El relativismo de la crueldad

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Entre la infinita cantidad de objetos y seres que el arte contemporáneo utiliza como readymades están los animales. Después de la discusión acerca de si los toros o los animales de circo son manipulados y abusados, sin que se resuelva esta cuestión, llegan los anti creadores y hacen un uso de los animales que supera con mucho lo que hasta ahora habíamos podido imaginar. Esta crueldad se relativiza porque se supone que, intelectualmente hablando, el arte es una actividad superior. No es el circo o los toros, no es una diversión, es un espacio de contemplación y reflexión. Entonces los animales se toman como objetos que se pueden usar, matar, maltratar y denigrar con el apoyo de los curadores, críticos y galeristas. El discurso de la obra es la justificación máxima, lo que se diga de la obra es suficiente argumento y, además, incuestionable.

En la reciente retrospectiva sobre la obra de Damien Hirst en la Tate Modern de Londres, en una sala la obra son mariposas vivas que embriagan con piñas y naranjas fermentadas, se estrellan contra la pared y los espectadores, caen en el piso, incapaces de volar y las pisan. En las otras salas están varios de sus animales que mete en formol. La alemana Tinkerbell, (nombre infantil que enfatiza su brutalidad) fue reconocida en la Frieze de Nueva York por su obra, un pony disecado con ojos de papel y pelo de uno de sus gatos.

Famosa por asesinar a sus mascotas y hacer un libro con los insultos recibidos, dice que sus obras reflexionan sobre lo que hacemos con los animales. El talento, la creatividad, el dominio de las técnicas se sustituyen por la barbarie, por una demencial maldad y el artista más osado es el que lleva más lejos su capacidad de hacer daño.

Si el arte se ha deshecho de las búsquedas estéticas, si el artista no necesita crear, el siguiente paso para hacer una obra es carecer de ética. Para llamar la atención pueden hacer esto y más, no cabe duda, pero lo más escandaloso es la cobardía de estos actos. El supuesto artista se concentra sobre los más débiles, no diseca a su curador, mata a un ser indefenso.

Es terrible cuestionarse qué clase de sociedad se siente identificada con estas obras, que tipo de personas se involucran en esta obscenidad sin sentir por lo menos un poco de compasión o vergüenza. Estas obras no son arte y constituyen una forma de consumo que sólo está al alcance de unos cuantos.

El consumo abyecto siempre ha existido, para eso es la prostitución infantil, la venta de películas snuff o de armas ilegales. La diferencia es que ninguno de estos comercios indignantes goza de buena reputación social como sucede con el arte.

Que estos artistas sean reconocidos públicamente, tengan exposiciones en museos y sus obras se vendan es una terrible muestra de la degeneración en la que un grupo está sumergiendo al arte. ¿Cómo se van a escribir estas páginas en la historia del arte? Espero que con una profunda pesadumbre. Por lo pronto, ahora mismo, los están protegiendo y promocionando con cinismo.

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