Encerrado en un Círculo

De hombre a hombre

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Sutil, gracioso, casi inocuo, pero ahí está presente, constante, volviéndose imperceptible, filtrándose por cada fisura de nuestra necia visión del mundo. Disfrazado de la complicidad cotidiana que creemos que nos define como hombres. La violencia del lenguaje de nuestra intimidad patriarcal y dominante, que no es capaz siquiera de ver la misoginia que le envuelve. Una dominación espuria que pretendemos perpetuar como si la evolución de la sociedad no existiera. Una dominación siempre excluyente… y siempre violenta.

Hombres que nos definimos como “modernos”; hombres que nos definimos como “decentes”; hombres que nos definimos como “tolerantes”. Sí, pero no en este tema porque lo tenemos inoculado hasta la médula por una tradición que perpetúa la sensación de que somos mejores y de que “nos lo merecemos”. Muchas veces, machismo disfrazado con “una manita” del barniz de la cortesía.

Entrenados desde niños en el modelo de nuestra supremacía esperamos la sumisión condicionada de todas las mujeres que nos rodean, empleando la coerción del insulto y el dinero para reprimir cualquier acto de “rebeldía”. Insurrección por querer ganar lo mismo; insurrección por aspirar a mejores puestos; insurrección por pedir ayuda en casa; insurrección por cuestionar; insurrección por querer valer.

hombres rompan el pacto
Imagen: Erin Lux.

Ejercemos la pornografía como una manera de prolongar el ultraje y el abuso al infinito, pensando que verla no trasciende. Sí lo hace y mucho, al convertir nuestro consumo, multiplicado por millones en precursor de la cosificación y de la esclavitud sexual y la trata para miles de mujeres que sucumben al poder económico y cultural de las redes.

Hay que parar. Es necesario empezar a cambiar, desde lo más simple, desde lo más obvio. Practicando la equidad se convertirá en costumbre, hasta asumir un comportamiento genuino. Empecemos por desechar los estereotipos: de la mujer que maneja mal; de la mujer que es controladora; de la mujer que “se ve mal” si toma un trago o dice groserías. Tirar también por la borda de nuestra arrogancia el etiquetado prejuicioso que descalifica en base al color de piel, o la edad o la talla.

¿Cómo miramos a los grupos feministas empoderados para pedir justicia? Si hacen pintas… mal, si gritan consignas… mal, si cantan… mal, si dejan basura… mal… muy mal. Como si sobrevivir no fuese una prioridad; y al decir sobrevivir lo digo con todas las implicaciones que semejante palabra acarrea, desde las soterradas invitaciones que acosan en lo laboral hasta el miedo y la pesadilla de muchas mujeres caminando en una calle solitaria o abordando un transporte público. ¿Qué no podemos entender la desesperación que surge desde el miedo y la injusticia? El umbral no debería ser “sobrevivir”, la palabra pertinente es “vivir”.

De hombre a hombre hay que decirnos ¡basta ya!


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¿Qué son los “Derechos Bioculturales?

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La noticia del otorgamiento de una patente por parte de la Oficina de Estados Unidos para el proceso de elaboración de la “panela”, ha generado una reacción generalizada de rechazo que ha desbordado los límites de Colombia, país en que se produce el tradicional dulce.

La panela es el equivalente del “piloncillo” mexicano, el cual recibe nombres diversos en los distintos países de la región, pero en todos tiene una larga tradición de manufactura y uso en la alimentación como endulzante en una larga serie de aplicaciones. La patente fue otorgada a Jorge González Ulloa con el número 10,632,167 argumentando para su concesión que el método permite fabricar un alimento de bajo costo que reduce significativamente el colesterol, permitiendo que sectores que no pueden acceder a medicamentos de alto precio puedan beneficiarse de esta “invención”.

Ésta no es la primera vez que ante una oficina de patentes se presenta una solicitud para pretender derechos exclusivos respecto de un producto o un proceso ampliamente conocido en una región o población, sorprendiendo la buena fe de quienes analizan las solicitudes y su ignorancia de los métodos y productos de este tipo. De hecho, son muchos los casos en los que han sido documentados robos de productos ancestrales –particularmente remedios herbolarios–, por parte de laboratorios que obtienen la información y la convierten en un producto alimenticio o farmacéutico de probada eficacia.

derechos bioculturales piloncillo
Imagen: The New York Times.

Este tipo de casos es lo que ha llevado, desde hace tres décadas, a desarrollar en diversos foros internacionales discusiones orientadas a salvaguardar el denominado “conocimiento tradicional”, no sólo para evitar este tipo de conductas parasitarias, sino para definir, al mismo tiempo, criterios y acuerdos que en el plano internacional permitan sistemas de balance para que esta clase de conocimiento sea aprovechable por el mundo, pero reconociendo a los pueblos y comunidades que los han preservado sus derechos primigenios sobre sus productos étnicos. A la pregunta sobre cómo se benefician estas comunidades del uso de su conocimiento tradicional, habría que decir que el primer acto de justicia es reconocer de dónde proviene el producto; en segunda instancia, si el mismo se desarrolla a partir de plantas endémicas para evitar la biopiratería; y en tercera instancia, reconociendo que quienes han preservado el conocimiento se vean beneficiados económicamente de cualquier explotación comercial futura.

En realidad, este no es otro principio de justicia que el mismo que se aplica para impedir el plagio de creaciones culturales indígenas, de los que nuestros grupos étnicos han sido víctimas reiteradamente, particularmente en sus artesanías y en productos del ramo textil.

La gran diferencia de esta clase de figuras respecto de las restantes de la Propiedad Intelectual es la singular condición consistente en que la titularidad del derecho no se atribuye a un individuo o persona moral en particular, sino a una comunidad que por su propia naturaleza se ubica en una posición conceptual difusa; la otra nota peculiar es que se trata de un derecho colectivo, que se acuña en la propia identidad del andamiaje cultural que le precede. A esta clase de derechos, que conectan a las comunidades con su entorno, forman parte de la nueva categoría denominada “derechos bioculturales”.

lucha de originalidad
Imagen: @julianguionbajo.

Debemos referir, como antecedente de esta novedosa categoría jurídica, que es resultado de la evolución del movimiento identificado como “Constitucionalismo Latinoamericano”, que en este punto parte del entendimiento de que los derechos del medio ambiente mutan a raíz de la aceptación de fenómenos críticos como el cambio climático y el agotamiento de los recursos naturales, siendo las Constituciones de Ecuador (2008) y Bolivia (2009) las pioneras en el reconocimiento de la naturaleza y quienes la conforman, como un sujeto de derechos, amparadas en el principio ancestral del buen vivir: sumak kawsay –quechua– y suma qamaña –aymara–. Colombia, en una sentencia histórica del año 2016, llevó el concepto a su más elevada concepción definiendo los derechos bioculturales como el reconocimiento de la profunda e intrínseca conexión que existe entre la naturaleza, sus recursos y la cultura de las comunidades étnicas e indígenas que los habitan, los cuales son interdependientes entre sí y no pueden comprenderse aisladamente.

Los objetivos de este tipo de regulación van mucho más lejos que los clamores inflamados por súbitos ataques nacionalistas como los que regularmente presenciamos, cada vez que se reporta una copia o imitación de productos de arte indígena. La protección incluye la literatura popular, artes y oficios tradicionales, música, artes visuales y ceremonias, creencias populares, arquitectura tradicional asociada con localidades específicas, así como formas de conocimientos populares relacionados con preparaciones medicinales y la práctica de la medicina tradicional, la agricultura, la conservación y el empleo sostenido de la diversidad biológica.

Otra de las manifestaciones más acabadas de los derechos bioculturales son las llamadas Denominaciones de Origen y las Indicaciones Geográficas, que permiten que los grupos de productores de una región determinada puedan preservar para sí el empleo de la denominación del producto al que han dado nombre, dando a estos grupos y comunidades una razón de pertenencia que los aglutina y que les permite construir cadenas productivas de valor que les dan visibilidad e ingresos.

Estamos, claramente, ante una nueva generación de derechos que por fin reconoce a “los derechos de la Tierra” como una realidad que debemos considerar y respetar en la forma de una obligación transversal y progresiva. No es una moda, es un llamado, tal vez desesperado, por modificar nuestra relación con el lugar que habitamos.


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El panorama empieza a cambiar. Aún con restricciones, algunos negocios empiezan a abrir, ciertas actividades se reactivan y el ambiente mejora ante la perspectiva de que progresivamente el virus ceda y la normalidad recupere su ritmo y textura. No tengo duda de que en algunos sectores las cosas se parecerán a los tempos previos al COVID-19 y la pandemia quedará sólo como un terrible paréntesis que impuso una difícil prueba para regresar cuanto antes a las formas conocidas. Otros, en cambio, nunca volverán a los parámetros conocidos y deberán rediseñarse desde sus ruinas. En todos los casos deberemos buscar entre los materiales desechados para rescatar lo que todavía es utilizable.   

Observar negocios tapiados y abandonados de grandes marcas en Presidente Masaryk promueve la sensación de desastre y abandono, pero también el negocio de las grandes marcas encontrará espacios para resurgir. La venta de estatus pierde sentido cuando estamos ante una pantalla, pero en un ambiente presencial y social habrán de volver a la palestra con renovada energía.

negocios cerrados
Imagen: Freepik.

Como ha sucedido en el nivel personal, el nuevo tramo para la salida de la pandemia exige una renovada actitud mental para todas las empresas que deberán enfrentar “el nuevo mundo”. En este entorno, cada organización está obligada a hacerse las preguntas necesarias para definir su relevancia en ese mercado al que llegaremos en los próximos meses como viajeros sorprendidos ante el paisaje encontrado al bajar en el destino. 

A lo largo de estos meses se ha generado abundante información sobre “el nuevo mundo” en el campo de los negocios, con una larga lista de “ganadores” y “perdedores” que no hace falta seguir engrosando. Claramente, algunas predicciones podrían perder sustento en la medida en la que los consumidores recalculen sus gustos frente a los riesgos. Si las campañas de vacunación muestran una alta eficacia en la contención del virus, hasta los cruceros, representantes mundiales de la catástrofe empresarial, podrían recuperar parte de lo perdido antes de lo esperado. ¿Estamos ciertos de que el turismo de congresos, ferias, expos y demás congregaciones presenciales de negocios desaparecerán ante la irrupción de lo virtual?, ¿los viajes de negocios serán cosa del pasado?, ¿el “home office” ejercerá su efecto disruptivo para siempre?

Es claro que los que insistan en mantener su fórmula de negocios pretendiendo simplemente regresar a la misma propuesta podrían topar de frente contra el muro de la nueva realidad. Para todos, es obligatorio repensar nuestra oferta de valor y preguntarnos, antes de cualquier otra cosa, si nuestro cliente sigue ahí. Si somos proveedores en una cadena, la pregunta debe dirigirse al consumidor final. Como siempre sucede, si el que me compra no vende, irremediablemente me dejará de comprar.   

empresas digitales
Imagen: Shopify.

En ese análisis, muchos están pensando en las medidas contracíclicas. La partida de muchos competidores está abriendo espacios inéditos que darán ventaja a quienes tengan el valor de ocuparlos. En esa apuesta es claro que el tablero se moverá y muchas posiciones cambiarán de orden.

He escuchado, a lo largo de todos estos meses y más que nunca, la palabra “reinventarse”. Muchas veces el tono es a nivel personal, pero otras más se gestan en el ámbito de los negocios. Es cierto, en casi todos los casos tenemos que reinventar nuestro modelo de negocio, nuestra estructura de costos, nuestros planes de crecimiento, nuestra propuesta de servicio, nuestros criterios de éxito y fracaso, nuestros principios de respeto al medio ambiente y nuestro compromiso con los trabajadores y la comunidad.

No basta ahora generar utilidades para sobrevivir. Parece inaplazable redefinir los principios ideológicos que nos impulsaban en el pasado. Antes, lograr una empresa exitosa arrojaba suficientes beneficios sociales como para tenerse que preocupar de otros renglones. A partir de mañana tenemos que redefinir los postulados y el orden de las prioridades. Cada quien la propia, pero desde dentro de las organizaciones, para que no quede ninguna duda de qué rol queremos cumplir a partir de la nueva realidad.


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Día 11

Finalmente, mi número se acercaba. De no interrumpirse la secuencia, en menos de una hora podría abandonar el barco y tocar tierra firme. Por fin podría empezar a saber que estaba pasando y como estaban mi familia y mis compañeros de viaje, y averiguar cómo regresar a mi casa desde un lugar tan remoto. Hice esfuerzos enormes para que la ansiedad no me devorara, llevando en el bolsillo mi arma más importante: mi celular y el cargador.

Cuando abrí mi camarote y salí, dos guardias ataviados con traje sanitario me escoltaron diciendo que era el único de esa zona que estaba en mi camarote.

—¿Qué pasó con los demás?

—Quisieron escapar pero no pudieron.

—¿Y qué les pasó? –insistí–.

Silencio, no recibí ni una palabra más de su parte, aunque sabía que su silencio era una respuesta.  

Por fin toqué tierra, el puerto era un gran vacío, no habían camiones o taxis para los pasajeros que suelen bajar de un crucero. Nada. No quise adentrarme a las primeras calles de la ciudad solo, por lo que decidí esperar a otros pasajeros para tratar de ir en grupo. Mientras llegaban a ese punto, sólo veía calles vacías llenas de basura y desechos, como si un huracán hubiese pasado por la isla. Prendí mi celular en busca de señal, pero no registraba nada.

Las tres personas que se acercaron no me parecieron la mejor opción para unirme. Por su aspecto, parecían de algún país africano y deduje que la comunicación y los códigos culturales dificultarían las cosas. Seguí esperando hasta que, por fin, un grupo de cuatro argentinos me dejaron unirme luego del interrogatorio de rigor, que pude superar gracias a que uno de ellos me identificó como parte de los pasajeros del congreso, e incluso dijo haber conversado brevemente conmigo en el evento inaugural.

—Gracias Fernando, aprecio mucho que me dejen ir con ustedes. Sea lo que sea que nos espera, creo que ir solo no es buena idea.

La propuesta de uno de ellos parecía hacer sentido. Buscar los edificios más altos del puerto, que seguramente serían los hoteles de cadena, para pedir ahí ayuda, ubicar la embajada o el consulado del Argentina o de algún país europeo, informarnos de la situación, trazar un plan de regreso, etcétera. No costó trabajo ubicar un par de construcciones que sobresalían de las demás, y no debían estar a más de un kilómetro, por lo que iniciamos la caminata.

Las calles eran un desierto caluroso y abrumador, como de película de terror. Muebles viejos, basura, cristales rotos, autos abandonados y un par de barricadas con gente que nos observaba de lejos, embozada y armada.

abandonado
Imagen: Jeremy Martínez.

Logramos llegar al primer edificio pero las puertas estaban cerradas y no había un solo letrero. El segundo edificio, una cuadra después, era un Holiday Inn también cerrado con toda clase de bloqueos que impedían siquiera acercarse a la puerta. Fue claro que la situación era muy grave y una sensación de abandono y muerte me invadió. El panorama parecía mucho peor de lo imaginable.

En esas cavilaciones estábamos cuando un adolescente se acercó en una bicicleta destartalada, y desde unos 5 metros nos habló en mal inglés:

—¿Son del barco?

—Asentimos con la cabeza.

—¿Necesitan wi-fi?

—Sí, sí.

—Síganme y los llevo a un lugar en que podrán usarlo, pero cuesta 100 dólares por persona 10 minutos; ¿traen dinero?

Hasta ese momento reparé en que todo mi efectivo se había ido en el plan de rescate de Isabel, y que mi expectativa era “sacar dinero de la tarjeta” en cuanto tocáramos tierra.

—¡Sí lo tenemos!, interrumpió Fernando, vamos… ¿está lejos?

—No, no, a 5 minutos caminando.

Iniciamos la caminata siguiendo al niño, que en ese momento veíamos como nuestra salvación. Tener un celular funcionando, en ese momento, representaba nuestra razón de ser. Todo se reducía a la magia del aparatito que nos permitiría tener todas las respuestas que necesitábamos.  

El lugar era una casa playera descuidada escoltada por tres tipos armados a la entrada, con pistolas y machetes. Esperen aquí nos dijo el niño, hay que entrar en el siguiente grupo. En la espera, pregunté a nuestro guía por los demás pasajeros del barco y se limitó a decirme que casi todos habían buscado la forma de tomar una balsa hacia la siguiente isla. No pasaron ni 5 minutos cuando nos llamaron para ingresar, cobrando a la entrada. Prometí a Fernando que algún día le devolvería el favor y pasamos. Adentro habían 10 o 12 sillas distribuidas alrededor de la habitación, separadas unas de otras por cortinas viejas de baño colocadas con maderas podridas. En cada espacio había un pizarrón con la clave escrita en gis. Tan pronto fuimos ingresando la clave nuestros teléfonos volvieron a la vida recibiendo los miles de mensajes que teníamos pendientes de ser bajados. El ruido de los mensajes “entrando”, se combinaba formando una melodía siniestra de información esperando ser descifrada.

No sabía por dónde empezar. Traté de ordenar mi mente. Revisé, primero, los chats de la familia y según fui leyendo la información me fue inundando la cabeza con imágenes. Palabras más o palabras menos, les urgía saber cómo estaba porque una parte del mundo estaba colapsada por la explosión de la nueva cepa del virus. En los países en los que las vacunas habían sido aplicadas el virus estaba bajo control, pero en los países pobres en los que las campañas de vacunación apenas empezaban la situación era apocalíptica. Además, ahora el  foco de la infección era Brasil, pero habían brotes en todos los países latinoamericanos, y desde luego en la del Caribe. 

En muchas ciudades los muertos eran dejados en montañas en las calles y todo estaba fuera de control. Habían levantamientos en toda la región, y tratando de mantener el control las policías estaban disparando contra todos los que violaran el toque de queda. ¡Era verdad, lo que había sucedido en el barco era verdad! El virus había regresado con mayor letalidad que antes y el miedo había sacado las cosas de su curso normal, al menos, en algunos países. La situación era clara y triste… los países más pobres, sin vacunas, estaban pagando el precio de haber ¡sido dejadas atrás!

Sólo alcance a avisar que “estaba bien”, en un lugar seguro, que les avisaría de mi situación “en breve”, y me puse a revisar los chats de mis otros compañeros de travesía en busca de algún mensaje revelador… pero no había rastro.

Iba a intentar una llamada con mi hija cuando nos avisaron que nuestro tiempo había terminado. Salimos del lugar y ya habían, al menos, otras 20 personas esperando entrar. Estábamos en shock. Nos dirigimos sin hablar hasta un lugar que consideramos “seguro”, en el que varias personas hacían una larga fila para recibir botellas de agua, y empezamos a intercambiar la información que cada uno tenía. Era la misma. En todas las ciudades de donde proveníamos reinaba el caos y la desolación. No sabíamos dónde estábamos, no sabíamos a dónde ir, y tampoco imaginábamos cómo salir de ahí. Formados en la fila para recibir una botella de agua que necesitábamos desesperadamente, fuimos informados a gritos por una persona con un uniforme que alguna vez había sido de guardia o policía, que a nosotros no porque éramos extranjeros. 

pandemia
Imagen: BBC.

Decidimos que lo mejor era que Fernando regresara al reino del wi-fi, y por otros 100 dólares mandara mensajes a diversas personas que podrían orientarlo sobre alguna forma de escapar de la isla. Empleamos más de dos horas en dos ingresos más de Fernando a la casa del wi-fi para obtener algunas respuestas y poder tomar alguna decisión. Al final, ya con la tarde convertida en anticipo de obscuridad y peligro se llegó a una decisión, que consistía en tratar de conseguir un bote que nos llevara hasta Puerto Rico, en el que se encontraba un consulado de Argentina que estaba asistiendo a sus nacionales a regresar a su país.

De acuerdo, era un buen plan, pero ¿yo qué haría? Aunque me aseguraron que abogarían por mí en su consulado, para recibir ayuda, el panorama era incierto. Si había una embajada o consulado mexicano en Puerto Rico, era posible que estuviese cerrado o incomunicado. Decidimos regresar al puerto. Ellos, en busca de alguien que quisiera llevarlos a Puerto Rico a cambio de una pequeña fortuna que habían reunido para negociar su salida, y yo, pensando en regresar el barco, mi antigua ratonera, tratando de acceder al único “lugar seguro” que identificaba en esa zona. Regresamos en silencio, todos pensando en lo que seguía. Todos con miedo en nuestros corazones. 

En el puerto, después de algunas gestiones con desconocidos, mis amigos habían ya encontrado transporte y esperarían al amanecer para intentarlo. Tratarían de pasar la noche en la pequeña oficina de acceso al puerto, en el que un conserje, a cambio de 200 dólares, les permitiría refugiarse. Les pedí que me dieran oportunidad de intentar reingresar al barco, y de no tener éxito los alcanzaría antes de su partida para unirme a la expedición. Nos despedimos deseándonos suerte, diciendo a Fernando que nada en este mundo me daría más gusto que entregarle personalmente los 100 dólares que le debía.

—De acuerdo –me contestó–, es una promesa…

Me acerqué al barco en busca de alguna persona para negociar mi reingreso y tardé casi dos horas en poder hablar con alguien de la tripulación que, desde más de 3 metros, casi a gritos, me pedía que me retirara.

No tenía opciones, por lo que eché mano de todas mis habilidades de abogado para convencerlo de que era responsabilidad de la línea de cruceros regresarme al punto de origen. Después de tres entrevistas con diferentes personas y casi en el límite para decidir si me unía a Fernando, aceptaron dejarme pasar. En el curso de la negociación me informaron que el barco trataría de regresar a Miami al día siguiente, tan pronto consiguieran combustible y agua, y además los únicos pasajeros que seguían en el barco, resguardados, eran los estadounidenses, porque eran los únicos que podrían autorizar para regresar a Miami. Una vez más, la nacionalidad como primer criterio de discriminación. Por lo visto, de la pandemia… no habíamos aprendido nada.

Lo que me abrió las puertas fue que la ruta de regreso tocaría Cozumel para reabastecer combustible, lo cual me permitiría bajar en mi país. Regresé al camarote por fin, escoltado, y tan pronto pude me dirigí al camarote de Juan esperando encontrarlo, pero nadie respondió.

Día 12

Dormí más de 14 horas, y aun así seguía exhausto. El día previo había agotado mis reservas de estabilidad emocional y de resistencia física. Había logrado conseguir media botella de agua en el barco, pero moría de sed y hambre. Salí al pasillo y esperé en la puerta de mi camarote hasta que un miembro de la tripulación pasó y le pregunté por agua y comida. Quedó de ver la forma de conseguirlo y volvería. Y volvió. Media hora más tarde, una charola con pan y alguna fruta en estado regular de conservación aparecieron ante mis ojos, como el mayor de los tesoros. Junto con la comida llegó la mejor de las noticias: el barco iniciaría el camino de regreso por la tarde, una vez que acabaran la recarga de combustible y de alimentos. Además, disfruté de mi primer baño con agua dulce y caliente, que pasó por todo mi cuerpo eliminando la sal y el sudor que formaban ya una capa grasosa que daba constancia olorosa de mi condición de marginado.

¡Qué alivio! Sentí, por primera vez desde el confinamiento, que era el fin de la pesadilla. Volvería a casa vivo y sano. Por primera vez lloré, primero sólo unas lágrimas, y luego un llanto desolado y abundante, como hacía años que no lloraba.

El aviso del capitán de que estaríamos iniciando el regreso, y que esperábamos llegar a Cozumel a las 10 de la mañana del día siguiente terminó por inyectarme la dosis de emoción que me faltaba. Repasaba, uno a uno, los momentos vividos desde que habíamos abordado, y las muchas personas que me habían ayudado desinteresadamente y habían hecho la diferencia. Una hora después de partir, previo aviso del capitán insistiendo en que nos mantuviéramos en nuestros camarotes, iniciaron el reparto de comida. Otra vez toc-toc en mi camarote, y esta vez una charola con una ración suficiente de comida y agua.

barco
Imagen: RT.

A los 5 minutos, otros breves golpes en la puerta, y al abrir la sorpresa, casi me hace gritar. Era Juan, disfrazado con traje sanitario, que me apartó para poder entrar con rapidez, y ya con la puerta cerrada darme un abrazo largo y sentido. Ambos lloramos antes de poder empezar a ponernos al día. Le hice un muy breve resumen de mi estancia en tierra y de mis peripecias para regresar al lugar del que tanto tratamos de escapar.

—¿Qué pasó?, ¿te dejaron regresar al barco como a mí?

—No jefe, yo nunca bajé, me escondí y me quedé aquí, pasando de un camarote a otro para poder escabullirme y conseguir los restos de comida o agua que pude conseguir. A los gringos los concentraron en el piso de arriba.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Tengo ya mis “mensajeros” jefe, la gente de limpieza se ha convertido en aliada…

—… y de Isabel o de Javier, ¿sabes algo?

—De Isabel nada, aunque llegué a escuchar en los pasillos que dos o tres intentos de fuga habían fracasado y que tenían a varias personas detenidas en la parte de abajo del crucero.

—Bueno, ojalá estén detenidos, además no pueden acusarlos de nada porque en ese momento quien tenía el control del barco era el comando que lo tomó…

—¿Comando? No jefe… nunca hubo un comando. Una persona de la tripulación me confió que nunca existió algún comando, el capitán tomó la decisión de dejar correr esa información para evitar que la gente saliera de sus camarotes… era la única manera de evitar el caos porque el barco tenía sólo combustible y comida para llegar al primer punto de la travesía y pasarían semanas antes de que nos dejaran bajar en algún lugar.

No pude contestar, esa información desató cientos de conjeturas en mi mente sobre los efectos de una decisión que influyó totalmente en las vidas y destinos de todos los que viajábamos en ese barco, y que reconocíamos en el capitán a la máxima autoridad del navío. No quise calificarlo como estúpido o criminal de inmediato, prefería aplazar el veredicto para cuando pudiera reflexionar sobre el asunto. Sólo me limité a decir:

—No chingues, está muy cabrón hacer algo así…

—Juan, ¿tú sabes lo que sucedió en realidad?

—Sí, me lo comentaron otros pasajeros que pudieron de alguna forma tener señal en sus teléfonos al acercarnos a tierra… ¿no hubiera sido mejor decir la verdad sobre la existencia del nuevo virus para que la gente se quedara confinada?

—Creo que no… después de la experiencia del COVID, la gente habría buscado escapar del barco a toda costa, y según pasaran los días la situación se habría salido de control. Tal vez la decisión del capitán no había sido tan mala. Por eso cortaron toda comunicación del barco con el exterior.

—Y la nuestra de no participar en intentos de fuga tampoco. Era una huida hacia una situación peor que en el propio barco. En mi caso –agregó Juan–, el miedo que me paralizó me ayudó a mantenerme con vida.

Sólo entonces me asaltó un pensamiento que me tomó por sorpresa como mío, con forma de culpa plena. ¡No debí impulsarlos a tratar de huir! Fue una decisión funesta, basada en especulaciones.

—Debimos permanecer juntos y aguantar hasta el final.

—Pero Isabel ya se veía muy mal jefe, tenía que tratar de huir o moriría aquí…

Salimos al balcón a hurgar el horizonte, cada uno sumido en sus pensamientos. En otras circunstancias sería un momento placentero para disfrutar del sol, de la brisa y del agua salada. Hoy no lo era.


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Día 8

Lo primero que vi cuando desperté fue a Karen sentada en la mesa del camarote escribiendo en el cuaderno. Hizo una pausa, volteó, me lo barajó para acreditar que él mismo estaba por terminar sus hojas, y me dijo que con la información que yo le había traído llevaba ya dos páginas reportándolo a los demás. Mientras regresaba a su tarea, por primera vez desde el inicio del caos, el anuncio que repetidamente daban por los altavoces –y que habíamos dejado de atender– cambió:

—“A partir de hoy, las raciones de comida y agua serán reducidas a la mitad, favor de racionarlas al máximo”.

—Karen se limitó a mirarme y decirme con un dejo de sonrisa: “no te preocupes, te daré de mi parte, yo no como demasiado…”.

Pasamos el día esperando la nueva ración y alguna noticia nueva del exterior sin sobresaltos… y sin comida. Ahondamos en conversaciones sobre nuestras vidas, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras expectativas y nuestros miedos. El camarote se había convertido en un pequeño reducto en el que dos personas extrañas, de puntos opuestos del mundo, flotando en medio del mar, estaban dispuestas a hacerse mutuas confesiones en busca de la liberación de cargas, de recuerdos inservibles, de culpas y de miedos.   

Al llegar la noche algo había cambiado en el barco, había cierto silencio, cierta expectación diferente a los días previos, cierta calma, y mucha hambre. La comida de todos los días no había llegado, lo cual marcaba un punto de preocupación particular. Karen sacó de algún lugar un par de barras de chocolate que había llevado consigo y que fue como una cena en el mejor restaurante del mundo. Afuera, a lo lejos, la estela de luz de la luna se reflejaba en el mar hasta nuestra mirada, sugiriendo un camino hacia un mejor lugar.

Me dispuse a dormir pesando en la suerte que habrían corrido mis compañeros de viaje, especulando furtivamente en que sería, posiblemente, una de mis últimas noches en el mundo, cuando sentí algo hasta ese momento imprevisto. El cuerpo de Karen, detrás de mí, abrazándome como mejor pudo y pidiendo permiso para acurrucarse a mi lado. “Si hay virus no te preocupes, llevo 8 días sin ver a nadie… soy covid free”.

secreto en el camarote
Imagen: Anna Hagen.
Día 9

La llegada del cuaderno, por la mañana, trajo noticias sorprendentes. Alguien de los que repartía comida había informado a uno de los vecinos que la situación era ya insostenible, que la comida se había terminado y el agua escaseaba, y que cosas muy graves sucederían en las próximas horas. Si había algún plan de escape, había que ponerlo en marcha de inmediato. El cuaderno viajó y viajó de lado a lado innumerables veces hasta lograr un consenso entre los integrantes del grupo. Todos se concentrarían en el balcón del extremo sur, para desde ahí trepar con cuerdas a uno de los botes salvavidas que se ubicaba unos 3 metros arriba, para tratar desde ahí de descolgarlo al mar y huir.

Un plan parecido al que había seguido Isabel, cuyo final desconocíamos, pero del que teníamos indicios de que habría fracasado. No habían muchas más opciones. Sin agua y sin comida lo siguiente en el barco era la anarquía total, la guerra salvaje entre grupos para tratar de sobrevivir.

En las horas siguientes nos concentramos en preparar la huida, pactada para las 4 de la mañana. Había que llevar todas las provisiones posibles, cosas para cubrirse del sol, papeles personales, cubrebocas, medicamentos, todo aquello que pudiera servir como arma, y dejar cartas explicando la decisión, para el remoto caso de que nuestros familiares pudieran algún día recibirlas.

En mi caso, tenía que intentar entrar en contacto con Juan, que debía permanecer en mi camarote, y convencerlo para tratar de escapar con nosotros. Ahora sí, el tiempo se agotaba y no se veían otras opciones. Pasé de balcón en balcón hasta el punto que consideré más cercano a mi camarote, salí y corrí por el pasillo hasta llegar al lugar. Toqué y toqué sin respuesta, traté de entrar con mi llave y estaba desactivada. Tuve suerte, no me cruce con nadie en el camino. Regresé sobre mis pasos con la zozobra de la incertidumbre.

Cuando regresé, cansado y abatido, informé a Karen sobre el resultado y me acosté a descansar para acometer el plan de escape en 3 horas más. Otra vez Karen se acomodó a mis espaldas y me reconfortó. Sin saber cómo consumimos las últimas horas en besarnos y hacer el amor hasta media hora antes de la hora final. En la vida siempre supe que cuando uno desnuda su alma ante una mujer, desnudar el cuerpo es ya solo cuestión de tiempo y circunstancias. Y Karen y yo nos habíamos desnudado por completo casi desde que nos conocimos. Fue estrujante pensar en que, para ambos, era una despedida sin tener idea de si al menos podríamos ver el siguiente amanecer.  Afuera del balcón estaba la noche, que no era el miedo en sí, sino sólo el lugar en que éste habita.

Día 10

No pudimos dormir, a las 3 de la mañana debíamos iniciar el camino entre balcón y balcón para llegar al punto desde el cual podríamos trepar hacia el bote salvavidas. Justo antes de partir cambié de opinión. No supe por qué, no tenía una razón elaborada, no hacía sentido, pero algo me decía que era mejor quedarme donde estaba. Traicionar mi intuición, que siempre me había servido, era lo único que no podía permitirme.

intuicion
Imagen: Gérard DuBois.

—Lo siento Karen, no voy, aquí me quedo, prefiero esperar.

Insistió 5 minutos y desistió, tenía que iniciar el camino o la dejarían atrás.

Nos deseamos suerte, nos cruzamos números de contacto, nos abrazamos como viejos amigos y prometimos vernos pronto en tierra, cuanto todo esto hubiese terminado. Y se fue.

Mi primera sensación fue que estaba dejando ir la única oportunidad que me quedaba de escapar de la caja flotante, pero ya era tarde, ya ni queriendo podría alcanzarlos. Me senté en el balcón, tratando de identificar diferencias entre el negro de la noche y el negro del mar, y esperando para ver si alcanzaba a identificar alguna luz o sonido del bote escapando hacia tierra segura. Nada. Me quedé esperando hasta que el amanecer me faltó al respeto con un sol quemante frente a los ojos, anunciando un día más de calor sin aire acondicionado.

Sin nada que hacer, sin comida, sin agua, sin libros, sin nadie a mi alrededor me recosté mirando al techo y sentí un mareo, algo se había movido ajeno a mi voluntad. Un primer impulso, y luego otro, y otro más. El barco, el barco se estaba moviendo. Los gritos de otros camarotes identificando el movimiento me confirmaron esa inconcebible noticia. El barco avanzaba. Salía al balcón a buscar la espuma de la estela del barco, y aunque apenas incipiente, ya se anunciaba el vaivén del casco del crucero rompiendo las pequeñas olas.

Toda mi energía, mi atención, mis pensamientos y mi voluntad estaban puestos en que el barco debía seguir avanzando. Un nuevo anuncio en los altavoces empezó a dar forma a una realidad que nos había abandonado por 10 días, el anuncio empezaba diciendo: “Les habla el capitán…”.

Sin explicar nada se limitó a decir que habíamos sido autorizados para avanzar hacia puerto en la isla de San Cristóbal y Nieves, a donde deberíamos estar llegando en aproximadamente 5 horas. Se nos pedía no salir de nuestros camarotes y esperar nuevas instrucciones. Por ningún motivo debíamos salir de nuestros camarotes. No importaba nada, la inminencia de estar en tierra en 5 horas era una información difícil de procesar. Los gritos de alegría de otros pasajeros y el llanto de otros confirmaba que no estaba sufriendo alucinaciones. Para ese momento, además, la velocidad del barco ya era notable.

Pensé en ir a mi camarote por mi maleta y ver si encontraba a Juan, pero me pareció un riesgo innecesario cuando la solución estaba a la vista. Ya habría tiempo de buscarlo, o en su caso nos veríamos “abajo”. Reparé entonces en la palabra “abajo”, que de todas las del idioma español se convertía en la más bella: “abajo”, “abajo”, “abajo”.

altoparlante del camarote
Imagen: Pinterest.

Cuando empecé a identificar, a lo lejos, el perfil de ciertas breves montañas mi corazón dio un vuelco. Era un hecho, nos estábamos acercando a tierra y podríamos salir de la trampa mortal flotante. No más hambre, no más sed, no más pensamientos suicidas. No más agua salada en la piel.

A escasos 400 metros de la orilla los altoparlantes del barco empezaron a repetir la misma instrucción hasta la saciedad.

—Nadie deberá salir de su camarote. Para abandonar el barco debemos esperar autorización de las autoridades locales, y llamaremos camarotes de dos en dos hasta desocupar el navío. Cada persona debe llevar sus pertenencias.

No importaba. Nada importaba. Después de 11 días de incertidumbre, esperar unas horas más, ya con la tranquilidad de estar en tierra era sólo un breve estirón adicional a la reserva de paciencia. Tocamos tierra, aunque me tocó del lado del barco en el que no era posible ver hacia la isla, pero podía ver el puerto y parte de la ciudad a lo lejos. De alguna manera nuestro secuestro había terminado y nos estaban liberando.

Prendí mi celular, no había señal, por lo que lo volví a apagar para no gastar lo que me quedaba de pila. Ya habría oportunidad de encontrar señal en tierra. Después de dos horas de espera, por fin la voz en las bocinas empezó a dictar los números de camarotes cuyos ocupantes podrían ya salir. Dos minutos después otros dos, y dos minutos después otros dos. Hice cuentas, con el número que tenía debían pasar unas 3 horas más para que llegara mi turno. 

A veces la voz paraba y no llamaban a nadie, lo que fue demorando la salida por horas y horas. La secuencia era extraña, porque había ciertos números de camarotes que simplemente, eran saltados. Dormitaba entre llamados y llamados, tratando de identificar una secuencia que me permitiera un mejor pronóstico de mi momento de caminar hacia la libertad.

Continuará…


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Lectura: 11 minutos
DÍA 5

Como estaba planeado, Javier escaló por el balcón hasta el camarote de nuestro amigo de Perú para de ahí correr hacia el suyo. Parecía una ruta segura, pero permanecimos atentos durante más de 20 minutos para asegurarnos de no escuchar ningún ruido revelador. Nada, todo parecía tranquilo.

La primera mala noticia del día fue la falta de agua en el baño del camarote. No sólo era grave la falta de aseo, sino que era el agua que habíamos estado bebiendo. Una hora después llegó el aviso por los altoparlantes:

—El agua potable se ha terminado, junto con la comida se incluirá una botella de agua por camarote, pero deben racionarla. No salgan por ningún motivo de sus camarotes. Repito, no salgan por ningún motivo.

Más por distraernos en algo productivo que por encontrar una solución, improvisé con una parte firme de mi maleta y con la cuerda sacada de los chalecos salvavidas logramos bajar el recipiente hasta el mar y subirlo con una pequeña cantidad de agua que nos sirvió para asear el WC. Repetimos la operación turnándonos Isabel y yo hasta que el cansancio nos lo permitió; de repente un nuevo toc-toc en nuestra puerta.

Cuando abrí para recuperar la comida me llevé la sorpresa de que no era el room service, sino un colega de Estados Unidos al que apenas reconocí detrás de una máscara de tela que sólo le dejaba los ojos visibles.

—Soy Bryan, déjame pasar, tengo un plan para salir de aquí que les quiero compartir.

Bryan tenía mi número de camarote porque el primer día me lo pidió para contactarme más adelante para una cita de trabajo. De acuerdo a la información de Bryan, lo que estaba sucediendo es que el comando que había tomado el barco había diseminado una substancia en alguna bebida el día del coctel inaugural, la cual había matado a varias personas, con el propósito de correr la versión del virus y poder detener el barco para negociar nuestra liberación. Simplemente esto era un secuestro y éramos rehenes de un grupo criminal que, para mantenernos bajo control en nuestros camarotes, había diseminado la versión del virus letal. Claro, hacía mucho sentido. De alguna manera respiré, por fin había información que sonaba lógica, y en realidad, prefería estar secuestrado que expuesto a una infección mortal.

plan de escape agua saldad
Imagen: Cloudfront.

Según Bryan, tendríamos que saltar con nuestros chalecos salvavidas antes del amanecer del día siguiente hacia una luz intermitente que sería la señal de una lancha que iría a nuestro encuentro para llevarnos a tierra. Algo estaba mal en su plan… y cuando le pregunté cómo había hecho para contactar a alguien en tierra que viniese al rescate, no pareció asertivo y se limitó a decir que lo había negociado a través de “alguien” de la tripulación. No quise decir que no, pero claramente su planteamiento dejaba más dudas que certezas. Tampoco explicaba con claridad la razón de escogernos a nosotros para integrar el equipo de escape. Sólo se limitó a decir que debíamos ser al menos 6 para podernos cubrir unos a otros. Quedó de ver la forma de mandarme información sobre el plan de escape a través de alguien que vendría de su parte con indicaciones de ruta y lugar para el escape.

—No olviden llevar sus chalecos salvavidas, insistió, es la única manera de salir de aquí con vida.

DÍA 6

Hoy deberíamos estar desembarcando de regreso del congreso. Hoy todo tendría que haber terminado con abrazos y felicitaciones de vuelta a casa. A mí me esperaba mi hija que para este momento debía estar ya muy preocupada de la falta de noticias. Mi esperanza era que la situación del barco fuese noticia importante en el mundo y que al menos pudiera saber porque no regresaba a casa. Ese pensamiento me llevó a pensar en que era extraño, a esas alturas, no haber sido cercados por embarcaciones oficiales o sobrevolados por helicópteros de noticieros o de autoridades tratando de saber que ocurría. Nada. Para tranquilizarme asumí que seguramente era una de las exigencias de los secuestradores.

A cambio de eso, estaba dedicado a asearme con agua de mar, que me dejaba una sensación muy desagradable con esa mezcla pegajosa de sudor y la sal sobre la piel. El aire acondicionado se encontraba apagado desde ese día y el calor era ya un factor más de incomodidad.

En esas horas de quietud y silencio mis pensamientos viajaron a preguntarme si realmente me asustaba morir. Sí, definitivamente. El vacío más allá del borde de la cama de los enfermos me enfermaba ¿Qué seguía? ¿Qué había más allá? Y si había algo… ¿de qué servía sin la conciencia de seguir siendo yo? En algún punto me hice a la idea de morir y no me asustó tanto como pensar en dejar de hacer las cosas que aún tenía planeadas. Libros por escribir, viajes por hacer, amigos con los cuales departir, y el Corvette negro que siempre había querido comprar.

Lancé una vez más al mar una botella con mi orina. A partir de que nos habían suministrado botellas de agua, habíamos decidido usar algunas como recipiente para ese fin. Por una parte, para evitar ensuciar más nuestro baño, y por otro lado, para dejar flotando en el mar un mensaje líquido en la botella. Si alguien la encontraba, en alguna parte del océano, y la sometía a una prueba de ADN, sabría que habíamos dejado ese rastro de nuestra presencia en las aguas saladas del infinito mar.

Mis cavilaciones fueron interrumpidas por la voz entrecortada de Isabel que sólo alcanzó a balbucear que no se sentía bien, antes de tener un ataque que combinaba tos y llanto. Le faltaba el aire, se quejaba de dolores estomacales y en el pecho y su piel había adquirido un tono verdoso muy preocupante. La abrace, la lleve al bacón, la calmé hasta que poco a poco recuperó la suficiente dosis de tranquilidad para un autoexamen, dejando ver que más allá del ataque nervioso, sí tenía dolores identificables… y tos.

La llegada de Juan y Javier, de regreso de haber recuperado su ración del día, nos alivió un poco, especialmente porque regresaron con 3 botellas de agua que habían robado de un camarote abandonado, y con información nueva. El mesero que estaba vendiendo los lugares para la escapatoria en el bote salvavidas, esa misma noche, pedía un anticipo de dinero, joyas, relojes y cualquier otra cosa de valor a cambio de conseguirnos dos lugares, porque ya no quedaban más. Dependía de la suma ofertada que pudiera ganarlos para nosotros porque habían otros ofreciendo sus joyas y su dinero para conseguir los lugares. Debíamos sacar fotografías con nuestros celulares para mostrar las cosas y poder entrar a la subasta por la libertad. Juan y Javier, previendo la decisión que tomaríamos habían ya metido sus bienes y dinero en una back pack que vaciaron en ese momento. Hice lo mismo y sumando el dinero llegábamos a la cifra de $7,500 dólares, 3 relojes de buena marca y algunos accesorios de oro entre anillos y collares de Isabel. No era mucho pero era lo que teníamos.

De acuerdo, teníamos 2 horas para decidir si entrabamos a la subasta por los dos lugares, que era el plazo para que Juan se reuniera con el mesero para hacerle nuestra oferta. Mi decisión estaba tomada, así que les dije:

—La verdad no creo que con esta suma alcance para dos lugares, mi propuesta es que ofertemos por un lugar para asegurarnos de que Isabel pueda irse hoy mismo, porque no está del todo bien.

—De acuerdo jefe, dijo Javier y secundó Juan, ante las protestas acalladas de Isabel, las cuales, de tan débiles, sonaron a que también estaba de acuerdo.

plan de escape
Imagen: Human Rights Watch.

En corto, sin que Isabel lo viera, Javier me mostró fotos tomadas con su celular de fotos del teléfono que el mesero les había mostrado de pasajeros muertos por la infección, los cuales mostraban caras hinchadas y un color verdoso. Recorrí parsimoniosamente las fotos en busca de algún rostro conocido, pero no lo encontré, lo que me dio una cierta tranquilidad momentánea. Tal vez, sólo tal vez, era la manera de vender a precio de oro un asiento para un escape innecesario. Pero no teníamos opciones.

Casi sin discusión, asumiendo que era la única alternativa real y concreta, empezamos a trazar planes para que Isabel pudiera contactar posibles ayudas en tierra, y pudiera avisar a nuestras familias de que “estábamos bien”. En eso deliberábamos cuando… tocaron a  la puerta.

DÍA 7

Nos dieron las 12 de la noche, el inicio del nuevo día, discutiendo cuál de las opciones era la menos riesgosa. La nota que Bryan nos había hecho llegar a través de su mensajero decía: “Manuel, de lo que hablamos está listo. Estén preparados, pasaremos a las 5 en punto de la mañana por ustedes. No lleven nada, sólo sus papeles y lo que acordamos”. Estén listos, ya todo está arreglado”.

A las dos de la mañana tomamos la decisión. Parecía más real y realizable el plan del bote salvavidas del propio barco, que el que vendría de no sabíamos dónde, además, la idea de bajar al mar y dejar nuestro refugio, claramente era un paso sin retorno. Isabel iría en plan uno y el resto en el dos. No sabíamos con precisión a cuánto estábamos del punto en tierra más cercano, pero esperábamos que activando nuestros celulares en unas horas pudiéramos ya estar en contacto y fuera de peligro.

Al paso de las horas los nervios subieron de tono y la tos de Isabel también. Juan, el mejor dotado para escalar balcones y lograr circular en el barco, fue el encargado de acudir a la cita para subastar el lugar de Isabel en el bote salvavidas. Regresó sin contratiempos a decirnos que la oferta estaba firme para un lugar, que tendríamos que tener el dinero y las cosas juntas al momento de la partida para poder tener ese asiento. A las 3 de la mañana tocarían y nos dejarían un atuendo médico de los que empleaba el personal que repartía la comida para disfrazarse y poder avanzar hasta el punto de encuentro y de ahí proceder a abordar el navío. Sonaba posible.

Casi una hora después de lo acordado tocaron a nuestra puerta avisando que Isabel debía partir. Ya no hubo abrazos, ni llanto, sólo la precipitación de los últimos deseos de que todo saldría bien y pronto esto sería una gran anécdota para contar en la oficina. Al cerrarse la puerta nos quedamos en silencio, esperando nerviosamente nuestro turno para escapar. Antes de la hora acordada, Bryan llegó a nuestro camarote para explicarnos que “el plan había cambiado, que tendríamos que avanzar armados hasta el punto del bote en el que nos recogerían”. Que no tendríamos que tirarnos al mar, porque sabían que el barco sería abordado por la policía naval para recuperar el control y que la embarcación que vendría por nosotros aprovecharía la confusión para acercarse a un punto en el que podríamos abordar.

Con Bryan venían otras dos personas con suficientes caretas y protecciones como para no poder ver sus caras. Lo que sí se veía era que cargaban pistolas de alto calibre. En lo que tomábamos nuestras mínimas pertenencias para partir, Juan se nos acercó y extendiéndonos la mano se limitó a decir:

—Jefe, Javier, suerte, yo me quedo, no quiero tomar ese riesgo, prefiero esperar aquí a ver qué pasa.

—Pero… Juan, es nuestra oportunidad, no se ve que pueda haber una solución después, vente con nosotros.

—No jefe, yo aquí me quedo.

Rompimos el protocolo y nos despedimos de Juan con un abrazo deseando todos volvernos a ver muy pronto. Ready?, nos dijo Bryan, se hace tarde, hay que estar en el punto en menos de media hora. Recibimos un curso de 2 minutos sobre cómo usar el arma que a cada uno nos asignaron, y nos pidieron ir en la retaguardia del grupo. Los nervios iban en aumento, para mí era la primera salida del camarote desde el confinamiento, una semana atrás.

escape agua salada
Imagen: Kotaku.

No bien habíamos avanzado a la mitad del pasillo cuando de frente vimos caminando hacia nosotros a dos personas ataviadas con el equipo sanitario empujando un carrito de servicio. Bryan se limitó a pedirnos seguir y no decir nada, sólo seguir. El primer obstáculo parecía haberse librado bien, aunque uno de los sujetos, cuando habíamos ya pasado alcanzó a decir:

The code?

30 metros adelante nos alcanzó e insistió en que le diéramos el código. Bryan se quedó hablando con él y nos pidió que siguiéramos avanzando, lo cual hicimos. A los 20 segundos sonó un disparo, volteamos y vimos a Bryan corriendo hacia nosotros haciendo señales de que debíamos apurar el paso. Llegando a un punto en el que teníamos bajar por una escalera encontramos a tres personas en una especie de puesto de control, lo que nos obligó a regresar y tratar de encontrar otra ruta para bajar. Los gritos de los guardias empezaron a delatar nuestra incursión y escuchamos sus pasos corriendo detrás de nosotros. Empezamos a correr, pero al frente, al final del pasillo, ya teníamos cerrado el paso, estábamos acorralados. Mientras yo reducía el paso los demás doblaron hacia un pasillo que conectaba con alguna otra área, en busca de refugio.

Algo me dijo que estaría mejor solo. Oculté el arma y me recargué en una puerta de un camarote… y toqué. Abrió la puerta una mujer, seguramente esperando que fuera la charola con comida de todos los días. Tuve que aventar un poco la puerta y entrar. La mujer se refugió en la parte de atrás del camarote. Le dije con claridad que era pasajero y estaba huyendo de las personas que tenían el control del barco, que no le haría daño. Me miró fijamente y no dijo nada, sólo se mantuvo detrás de una silla, hincada en un rincón del camarote.

Afuera, ráfagas de disparos, gritos y caos. Era evidente que nuestro intento de huida había fracasado y había desatado una cacería. Por la frecuencia y estruendo de los disparos y los gritos parecía ya una confrontación entre varios grupos, o una especie de insurrección. Seguramente otros pasajeros, desesperados por el confinamiento, estaban en posición de pelea.

Aliviado de que nadie hubiera intentado entrar por mí al camarote, me tranquilicé un poco y en un resumen apretado expliqué en inglés a la dama quién era yo, que era asistente al congreso y que no le haría daño alguno, al contrario, que la ayudaría en lo que pudiera. A partir de ese momento salió de detrás de la silla que la protegía para mostrar su rostro y darme sus generales. Se llamaba Karen, era de Australia, trabajaba para una firma en Melbourne y llevaba una semana sin asomar las narices. Todo lo que sabía sobre la situación en el barco era información que le llegaba a través de un peculiar sistema que habían implementado con sus vecinos de los balcones contiguos, de manera que diariamente pasaban un cuaderno de balcón en balcón, anotando cada persona, cualquier nueva información que lograban adquirir, de manera que el cuaderno era ya una larga tira de diálogos entre los pasajeros de 14 camarotes que lo pasaban de mano en mano. Era, por así decirlo, un largo chat a la antigüita. Si alguien tenía nueva información para compartir, se pasaban la voz de balcón en balcón hasta que llegara a quien lo tuviese para reiniciar la cadena y pasar la información por escrito.

Además, me explicó Karen, habían implementado en el grupo una red solidaria para intercambiar medicamentos y otras cosas que cualquiera pudiere necesitar. Inclusive, un médico en el grupo, esposo de una abogada asistente al congreso, solía pasarse de camarote en camarote para asistir a quien lo pudiera requerir. Si a alguien le sobraba comida o agua, también podía ofrecerla al grupo.

Karen, que parecía meticulosa y muy observadora, había agrupado la información del cuaderno en tres modelos que podían explicar lo que estaba pasando. La teoría que en su opinión era la más creíble, es la que apuntaba a que el comando que tenía el barco bajo su control estaba negociando con la línea de cruceros la liberación y que este asunto del virus fue la mejor manera de mantenernos dentro de nuestros camarotes, porque no había forma de mantener a 3,500 personas sometidas que no fuese a través del miedo. La versión era consistente con lo que Bryan había dicho, por lo que, habiendo intercambiado ideas y posibilidades, llegamos a la conclusión de que lo mejor era quedarnos ahí en espera de noticias. Lo extraño, añadió Karen, refutando su propia teoría, era que en una de las notas que habían trasmitido en su correo diario del cuaderno itinerante, uno de los pasajeros aseguraba haber visto que en la madrugaba, en un punto bajo del barco cercano al agua, como tiraban bultos al mar que parecían cuerpos. Pudo haber sido basura, o tal vez alguna de las personas que pudieron haber sido abatidos tratando de huir, o parte de la tripulación sometida por el comando.

Entre las notas del cuaderno que me entretuve curioseando en él, una me llamó especialmente la atención, de uno de los integrantes del grupo que el primer día del crucero se había visto con varios árabes reunidos en una mesa hablando sigilosamente. Claramente ésa podría ser una evidencia que respaldaba la teoría del secuestro.  

Sin saber la hora, ni cómo, me dormí.

Continuará…


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Lectura: 9 minutos

Día 1

Era una extraordinaria forma de festejar. La mejor. Después de tantos congresos cancelados por la pandemia, la idea de volvernos a reunir para celebrar la victoria sobre el virus lucía espectacular. No sólo tendríamos nuestra reunión ya en “modo presencial”, sino que la Organización había tomado la valiente decisión de dejar la rutinaria comodidad de coincidir en un “hotel sede”, para aventurarnos a mar abierto en un crucero que nos albergase durante los 5 días del encuentro.

Si un formato podía demostrar que las preocupaciones del virus habían quedado en el pasado, y que la eficacia de las vacunas nos había devuelto la libertad plena, era de esta manera. Los cruceros, como ciudades flotantes que reúnen a personas de todo el mundo, representaron durante toda esa etapa el último de los reductos que podían ser reivindicados en su misión de entretenimiento y turismo para miles de personas alrededor del mundo.

Ahora estábamos aquí, viendo desde la cubierta como el buque se apartaba de tierra para enderezar rumbo hacia el horizonte. El basto océano, como gran escenario de nuestro pasaporte de “COVID FREE”, que se levantaba sobre nuestras cabezas como bandera libertaria. El perfil de los altos rascacielos de Miami se perdió poco a poco hasta convertirse en una línea más del continente.

Nuestro grupo formaba la mejor selección de abogados de la firma, escogidos con especial cuidado para formar parte de este viaje para reinaugurar la vida, reinstalarnos en nuestras oficinas, lanzar proyectos guardados durante la pandemia y celebrar, con otros colegas, la magia de un reencuentro largamente esperado. Juan, Javier, Isabel y yo, Manuel, formábamos esa combinación de generaciones y especialidades que nos permitía movernos con comodidad para abordar las reuniones, conferencias y eventos que saturaban la agenda de los próximos días.

El coctel nocturno de bienvenida no podía haber sido más cálido y entusiasta. Abrazos y risas sin cubrebocas ni mascarillas, saludos de mano, todo un ambiente festivo tan extrañado y tan necesario, que en esta ocasión dejaba su halo artificial y suntuoso para instalarse más en lo humano.

fiesta barco
Imagen: Envision.

Día 2

Como primer día de actividad, habíamos encontrado un buen balance de pláticas matutinas y juntas de trabajo con una asoleada en cubierta con el sol en pleno éxtasis. Flotaba en el ambiente la evidente atracción que existía entre Javier e Isabel, que se traducía en atenciones desmedidas de este con aquella. Me llamó la atención que en su condición de casada, Isabel no parecía evadir ninguno de los coqueteos de Javier. Para la comida habíamos reservado una mesa grande con una firma de Luxemburgo con la que estábamos revisando un importante litigio en ciernes, de modo que pudiéramos aprovechar el tiempo para degustar una exuberante oferta de mariscos, mientras intercambiábamos ideas del caso que estábamos preparando.

Para la tarde teníamos ya acordado tomar un tiempo de descanso en nuestros camarotes, antes de vestirnos formalmente para la cena de gala en los principales salones del crucero. La noche lucía fantástica con un show itinerante en los diversos salones, de modo que todos viéramos lo mismo estando en lugares diferentes.

No percibí la pérdida de velocidad del buque, de pronto, al salir al balcón para observar la bastedad del mar, extrañé la tradicional estela de espuma que el barco deja a su paso. Nos habíamos detenido. Era extraño, según los planes de viaje debíamos viajar a velocidad crucero para estar justo a las 6 de la mañana en el primer punto del recorrido. Mientras meditaba buscando explicaciones al suceso, fuertes golpes en la puerta, y mi nombre en la voz de alguien me alertaron. Abrí sin más y Javier irrumpió en mi camarote arrastrando a Isabel de la mano para depositarla sin ninguna suavidad en la silla más cercana. Sus rostros denotaban miedo y preocupación.

—Jefe –como amablemente se referían a mí–, parece que hay una insubordinación de un grupo que ha destituido a los capitanes a cargo y están tomando control del barco, o tal vez se trata de un comando criminal que está tomando por asalto el crucero. Nos lo dijo uno de los marineros que encontramos en un elevador, y nos pidió refugiarnos en nuestros camarotes mientras se calman las cosas.

Para ese momento estábamos ya escuchando gente corriendo por los pasillos con gran estrépito, gritando en todos los idiomas en forma frenética. Decidí acercarme por información a una zona cercana que conectaba diversos pisos con escaleras en forma de espiral y el panorama era caótico. Gritos, desorden, gente atropellada. De entre los que corrían un abogado que bien conocía de Colombia sólo acertó a sujetarme por los hombros y mirándome fijamente a los ojos me musitó las palabras que nunca más quería oír:

—Virus, es un virus, acaba de empezar y es letal, por eso nos detuvimos, no nos dejaran llegar a ningún puerto.

Regresé al camarote tratando de asimilar lo escuchado, y todavía sin lograrlo repetí las frases, sin entonación alguna a Isabel y a Javier, quienes se derrumbaron en las sillas cercanas.

—¡Santo Dios jefe!… ¿qué hacemos?

virus barco
Imagen SCMP.

Día 3

Pasamos la noche combinando algo de sueño con torcidas especulaciones sobre lo que estaba sucediendo. A pesar de que Juan se nos había unido en mitad de la noche, la información que nos pudo dar solo servía para alimentar las especulaciones. La versión del nuevo virus era la más recurrente entre la gente de “afuera”, aunque el único dato adicional era que habían muerto ya 5 o 6 personas, pero muchas más estaban contagiadas.

Decidimos, con base a las lecciones aprendidas del COVID, establecer una sana distancia en el de por sí reducido camarote. Bajamos el colchón de la cama y junto con sábanas y colchas improvisamos cuatro camas en las cuatro esquinas del espacio. Para ese momento, los mensajes en los altavoces ya eran audibles, después de balbuceos y palabras incoherentes a lo largo de la noche. El mensaje en inglés decía:

—“Estamos en control del barco. Les pedimos se mantengan en sus camarotes. No salgan, es muy peligroso. Les estaremos llevando comida a lo largo de la mañana, pero no salgan, es muy peligroso. Deben permanecer en sus camarotes”.

Para ese momento nuestros intentos por tener señal en nuestros celulares se habían agotado, y la señal de internet del barco estaba cortada. Nada. El propio teléfono que conectaba con otros camarotes también estaba en silencio, así como el televisor del camarote, que incluía un canal de noticias. Nada, en medio del mar, incomunicados con el exterior y con la propia gente del crucero.

Nuestra evaluación nos llevó a varias conclusiones. La primera era que estábamos bien y juntos, lo que sin duda, en estas circunstancias, era de celebrar. Lo segundo era que claramente había una situación de riesgo que ignorábamos, por lo que debíamos mantenernos serenos y juntos hasta saber qué estaba pasando. La tercera conclusión era que algo había pasado con la tripulación, porque los mensajes de quien presuntamente mandaba en el barco no provenían del capitán o algún subalterno oficial, sino de “alguien más”. Con esas premisas, asumimos que esperar que alguien viniera al rescate era la mejor decisión que podíamos tomar. Mantuvimos la puerta bloqueada con sillas y maletas, ante la posibilidad de que alguien pretendiera irrumpir en lo que se había constituido como nuestro refugio.

La escasa comunicación con los vecinos del camarote, por medio del balcón, resultó infructuosa. Lo único de cierta utilidad que un vecino nos dijo era que, según sus cálculos, estábamos a unas 300 millas de San Cristóbal y Nieves, una pequeña isla que era nuestro primer destino. Salvo esa breve información, gritada a través de las mamparas que dividía nuestro balcón del contiguo, nadie sabía nada, pero era claro que nadie se prestaba a dar la cara, temiendo ser contagiado por los otros. Estábamos, simplemente, viviendo una pesadilla.

El siguiente anuncio por los altavoces, ya bien entrada la mañana, era que iniciarían la distribución de comida directamente a los camarotes. Que era necesario que cuando alguien tocara la puerta se abriera 10 segundos después, se tomara la charola y se volviera a cerrar. Que la persona encargada esperaría hasta que la puerta se cerrara para entregar la siguiente charola. Que en caso de transcurrir 15 segundos sin abrir la puerta la charola se recogería y no se entregaría más comida hasta el día siguiente.

Fuimos de los afortunados. Antes de una hora del aviso, con casi 24 sin alimento, escuchamos el toc-toc en nuestra puerta. Contamos los 10 segundos, abrimos y recogimos nuestra charola y volvimos a colocar nuestros bloqueos. Lo primero que descubrimos fue que la comida era una ración que difícilmente alcanzaba para uno y mucho menos para cuatro. En ese momento nos dimos cuenta de que, al menos para tener que comer, tendríamos que dividirnos en los dos camarotes que ocupábamos, y volvernos a reunir después de recibir la ración correspondiente.

escape
Imagen: Dribbble.

Los cuatro pasamos esa noche especulando, dormitando, temiendo e imaginando un mundo, otra vez, asolado por el virus. Cada media hora los anuncios en los altavoces reiteraban la misma orden:

—“Somos el comando que gobierna el barco. Usted debe permanecer en su camarote y no debe salir por ningún motivo hasta nuevas instrucciones.”

Entre los mensajes, en el silencio de la noche, se alcanzaban a escuchar gritos, pasos de personas corriendo… y disparos.

Día 4

En cuanto empezó a asomar la luz del día en el camarote decidimos que Juan y Javier intentarían llegar al suyo hasta que pudieran recibir su comida, y en los trayectos de ida y vuelta tratar de averiguar cuál era la situación en el barco. Intentarían también pasar por el camarote que Isabel ocupaba con una colega mexicana con la que solía compartir habitación en los congresos, para recoger sus papeles y algo de ropa.

Improvisamos cubrebocas con pañuelos de tela y mascarillas con folders de mica plástica y nos despedimos poniéndonos de acuerdo en el tiempo estimado para que estuviesen de regreso. En la larga espera que teníamos por delante, Isabel y yo nos dedicamos a revisar el manual que cada habitación tiene para emergencias, a fin de localizar salidas de emergencia, ubicaciones de botes salvavidas, y cualquier otra información que pudiera ser de utilidad en la emergencia. Ambos sabíamos que era una simple manera de pasar el tiempo haciendo algo “relativamente útil”, en lugar de estar elucubrando tragedias inminentes.

A lo largo de la mañana estuvimos escuchando los gritos que desde los balcones de diferentes pisos los ocupantes lanzaban solicitando toda clase de cosas, desde pastillas para el dolor de cabeza hasta papel de baño y pañales. Una especie de correo con canastillas y cuerdas se improvisó para facilitar el traslado de bienes entre los camarotes. Nuestra única intervención en el sistema fue para colocar un mensaje escrito solicitando el bien más preciado en ese momento: “información sobre lo que estaba ocurriendo”. Nadie respondió.

El toc-toc en nuestra puerta, una hora antes de lo esperado, nos sorprendió, y tuvimos que correr a quitar los bloqueos para alcanzar a recoger nuestra charola que estaba ya a punto de ser levantada por una persona ataviada como personal sanitario, pero con una careta que impedía ver su rostro. Al preguntarle qué estaba pasando, se limitó a gritar “INSIDE”, y a tomar de su cinturón una especie de dispositivo eléctrico de inmovilización que claramente estaba presto a utilizar. Cerramos la puerta y volvimos a colocar los bloqueos, esperando la clave acordada con Juan y Javier para abrir la puerta.

El espacio que la tarde brindaba lo aprovechó Isabel para contarme, paso a paso, la desilusión de su relación amorosa con el que había sido su único novio a lo largo de seis años, y que un día, súbitamente, le informó que le gustaban los hombres, hizo una maleta y se mudó a Londres.

Bien entrada la noche escuchamos los toques en la puerta que habíamos acordado, pero no en la puerta del corredor sino en la del balcón. Era Javier, que de alguna manera se había logrado colar hasta ahí. Le abrimos y desde la misma entrada inició atropelladamente el vaciado de información, lo que había sucedido desde su partida y de todo lo que se había enterado a lo largo del día:

escape del barco
Imagen: SLV.

—Dios mío, ya no sabía qué hacer, de no haber sido por la toalla colgada en el barandal no habría reconocido el camarote. Tuve que descolgarme desde el camarote de Luis, nuestro amigo de Perú que me dejo entrar al suyo a cambio de contarle lo que investigué, y que está casi arriba de éste, pero no estaba seguro de hacerlo. Esperé a que estuviera muy oscuro porque parece que han disparado a gente que ven fuera de sus camarotes. La cosa es muy grave, se sabe que sí hay varios contagiados de un nuevo virus y no nos dejarán llegar a un puerto hasta que vengan las autoridades sanitarias de alguna de las islas cercanas a tomar el control del barco. Además, hay una insurrección de un grupo de marinos que destituyeron al capitán y tiene el control del barco. Tuvimos que estar horas enteras escondidos en escaleras de servicio y cuartos de implementos para poder avanzar hasta nuestro camarote y hablar con dos o tres conocidos. Nadie quiere dar la cara, todos tienen miedo al contagio. Alguien nos dijo que más de 20 de los que enfermaron murieron ayer, solo un día después de que se contagiaron en la recepción de apertura del congreso. A los que mueren les ordenan a los familiares o compañeros, pistola en mano, que les pongan cosas pesadas y los tiren al mar, porque nadie quiere exponerse a contagiarse. Es terrible.

Para ese momento Isabel había roto en llanto y yo sólo me tocaba los cabellos y tenía los ojos muy abiertos.

—La buena noticia, agregó Javier, es que pudimos hablar con uno de los meseros que conocimos el primer día y nos ha dicho que él conoce a la perfección el barco y junto con uno de los almirantes tienen un plan de escape en uno de los botes salvavidas. Están vendiendo cada espacio en 20,000 dólares y aceptan que se les firme un documento para pagar cuando volvamos. De entrada, le he dicho que estamos dentro. La intención es largarnos mañana a media noche. Bueno, trataré de dormir un rato porque antes de que amanezca debo regresar al camarote para acompañar a Juan, no quiero que piense que me pasó algo y se salga a buscarme. Por precaución, decidió Javier colocar una división en la esquina que ocupaba, con las sábanas de la cama, por si acaso era portador del virus después de su expedición, e inmediatamente empezó a roncar.

La información me daba vueltas en la cabeza en una danza de sumas y restas: 20 x 4 son ochenta. ¡Ochenta mil dólares por escapar de la ratonera!

Continuará…


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Empresas muertas, heridas, resilientes y revividas

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Desafiante, retador, inédito, impensable, disruptivo, son algunos de los eufemismos que ha merecido el 2020, desde lo personal y desde lo empresarial. Cómo negarlo. El escenario que se conformó a partir de marzo de este año modificó cualquier pronóstico –incluso cuando ya se tenía noticia del virus–, actualizando como nunca antes el consabido adagio de adaptarse o morir.

Muchas empresas en giros como el turismo, los gimnasios, las estéticas, los restaurantes, los cines y la venta de toda clase de artículos en tiendas de grandes superficies colapsó, arrastrando a millones de personas al desempleo. En mi condición de asesor, que me permite mantener contacto con toda clase de empresarios de todos los tamaños, ubicaciones y giros, he escuchado historias de todo tipo que hoy me permiten trazar este sencillo mapa que dibuja, en forma resumida, las respuestas que agrupan a muchas de las organizaciones que operan en nuestro país desde hace muchos años. La discusión sobre los apoyos oficiales terminó hace rato. El gobierno tomó la decisión de dejar que cada quien sortee la crisis con sus propios recursos y medios.

Las grandes tendencias que la pandemia aceleró, ya lo sabemos, nos llevaron al entendimiento y profundización de la digitalización de grandes áreas del comercio y los servicios. El prolongado confinamiento nos ha llevado a comer en casa, divertirnos en casa, beber en casa, consultar al médico, pagar las tarjetas y comprar desde casa. También hemos aprendido a visitar museos de manera virtual, escuchar conciertos y, claro, trabajar desde casa. Quienes han tenido la velocidad para adaptar su operación a versiones virtuales han podido sobrevivir, desde las “dark kitchen” hasta las aplicaciones para comprar un auto sin verlo.

empresas del siglo xxi
Imagen: Tubik Arts.

Nos dimos cuenta, todos y de porrazo, que tener grandes oficinas en excelentes ubicaciones perdía peso como argumento de venta y regresamos a lo esencial. Entregar valor al cliente, de manera eficiente y a costos competitivos. Las plataformas de interacción para conferencias, como “Zoom”, que en otros tiempos eran herramientas tecnológicas sólo al alcance de los grandes corporativos, se volvieron un commodity que en ciertas versiones se emplea de manera gratuita.

Para muchos especialistas en el campo de la consultoría, “estar disponible” se volvió un atributo muy apreciado de exigencia cotidiana. Clientes a los que no veía en una cita desde hace años, aparecieron en la pantalla, desaliñados y sonrientes, porque las citas presenciales en ciudades como la México nos habían ya cancelado las opciones. Desde esta posición, el trabajo en equipo cobró especial relevancia, haciendo que colaboradores menos visibles, de pronto, en este nuevo escenario, mostrasen habilidades desconocidas de gran utilidad.

Para muchas empresas fue el tiempo de encontrar nuevos nichos, a partir de sus propias experiencias. Las llamadas “spin off”, que permitieron lanzar servicios o productos que habían estado latentes por algún tiempo, y que la emergencia les abrió la oportunidad de crecerlos. No sólo en el ramo médico y sanitario se abrieron oportunidades. Una empresa de empaque, lo diré como ejemplo, trabajó horas extras para lograr un producto compostable que venía diseñando desde hace meses, el cual cumple con la nueva norma ambiental para la entrega de alimentos anticipadamente, y entrega un valor inesperado a la empresa que empaca y al usuario que recibe. Todo un éxito que le ha dado el liderazgo de ese mercado porque supieron anticipar.

resilencia de empresas
Imagen: Business Standard.

Para muchas otras empresas la pandemia ha representado, solamente, un periodo útil para limpiar algunos vicios acumulados y lastres laborales, en espera de mejores tiempos para relanzarse. Empresas que están en el modo de sobrevivencia pura, contando los días para lograr llegar al final del invierno.

Como sucede con las personas, hay ganadores y perdedores en el proceso. Hay quienes seguramente saldrán fortalecidos, y quienes ya no estarán cuando sea posible volver a subir las cortinas para abrir al público.

Lo que es indispensable, como siempre, es hacer recuento de los daños, para no perder de vista lo que se recata del naufragio. Muchas veces es lo mejor. La marca aún acreditada, los clientes fieles que nos siguen buscando, la experiencia acumulada, son activos intangibles de enorme valor, que pueden usarse para reconformar nuevos proyectos ganadores, que podrán edificarse después de la sacudida. Muchas veces, menos es más.


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