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Lecciones de El Cuento

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Edmundo Valadés, el genial autor de La muerte tiene permiso, sostuvo que en un cuento, la única posibilidad que el escritor tiene de ser reconocido pasa necesariamente por el estilo.

“Es la marca de fábrica, la manera personal de contar la historia, de tender a su estructura, de perfilar personajes, de manejar el idioma, de tramar un cuento que resulte inolvidable, como también lo será él mismo”, expresó el creador de la revista El Cuento, la hoy desaparecida publicación que en su día fue la referencia del género en el mundo de habla hispana.

El estilo es la personalidad. Es todo aquello que caracteriza a un ser humano y que refleja en su entorno más inmediato. En literatura el estilo es parte de la personalidad del escritor, aunque en el proceso creativo el estilo se refiere a la manera en que un autor se vale de ciertas leyes, normas y técnicas, para expresarse.

El estilo es consustancial a la literatura. Puede ser bueno, malo, excelente o regular, pero cuando está ausente, cuando del texto se deduce el parentesco con el idioma sólo por la presencia de las palabras, puede haber escritura, mas no literatura.

Hay estilos que se ensanchan y se universalizan en ciertas épocas, convirtiéndose en el sello de una generación –independientemente de las particularidades de cada uno de los integrantes de esa generación. Por ejemplo, pocos lectores acuciosos dejarían de reconocer un estilo en la cuentística francesa del siglo XIX y otro en la cuentística estadounidense de principios del pasado.

lectores asiduos
Imagen: Pinterest.

Es indudable que en los últimos años el género cuento ha repuntado en el interés de los lectores mexicanos. La cultura audiovisual en que vivimos, con su carga de mensajes digeridos, pudiera explicar cierta predilección por lo breve entre quienes siguen creyendo en los libros. Lauro Zavala cree advertir que esta “cultura del fragmento” ha llevado a los escritores más sensibles a utilizar no sólo la palabra cotidiana, sino “muy especialmente el tono periodístico y hasta testimonial propios de la crónica, de tal manera que en muchos casos es difícil distinguir entre periodismo y creación literaria, entre testimonio y ficción”.

Respecto al creciente interés en el género, el mismo estudioso supone que una de las razones pudiera ser la explosión numérica de la universidad de masas, con el consiguiente aumento del número de lectores (y, por lo mismo, de autores y editores) de narrativa breve, acompañados por la multiplicación de los premios, becas, encuentros y talleres literarios en todo el país, y la relativamente reciente costumbre de organizar presentaciones de libros.

Me gustaría proponer que otro factor que impulsa la lectura son los medios masivos, la radio y la televisión y en particular el Internet. Es una propuesta controversial, pues a los medios electrónicos se les ha señalado como responsables de los altos índices de no lectura. Sin embargo, me parece que el asunto no ha sido bien estudiado y que podríamos encontrarnos ante un cliché o un mito.

En un encuentro convocado para definir políticas culturales, el sociólogo francés Alain Touraine me dijo: “Quisiera no ser paradójico, pero francamente no veo de dónde viene este pesimismo que se escucha en el mundo entero: «Los libros nadie los lee».” Mucha gente lee libros, mucho más que antes. «Lo escrito desaparece frente a la imagen». Y atribuye esto en parte a la proliferación de los adminículos electrónicos.

Definir lo que es un cuento puede resultar una tarea tan peligrosa como intentar una definición de “belleza” que satisfaga a todo el mundo. Sin embargo, hay puntos en los que están de acuerdo la mayoría de los autores contemporáneos: extensión inferior a la de la novela, tensión constante y desenlace inesperado.

A partir de estos y otros puntos se ha intentado formular leyes, que como no atañen a fenómenos comprobables y medibles como la fuerza de gravedad o la curvatura de la luz en las proximidades de los astros, pueden dar a teóricos y críticos un placer semejante al que obtenían los padres de la Iglesia al discutir sobre el sexo de los ángeles, pero de poca utilidad al proceso creativo en sí.

proceso creativo del cuento
Imagen: Tumblr.

William Faulkner dijo en alguna entrevista que, si el escritor está interesado en la técnica, más le valdría dedicarse a la cirugía o a la colocación de ladrillos. Opinión extrema, sin duda, pero tiene lo suyo.

Edmundo Valadés, en contra, fue capaz de revisar brillantemente todos los aspectos teóricos del cuento y concluir con una sencilla confesión: “… al término de especulaciones, el cuento tiene leyes secretas, misteriosas, y lo único que sé es que sólo el cuentista es quien puede intuirlas”.

Entre aquel tajante rechazo a la técnica, y este azoro frente a los misterios de la creación literaria hay, digamos, un canal de navegación por el que es posible transitar muy provechosamente.

¿Qué es, pues, “un cuento” en literatura? Julio Cortázar dice que el cuento “parte de la noción de límite, y en primer término de límite físico, al punto que en Francia, cuando un cuento excede de las veinte cuartillas, toma ya el nombre de nouvelle, género a caballo entre el cuento y la novela propiamente dicha”.

Otras aproximaciones o intentos de definición:

Ernesto Sábato: “El cuento tiene que dar en pocas palabras una idea toral y poética”.

Robert Stanton: “El autor de un cuento debe crear y poblar su mundo, y simultáneamente zambullirse en la acción”.

Mario A. Lancelotti: “El tour de force del cuentista consiste en convertir el acontecimiento en un lenguaje; el cuento no es una forma estática”.

Silvina Bullrich: “El cuento puede darse todos los lujos menos el de ser incompleto; el cuento es un hecho consumado, una íntima parcela de vida completa en medio de los años que abarcan el pasado de un hombre sobre la tierra”.

Alberto Moravia: “El cuento debe sujetar en su silla al lector”.

mar de cuentos
Imagen: Pinterest.

H. H. Murena: “El cuento es algo así como una gota de agua vista con una lupa, y por lo tanto en ella está el universo entero”.

A mediados del siglo antepasado Edgar Allan Poe –sin duda punto de referencia para la cuentística contemporánea- publicó su famoso análisis sobre el cuento o historia corta:

Un hábil artista literario ha construido una narración. Si prudente, no ha modelado sus ideas para conciliarlas con su trama; pero habiendo concebido, cuidadosa y deliberadamente, cierto efecto único a lograr, entonces pergeña tales incidentes, y combina tales hechos como mejor le sirvan para lograr ese efecto preconcebido. Si desde la misma primera línea no se tiende al logro de ese efecto, entonces habrá fracasado en el primer paso. A lo largo de toda la extensión de la obra no incluirá una sola palabra cuya tendencia, directa o indirecta, no sea hacia la consecución de ese diseño preestablecido.

En 1925, otro par de la República de las Letras, el uruguayo Horacio Quiroga, publicó su Manual del perfecto cuentista en cuyo punto V aconseja: “No empieces a escribir sin saber desde la primera palabra a dónde vas. En un cuento bien logrado, las tres primeras líneas tienen casi la misma importancia que las tres últimas”.

Cuarenta y cinco años después Cortázar diría: “Un cuento es malo cuando se lo escribe sin esa tensión que debe manifestarse desde las primeras palabras o las primeras escenas”.

Y de nuevo Edmundo Valadés: “Un cuento debe estar conformado como un círculo trazado de principio a fin, sin que sea válido salirse de él. Hay que sujetarse a la redondez que exige, a la continuidad de la historia preestablecida, que debe desenvolverse sin rodeos o divagaciones innecesarias o excluyentes, hasta alcanzar el punto que la cierre”.

Un cuento debe dejarnos la sensación de que los hechos descritos –trátese de situaciones extraordinarias en que se involucran seres ordinarios o de seres extraordinarios atrapados por asuntos ordinarios–, no sólo son posibles sino que incluso nos pudieron haber pasado a nosotros mismos.

Juego de ojos.

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¿Quién fue Pepe Faroles?

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Mi esposa Lorena Canto está escribiendo sobre mujeres mexicanas y hace unos días me sorprendió cuando me preguntó “¿Conoces a Pepe Faroles?”. Y ustedes saben que un aficionado a los toros una pregunta de esa naturaleza es un reto a la memoria.

Recordé que en alguna Revista de Sol y Sombra de los cuarenta del siglo pasado había visto ese pseudónimo y eso le comenté pensando que ya había resuelto su duda y, sin embargo, me repitió la pregunta y agregó: “¿Sabes cuál es su verdadero nombre?”. Y ahí mejor le dije, lo desconozco.

Ella entonces me lo dio, se trata de una mujer, no de un hombre; fue Josefina Vicens, gran aficionada que comienza su labor como escritora de crónicas taurinas a principios de la década de los 40, y para 1943 ya escribía en su propia revista Torerías.

Su carácter rebelde y de lucha continua la llevó a fundar en sociedad, su propio espacio periodístico, donde con el de nombre “Pepe Faroles” dejaría huella en los lectores de la época, creando controversias, polémicas y disputas, tanto entre los aficionados como entre los empresarios de la época, uno de ellos, Antonio Algara del Toreo de la Condesa.

cronicas pepe faroles
Firmaba con sus pseudónimos: Pepe Faroles, José García y Diógenes García (Imagen: Isla Minerva).

Curiosamente en el periódico español El Mundo, hace años, el periodista Raúl Rivero apuntó: “Uno de los críticos taurinos del siglo XX mexicano se llamaba Pepe Faroles” –y agregó– “era contemporáneo de un comentarista político que no brillaba demasiado, pero era incómodo y escribía bien”. Firmaba como Diógenes García. En términos taurinos, pinchó en hueso el colega español, pues ése era su pseudónimo de la actualidad política de Josefina, quien dejó dos libros para la posteridad: El libro vacío y los años falsos.

Josefina Vicens solamente acabó sus estudios de primaria, para posteriormente estudiar una carrera comercial de dos años de duración que ella concluyó en uno solo. A pesar de que Vicens considerase no tener cultura académica, no sólo tuvo acceso a los libros en su ámbito familiar; también tuvo una gran voluntad autodidacta para aprender de su experiencia y establecer diversos vínculos con la escritura y con la lectura.

Hija de Sensitiva Maldonado Pardo, maestra tabasqueña, y de José Vicens Ferrer, comerciante español originario de las Islas Baleares, Josefina Vicens nació en Villahermosa (Tabasco) el 23 de noviembre de 1911.

Josefina Vicens firmó con su propio nombre en artículos sobre cine y podía suceder que sus diferentes firmas coincidieran en una misma publicación, averigüé qué otra de sus actividades literarias fue la de los guiones cinematográficos.

Obtuvo el Premio Ariel dos veces, gracias a dos guiones: Renuncia por motivos de salud en 1975 y Los perros de Dios, 1979. Por este último también ganó un reconocimiento de la Sociedad General de Escritores de México, la Diosa de Plata y El Heraldo.

Josefina Vicens
Josefina Vicens, novelista, periodista, guionista de cine y feminista mexicana (Imagen: Anchor).

Muy crítica consigo misma, de todo su trabajo en el cine sólo rescataba tres textos: los ya mencionados y el de la exitosa película Las señoritas Vivanco de 1959, cuya anécdota surgió de la colaboración hecha por otros dos sobresalientes escritores, Elena Garro y Juan de la Cabada.

Sin embargo, la autora forjó amistades con no pocos artistas, como los pintores Pedro Coronel, Juan Soriano, José Luis Cuevas y Antonio Peláez, así como con los escritores Sergio Fernández, Pita Amor, Octavio Paz y Juan Rulfo.

Esta interacción con renombrados artistas se vincula también a sus visitas al “Café París”, en el rumbo de Reforma de la Ciudad de México, que era un espacio común de reunión para muchos artistas de la época.

En aquel entonces, en la crónica taurina sobresalían junto a ella, Esperanza Arellano “Verónica” y Carmen Torreblanca Sánchez Cervantes. Es imposible preguntarle por qué decidió usar un pseudónimo masculino en la crónica taurina.

Sirva como anécdota la de Pepe Faroles, mientras que recordamos la fecha mágica del 5 de febrero, en la que se cumplió 75 años de haberse inaugurado la plaza más grande y cómoda del mundo, La Plaza México.


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Hoguera de palabras

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Piras de libros, ardiendo, a Don Quijote lo “curaron” de la locura quemando sus libros de novelas de caballería, biblioteca banal, leyendas ociosas ideales para él, un golfo que tenía como oficio soñar sin hacer.

La Humanidad se ha obsesionado con crear conocimiento, y después destruirlo. Nuestra historia es un trayecto que evoluciona y borra sus pasos, destruir libros, con esas cenizas desparecemos el pasado y sus obras. Oliver Cromwell conquistó el poder en Inglaterra en 1653 con una guerra civil violenta y fanática, destrozó las bibliotecas del Rey Charles I, las obras de arte, entre esculturas, pinturas, instrumentos musicales, los vendió a los reyes de España y Francia, despojó a Inglaterra de su acervo. Las obras de Tiziano, Rubens, las joyas del Barroco que colgaban en las paredes de los palacios, con su furor iconoclasta, fanático providencialista, las malbarató, entregándolas por unas monedas. En las orillas del Támesis se pudrían las pinturas, arrojadas después de la feroz rapiña. En esa catástrofe los libros sufrieron el destino más terrible, para Cromwell no era suficiente venderlos o regalarlos, no, los quemó, hizo fogatas inmensas con libros de medicina, filosofía, hermenéutica, ciencia, todo lo que significara un peligro para su régimen, su pureza, y la expansión de sus ideas infructuosas.

Los libros son peligrosos, les temen los dictadores, los fanáticos, los ignorantes, esa gente que tiene las armas, el poder, que son capaces de manipular a las masas, le tienen miedo a un libro, a un montón de letras impresas en unas páginas, a algo efímero y frágil que perece con el agua, el fuego o el olvido.

El conocimiento se conserva en los libros, entre esas dos tapas cabe la sabiduría humana, y también la basura humana. La paradoja es que los libros basura no son un peligro, a esos nadie los quema, y aunque Cervantes, en la crítica literaria más genial de la Historia, se deshizo de las obras basura que llenaron la cabeza del Quijote, ésa es la única fogata que merecía haber ardido durante horas. Ardiendo perdemos libros, pero la peor manera de matarlos es cuando un ser despreciable y poderoso dice que lee tal o cual libro, y por desgracia es una gran obra, en ese momento la masa estigmatiza el libro, como si un libro fuera responsable de sus lectores.

En la actualidad la ignorancia tiene un gran poder e influencia, los libros basura son referencia, las mentiras y noticias falsas son las hogueras en donde desaparece la verdad. La Humanidad tiene la obsesión metódica de acabar con su propia sabiduría, establecer el año cero, en la contradicción de saber menos. Es porque el poder tiene “su verdad” y para imponerla debe acabar con las ideas que lo anteceden. Estamos en un año cero,  la aniquilación de la verdad es la misión de los nuevos “justos”, la masa establece que si está en internet es verdad, es real y es una orden aceptarlo. Los gobernantes exhiben su ignorancia, la masa la presume, los influencers la promocionan, y de la verdad quedan cenizas.


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Entrega la SEP Libros de Texto Gratuitos a Consulados de México en EU

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La Secretaría de Educación Pública (SEP), a través de la Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuitos (Conaliteg), inició la entrega de libros de texto para niñas y niños de Primaria a los Consulados mexicanos en Estados Unidos.

El banderazo de salida se realizó en el Consulado mexicano en Caléxico, California. Los Libros de Texto Gratuitos se distribuyen desde hace dos décadas en Estados Unidos.

Ante ello, el Secretario de Educación Pública, Esteban Moctezuma Barragán, resaltó que “la nacionalidad se lleva en el corazón, aunque se viva en el extranjero. Por ello, entregamos a miles de niñas y niños mexicanos que viven en Estados Unidos sus Libros de Texto Gratuitos”.

Destacó la importancia de los migrantes mexicanos en Estados Unidos y el profundo interés de “querer estar cerca de ellos y brindarles elementos de apoyo, que los ayuden a potenciar sus oportunidades culturales y laborales. Nos encanta tener comunidades mexicanas exitosas en el exterior. Estamos convencidos de que su éxito en Estados Unidos, es un gran beneficio para ellos y sus familias”.

Miguel Antonio Meza Estrada, Director General de la Conaliteg, entregó una colección de libros a la Dirección del Programa de Educación Migrante, en la Oficina de Educación del Condado de Imperial (ICOE).

Comentó que los libros de texto de la Cuarta Transformación están elaborados con papel reciclado y cuentan con códigos QR. Además, cada año los libros de texto se reparten en lenguas indígenas y en Braille para alumnos ciegos.

El Cónsul de México en Caléxico, Tarcisio Navarrete Montes de Oca, manifestó que es una gran proeza lo que hace el Gobierno del Presidente Andrés Manuel López Obrador, al distribuir los Libros de Texto Gratuitos en el país y en el extranjero, porque con ello se forman mejores ciudadanos.

Los libros se entregarán a escuelas que fomentan el aprendizaje del idioma español a los mexicanos que emigraron a Estados Unidos; a bibliotecas públicas y proyectos bilingües. Lo anterior, con la finalidad de apoyar el patrimonio educativo y cultural de todas las niñas y niños, hijas e hijos de mexicanos que viven fuera del país.

Libros viajeros y otras vicisitudes

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Luego de sortear varios “pendientes” que la pandemia me urgía a atender, llegué a uno que me esperaba pacientemente desde hace más de tres años. Revisar las cajas de libros de la biblioteca de mi difunto padre, que fueron remitidos a la bodega en espera de la sentencia que sellaría su destino.

La primera disyuntiva era si abrir o no las cajas. La tentación de superar la nostalgia a través del acto redentor de la donación bibliotecaria se mostraba convincente. Razones para no mirar las había por doquier. Al final, la idea de encontrar algún tesoro escondido pudo más y empecé la meticulosa revisión de cientos de ejemplares reunidos a lo largo de toda una vida.

En mi trituradora de pensamientos irracionales, que suelo utilizar por las noches, pronto descubrí una conclusión que soportaba el análisis. Si muchas veces perdía tardes completas mirando libros usados en librerías de viejo, era una deslealtad mayúscula no dedicar tiempo al rescate de los libros de los que hoy me sentía guardián y verdugo. Más de una generación descansaba en esas cajas, esperando pacientemente que su suerte fuese dictada.

libros y surrealismo
“Autorretrato” de André Martins De Barros (1942).

Uno nunca sabe si un volumen de Voltaire podría ir a dar a un lector en un lugar remoto, e iniciar una revolución. De todas las decisiones posibles, la única que me empezó a parecer injusta e improcedente era mantener toda esa literatura encarcelada.

Enfrentar los primeros ejemplares me obligó a construir criterios de “selección natural” para decidir cuáles serían los sobrevivientes. Empecé a notar que no era una decisión sencilla, porque las excepciones a las reglas empezaron a superar en número a los propios criterios que había enarbolado inicialmente. Para mi sorpresa, al concluir la revisión del primer paquete, el 90% de los textos habían sobrevivido al escrutinio. ¿Me deshago de la colección de novelas de Luis Spota? Sí, son de un México que ya no existe. ¡No, ahí está la explicación de muchos de nuestros actuales desencuentros!

Empecé entonces por eliminar a los que estaban en pésimo estado de conservación. Luego descarté a los que resultaban anacrónicos y superficiales. Los almanaques, metódicamente reunidos del año 1966 a 1981 tuvieron que ser sacrificados, por más que el del año 67 reseñaba el mundial del futbol en Inglaterra y la primera transmisión en vivo del partido final a través del famoso satélite “Pájaro madrugador”; también el del año 1970, reseñando la llegada del hombre a la Luna en el año previo. Mi consuelo, cada vez que mandaba un ejemplar de regreso a la caja, era que “toda esa información ya está en internet”.

Lastimosamente, las enciclopedias siguieron el mismo camino. Las que por años consideré compendios del saber humano, celosamente guardado en sus duras pastas de imitación piel, hoy formaban una pila de papeles pesados e inservibles. La “Salvat”, la “Espasa Calpe”, la de “Historia de México” de pasta rosa y serpiente dorada, todas sacrificables ante la invencible potencia de “Wikipedia”. Con qué nostalgia recordé a mi papá yendo cada viernes al Aurrera de Taxqueña a adquirir el número siguiente de la Enciclopedia Británica, y todo lo que tuvo que hacer para conseguir el tomo XII, que por algún misterio escapó a su metódica rutina de cada semana.

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Imagen: D. Thompson.

Ante la imposibilidad de conservar los restantes volúmenes, opté por descartar los libros de Derecho superados por la acción del tiempo. Conservé los de filosofía del derecho, pero cargué con los de civil, penal y constitucional, reducidos a meras memorias históricas luego de cientos de reformas en las últimas décadas. El derecho es una de las actividades en las que un plumazo del legislador acaba con bibliotecas completas. Entre ellos, conservé los que portaban alguna dedicatoria del autor, que de plano no pude regresar a la caja. Otros salvaron el pellejo gracias a sus excelentes presentaciones en piel, que me pareció grosero ignorar. En estos tiempos, un libro así es al menos un objeto de arte, especialmente en los “loft” de jóvenes en los que no suele existir un solo libro en sus repisas.

Los libros que más me dolió descartar fueron aquellos cuyos lomos leí por años, asumiendo que un día lo haría. Identifiqué cientos de títulos que, como breves mensajes portadores de promesas del saber, mantuvieron sus secretos hasta ahora. Me quedé, sólo por atemperar la mala sensación, con 10 o 12 de los más enigmáticos y seductores.  Títulos como “El país de las sombras largas”, “70,000 contra uno”, “Tus zonas erógenas” y “El sol se muere”, reposan ya en mi librero, como testigos silenciosos y necios de la vorágine que lo transformó todo en los últimos 40 años.

Claramente, la variedad de temas que abriendo las cajas descubrí, me revelaron facetas de mi señor padre que sólo aumentaron la certeza de lo poco que sabía de él. Digamos que pude ver, aún más claro, el aire enigmático que lo acompañaba. Por un momento, ante la diversidad de temas, me pareció que no hace tanto nuestro conocimiento era aún accesible en una sola vida. Después, la geometría volcó sus efectos sobre el saber y lo explotó hasta los niveles de lo imposible. La especialidad es inaccesible por su grado de detalle, y el saber general es inatendible por ser inabarcable.

Así que henos aquí, con pedazos sueltos de información que no nos dejan entender dónde estamos, ni a dónde vamos, intercambiando conocimiento práctico sólo como una forma de sobrevivir.

Al final, un libro en particular decidí rescatar, limpiar y conservar a pesar de su mal estado y de estar escrito en árabe. Lo hice porque la dedicatoria era de mi abuelo a mi padre –escrita, por cierto, en un español deficiente– en septiembre de 1939.


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Libros hasta las nubes

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¿Por qué leemos hoy menos que antes?, ¿será un problema educacional, de falta de hábito?, ¿o tendrá que ver con nuestra dificultad para soportar la incertidumbre? 

Annemarie Schwarzenbach, a quien Thomas Mann describía como el “ángel devastado”, fue una viajera en búsqueda permanente de un lugar en el mundo que la hiciera sentir que había llegado a casa. Cada aventura que emprendía fue un intento por alcanzar la paz mental y entender, sobre todo entender, lo que le ocurría, el por qué de su desasosiego y profundo malestar subyacente. Ella pertenece al linaje de los seres humanos que conocen la intemperie emocional desde siempre. Se trata de un grupo enorme de personas que casi al mismo tiempo que comienza a caminar y a hablar, percibe que hay algo que los supera, que, aunque no lo pueden definir, ni nombrar siquiera, los impulsa a ir al encuentro de un espacio psíquico que les haga sentir que encajan en el mundo.

fuera de lugar
Imagen: Wattpad.

Raros o especiales, así es como nos sentimos cuando nos vemos como diferentes. Si la interpretación que hacemos es negativa, inmediatamente nos sentimos parte del primer grupo; si por el contrario creemos tener algún atributo que consideramos particularmente positivo, nuestro pecho y ego se inflan y nos ubicamos en un peldaño por sobre lo que consideramos, con cierto desdén, la mayoría.

Más allá de la forma en que nuestra psique intente amoldarse a los parámetros de la supuesta normalidad que nos gobiernan, lo cierto es que en cada uno de nosotros conviven siempre dimensiones de rareza y especialidad. Lo mismo ocurre con los vergonzosos y los culposos; los primeros consideran que en ellos hay algo disfuncional, distinto, que les impide ser en verdad felices; en tanto que los culposos saben que en ellos habita la falta (el viejo pecado) y temen que si los demás lo descubren no los aceptarán, ni mucho menos querrán. Y así de vergüenza en rareza, de culpa en unicidad, nos la pasamos buena parte de la vida intentando dar con un locus amoenus, un lugar tangible o mental en el que podamos sentirnos seguros y plenos.

Caminos para intentar resolver el acertijo existencial hay sin duda muchos. La filosofía y la psicología pueden hacer que la búsqueda sea menos áspera, como así también las ciencias exactas nos pueden ayudar a precisar de mejor manera la magnitud de lo que queremos entender y resolver, entregándonos fórmulas y métodos para explorar los espacios materiales e inmateriales. Por otra parte, el arte, y la literatura en particular, siempre entregan respuestas, aunque no necesariamente soluciones, para aquello que nos incomoda o aflige. 

respuesta en los libros
Imagen: Karen Holmes.

Pero hoy, en la era de la inmediatez y del presentismo, no resulta fácil tener la capacidad reflexiva y darse el tiempo para aprender que la espera y la demora también son parte del aprendizaje y de la comprensión profunda. 

Entonces, ¿qué hacer para llenar el vacío, el hastío crónico, que inunda a media humanidad? ¿Dónde encontrar la calma y sobre todo el sentido que tanto se necesita por estos días de incertidumbre sanitaria, económica y política? No conozco una salida única y mucho menos segura para salir de este laberinto; sin embargo, tengo la experiencia de haber crecido en una casa con “libros hasta las nubes”. Una Torre de Babel de veinticinco mil volúmenes y seis mil revistas, de conocimiento, lenguas y disciplinas diversas; entre sus paredes aprendí a que zambullirse en las ideas abre y cierra puertas, permite deslumbrarse, enseña a contradecirse y, sobre todo, ayuda a mantener la esperanza y la cordura en los momentos más duros de la existencia. Los libros regalan palabras y amplían nuestro repertorio imaginativo y psíquico; a mayor lenguaje más posibilidades de explicar y entender aquello que nos estremece y asombra.

Annemarie Schwarzenbach esa viajera atormentada que buscaba contestación y contención a sus temores y dolores escribió: “¿Terrible incertidumbre? Terrible sólo mientras no podamos mirarla a los ojos”. Sin duda, es en los libros donde podemos mirarnos a nosotros mismos, profundamente, a los ojos.


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Felinos salvajes

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¿Por qué a los gatos les gustan los libros? Hay un libro abierto, y ése, precisamente ése, es el mejor lugar para sentarse o reposar. Al comprar libros por internet es fundamental medir al gato con una cinta flexible de sastre, desde las orejas a la cola, y calcular su peso, estos datos determinan la selección literaria: un gato grande necesita cuatro tomos de la Biblioteca Clásica de Gredos de filosofía greco latina, para uno mediano son ideales los bestsellers de tapa dura y los pequeños con dos pocket books están perfectos. Se debe especificar que el envío sea en caja de cartón, para que el gato pueda dormir en la caja y la integre a su territorio.

Inteligentes, siguen nuestra mirada, observan nuestra atención y se recuestan en el teclado de la computadora o el mouse, son agudos editores literarios, terminan los textos con crípticas palabras o los borran expresando su opinión crítica. Dotados de una capacidad de análisis, más refinada que la de un psiquiatra, piensan “¿Cómo puedes estar hablando con esa máquina, si yo estoy aquí, con mi hermoso pelaje, con mis ojos amarillos y mi intensa presencia?”. Y se sientan en el teléfono celular que está en la mesa y cortan la llamada. Comparten los genes con los grandes felinos salvajes, conservan sus hábitos, si en la selva las panteras se suben a un árbol, para esperar pacientes a su desayuno con traje de explorador, un gato se sube al refrigerador, espera que un humano pase y cae sobre él, deteniéndose con sus uñas en la espada y cuello de la víctima.

felinos salvajes
Ronrris lectora (Fotografía: Avelina Lésper).

Los felinos caseros evolucionaron para la urbe, es evidente que son leones, otros son leopardos, o tigres, es cuestión de observar su conducta, y para todos, los humanos seguimos siendo una oportunidad de variar el menú. En la selva se afilan las uñas en un árbol, en la casa en un sofá o un tapete, creando un toque rústico en la decoración. Es muy común que los humanos colocan estorbos en sus trayectos, como adornos en las mesas, portarretratos y otras cosas inútiles que dan “atmósfera”; los gatos atacan el acumulativo síndrome de Diógenes y tiran al suelo los objetos, lo ideal es aceptar su dictamen y quitarlos o llevar a la basura los pedazos.

Son maestros milenarios, practican la meditación y hacen yoga, los sannyasis en los Himalayas aprendieron de ellos las asanas más complejas. Buda les dio el don de caer siempre de pie, y los imita al dormirse una siesta durante la meditación. Son libres, y nos domestican con destreza, necesitan un hogar, saben tanto de nosotros que conviven amorosamente, nos enseñan a confiar en nuestros sentidos, a oler el aire, gozar del sol y la divagación,  y vivir sólo en el presente.


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