e instaurar otro. Señores: somos víctimas del memeplex de la autocondescendencia.

Sociedad.
Imagen: PinImg.

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Un memeplex es un complejo de memes de la misma naturaleza y que interactúan dentro del mismo campo para reforzarse. Ya en otras ocasiones he escrito sobre memes. Pero esta vez quiero ser particularmente enfática en que no sólo me refiero a los que compartimos todos los días y nos dan risa (#InternetNuncaTeAcabes). No a los que nos quitan el tiempo en el trabajo pero son útiles para iniciar una larga discusión sobre nada. Me refiero a la memética de la reproducción de la forma cultural que puede tener muchos caminos y derroteros. Si el meme encuentra terreno fértil, puede contribuir a liberar o a esclavizar, por el contrario. Lo que se observa de unos años a acá es que, entre más emocional es un tópico y la forma de abordarlo en las imágenes que nos compartimos por Internet, con más fiereza solemos interpretar, reelaborar, embatir y compartir de nuevo. Dice Delia Rodríguez que los resultados de la proliferación de memes (ahora sí, de los de Internet) han sido graves desde el punto de vista político, pues “son esos memes los que nos llevan de la mano a votar” (Memecracia. Los virales que nos gobiernan). La pasión que desplegamos en el compartir (hacia el lado que sea que tiremos) replica ideas y produce comportamientos. Estamos reproduciendo formas emocionales que decantan en modelos de política de colonización de nuestro imaginario: si como dice Delia Rodríguez, “somos groupies de la información que nos excita”, los publicistas, los comunicadores y quienes están a cargo del gobierno no dudarán en ocuparnos para hospedar a sus memes: los calentaremos, los reelaboraremos y los lanzaremos como piedras. Misión cumplida.

Memecracia.
Fotografía: Flickr.

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Cierto es que nuestra memoria es selectiva. Nuestra mirada también. Esa realidad que encuadramos a diario está mediada por nuestros deseos, nuestra cultura, nuestras necesidades pendientes de satisfacción, nuestras expectativas, etc. Hace algunas columnas decía que podemos elegir lo que compartimos y lo que reelaboramos para otros. Cuando tal vez por mero impulso o, mejor aún, porque cuestionamos nuestras estructuras, un velo se quita de los ojos. Nunca veremos la “realidad” de cara porque no existe o porque, como Semele, caeríamos fulminados por su pureza. No estamos para eso, sino para verla mediada por la cultura, pero eso implica que podemos seleccionar nuestros encuadres, hacer zoom in y zoom out a voluntad y desarrollar desde ahí una distancia crítica sobre cuestiones que hemos dado por implícitas. Así vemos que no hay algo que sea “normal”, sino que lo normalizamos en contextos específicos y para resolver necesidades muy precisas. No es normal que las mujeres sean acosadas en la calle. No es normal que las maten o desaparezcan. Tampoco es normal que la economía se estanque para luego contraerse y en la mañana salgan a decir que todo está mejorando. El impulso de compartir en redes tiene explicaciones no sólo psicológicas sino químicas. Si algo nos gusta o nos enfurece, queremos compartirlo porque creemos que estamos haciendo bien. Hoy por hoy y a pesar del peligro señalado por Delia Rodríguez, nos encontramos en un momento propicio para que nuestra guerrilla de teclado sí tenga frutos: estamos configurando la apreciación sobre las cosas. Sobre las marchas, sobre el gobierno, sobre la economía, sobre la protesta de las mujeres, sobre lo que nos parece y no nos parece legítimo.

Al margen de la risa que nos pueden inspirar ciertos memes y del compartir (que ya implica agencia y no pasividad), hay una puerta que se abre a la posibilidad de crítica y reelaboración. Si el meme nos da la mano, vamos a tomarle el pie.

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