Las cuatro llamadas de Emilio (Carballido)

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Lo que a continuación vas a leer tiene fechas y nombres que se apegan fehacientemente a la vida de Emilio Carballido. Sin embargo, las anécdotas que se narran nacen de la ficción para cumplir con el propósito del artículo.


Avión de papel

“¡Emilio!” se escuchaba en una casa que era bañada por los rayos del sol de verano. Era 1933 y Emilio tenía ocho años. Había regresado al lugar donde nació: a la casa de Córdoba; cuando cumplió el primer año, su familia se lo llevó a vivir a la Ciudad de México.

Emilio no pudo crear ningún apego a ese pueblo y mucho menos a esa casa. Ahora que regresaba, por compromisos familiares, trataba de grabar en su memoria todo lo que le era posible: el aroma, la temperatura, los colores.

Con un calor infernal, Emilio jugaba en el patio con un avión de papel. Aunque se divertía, extrañaba su casa de la Ciudad de México por muchas razones: su abuela quien en sus ratos libres le enseñaba algunos versículos de la Biblia; leer por segunda vez “Veinte mil leguas de viaje submarino” de Julio Verne; tomar de la biblioteca familiar esos libros de poesía griega que dos semanas atrás había encontrado.

cuatro vientos
Imagen: Aviación.

“¡Emilio, a comer!”, gritó un hombre. El niño dejó su avión en el suelo para correr al interior de la casa. Hasta el patio se podía escuchar la conversación que la familia tenía mientras servían la sopa: el odio al presidente Abelardo L. Rodríguez, la desaparición del avión Cuatro Vientos, las ventajas y desventajas de ser socialista. Todo esto acompañado por una melodía de Silvestre Revueltas que se transmitía por la radio local.

Pater familias

“¿Emilio?”, le decía la mujer que lo atendía en la recepción. Él estaba absorto. “Emilio, aquí está la llave”, fueron las palabras que lo regresaron a la realidad (real). “Perdón, gracias”, tomó la llave y fue directo a su habitación.

Emilio, de 23 años, regresó a Córdoba. Viajó desde la Ciudad de México, solo, con la intención de encontrar un poco de inspiración para escribir. No quiso quedarse en la casa familiar. Decidió hospedarse en un modesto hotel. En su memoria, ya tenía registradas algunas imágenes de ese pueblo. Ahora le parecía algo familiar y eso le bastaba para hacer de este lugar un refugio.

Cuando estaba a punto de entrar a su cuarto de hotel se topó con un hombre de su misma edad que le pareció guapo. Los dos, solos en el pasillo y con un silencio sepulcral, se miraron fijamente.

Para Emilio, ésa era la señal para abalanzársele y comerlo a besos. Si estuviera en otra circunstancia seguro lo haría, pero ahora tenía una misión que le demandaba toda su atención: demostrarle a su gran maestro, Rodolfo Usigli, que era un escritor de teatro que valía la pena.

Emilio había entrado a la UNAM. Estudió derecho y al terminar se metió a la especialidad en Arte Dramático y Letras Inglesas en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí conoció a su maestro Rodolfo; su relación nació del amor y de la admiración. Él le había enseñado el espíritu del teatrista, la vanguardia literaria y los secretos de los clásicos.

Rodolfo Usigli
Rodolfo Usigli (1905-1979)(Fotografía: Poblanerías).

Pero, poco a poco, Emilio mostró desprecio por la exigencia que su maestro le pedía en cada trabajo, por sus criterios tan rígidos al evaluar las tareas de sus alumnos y sus comentarios, sin ningún reparo, petulantes.

Con un pequeño ventilador, unas hojas y un lápiz que a cada rato se le rompía la punta, Emilio intentaba escribir una obra de teatro extraordinaria. Su impulso creativo no era el de la expresión genuina, como su maestro le contaba de Emily Dickinson, sino el de exorcizar la furia hacia al maestro, hacia el guía, hacia el pater familias.

La semana anterior había decidido abandonar para siempre la clase de Rodolfo porque estaba harto de sus exigencias y sus altos estándares. Lo que al principio lo enamoró ahora lo separaba. Le dolía que a partir de ahora su “padre” lo mandaría directamente a la lista de los indeseables de su clase y se burlaría de él por no tener un temple de verdadero “escritor”.

carballido
Fotografía: Vanguardismo.

Escribía y sufría. Escribía y pensaba en Rodolfo, en el hombre que encontró hace media hora en el pasillo, en su abuela, en las carencias económicas, en la doble moral; en la vida cultural mexicana que siempre imitaba al extranjero, en lo difícil que es ganarse la vida como escritor de teatro, en lo difícil que es hacer teatro; en la homosexualidad, en el odio a lo diferente, en las buenas costumbres, en la hipocresía de la familia mexicana, en el amor como un acto de egoísmo, en el machismo, en su madre. Pensaba en lo que dirían Jorge, Luisa Josefina y Sergio, sus amigos de clase, de haber abandonado al maestro. Pensaba en la belleza de lo cotidiano.

Dos años más tarde, Emilio estrenaba en el Palacio de Bellas Artes su obra de teatro “Rosalba y Los Llaveros” con un éxito inaudito.

Libertad

“Emilio… –decía una mujer que traía un vaso en la mano– aquí está tu café”. Emilio Carballido le recibía el vaso con una enorme sonrisa que trataba de disimular su angustia por la reducción de presupuesto para su próximo montaje. Tenía que adaptar la obra para simplificar varias escenas y eliminar a unos cuantos personajes incidentales.

Emilio Carballido
Fotografía: Crónica.

Era 1997. Estaba a punto de ensayar con un grupo de jóvenes teatreros que estudiaron en la Escuela Nacional de Teatro. Por supuesto que ese día no podía informarles del poco dinero que contaban para hacer la obra. No los quería desanimar.

Esos minutos previos a que llegaran los actores, trataba de encontrar la manera de infundirles pasión por el teatro a pesar y en contra de todo. Los problemas para claudicar en el oficio teatral eran evidentes: una enorme oferta contra una escasa demanda de obras; reducción del presupuesto institucional; copias fallidas de modelos culturales del extranjero; una pobre evolución del lenguaje teatral mexicano; la imposibilidad de generar una escuela mexicana de pensamiento teatral.

Ya tenía una buena reputación. Era el Maestro Emilio Carballido. Sus alumnos lo veían como el pater familias. Como él veía a Rodolfo Usigli. Pero Emilio –sin el apellido que lo encasillaba en la figura del héroe trágico teatral– quería que la gente que él había formado matara al padre y tuviera libertad.

Emilio sabía que ya no le correspondía buscar la maestría técnica ni la vanguardia. Eso lo quería de joven. Tampoco quería rivalizar con sus ídolos teatrales ni mucho menos colgarse una pose de “artista” sólo para alimentar una frágil identidad. Era demasiado viejo para creer que el teatro lo iba a salvar de muchas horas de terapia. Sabía que en ese momento se necesitaba un teatro desde lo social: en la denuncia, en la visibilización de injusticias, en la mirada a la profunda mexicanidad con todas sus contradicciones y bendiciones.

Desde que era joven, supo que el teatro estaba en desventaja. Por eso, siempre trató al montar una obra de desenamorarse de las creencias arraigadas en el gremio o de los cánones académicos. El teatro no podía ser un reducido club de amigos, debía de abrirse para hacer una invitación a la gente de a pie que no hace teatro. Emilio estaba en esta reflexión cuando escuchó la voz del primer actor que llegó al ensayo: “Hola, maestro”.

Emilio Carballido, dramaturgo

Réquiem

“Emilio. Emilio, gracias”. Fueron las palabras que dijo un actor en un homenaje póstumo que le organizaron los alumnos más allegados de Emilio Carballido en Córdoba. En el salón, de manera indistinta, se escuchaban risas, aplausos, sollozos y gritos para celebrar la vida del maestro.

Al término del homenaje, los alumnos se fueron a casa. Cada uno, a su manera, vivía el duelo. Sin embargo, lo que más les pesaba era que no sabían cómo continuar con el legado de Emilio. Sus preguntas eran difíciles de responder porque el teatro era difícil de responder.

Carballido, escritor y dramaturgo
Fotografía: Grado Cero Prensa.

“Rosalba y Los Llaveros” se estrenó en 1950; el teatro en México ya no tenía los apoyos gubernamentales de aquel entonces. “Rosa de dos aromas” fue una obra con una venta inaudita de taquilla: había hecho tres mil representaciones; ahora las temporadas a duras penas duraban treinta funciones. Cuando se estrenaba una obra de Carballido era una garantía para los espectadores; ahora ellos no tenían en mente al teatro como diversión; muchos jóvenes teatreros ya no conocían a Emilio Carballido.

¿Qué seguía? ¿Cómo seguiría lo que tenía que seguir? ¿El teatro no debe ser un club de amigos? ¿Hacer teatro es una necedad? ¿Qué es el teatro ahora? Tal vez, la mayor lección de Emilio, no de Emilio Carballido, sino de Emilio, fue la valentía de cuestionarse todo el tiempo el quehacer teatral hasta sus últimas consecuencias y desde las necesidades de su tiempo. Y ver al teatro no como un enamorado ve a un cadáver. Sino como un enamorado que simplemente ve.   


Fuente de consulta:
Merlín, Socorro, La estética en la dramaturgia de Emilio Carballido. Universidad Autónoma de Baja California. México, 2009.


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