cuentos y narraciones

Fábula del reino de Toropiara

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Había una vez, en una tierra muy lejana, un reino llamado Toropiara. En él reinaba un monarca llamado “Paco el cruel”, por sus detractores, y “Paco el salvador” por sus seguidores. Años atrás, se había peleado con su hermano Manuel el Rojo por el trono y lo había matado. De haber vencido, Manuel también habría matado a Paco. Los seguidores de Manuel fueron encarcelados o huyeron a reinos limítrofes. Como el monarca fratricida era impotente, decidió que su sucesor sería el hijo de un primo lejano llamado Julián C. Bobon. Pero, eso sí, él educaría a su sucesor. Por supuesto, el pueblo rebautizó a su futuro monarca como Julián “el bobo”. En efecto, en la familia del futuro monarca abundaban las uniones incestuosas y no se podía decir de sus antepasados que fueran unas lumbreras. Peor aún era escucharlo, su voz tipluda y trastabillante confirmaba los peores recelos. Y cuando quería dárselas de culto y hablaba en la lengua del rey Arturo, los traductores sufrían para descifrar sus palabras. Los años pasaron y una buena mañana todas las campanas doblaron, pues el rey Paco había muerto. Sus enemigos celebraron grandes fiestas, mientras que sus seguidores quedaron sumidos en el mayor de los desconciertos. Su líder infalible había muerto y no tenían la menor esperanza en su sucesor.

Con lo que nadie contaba en el reino, era que el nuevo monarca fuese muy consciente de sus limitaciones. Sus instructores y Paco se lo hacían ver todos los días. Por no tener, no tenía ni siquiera los ánimos belicosos y conquistadores de sus antepasados. Por ello, sabedor de que no sería capaz de dirigir el reino, Julián “el bobo” decidió instaurar el puesto de primer ministro y supo elegir a un hombre de la región de la Piara (el reino se componía de las coronas de Toro y Piara) para que llevara a cabo todas las políticas del reino. Eso sí, desde el primer día quedó claro que el monarca tendría todos los privilegios sin ninguna responsabilidad. De esta forma, él podía destituir a su primer ministro y asesores según su capricho, apropiarse de las arcas públicas y, por supuesto, tenía derecho de pernada entre todas las mozas del reino. Ese derecho había sido abolido por su antecesor bajo la premisa de que, si el rey no podía gozar en el lecho con una dama, nadie podía salvo si estaban casados.

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Imagen: Patryk Hardziej.

Por fortuna, el noble elegido; Rodolfo Juárez, era un hombre bondadoso. Al poco tiempo de tomar el poder, permitió el retorno de todos los exiliados y convenció al monarca para que perdonase a todos los seguidores encarcelados de “Manuel, el Rojo”. De igual manera, anuló el derecho a recurrir al juicio de Dios en los juzgados. Más de una vez en los juzgados, los burgueses presentaban quejas ante los tribunales por desmanes cometidos por los caballeros y los jueces les daban la razón. Entonces, el caballero recurría al juicio de Dios y, como el burgués no sabía combatir, acababa pidiendo perdón al noble ofensor. Finalmente, Juárez abrió las puertas de su reino al comercio con otras naciones e incluso permitió que los trovadores y heraldos reemprendiesen su oficio durante tantos años prohibido por el rey Paco.

Los primeros años fueron de bonanza y todo el pueblo estaba contento con la prosperidad creciente. Solo el califa de Anguila, hombre probo y coherente, renegaba de los “derechos” del monarca y sus amigos a violar las plebeyas del reino y exigía transparencia en las cuentas de la corona. Por supuesto, fue vilipendiado por todos los heraldos del reino y castigado con el exilio donde moriría pobre y abandonado. Todo parecía ir bien en el reino de Toropiara, cuando una plaga de langostas arrasó todas las cosechas en un tiempo tan veloz, que apenas se pudieron almacenar cereales. Como la dieta del reino dependía en gran medida de los cereales, pronto empezaron a morir los vasallos de hambre. Mientras, sus amos seguían alimentándose de carne y pescado todos los días. Fue entonces que surgieron numerosos imitadores del califa que, si bien nunca lograron llegar al puesto de primer ministro, sí consiguieron mermar su popularidad hasta tal punto que el rey, temeroso de la ira popular, decidió despedirlo. Sus sucesores fueron una serie de mentirosos, oportunistas y ladrones que se vanagloriaban falsamente de mejorar la situación del reino y de haber encontrado la solución ideal a los problemas de plagas. Por aquella época, apareció en la vida del rey una cortesana de nombre Karina que, a decir de sus defensores, era una hechicera que le anuló con embrujos el juicio. Los detractores del monarca, no obstante, acabaron queriéndola, pues a través de ella los vasallos adquirieron conocimiento del gran gusto del monarca por vaciar periódicamente las arcas.

10 años pasaron de la invasión de las langostas. Cuando el reino empezaba a recuperarse, llegó la peste bubónica y quedaron sin cosechar los campos por temor al contagio, el primer ministro de turno volvió a mostrar su consabida incompetencia. Para colmo de males, el monarca se encontraba en el reino de Rocafuerte divirtiéndose en una orgía a la que había sido invitado por su primo el monarca vecino. El rey, haciendo nuevamente gala de su falta de carácter, decidió permanecer en Rocafuerte hasta que la plaga hubiese desaparecido. Fue entonces cuando los vasallos de Toropiara se hartaron de tanta incompetencia y corrupción y decidieron que no necesitaban un padre de la Patria. Se levantaron en armas y expulsaron con gran facilidad a los seguidores nobles del monarca. Se repartieron las tierras entre los labradores y, tras la desaparición de la plaga, volvió la gente al trabajo y después de un año de ardua labor empezó a mejorar la situación.

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Imagen: Pinterest.

Pese a las restricciones, todo era felicidad en aquella época, pues todo el mundo se sentía dueño de su propio destino. Sin embargo, el rey y su séquito no descansaban. Con la ayuda de sus vecinos levantó un ejército de 10,000 hombres que, a mediados de la primavera, empezó a marchar hacia la frontera. Los toropiáricos se enteraron de ello por unos artistas ambulantes y reunieron de forma desordenada, una armada numerosa, pero compuesta de jóvenes que nunca habían blandido un arma. Los oficiales de este ejército apenas habían visto un combate en su vida. Ambos ejércitos avanzaron a marchas forzadas con el fin de luchar en un terreno más favorable a su causa. El sitio elegido por el destino fue el valle de “las tres cumbres”. Sería una batalla a la antigua usanza donde todo dependería de la puntería de los arqueros y el arrojo de la infantería. La batalla se dirimiría en un valle no muy angosto.

Al despuntar el amanecer, la tierra pareció temblar ante el avance impetuoso de los 2 ejércitos. Durante un par de horas, los toropiáricos resistieron con tenacidad al enemigo, pero cuando éste desplegó su inmensa caballería, la suerte parecía estar echada. Media hora después los restos del ejército retrocedían en desbandada, cuando se oyó a lo lejos un cuerno. Por un momento, todas las miradas se dirigieron al Norte. Ninguno de los dos ejércitos esperaba refuerzos. Un tercer ejército compuesto por decenas de miles de ciudadanos de Rocafuerte que acometieron a las tropas monárquicas. Por su parte, el ejército toropiárico aprovechó el reposo para recomponer sus filas y volver a la carga. En menos de una hora los monárquicos se habían rendido. El líder de los plebeyos de Rocafuerte se dirigió a los toropiáricos.

—Hemos visto su decisión de quitarse las cadenas de su monarca opresor y hemos decidido hacer lo mismo. O nos deshacemos conjuntamente de nuestros opresores o estos acabarán volviendo.

Ambos pueblos se fundieron en un abrazo. A partir de ahí, los soldados del ejército perdedor fueron indultados. En cambio, los dirigentes y los dos reyes fueron condenados al exilio en las islas afortunadas. Ambas repúblicas viven hermanadas y felices de poder elegir a sus dirigentes desde entonces.


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Lecciones de El Cuento

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Edmundo Valadés, el genial autor de La muerte tiene permiso, sostuvo que en un cuento, la única posibilidad que el escritor tiene de ser reconocido pasa necesariamente por el estilo.

“Es la marca de fábrica, la manera personal de contar la historia, de tender a su estructura, de perfilar personajes, de manejar el idioma, de tramar un cuento que resulte inolvidable, como también lo será él mismo”, expresó el creador de la revista El Cuento, la hoy desaparecida publicación que en su día fue la referencia del género en el mundo de habla hispana.

El estilo es la personalidad. Es todo aquello que caracteriza a un ser humano y que refleja en su entorno más inmediato. En literatura el estilo es parte de la personalidad del escritor, aunque en el proceso creativo el estilo se refiere a la manera en que un autor se vale de ciertas leyes, normas y técnicas, para expresarse.

El estilo es consustancial a la literatura. Puede ser bueno, malo, excelente o regular, pero cuando está ausente, cuando del texto se deduce el parentesco con el idioma sólo por la presencia de las palabras, puede haber escritura, mas no literatura.

Hay estilos que se ensanchan y se universalizan en ciertas épocas, convirtiéndose en el sello de una generación –independientemente de las particularidades de cada uno de los integrantes de esa generación. Por ejemplo, pocos lectores acuciosos dejarían de reconocer un estilo en la cuentística francesa del siglo XIX y otro en la cuentística estadounidense de principios del pasado.

lectores asiduos
Imagen: Pinterest.

Es indudable que en los últimos años el género cuento ha repuntado en el interés de los lectores mexicanos. La cultura audiovisual en que vivimos, con su carga de mensajes digeridos, pudiera explicar cierta predilección por lo breve entre quienes siguen creyendo en los libros. Lauro Zavala cree advertir que esta “cultura del fragmento” ha llevado a los escritores más sensibles a utilizar no sólo la palabra cotidiana, sino “muy especialmente el tono periodístico y hasta testimonial propios de la crónica, de tal manera que en muchos casos es difícil distinguir entre periodismo y creación literaria, entre testimonio y ficción”.

Respecto al creciente interés en el género, el mismo estudioso supone que una de las razones pudiera ser la explosión numérica de la universidad de masas, con el consiguiente aumento del número de lectores (y, por lo mismo, de autores y editores) de narrativa breve, acompañados por la multiplicación de los premios, becas, encuentros y talleres literarios en todo el país, y la relativamente reciente costumbre de organizar presentaciones de libros.

Me gustaría proponer que otro factor que impulsa la lectura son los medios masivos, la radio y la televisión y en particular el Internet. Es una propuesta controversial, pues a los medios electrónicos se les ha señalado como responsables de los altos índices de no lectura. Sin embargo, me parece que el asunto no ha sido bien estudiado y que podríamos encontrarnos ante un cliché o un mito.

En un encuentro convocado para definir políticas culturales, el sociólogo francés Alain Touraine me dijo: “Quisiera no ser paradójico, pero francamente no veo de dónde viene este pesimismo que se escucha en el mundo entero: «Los libros nadie los lee».” Mucha gente lee libros, mucho más que antes. «Lo escrito desaparece frente a la imagen». Y atribuye esto en parte a la proliferación de los adminículos electrónicos.

Definir lo que es un cuento puede resultar una tarea tan peligrosa como intentar una definición de “belleza” que satisfaga a todo el mundo. Sin embargo, hay puntos en los que están de acuerdo la mayoría de los autores contemporáneos: extensión inferior a la de la novela, tensión constante y desenlace inesperado.

A partir de estos y otros puntos se ha intentado formular leyes, que como no atañen a fenómenos comprobables y medibles como la fuerza de gravedad o la curvatura de la luz en las proximidades de los astros, pueden dar a teóricos y críticos un placer semejante al que obtenían los padres de la Iglesia al discutir sobre el sexo de los ángeles, pero de poca utilidad al proceso creativo en sí.

proceso creativo del cuento
Imagen: Tumblr.

William Faulkner dijo en alguna entrevista que, si el escritor está interesado en la técnica, más le valdría dedicarse a la cirugía o a la colocación de ladrillos. Opinión extrema, sin duda, pero tiene lo suyo.

Edmundo Valadés, en contra, fue capaz de revisar brillantemente todos los aspectos teóricos del cuento y concluir con una sencilla confesión: “… al término de especulaciones, el cuento tiene leyes secretas, misteriosas, y lo único que sé es que sólo el cuentista es quien puede intuirlas”.

Entre aquel tajante rechazo a la técnica, y este azoro frente a los misterios de la creación literaria hay, digamos, un canal de navegación por el que es posible transitar muy provechosamente.

¿Qué es, pues, “un cuento” en literatura? Julio Cortázar dice que el cuento “parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte cuartillas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha”.

Otras aproximaciones o intentos de definición:

Ernesto Sábato: “El cuento tiene que dar en pocas palabras una idea toral y poética”.

Robert Stanton: “El autor de un cuento debe crear y poblar su mundo, y simultáneamente zambullirse en la acción”.

Mario A. Lancelotti: “El tour de force del cuentista consiste en convertir el acontecimiento en un lenguaje; el cuento no es una forma estática”.

Silvina Bullrich: “El cuento puede darse todos los lujos menos el de ser incompleto; el cuento es un hecho consumado, una íntima parcela de vida completa en medio de los años que abarcan el pasado de un hombre sobre la tierra”.

Alberto Moravia: “El cuento debe sujetar en su silla al lector”.

mar de cuentos
Imagen: Pinterest.

H. H. Murena: “El cuento es algo así como una gota de agua vista con una lupa, y por lo tanto en ella está el universo entero”.

A mediados del siglo antepasado Edgar Allan Poe –sin duda punto de referencia para la cuentística contemporánea- publicó su famoso análisis sobre el cuento o historia corta:

Un hábil artista literario ha construido una narración. Si prudente, no ha modelado sus ideas para conciliarlas con su trama; pero habiendo concebido, cuidadosa y deliberadamente, cierto efecto único a lograr, entonces pergeña tales incidentes, y combina tales hechos como mejor le sirvan para lograr ese efecto preconcebido. Si desde la misma primera línea no se tiende al logro de ese efecto, entonces habrá fracasado en el primer paso. A lo largo de toda la extensión de la obra no incluirá una sola palabra cuya tendencia, directa o indirecta, no sea hacia la consecución de ese diseño preestablecido.

En 1925, otro par de la República de las Letras, el uruguayo Horacio Quiroga, publicó su Manual del perfecto cuentista en cuyo punto V aconseja: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.

Cuarenta y cinco años después Cortázar diría: “Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas”.

Y de nuevo Edmundo Valadés: “Un cuento debe estar conformado como un círculo trazado de principio a fin, sin que sea válido salirse de él. Hay que sujetarse a la redondez que exige, a la continuidad de la historia preestablecida, que debe desenvolverse sin rodeos o divagaciones innecesarias o excluyentes, hasta alcanzar el punto que la cierre”.

Un cuento debe dejarnos la sensación de que los hechos descritos –trátese de situaciones extraordinarias en que se involucran seres ordinarios o de seres extraordinarios atrapados por asuntos ordinarios–, no sólo son posibles sino que incluso nos pudieron haber pasado a nosotros mismos.

Juego de ojos.

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El beso de la Tosca

Lectura: 4 minutos

Esa tarde no debía haber estado en el Palacio de Bellas Artes. Tenía una reunión con los miembros de la revista en Coyoacán y no me daba tiempo para cubrir ambos compromisos. No obstante, quiso el destino que los jefes del güero no se fueran a Valle de Bravo en esa ocasión, por lo que tuvimos que cambiar de sede y hora. Nos reuniríamos a la 1:00 p.m. en casa de Toñito y, tras leer los textos  para el siguiente número y proponer algunos cambios, nos quedaríamos a comer, para luego echarnos unos tragos quien quisiera. Sin embargo, esa tarde la cosa sería suave, ya que al día siguiente había que trabajar e ir a clase. El caso es que nuestro nuevo punto de encuentro estaba en un sitio estratégico; a unos cuantos pasos del Monumento a la Revolución y a dos paradas de metro de la ópera. Además, la representación iniciaba a las 5:00 p.m., por lo que, tras comer y echarme una cuba, emprendería mis pasos para reunirme con mi novia. Por supuesto, el plan teórico se fue al garete por la impuntualidad de mis compañeros. El más tempranero llegó a la 1:00 y media, y no fue sino hasta las 2:00 que tuvimos quórum. Incluso, Alma, que se presentó a las 2:15, dijo sorprendida “¡Ay!, qué pronto llegaron todos”, pues creía que el encuentro era a las dos de la tarde. 

No fue sino hasta las cuatro y media que terminamos de leer los textos. Rechacé quedarme a comer y salí corriendo en busca de un taxi que surgió rodeado de en medio de dos peseras, como profeta divino abriendo las aguas del mar Rojo. A la chingada, ya no había comido ni chupado. Ésas eran las vicisitudes del noviazgo y del buen gusto musical. Al final de la obra me tomaría algo en la cafetería. Como el viernes anterior había cobrado la quincena, me sentía poderoso, aunque sabía que a finales de mes tendría que ajustarme el cinturón cuando no vendía algunos tomos de la casa de mis abuelos a algún librero de viejo. Una vez que ellos habían vuelto a La Paz, me había quedado solo en el “depa” y dueño de todo lo que hubiera dentro, que no era mucho. Diana y yo nos encontramos a la entrada del Palacio de correos, como solíamos hacer siempre para evitar el bullicio en Bellas Artes.

palacio de bellas artes
Imagen: Thomas Kelner.

La obra avanzó sin pena ni gloria hasta el momento en que Cavaradossi recibe la confirmación de su sentencia de muerte en carta debidamente sellada. Mis tripas empezaban a rugir, pero tenía que aguantar el tipo y simular interés. En algún momento, se me escapó un bostezo, pero estoy seguro de que ella no se percató. Imitando a Plácido Domingo en la grabación hecha en Sant Angelo; mejor que la interpretación actoral de Pavarotti que parecía haber visto la derrota de su equipo de futbol al recibir la noticia, el tenor avanzó unos pasos absorto en el único pensamiento de su cercana muerte. Se podía leer en su cara su consternación ante la cercanía de su ejecución, así como cierta incredulidad. Empezó a sonar entonces esa melodía dulce y triste en la que el protagonista recuerda cómo conoció a su amada.

Cuando se aprestaba el tenor a cantar la famosa aria E lucevan le stelle, la tierra empezó a temblar. Diana y yo nos encontrábamos en el gallinero. Era lo más que nos podíamos permitir. En aquel entonces éramos estudiantes pobres y gracias al carnet de maestra de la tía de mi antigua novia podíamos ir un par de domingos al mes a la ópera. Ambos supimos, desde el primer momento, que nunca llegaríamos a salir en caso de derrumbamiento. Por eso, a diferencia de los espectadores histéricos que corrieron a las escaleras, en un absurdo intento de bajar 5 pisos en 30 segundos, nosotros nos quedamos sentados oyendo el lamento de Cavaradossi. Quizá la única forma en que supimos comunicarnos en ese momento fue dándonos la mano e intercambiando un beso de amor y miedo. Nunca me sentí más unido a ella. Nos habíamos quedado tan solos que, por un momento, vislumbré la idea de hacer nuestro contacto más íntimo. Iba empezar mi ataque, cuando ella me dijo sorprendida:

—Escucha. Siguen tocando.

Tosca, Opera

Eso fue lo que más nos impresionó aquella tarde dominical. Pese al temblor y el movimiento de los espectadores, la orquesta siguió tocando. Y, no sólo la orquesta. En ese momento, Cavaradossi entonaba emocionado “l’ora è fuggita e io muoio disperato”.

Finalmente, el movimiento telúrico cesó, al tiempo que el tenor exhalaba con la voz desgarrada su “nunca he amado tanto a la vida”. Cuando terminó la representación, los espectadores que nos habíamos quedado aplaudimos a rabiar. La emoción era tal que saltábamos pidiendo un bis. Fue entonces que ocurrió lo inesperado. Un foco de la iluminación se cayó yendo a dar directamente a la cabeza del tenor. Ante tal conmoción fuimos inmediatamente desalojados. Mientras íbamos hacia fuera, le dije a Diana: “Al final sí lucieron las estrellas para Cavaradossi, pero no como él pensaba”. No sé si fue el chiste de mal gusto, mi bostezo o la impresión que le produjo a ella saber que el cantante había muerto esa misma tarde. El caso es que, al día siguiente, cuando la telefoneé para quedar, Diana me dijo que habíamos terminado y hasta el día de hoy la echo de menos. 


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La hora del té

Lectura: 9 minutos

En estos tiempos de una “nueva normalidad” que prohíbe los viajes, ensayo maneras de descubrir el mundo y compartir la experiencia con los más jóvenes. A la espera de que la amenaza pase y cualquier aprendizaje posible nos quede en la memoria.


La puerta de la habitación de la tía Margaret era el agujero por donde entrábamos como Alicias en un país poblado de lugares y personajes maravillosos. Nos encantaba acomodarnos en su salita con muebles de ratán blanco, dispuesta frente al ventanal al lado de su cama. Sobre la mesa descansaba un enorme globo terráqueo y la pila de álbumes de pasta decorada que hojeábamos por turnos mientras la tía nos contaba relatos de sus viajes. Lo hacía con tanto detalle y entusiasmo que lo mismo sufríamos en Casablanca mientras el Siroco amenazaba arrancar a un paseante del poste de luz al que se había aferrado, que nos moríamos de ternura a orillas del lago Constanza con los perros vestidos con gabardina a cuadros entrando a restaurantes donde había un perchero para los abrigos de las mascotas. Su pasión era el mundo, solía decir con un dejo de inquietud, sin duda calculando cuántos renglones le faltaban a esa lista suya de lugares que aún no conocía. Lo seguro es que el inventario de los que ya había visitado tampoco era corto.

Aprovechaba cualquier ocasión para salir de la ciudad, ya fuera de “mudanza”, como se refería a las estancias de meses en Europa o el norte de América, que realizaba durante el verano, o a los “traslados” de varias noches en cualquier puente, hasta “excursioncillas” de una jornada en los días feriados. En el caso de las últimas, invitaba a sus alumnos del Instituto de Español para Adultos Extranjeros. Ellos iban encantados, la mayoría porque no tenía mejor plan que extender sus horas de curso con la profesora más ocurrente del plantel. Algún otro, como Charles, porque se había enamorado de ella. La vocación de Margaret por la enseñanza era innegable y frente a un público internacional de escaso vocabulario, pero dispuesto a suplir esa falta con una atención que los hacía olvidarse de pestañear, ella se inspiraba al grado de convertirse en un mago del entretenimiento. Los estatutos de la escuela prohibían la relación entre profesores y alumnos más allá de la cafetería, pero la directora fingía no enterarse de esas salidas, en nombre del gran beneficio que proporcionaban a los estudiantes y encima sin costo extra para la escuela.

mujer viajera
Imagen: Martin Oneill.

Tampoco pidió explicaciones cuando al final del curso escolar su mejor maestra le solicitó permiso para tomarse un año sabático: los rumores sobre su boda con Charles corrían por todo El Instituto. Quizá estaba segura de que, sola o acompañada, Margaret volvería, porque disfrutaba enormemente su trabajo docente, casi tanto como las vacaciones en las que, a la manera de Marco Polo, iba en busca de nuevas aventuras. La tía nos contaba que el periodo que había pasado en la tierra natal de Charles había sido la más hermosa de esas aventuras, pero como la fatalidad y el clima húmedo habían hecho que se velaran los rollos de fotos que hubieran podido testimoniarlo, reproducía para nosotros en vivo el encanto de la hora del té en los salones londinenses. No conocíamos Londres, pero todas las tardes nos hacía sentir en el teatro Her Majesty’s Theatre. En revistas habíamos visto los lugares más elegantes de la capital británica y sabíamos que incluso en el Claridge o el Ritz de Picadilly habrían envidiado la gracia del salón de té de la tía Margaret. Y según nos decía ella, sus sobrinos seríamos los únicos herederos de esa cultura que había adquirido al lado de su difunto marido. Mi Charles, suspiraba, nos faltó tiempo para tener hijos propios.

A las cinco en punto comenzaba el servicio en una tetera Brown Betty, doña Beatriz, como se refería a ella mientras le palmeaba la barriga. Nos explicaba que antes la había dejado calentarse colmada de agua hirviente para volver a llenarla con el fin de preparar la infusión propiamente. Decía que el grosor de su loza vidriada era ideal para mantener la temperatura y que, baja y gordita como era, permitía que en su interior las hojas se bañasen tan a gusto que, en agradecimiento, soltaban sin amargura su mejor aroma. Desde pequeños nos enseñó a disfrutar la bebida sin azúcar; la concesión, si acaso, eran los minutos de baño de las hojas, que fueron aumentado a medida que íbamos creciendo.

Esos brotes venidos de la India y de Sri Lanka tenían que ser recolectados a mano, secados y fermentados con métodos naturales y, en ese sentido, Margaret confiaba en la calidad de los productos que distribuía su enamorado secreto: un abarrotero del centro de la ciudad, quien nunca se atrevió a declararle su amor más que en mensajes anónimos que escondía entre los paquetes de la compra. Una vez recibido en casa, la tía almacenaba su tesoro en latas de estaño de acuerdo a la variedad de té de la que se tratara: cada lata estaba decorada con un elemento distinto de la heráldica del Reino Unido, según la región en la que más se bebía dicha variedad. En el caso de las hojas de Camellia sinensis perfumadas a la bergamota, contaba con el retrato del famoso Conde o Earl Grey. Muy temprano aprendimos a identificar los gustillos pertenecientes a los contenidos de cada lata, lo mismo que por imperfecciones mínimas reconocíamos las diferentes tacitas de su servicio bone chine. Charlotte, Emily, Anne, Jane, Emma, Diana, Leonora… las rebautizaba periódicamente de acuerdo con sus lecturas o con alguna novedad o noticia del momento. En cambio, a la jarrita de leche siempre la llamó, su majestad. Nos enseñó a calentar el contenido y ponerla en el centro de su mesa tilt top estilo Reina Ana, junto con el plato y la pinza de plata para las rodajas de limón. Si queríamos alguno de estos acompañamientos para la infusión, había que servirlos en la taza previamente, de manera que al caer el té los sabores se integraran y, en el caso de la leche, los dos líquidos se mezclaran sin necesidad de revolver. También desde muy jóvenes aprendimos que la cucharita sirve para templar la bebida si está demasiado caliente, haciéndola girar sin derramar ni una gota.

Casi enseguida de haberla llenado, los vapores que emanaban por la boquilla de doña Beatriz encendían la inspiración de Margaret y comenzaban a esparcirse por la sala envolviendo sus narraciones. La primera frase era con frecuencia el pie de foto de alguna que hubiéramos escogido nosotros. Pero aun cuando repitiéramos varias veces una imagen, ella nos contaba la historia de manera distinta. Que si había subido a su albergue en Santorini en un burro que tenía tos de perro, que si los dueños hablaban un poco de español pero no se les entendía porque eran gangosos, que si tenían un gato que bailaba sirtaki… agregaba pormenores que nos mantenían al acecho de cada nueva palabra: las devorábamos todas con el mismo gusto que los scones rellenos de nata que el señor de los abarrotes empezó a llevarle los fines de semana, a lo mejor con la esperanza de que algún día contestara sus notas. Quizá ella habría querido aceptar los avances de aquel pretendiente, o de cualquier otro de los que no le faltaron. Eso, si no hubiera estado embrujada por el recuerdo de Charles.

hora del te
Imagen: PINHAN.

Debíamos haber sido demasiado pequeños cuando él le faltó, porque no guardamos ni un rastro de la tristeza que, según dicen, persiguió entonces a Margaret. Nos contaron que estuvo a punto de dejarse morir en el extranjero. El abuelo tuvo que ir por ella y traerla de vuelta. Fue entonces cuando le acondicionaron un pequeño apartamento en la habitación del fondo, la más grande de la casa. A instancias de la abuela empezaron las reuniones en las que sus amigas y colegas iban a visitarla con el fin de levantarle el ánimo. Poco a poco y en honor de Charles, que siempre terminaba siendo el tema de conversación, las tertulias se convirtieron en ceremoniosas e inglesas tardes de té cada vez más auténticas. Con los años y la presencia de nosotros, sus sobrinos, resultaron más que sus mejores momentos del día: la razón para levantarse cada mañana cuando no estaba de viaje. Por años siguió sirviéndonos los productos que le compraba al mismo tendero, quien tampoco abandonó la costumbre de enviarle mensajes sin firma entre los paquetes. Puede decirse que a su manera ambos se guardaron fidelidad hasta el último respiro. Ella lo mantenía al tanto de las novedades incorporadas en cuestión de tés e infusiones en los salones de moda por toda Inglaterra, y él las buscaba hasta encontrarlas o hacer que se las enviaran desde cualquier parte del mundo, por más remota que esta fuera. Igualmente, creció el surtido de bollos y panecillos en la bandeja de lo dulce de Margaret: mermeladas de ruibarbo, bizcochos de comino, ganaché de chocolate negro… Y al mismo tiempo añadió una fuente de lo salado con sándwiches de gran variedad, sobre todo para los hombres, nos decía en voz baja guiñando un ojo. La estrella era el bien conocido emparedado de mayonesa ligera hecha en casa y rodajas finas de pepino, al que agregaba unas hojas de canónigo.   

Cada mes organizaba tertulias especiales para las que se entretenía discurriendo la combinación perfecta entre asistentes y preparaciones exóticas. Los festines de Margaret se volvieron célebres también entre los vecinos y con sus colegas y estudiantes del Instituto. Al grado que hasta la propia directora se consideraba favorecida cuando recibía la invitación rotulada con la impecable caligrafía de Margaret y el sello del escudo de familia de Charles. De él, ni los otros profesores ni nadie tenía un recuerdo preciso, aunque todos sabían de la importancia de su existencia en la vida de su viuda. Nosotros guardábamos en la imaginación el retrato hablado hecho por ella, un hombre alto y encantador y una mezcla de referencias imprecisas que lo situaban en diferentes lugares en épocas distintas. Pero si nos hubieran preguntado qué había sido del personaje preferido de sus charlas no habríamos sabido qué responder. Tampoco le gustaba enseñarnos fotos suyas pues, según su propia expresión, le parecía que de ninguna manera captaban la magia que se le escapaba por los ojos a pesar de que guardara el gesto impasible de la gente de su pueblo. En cambio, para suplir tal falta de imágenes, con frecuencia recordaba una nueva experiencia que había vivido al lado de su esposo, o frases que él repetía. Era muy común que Margaret encontrara circunstancias ideales en las que dichas frases eran aplicables.

La escena que más nos gustaba había ocurrido durante un fin de semana que pasaron juntos cerca de los lagos de Covadonga. Fue en un mes de abril de noches frescas y sin estrellas. Charles esperó a que cayera la tarde para salir de caminata sin llevar ningún equipo. Para remediar la aprensión de ella, la tomó de la mano y la miró fijamente por largos minutos. Después la soltó y empezó a avanzar, narrándole a cada paso lo que iba apareciendo en su campo de visión. Sígueme, la calmaba, confía en mi voz, intenta percibir lo que te cuentan mis palabras; verás cómo, poco a poco, aprendes a mirar en la oscuridad por ti misma. Si logras inventarte una versión propia de lo desconocido tendrás un panorama mucho más rico y completo que los trozos aislados que capta una lamparilla. Quizá el relato nos gustaba porque de alguna manera describía el sentimiento que nos colmaba escuchándola a ella.

hora del te
Imagen: Rosamond.

Hasta su último día, Margaret repasó para nosotros la infinidad de buenos momentos pasados durante sus viajes, con la misma gracia, el mismo gozo que habían animado nuestra infancia y juventud. Había dejado de salir de la ciudad y, sin embargo, su lista de lugares interesantes seguía creciendo con los que descubría a través de emisiones televisivas. En vez de tachar reglones, se dedicó a renovar la documentación sobre los sitios enlistados, tanto los nuevos como los que ya abarcaba el acervo de sus fotografías. En cada sección anexaba notas con referencias históricas, datos curiosos, nuevas construcciones o cambios importantes en la fisionomía de un poblado. Decía que quería dejarnos material que valiera la pena para comentarlo a la hora del té. Sin darse cuenta de que el precioso legado de sus ocurrencias espontáneas lo habíamos disfrutado por entregas desde que teníamos memoria. De esas naderías inventadas, que sin embargo hacían de sus historias un deleite, por fortuna para nosotros nunca perdió la costumbre.

Heredamos además el contenido completo de su habitación. Entre los objetos que guardaba en el armario había una caja llena de documentos que nunca habíamos visto. Nos costó algo de esfuerzo identificarla con el nombre que encontramos tanto en el acta de nacimiento como en la de bautizo: Eulalia Margarita de la Concepción de Jesús. No encontramos ninguna prueba de su matrimonio con Charles… porque no existían. Aunque nunca lo comentamos entre nosotros, tal vez lo sabíamos. Tampoco había fotos de él. Lo único que descubrimos fue una nota en inglés en la que él le pedía a Margaret que regresara a su país y dejara de perseguirlo.

Eulalia Margarita murió una tarde soleada de otoño cuando acomodaba el servicio sobre la mesa. Le faltaba sacar la última taza, pero se recostó pensando en que lo haría antes de que llegáramos, minutos antes de que dieran las cinco. En la visita previa nos había hecho reír imitando al guía chino que en el Nilo se disfrazaba de Laurence de Arabia: no había habido forma de imaginar que sería su último relato. A pesar del tiempo que ha pasado desde entonces, su salón sigue albergando todos los muebles y objetos que ella fue adquiriendo alrededor del mundo a través de los años. Cada adorno sigue ocupando el puesto que ella le dio, cada cacharro cumple el mismo cometido. Es el sitio donde nos reunimos con nuestros hijos, donde unos a otros nos contamos anécdotas y nos recomendamos lugares para visitar, cualquiera que nos parece imprescindible. La lista no para de crecer, la repasamos en torno a la mesa de Margaret disfrutando un buen té.    


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Las razones de la serpiente

Lectura: 4 minutos

Muchos me odian. Querrían volver a un pasado que sólo es idílico en sus cabezas. Y, sin embargo, yo los liberé o, al menos, eso intenté. Me odian porque les han vendido un cuento en el que todo era dicha, amor y armonía a condición de someterse al amo y retribuirlo de la mejor manera posible. A mayor agrado del amo mejor trato hacia el esclavo. Dicha competitividad fomentada interesadamente provocó, años más tarde, que un hermano matara a otro. Sin embargo, yo recuerdo esa tierra de maná y leche quemada de manera distinta. Todo era mansedumbre y miedo.

Ninguno de aquellos seres que habitaban aquellos lares se consideraba digno de vivir per se; de tal manera que, si el amo lo hubiese dispuesto, ellos habrían inclinado su cerviz gozosos de ser elegidos para el sacrificio. No faltó, más adelante, un fanático que colocara a su propio hijo en el ara para ejecutarlo con su propia mano.

Afortunadamente, el patrón tuvo un gesto misericordioso en aquella piedra y paró el brazo ejecutor del infanticida. Como dije, la única labor de los siervos era la de obedecer y creían que en eso consistía la felicidad. Lo peor es que, pasado el tiempo, persiste esa mentalidad zombie. Véase sino los militares aferrados a sus cadenas de mando.

razon de la serpiente
Detalle de “Immaculata and God the Father”, Luca Mombello (1560-1580).

Todos me odian. Me llaman reptil y dicen que deberían haberme pisoteado en el fango. Incluso han hecho estatuas en las que una mujer me aplasta con su pie la cabeza inmisericordemente; ellos que proclaman el amor como máxima virtud. Y lo que es más. No los recuerdo tan afligidos cuando les di las llaves de sus grilletes. Por un breve momento se sintieron dueños de su destino, lo cual los llenó de esperanza hasta que el peso del miedo al castigo inminente les hizo dar marcha atrás. Para animarlos a su liberación, tuve que estudiarlos con atención. Estaba claro que una rebelión en la granja sólo era posible en la cabeza de un autor de ciencia ficción.

En el mundo real se necesitan humanos para encabezar una revolución. La mía empezó de la mano de una mujer a la que conocí desde su nacimiento. Supe, desde el primer momento, que ella sería mi aliada. Era más joven y curiosa que su pareja. Tenía ese brillo interrogante en la mirada en busca de más respuestas y estaba claro que él era incapaz de satisfacerla. En realidad, apenas tuve que convencerla de nada. Ella misma ya estaba llegando a las mismas conclusiones que yo. Pero convencer al varón de las ventajas del estudio sería algo más complejo. Tenía miedo de contradecir al amo, pero yo sabía que era ambicioso y vanidoso. Apelé a su deseo de mando. “Sabrás distinguir el bien del mal. Tendrás el mando. Serás Dios”, fueron las últimas palabras de ella para implicarlo en el motín. Ávido de poder, no dudó en sellar con un mordisco la confabulación.

serpiente eden
Fragmento de “Adán y Eva en el Edén”, Lucas Cranach (1530).

A partir de aquel pacto, pensaba en ir convenciendo, poco a poco, al resto de seres del jardín. Había que ser cauto y paciente hasta conseguir una mayoría suficiente con la que poder lanzar el asalto contra el Amo. Con lo que no contaba fue con la pronta respuesta de éste. Pareciera que ya sabía lo que iba a ocurrir y que tan sólo esperaba a que pecáramos para obrar. Se presentó el amo, inquirió y Adán, quien había perdido su temporal aplomo, acusó a Eva. Ella, no más valiente, me acusó a mí y así quedé maldito y desterrado para siempre. Hasta la fecha, los humanos se horrorizan cuando me ven a mí o cualquiera de mis congéneres. Sin embargo, a veces, el mismo terror que les inspiro, provoca que ellos y otros seres se queden paralizados en mi presencia facilitando así mi labor destructora.

Supongo que merezco todo lo que me ha ocurrido por haber confiado en Adán y Eva, al igual que ellos se merecen el seguir siendo esclavos aunque el amo haya cambiado de nombre y forma a través de los siglos. Otros han intentado con el tiempo su propia rebelión, pero siempre han terminado derrotados. El caso más célebre fue el de un familiar del cacique que les enseñó a los humanos a curarse sus heridas y proveerse de calor en la intemperie, pero ese reformista que quería cambiar las cosas desde dentro, acabó atado a una piedra vigilado eternamente por un buitre deseoso de comerle el hígado.

Visto de esa manera, a mí no me fue tan mal, supongo. Las rebeliones sí han aportado cambios parciales, pero mi conclusión, al cabo de todos estos años de observación, es que todos los levantiscos acaban o muertos o vendiéndose a los nuevos patrones que, en la actualidad, tienen la forma de un trozo de plástico rectangular y dorado.


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Lectura: 10 minutos

Día 11

Finalmente, mi número se acercaba. De no interrumpirse la secuencia, en menos de una hora podría abandonar el barco y tocar tierra firme. Por fin podría empezar a saber que estaba pasando y como estaban mi familia y mis compañeros de viaje, y averiguar cómo regresar a mi casa desde un lugar tan remoto. Hice esfuerzos enormes para que la ansiedad no me devorara, llevando en el bolsillo mi arma más importante: mi celular y el cargador.

Cuando abrí mi camarote y salí, dos guardias ataviados con traje sanitario me escoltaron diciendo que era el único de esa zona que estaba en mi camarote.

—¿Qué pasó con los demás?

—Quisieron escapar pero no pudieron.

—¿Y qué les pasó? –insistí–.

Silencio, no recibí ni una palabra más de su parte, aunque sabía que su silencio era una respuesta.  

Por fin toqué tierra, el puerto era un gran vacío, no habían camiones o taxis para los pasajeros que suelen bajar de un crucero. Nada. No quise adentrarme a las primeras calles de la ciudad solo, por lo que decidí esperar a otros pasajeros para tratar de ir en grupo. Mientras llegaban a ese punto, sólo veía calles vacías llenas de basura y desechos, como si un huracán hubiese pasado por la isla. Prendí mi celular en busca de señal, pero no registraba nada.

Las tres personas que se acercaron no me parecieron la mejor opción para unirme. Por su aspecto, parecían de algún país africano y deduje que la comunicación y los códigos culturales dificultarían las cosas. Seguí esperando hasta que, por fin, un grupo de cuatro argentinos me dejaron unirme luego del interrogatorio de rigor, que pude superar gracias a que uno de ellos me identificó como parte de los pasajeros del congreso, e incluso dijo haber conversado brevemente conmigo en el evento inaugural.

—Gracias Fernando, aprecio mucho que me dejen ir con ustedes. Sea lo que sea que nos espera, creo que ir solo no es buena idea.

La propuesta de uno de ellos parecía hacer sentido. Buscar los edificios más altos del puerto, que seguramente serían los hoteles de cadena, para pedir ahí ayuda, ubicar la embajada o el consulado del Argentina o de algún país europeo, informarnos de la situación, trazar un plan de regreso, etcétera. No costó trabajo ubicar un par de construcciones que sobresalían de las demás, y no debían estar a más de un kilómetro, por lo que iniciamos la caminata.

Las calles eran un desierto caluroso y abrumador, como de película de terror. Muebles viejos, basura, cristales rotos, autos abandonados y un par de barricadas con gente que nos observaba de lejos, embozada y armada.

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Imagen: Jeremy Martínez.

Logramos llegar al primer edificio pero las puertas estaban cerradas y no había un solo letrero. El segundo edificio, una cuadra después, era un Holiday Inn también cerrado con toda clase de bloqueos que impedían siquiera acercarse a la puerta. Fue claro que la situación era muy grave y una sensación de abandono y muerte me invadió. El panorama parecía mucho peor de lo imaginable.

En esas cavilaciones estábamos cuando un adolescente se acercó en una bicicleta destartalada, y desde unos 5 metros nos habló en mal inglés:

—¿Son del barco?

—Asentimos con la cabeza.

—¿Necesitan wi-fi?

—Sí, sí.

—Síganme y los llevo a un lugar en que podrán usarlo, pero cuesta 100 dólares por persona 10 minutos; ¿traen dinero?

Hasta ese momento reparé en que todo mi efectivo se había ido en el plan de rescate de Isabel, y que mi expectativa era “sacar dinero de la tarjeta” en cuanto tocáramos tierra.

—¡Sí lo tenemos!, interrumpió Fernando, vamos… ¿está lejos?

—No, no, a 5 minutos caminando.

Iniciamos la caminata siguiendo al niño, que en ese momento veíamos como nuestra salvación. Tener un celular funcionando, en ese momento, representaba nuestra razón de ser. Todo se reducía a la magia del aparatito que nos permitiría tener todas las respuestas que necesitábamos.  

El lugar era una casa playera descuidada escoltada por tres tipos armados a la entrada, con pistolas y machetes. Esperen aquí nos dijo el niño, hay que entrar en el siguiente grupo. En la espera, pregunté a nuestro guía por los demás pasajeros del barco y se limitó a decirme que casi todos habían buscado la forma de tomar una balsa hacia la siguiente isla. No pasaron ni 5 minutos cuando nos llamaron para ingresar, cobrando a la entrada. Prometí a Fernando que algún día le devolvería el favor y pasamos. Adentro habían 10 o 12 sillas distribuidas alrededor de la habitación, separadas unas de otras por cortinas viejas de baño colocadas con maderas podridas. En cada espacio había un pizarrón con la clave escrita en gis. Tan pronto fuimos ingresando la clave nuestros teléfonos volvieron a la vida recibiendo los miles de mensajes que teníamos pendientes de ser bajados. El ruido de los mensajes “entrando”, se combinaba formando una melodía siniestra de información esperando ser descifrada.

No sabía por dónde empezar. Traté de ordenar mi mente. Revisé, primero, los chats de la familia y según fui leyendo la información me fue inundando la cabeza con imágenes. Palabras más o palabras menos, les urgía saber cómo estaba porque una parte del mundo estaba colapsada por la explosión de la nueva cepa del virus. En los países en los que las vacunas habían sido aplicadas el virus estaba bajo control, pero en los países pobres en los que las campañas de vacunación apenas empezaban la situación era apocalíptica. Además, ahora el  foco de la infección era Brasil, pero habían brotes en todos los países latinoamericanos, y desde luego en la del Caribe. 

En muchas ciudades los muertos eran dejados en montañas en las calles y todo estaba fuera de control. Habían levantamientos en toda la región, y tratando de mantener el control las policías estaban disparando contra todos los que violaran el toque de queda. ¡Era verdad, lo que había sucedido en el barco era verdad! El virus había regresado con mayor letalidad que antes y el miedo había sacado las cosas de su curso normal, al menos, en algunos países. La situación era clara y triste… los países más pobres, sin vacunas, estaban pagando el precio de haber ¡sido dejadas atrás!

Sólo alcance a avisar que “estaba bien”, en un lugar seguro, que les avisaría de mi situación “en breve”, y me puse a revisar los chats de mis otros compañeros de travesía en busca de algún mensaje revelador… pero no había rastro.

Iba a intentar una llamada con mi hija cuando nos avisaron que nuestro tiempo había terminado. Salimos del lugar y ya habían, al menos, otras 20 personas esperando entrar. Estábamos en shock. Nos dirigimos sin hablar hasta un lugar que consideramos “seguro”, en el que varias personas hacían una larga fila para recibir botellas de agua, y empezamos a intercambiar la información que cada uno tenía. Era la misma. En todas las ciudades de donde proveníamos reinaba el caos y la desolación. No sabíamos dónde estábamos, no sabíamos a dónde ir, y tampoco imaginábamos cómo salir de ahí. Formados en la fila para recibir una botella de agua que necesitábamos desesperadamente, fuimos informados a gritos por una persona con un uniforme que alguna vez había sido de guardia o policía, que a nosotros no porque éramos extranjeros. 

pandemia
Imagen: BBC.

Decidimos que lo mejor era que Fernando regresara al reino del wi-fi, y por otros 100 dólares mandara mensajes a diversas personas que podrían orientarlo sobre alguna forma de escapar de la isla. Empleamos más de dos horas en dos ingresos más de Fernando a la casa del wi-fi para obtener algunas respuestas y poder tomar alguna decisión. Al final, ya con la tarde convertida en anticipo de obscuridad y peligro se llegó a una decisión, que consistía en tratar de conseguir un bote que nos llevara hasta Puerto Rico, en el que se encontraba un consulado de Argentina que estaba asistiendo a sus nacionales a regresar a su país.

De acuerdo, era un buen plan, pero ¿yo qué haría? Aunque me aseguraron que abogarían por mí en su consulado, para recibir ayuda, el panorama era incierto. Si había una embajada o consulado mexicano en Puerto Rico, era posible que estuviese cerrado o incomunicado. Decidimos regresar al puerto. Ellos, en busca de alguien que quisiera llevarlos a Puerto Rico a cambio de una pequeña fortuna que habían reunido para negociar su salida, y yo, pensando en regresar el barco, mi antigua ratonera, tratando de acceder al único “lugar seguro” que identificaba en esa zona. Regresamos en silencio, todos pensando en lo que seguía. Todos con miedo en nuestros corazones. 

En el puerto, después de algunas gestiones con desconocidos, mis amigos habían ya encontrado transporte y esperarían al amanecer para intentarlo. Tratarían de pasar la noche en la pequeña oficina de acceso al puerto, en el que un conserje, a cambio de 200 dólares, les permitiría refugiarse. Les pedí que me dieran oportunidad de intentar reingresar al barco, y de no tener éxito los alcanzaría antes de su partida para unirme a la expedición. Nos despedimos deseándonos suerte, diciendo a Fernando que nada en este mundo me daría más gusto que entregarle personalmente los 100 dólares que le debía.

—De acuerdo –me contestó–, es una promesa…

Me acerqué al barco en busca de alguna persona para negociar mi reingreso y tardé casi dos horas en poder hablar con alguien de la tripulación que, desde más de 3 metros, casi a gritos, me pedía que me retirara.

No tenía opciones, por lo que eché mano de todas mis habilidades de abogado para convencerlo de que era responsabilidad de la línea de cruceros regresarme al punto de origen. Después de tres entrevistas con diferentes personas y casi en el límite para decidir si me unía a Fernando, aceptaron dejarme pasar. En el curso de la negociación me informaron que el barco trataría de regresar a Miami al día siguiente, tan pronto consiguieran combustible y agua, y además los únicos pasajeros que seguían en el barco, resguardados, eran los estadounidenses, porque eran los únicos que podrían autorizar para regresar a Miami. Una vez más, la nacionalidad como primer criterio de discriminación. Por lo visto, de la pandemia… no habíamos aprendido nada.

Lo que me abrió las puertas fue que la ruta de regreso tocaría Cozumel para reabastecer combustible, lo cual me permitiría bajar en mi país. Regresé al camarote por fin, escoltado, y tan pronto pude me dirigí al camarote de Juan esperando encontrarlo, pero nadie respondió.

Día 12

Dormí más de 14 horas, y aun así seguía exhausto. El día previo había agotado mis reservas de estabilidad emocional y de resistencia física. Había logrado conseguir media botella de agua en el barco, pero moría de sed y hambre. Salí al pasillo y esperé en la puerta de mi camarote hasta que un miembro de la tripulación pasó y le pregunté por agua y comida. Quedó de ver la forma de conseguirlo y volvería. Y volvió. Media hora más tarde, una charola con pan y alguna fruta en estado regular de conservación aparecieron ante mis ojos, como el mayor de los tesoros. Junto con la comida llegó la mejor de las noticias: el barco iniciaría el camino de regreso por la tarde, una vez que acabaran la recarga de combustible y de alimentos. Además, disfruté de mi primer baño con agua dulce y caliente, que pasó por todo mi cuerpo eliminando la sal y el sudor que formaban ya una capa grasosa que daba constancia olorosa de mi condición de marginado.

¡Qué alivio! Sentí, por primera vez desde el confinamiento, que era el fin de la pesadilla. Volvería a casa vivo y sano. Por primera vez lloré, primero sólo unas lágrimas, y luego un llanto desolado y abundante, como hacía años que no lloraba.

El aviso del capitán de que estaríamos iniciando el regreso, y que esperábamos llegar a Cozumel a las 10 de la mañana del día siguiente terminó por inyectarme la dosis de emoción que me faltaba. Repasaba, uno a uno, los momentos vividos desde que habíamos abordado, y las muchas personas que me habían ayudado desinteresadamente y habían hecho la diferencia. Una hora después de partir, previo aviso del capitán insistiendo en que nos mantuviéramos en nuestros camarotes, iniciaron el reparto de comida. Otra vez toc-toc en mi camarote, y esta vez una charola con una ración suficiente de comida y agua.

barco
Imagen: RT.

A los 5 minutos, otros breves golpes en la puerta, y al abrir la sorpresa, casi me hace gritar. Era Juan, disfrazado con traje sanitario, que me apartó para poder entrar con rapidez, y ya con la puerta cerrada darme un abrazo largo y sentido. Ambos lloramos antes de poder empezar a ponernos al día. Le hice un muy breve resumen de mi estancia en tierra y de mis peripecias para regresar al lugar del que tanto tratamos de escapar.

—¿Qué pasó?, ¿te dejaron regresar al barco como a mí?

—No jefe, yo nunca bajé, me escondí y me quedé aquí, pasando de un camarote a otro para poder escabullirme y conseguir los restos de comida o agua que pude conseguir. A los gringos los concentraron en el piso de arriba.

—¿Cómo supiste que estaba aquí?

—Tengo ya mis “mensajeros” jefe, la gente de limpieza se ha convertido en aliada…

—… y de Isabel o de Javier, ¿sabes algo?

—De Isabel nada, aunque llegué a escuchar en los pasillos que dos o tres intentos de fuga habían fracasado y que tenían a varias personas detenidas en la parte de abajo del crucero.

—Bueno, ojalá estén detenidos, además no pueden acusarlos de nada porque en ese momento quien tenía el control del barco era el comando que lo tomó…

—¿Comando? No jefe… nunca hubo un comando. Una persona de la tripulación me confió que nunca existió algún comando, el capitán tomó la decisión de dejar correr esa información para evitar que la gente saliera de sus camarotes… era la única manera de evitar el caos porque el barco tenía sólo combustible y comida para llegar al primer punto de la travesía y pasarían semanas antes de que nos dejaran bajar en algún lugar.

No pude contestar, esa información desató cientos de conjeturas en mi mente sobre los efectos de una decisión que influyó totalmente en las vidas y destinos de todos los que viajábamos en ese barco, y que reconocíamos en el capitán a la máxima autoridad del navío. No quise calificarlo como estúpido o criminal de inmediato, prefería aplazar el veredicto para cuando pudiera reflexionar sobre el asunto. Sólo me limité a decir:

—No chingues, está muy cabrón hacer algo así…

—Juan, ¿tú sabes lo que sucedió en realidad?

—Sí, me lo comentaron otros pasajeros que pudieron de alguna forma tener señal en sus teléfonos al acercarnos a tierra… ¿no hubiera sido mejor decir la verdad sobre la existencia del nuevo virus para que la gente se quedara confinada?

—Creo que no… después de la experiencia del COVID, la gente habría buscado escapar del barco a toda costa, y según pasaran los días la situación se habría salido de control. Tal vez la decisión del capitán no había sido tan mala. Por eso cortaron toda comunicación del barco con el exterior.

—Y la nuestra de no participar en intentos de fuga tampoco. Era una huida hacia una situación peor que en el propio barco. En mi caso –agregó Juan–, el miedo que me paralizó me ayudó a mantenerme con vida.

Sólo entonces me asaltó un pensamiento que me tomó por sorpresa como mío, con forma de culpa plena. ¡No debí impulsarlos a tratar de huir! Fue una decisión funesta, basada en especulaciones.

—Debimos permanecer juntos y aguantar hasta el final.

—Pero Isabel ya se veía muy mal jefe, tenía que tratar de huir o moriría aquí…

Salimos al balcón a hurgar el horizonte, cada uno sumido en sus pensamientos. En otras circunstancias sería un momento placentero para disfrutar del sol, de la brisa y del agua salada. Hoy no lo era.


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Lectura: 7 minutos
Día 8

Lo primero que vi cuando desperté fue a Karen sentada en la mesa del camarote escribiendo en el cuaderno. Hizo una pausa, volteó, me lo barajó para acreditar que él mismo estaba por terminar sus hojas, y me dijo que con la información que yo le había traído llevaba ya dos páginas reportándolo a los demás. Mientras regresaba a su tarea, por primera vez desde el inicio del caos, el anuncio que repetidamente daban por los altavoces –y que habíamos dejado de atender– cambió:

—“A partir de hoy, las raciones de comida y agua serán reducidas a la mitad, favor de racionarlas al máximo”.

—Karen se limitó a mirarme y decirme con un dejo de sonrisa: “no te preocupes, te daré de mi parte, yo no como demasiado…”.

Pasamos el día esperando la nueva ración y alguna noticia nueva del exterior sin sobresaltos… y sin comida. Ahondamos en conversaciones sobre nuestras vidas, nuestras familias, nuestro trabajo, nuestras expectativas y nuestros miedos. El camarote se había convertido en un pequeño reducto en el que dos personas extrañas, de puntos opuestos del mundo, flotando en medio del mar, estaban dispuestas a hacerse mutuas confesiones en busca de la liberación de cargas, de recuerdos inservibles, de culpas y de miedos.   

Al llegar la noche algo había cambiado en el barco, había cierto silencio, cierta expectación diferente a los días previos, cierta calma, y mucha hambre. La comida de todos los días no había llegado, lo cual marcaba un punto de preocupación particular. Karen sacó de algún lugar un par de barras de chocolate que había llevado consigo y que fue como una cena en el mejor restaurante del mundo. Afuera, a lo lejos, la estela de luz de la luna se reflejaba en el mar hasta nuestra mirada, sugiriendo un camino hacia un mejor lugar.

Me dispuse a dormir pesando en la suerte que habrían corrido mis compañeros de viaje, especulando furtivamente en que sería, posiblemente, una de mis últimas noches en el mundo, cuando sentí algo hasta ese momento imprevisto. El cuerpo de Karen, detrás de mí, abrazándome como mejor pudo y pidiendo permiso para acurrucarse a mi lado. “Si hay virus no te preocupes, llevo 8 días sin ver a nadie… soy covid free”.

secreto en el camarote
Imagen: Anna Hagen.
Día 9

La llegada del cuaderno, por la mañana, trajo noticias sorprendentes. Alguien de los que repartía comida había informado a uno de los vecinos que la situación era ya insostenible, que la comida se había terminado y el agua escaseaba, y que cosas muy graves sucederían en las próximas horas. Si había algún plan de escape, había que ponerlo en marcha de inmediato. El cuaderno viajó y viajó de lado a lado innumerables veces hasta lograr un consenso entre los integrantes del grupo. Todos se concentrarían en el balcón del extremo sur, para desde ahí trepar con cuerdas a uno de los botes salvavidas que se ubicaba unos 3 metros arriba, para tratar desde ahí de descolgarlo al mar y huir.

Un plan parecido al que había seguido Isabel, cuyo final desconocíamos, pero del que teníamos indicios de que habría fracasado. No habían muchas más opciones. Sin agua y sin comida lo siguiente en el barco era la anarquía total, la guerra salvaje entre grupos para tratar de sobrevivir.

En las horas siguientes nos concentramos en preparar la huida, pactada para las 4 de la mañana. Había que llevar todas las provisiones posibles, cosas para cubrirse del sol, papeles personales, cubrebocas, medicamentos, todo aquello que pudiera servir como arma, y dejar cartas explicando la decisión, para el remoto caso de que nuestros familiares pudieran algún día recibirlas.

En mi caso, tenía que intentar entrar en contacto con Juan, que debía permanecer en mi camarote, y convencerlo para tratar de escapar con nosotros. Ahora sí, el tiempo se agotaba y no se veían otras opciones. Pasé de balcón en balcón hasta el punto que consideré más cercano a mi camarote, salí y corrí por el pasillo hasta llegar al lugar. Toqué y toqué sin respuesta, traté de entrar con mi llave y estaba desactivada. Tuve suerte, no me cruce con nadie en el camino. Regresé sobre mis pasos con la zozobra de la incertidumbre.

Cuando regresé, cansado y abatido, informé a Karen sobre el resultado y me acosté a descansar para acometer el plan de escape en 3 horas más. Otra vez Karen se acomodó a mis espaldas y me reconfortó. Sin saber cómo consumimos las últimas horas en besarnos y hacer el amor hasta media hora antes de la hora final. En la vida siempre supe que cuando uno desnuda su alma ante una mujer, desnudar el cuerpo es ya solo cuestión de tiempo y circunstancias. Y Karen y yo nos habíamos desnudado por completo casi desde que nos conocimos. Fue estrujante pensar en que, para ambos, era una despedida sin tener idea de si al menos podríamos ver el siguiente amanecer.  Afuera del balcón estaba la noche, que no era el miedo en sí, sino sólo el lugar en que éste habita.

Día 10

No pudimos dormir, a las 3 de la mañana debíamos iniciar el camino entre balcón y balcón para llegar al punto desde el cual podríamos trepar hacia el bote salvavidas. Justo antes de partir cambié de opinión. No supe por qué, no tenía una razón elaborada, no hacía sentido, pero algo me decía que era mejor quedarme donde estaba. Traicionar mi intuición, que siempre me había servido, era lo único que no podía permitirme.

intuicion
Imagen: Gérard DuBois.

—Lo siento Karen, no voy, aquí me quedo, prefiero esperar.

Insistió 5 minutos y desistió, tenía que iniciar el camino o la dejarían atrás.

Nos deseamos suerte, nos cruzamos números de contacto, nos abrazamos como viejos amigos y prometimos vernos pronto en tierra, cuanto todo esto hubiese terminado. Y se fue.

Mi primera sensación fue que estaba dejando ir la única oportunidad que me quedaba de escapar de la caja flotante, pero ya era tarde, ya ni queriendo podría alcanzarlos. Me senté en el balcón, tratando de identificar diferencias entre el negro de la noche y el negro del mar, y esperando para ver si alcanzaba a identificar alguna luz o sonido del bote escapando hacia tierra segura. Nada. Me quedé esperando hasta que el amanecer me faltó al respeto con un sol quemante frente a los ojos, anunciando un día más de calor sin aire acondicionado.

Sin nada que hacer, sin comida, sin agua, sin libros, sin nadie a mi alrededor me recosté mirando al techo y sentí un mareo, algo se había movido ajeno a mi voluntad. Un primer impulso, y luego otro, y otro más. El barco, el barco se estaba moviendo. Los gritos de otros camarotes identificando el movimiento me confirmaron esa inconcebible noticia. El barco avanzaba. Salía al balcón a buscar la espuma de la estela del barco, y aunque apenas incipiente, ya se anunciaba el vaivén del casco del crucero rompiendo las pequeñas olas.

Toda mi energía, mi atención, mis pensamientos y mi voluntad estaban puestos en que el barco debía seguir avanzando. Un nuevo anuncio en los altavoces empezó a dar forma a una realidad que nos había abandonado por 10 días, el anuncio empezaba diciendo: “Les habla el capitán…”.

Sin explicar nada se limitó a decir que habíamos sido autorizados para avanzar hacia puerto en la isla de San Cristóbal y Nieves, a donde deberíamos estar llegando en aproximadamente 5 horas. Se nos pedía no salir de nuestros camarotes y esperar nuevas instrucciones. Por ningún motivo debíamos salir de nuestros camarotes. No importaba nada, la inminencia de estar en tierra en 5 horas era una información difícil de procesar. Los gritos de alegría de otros pasajeros y el llanto de otros confirmaba que no estaba sufriendo alucinaciones. Para ese momento, además, la velocidad del barco ya era notable.

Pensé en ir a mi camarote por mi maleta y ver si encontraba a Juan, pero me pareció un riesgo innecesario cuando la solución estaba a la vista. Ya habría tiempo de buscarlo, o en su caso nos veríamos “abajo”. Reparé entonces en la palabra “abajo”, que de todas las del idioma español se convertía en la más bella: “abajo”, “abajo”, “abajo”.

altoparlante del camarote
Imagen: Pinterest.

Cuando empecé a identificar, a lo lejos, el perfil de ciertas breves montañas mi corazón dio un vuelco. Era un hecho, nos estábamos acercando a tierra y podríamos salir de la trampa mortal flotante. No más hambre, no más sed, no más pensamientos suicidas. No más agua salada en la piel.

A escasos 400 metros de la orilla los altoparlantes del barco empezaron a repetir la misma instrucción hasta la saciedad.

—Nadie deberá salir de su camarote. Para abandonar el barco debemos esperar autorización de las autoridades locales, y llamaremos camarotes de dos en dos hasta desocupar el navío. Cada persona debe llevar sus pertenencias.

No importaba. Nada importaba. Después de 11 días de incertidumbre, esperar unas horas más, ya con la tranquilidad de estar en tierra era sólo un breve estirón adicional a la reserva de paciencia. Tocamos tierra, aunque me tocó del lado del barco en el que no era posible ver hacia la isla, pero podía ver el puerto y parte de la ciudad a lo lejos. De alguna manera nuestro secuestro había terminado y nos estaban liberando.

Prendí mi celular, no había señal, por lo que lo volví a apagar para no gastar lo que me quedaba de pila. Ya habría oportunidad de encontrar señal en tierra. Después de dos horas de espera, por fin la voz en las bocinas empezó a dictar los números de camarotes cuyos ocupantes podrían ya salir. Dos minutos después otros dos, y dos minutos después otros dos. Hice cuentas, con el número que tenía debían pasar unas 3 horas más para que llegara mi turno. 

A veces la voz paraba y no llamaban a nadie, lo que fue demorando la salida por horas y horas. La secuencia era extraña, porque había ciertos números de camarotes que simplemente, eran saltados. Dormitaba entre llamados y llamados, tratando de identificar una secuencia que me permitiera un mejor pronóstico de mi momento de caminar hacia la libertad.

Continuará…


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El loco imaginario

Lectura: 5 minutos

—Buenos días. Dígame, ¿a quién viene a visitar? –dijo la enfermera.

—No vengo a visitar a nadie. Vengo a internarme voluntariamente.

—¿Sabe usted que está en un manicomio?

—Precisamente.

—Entenderá que no podemos aceptar a cualquiera así como así. Tendrá que hablar con la doctora.

—Por supuesto. Ya me esperaba que tendría que pasar algún trámite burocrático.

—Espero que también sea consciente de que, una vez dentro, no es tan fácil salir.

— Lo sé, pero como no quiero salir, eso no me importa. Y antes de que lo pregunte, dispongo de medios sobrados para llevar una vida digna allá afuera, por si piensa que lo hago porque no tengo donde caerme muerto.

—Bueno, siéntese en aquel sillón mientras llamo a la doctora Ortiz.

Para pasar el rato, Rubén cogió una revista médica. Le llamó la atención un artículo de la OMS sobre la prevención de suicidios; una de las mayores causas de muerte no natural en el mundo. Según el artículo, los países debían estudiar los medios empleados por los suicidas para ponerles trabas, ya que, en muchas ocasiones, la decisión era fruto de un calentón mental. La idea era que, al serle más difícil el acto, el suicida recapacitase. O sea, que, según estos expertos, hay que hacer desaparecer la herramienta, llámese insecticida o pastillas, en lugar de abordar las razones del individuo. No soy ningún experto, pero me parece que por ese camino poco haremos, pensó mientras depositaba la revista en la mesilla. Al alzar la mirada, se encontró a su lado a la doctora, que se había acercado sin que él se percatase.

imaginario
Imagen: Guim.

—Rubén Amancio Pradera.

—Soy yo.

—Hágame el favor de acompañarme.

Avanzaron por un pasillo mal iluminado y a medio camino entraron en un despacho amplio con un sofá doble y un sillón a mano izquierda y, al fondo, un escritorio con una silla. Un par de estanterías con libros de psicología en las paredes laterales completaban el mobiliario. Tras entrar, la doctora invitó a Rubén a que sentar se en el sofá mientras que ella hacía lo propio en el sillón.

—Le voy a ser sincero. Desde mi punto de vista profesional, el simple hecho de que quiera ingresar en este centro denota que, en efecto, usted no está en pleno uso de sus facultades mentales– soltó la doctora a bocajarro.

—Me alegro de que coincidamos tan rápido en el diagnóstico– dijo Rubén contento.

— No obstante, como se podría tratar de una broma de mal gusto, tengo que conversar una hora con usted antes de rellenar los formularios de ingreso.

—¡Qué disgusto!

—No se preocupe. Sólo será un ratito y para facilitar las cosas dígame. ¿Por qué cree que debería estar aquí?

—Pues verá, la cuestión es muy sencilla. Desde hace varios años he notado que no comprendo este mundo. Durante mucho tiempo he pensado que los demás eran los equivocados, pero finalmente he llegado a la conclusión de que soy yo el que está apartado de la realidad, y por eso he venido aquí.

—¿Qué es lo que no comprende?

loco imaginario
Imagen: Inci.

—Yo he vivido la mayor parte de mi vida en un sistema en el que se premiaba la fidelidad del trabajador para con su empresa, en el que aspirábamos a salir adelante con lo necesario pero sin grandes pretensiones y esperábamos que nuestros hijos y sobrinos llegasen más lejos. Nunca nos faltaba trabajo y cuidábamos de nuestros mayores. Ahora se nos acusa de desquiciar la economía por el simple hecho de vivir demasiado, tener un trabajo de 800 euros es ganarse la lotería y reina el individualismo en todo el mundo.

—Su mundo tampoco era el edén. Vivían con el temor constante de una guerra atómica y en muchos países había dictaduras genocidas, por no contar con los horrores de la Segunda Guerra Mundial que ocurrió en su infancia.

—Sí, es cierto, todo eso existía pero no imperaba la estupidez como en nuestros días.

—¿A qué se refiere?

—Podría hacer una larga lista. Pero sólo citaré tres ejemplos: antes de la aparición de las redes sociales nadie se habría atrevido a decir que la tierra es plana. Hoy no sólo lo aseveran miles, sino que hasta hacen sus congresos. Lo mismo pasa con las mascarillas desde hace años. Sabemos desde que surgió el COVID y sus derivados, han sido una herramienta muy útil para combatirlo. Pues bien, ¿no hay quienes muy estúpidos siguen haciendo sus manifestaciones sin guardar distancia ni cubrirse la boca? Pero eso no sería nada si no fuera porque estamos corriendo desbocados hacia nuestra propia destrucción, o mejor dicho, la del planeta, y lo único que pensamos es “ya le tocara a otro. Yo voy a librarla.” Y si los que hablaran fueran viejos como yo, aún lo entendería, pese a su egoísmo, pero esa es la forma de hablar de jóvenes de 30 años que tienen hijos y les importa una mierda el futuro de sus vástagos, y además, a qué chingados viene ese afán por competir si al final sólo unos pocos se van a llevar el provecho de ese sudor y por unos cuántos años.

Rubén se detuvo jadeante para tomar aire, pero en lugar de continuar su perorata simplemente agregó:

—En fin, ya ve cómo me pongo sólo pensando en esas cosas. Durante mucho tiempo, pensé que los demás eran los locos, pero he llegado a la conclusión de que el orate soy yo si los demás aceptan este sistema sin rechistar.

La doctora se quedó mirando fijamente a su interlocutor. Él agachó la mirada. Sabía que ella estaba analizando su testimonio para finalmente dictar su sentencia.

 salud mental
Imagen: Nexos.

—Lo siento, pero no podemos internarlo porque no le guste el mundo tal cual es. Nosotros también tenemos cuotas de rentabilidad y, si nuestros superiores llegan a enterarse de que pacientes sanos ocupan camas sin derecho, nos meteríamos en un serio aprieto.

—Pero estoy dispuesto a pagar mi estancia.

— No se trata de eso, sino de la eficiencia en la gestión.

—Bueno, y yo qué hago entonces.

La doctora volvió a contemplarlo detenidamente. Está claro que a una persona como Rubén sólo le quedaba una solución, y pensaba en comprar una soga, pero no quería ser ella quien lo sentenciase. Había que ganar tiempo y darle una esperanza.

—Hagamos una cosa. Si en un par de años sigue empeñado en ingresar en nuestro centro, venga a visitarme y lo haremos pasar por un caso de demencia senil. Mientras le pido que aguante.

Rubén sopesó los pros y los contras de la propuesta. Finalmente, se levantó y se despidió de ella de forma efusiva, con un fuerte abrazo.

—Hasta dentro de dos años doctora.

“Otro más que no se halla y van 85 en lo que va de año”, pensó la doctora. “En el próximo congreso al que asista pediré que se investigue esta nueva enfermedad”.


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