Hora de ajustes en la respuesta a la pandemia

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A cuatro meses de distanciamiento social para contener la propagación del COVID-19 en México, no se ve la luz al final del túnel. Al contrario: lo que hay son signos del riesgo de caos si no hay un influjo renovado de responsabilidad de las autoridades sanitarias y políticas. Lo mismo aplica para la ciudadanía en general, donde, sin embargo, persiste una enorme confusión que no ayuda para construir una mejor respuesta y tener una perspectiva menos sombría.

Para resolver un problema, lo primero es reconocer que lo tenemos. Hasta ahora no se ha visto esa disposición elemental en la conducción de la respuesta nacional a la pandemia, a pesar de que es evidente que México está inmerso en una verdadera tragedia de salud pública y en el panorama económico. Nos perfilamos hacia los 40 mil muertos como efecto del virus, y eso de acuerdo con las cuentas oficiales. Más allá de cómo manejos sui géneris de la estadística, no existen signos contundentes de descenso en contagios. Por el contrario.

Desde las conferencias de gobierno, en la máxima tribuna del país, de acuerdo con la empresa SPIN, que les da seguimiento, desde principios de abril se ha mencionado 14 veces que “vamos de salida”. Sin embargo, los contagios han aumentado 100 veces y las muertes se han elevado a 200 veces mayor.

Por eso es hora de hacer ajustes. Comenzando por asegurar una política de comunicación coherente y que genere confianza, constituida con información puntual y verificable. Que transmita directrices claras a la población, apegadas a lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). De entrada, la exigencia de uso generalizado de la mascarilla, sin matices.

“Las mascarillas médicas pueden proteger a las personas que usan la mascarilla de infectarse, así como también pueden evitar que las personas con síntomas los propaguen”. Esto está en las indicaciones fundamentales de la OMS. ¿Por qué se le sigue poniendo reparos aquí?

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Ilustración: Fabio Buonocore.

Con eso, y buena coordinación con gobiernos estatales, en vez de confrontación para justificar el déficit de resultados, se ayudaría mucho.

Hay que atender las directivas y también a los llamados, incluso desesperados, de la OMS. Su Director General, quien dijo hace poco –entre lágrimas–, que el verdadero enemigo no es el virus, sino la falta de liderazgo, unidad y solidaridad mundial que han prevalecido en varios frentes de la contingencia en el mundo y en varios países. A lo que señaló el Director de Emergencias del organismo, quien específicamente ha alertado de que reabrir la economía en México, a pesar de las cifras de contagios, puede acelerar el brote, y máxime si las reaperturas de realizan sin las debidas precauciones. Tal como ocurrió en Florida o Texas y en otros estados de la Unión Americana, donde los gobiernos se han visto obligados a decretar la vuelta al encierro. Su consejo es sensato: “mensajes claros y consistentes sobre los riesgos” y “ser honestos con las comunidades sobre el nivel de la epidemia”.

Ejemplos a evitar: el caso estadounidense

México debe verse en el espejo de Estados Unidos y Brasil, para evitar lo que está pasando en esos países. Si no estamos a la altura, podemos acabar, junto con ellos, entre los tres países con más fallecimientos.

La columna del 9 de julio del columnista del New York Times, Paul Krugman, sobre la conducción de la pandemia desde la Casa Blanca, “The Deadly Delusions of Mad King Donald”, es elocuente.

Resumiendo: si hace un mes todavía era posible esperar que la presión de relajar el distanciamiento no tendría resultados catastróficos, ahora se despejaron las dudas de que la receta era contraproducente. Los especialistas, comenzando por Anthony Fauci, Director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas, que desde 1984 ha encabezado la respuesta de Estados Unidos a las enfermedades infecciosas, fue consejero de los cinco presidentes y ahora, con muchos problemas, de Trump, alertaron que no se cumplía ninguno de los criterios de responsabilidad para hacerlo.

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Ilustración: R. Fresson.

“Todo lo que advirtieron los expertos que probablemente sucedería, está sucediendo”, dice Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008. “Los nuevos casos diarios de COVID-19 están dos veces y media por arriba que a principios de junio, y aumentan”. En vez de reconocer el error y corregir, porque “un presidente normal y un partido político normal estarían horrorizados”, pareciera que se dobla apuesta, insistiendo “en que el aumento en los casos reportados es solo una ilusión creada por más pruebas”.

Para Krugman, la pandemia vino a trastocar la confianza del inquilino de la Casa Blanca en tener éxito en las elecciones de noviembre gracias a la bonanza económica que heredó de la administración pasada, y que le daba cierta aceptación a pesar de sus rasgos más negativos: “Esto ayuda a explicar su extraña aversión a las mascarillas: le recuerdan a la gente que estamos en medio de una pandemia, que es algo que quiere que todos olviden. Desafortunadamente para él, y para el resto de nosotros, el pensamiento positivo no hará que un virus desaparezca”.

El caso brasileño

Sobre Brasil, es esclarecedor un artículo publicado por Alfredo Saad Filho, Profesor de Economía Política del King’s College de Londres, “Coronavirus: how Brazil became the second worst affected country in the world”, publicado en The Conversation.

“La pandemia de COVID-19 ha puesto bajo prueba de presión a países, economías y sistemas políticos como nunca antes”, dice Saad. “En ninguna parte el resultado ha sido más devastador que en Brasil, posiblemente el país con la peor respuesta”. La atribuye a dos factores esenciales: la aguda desigualdad social y un liderazgo polarizante que no ha estado a la altura.

En esta exposición, el Presidente Bolsonaro, en vez de unir a la nación, contribuyó a generar una parálisis institucional, avivando su antagonismo con autoridades locales, prensa y las distintas fuerzas políticas. Minimizó el desafío, refiriéndose al COVID como “sólo una gripa” de la que no se contagiarían los brasileños. Hizo del no uso de mascarilla una bandera política, como una especie de provocación a sus adversarios. No detuvo sus mítines y giras hasta que él mismo contrajo el virus, que se multiplicó por el enorme país sudamericano a partir de una reapertura apresurada y descoordinada.

Como en todo el mundo, los más afectados han sido los más pobres, a pesar de las voces que, como en México, dijeron que se trataba de un problema de la gente rica. En Brasil, el primer caso fue una empleada doméstica, que se contagió el entorno de su trabajo en un hogar de altos ingresos.

Sería fácil imaginar a un político inteligente y ambicioso demostrando empatía con la gente, bendiciendo a las comunidades privadas con amor y recursos, ordenando al gobierno que haga más e informando del progreso a la nación diariamente. Como cualquier ola de pandemia debe ser pasajera, esto sería un boleto de ida a la gloria.

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Ilustración: Lo Cole.

Como se ha visto fue todo lo contrario, junto con el caos de una fallida reactivación.

Inevitablemente se generó “un mosaico de reglas incoherentes”. Por ejemplo, centros comerciales cerrados en algunas ciudades, pero abiertos en las vecinas, mascarillas obligatorias en el transporte público sólo de algunos municipios… “Las reglas terminaron teniendo poco sentido incluso en una misma ciudad; por ejemplo, en São Paulo, los centros comerciales están actualmente abiertos pero los parques están cerrados”.

¿Una salida?

Como hoja de ruta, para actuar cuanto antes y como política ante futuras crisis, vale la pena considerar las lecciones empíricas que sintetizaron Julio Frenk, ex Secretario de Salud, y Octavio Gómez Dantés, investigador del Instituto Nacional de Salud, publicadas en la revista Nexos. Ayudan a entender el reto y las respuestas que hacen falta. Aquí algunas de las claves del texto “Covid-19 y salud global: diez reflexiones”:

No desdeñar las alertas de quienes conocen de los temas: desde fines del siglo XX, especialistas habían alertado de condiciones para un aumento en la aparición de patógenos, sobre todo respiratorios, y por su velocidad de difusión. En 2005, Bill Gates, a partir del bagaje de información de su fundación dedicada preponderantemente a la salud, advirtió que el mayor riesgo de una catástrofe global era una pandemia. Ocurrió lo que se temía: el brote de un virus particularmente contagioso y letal.
Los ahorros mal entendidos tienen un alto costo: los países no atendieron los exhortos de la OMS y otros organismos para fortalecer el sistema de vigilancia y respuesta. Con una mínima fracción de lo que han perdido las economías se pudo financiar un sistema global robusto.
La miopía y el aislacionismo de las realidades del mundo actual, tan interconectado, tienen consecuencias graves: a pesar de ello, ahora vemos que Estados Unidos suspende contribuciones y amenaza retirarse del único sistema de recolección global de información epidemiológica y que puede generar respuesta coordinada.
Contaminar con politización lo que exige enfoque técnico y directrices especializadas es receta para el desastre: liderazgos nacionales desestimaron los llamados explícitos de la OMS para una respuesta oportuna y sólida, sobre todo en gobiernos populistas. Trivializaron el peligro, desdeñando el consejo y la evidencia médica y científica. Se opusieron a directivas internacionales, como el uso de mascarillas, incluso con argumentos de “pensamiento mágico”.
Una pandemia exige movilización temprana, agresiva, coordinada e integral.
La confianza en los líderes es fundamental. Varios países respondieron pronta y efectivamente: Corea del Sur, Grecia, Noruega, Nueva Zelanda, Taiwán.

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Ilustración: Koren Shadmi

Resaltan el caso neozelandés: con sólo cuatro contagios, el 15 de marzo se sometió a cuarentena a todo visitante y en 10 días se decretó un cierre nacional radical. Se implementó una asertiva campaña de detección de casos. El liderazgo y la difusión se dio desde el máximo nivel. La Primera Ministra, apoyada por científicos y profesionales de la salud, enviaba mensajes claros, consistentes y concisos todos los días. A fines de abril la pandemia ya se había controlado casi por completo.
La pregunta no es si hay que reactivar, sino cuándo y cómo. El consenso: la pandemia debe estar bajo control local en términos de casos, y que las hospitalizaciones y muertes por COVID-19 estén disminuyendo de manera clara. Preguntémonos si eso pasa en México y en cada estado antes de tomar decisiones contraproducentes tanto para la salud como la economía.
La actividad económica debe reanudarse con extrema precaución en el transporte, los sitios de trabajo, las escuelas y los espacios públicos, con disposición total para reajustar en función de la información epidemiológica.
Es fundamental proteger con medidas especiales a poblaciones vulnerables, como adultos mayores y personas con enfermedades crónicas, y fortalecer la búsqueda activa de casos y su aislamiento.
En todo el mundo el COVID-19 afecta desproporcionadamente a grupos de menos recursos, tanto en contagios como mortalidad. Por un lado, por problemas de hacinamiento; por otro, la necesidad de salir a ganarse el sustento. Aquí me parece preciso añadir que se necesitan políticas públicas específicas de apoyo económico. En México no hay ningún programa que ayude a millones que están perdiendo sus ingresos. 
La subinversión en la ciencia y la tecnología es un grave error. Estas áreas serán las que habrán de sacarnos adelante en ésta y futuras ocasiones. Añado que lo mismo aplica para el cambio climático, el otro gran desafío de nuestro tiempo.
La pandemia confirma la urgencia de un compromiso con el desarrollo sustentable. A nivel mundial y en cada país, no podemos seguir por un camino de crecimiento económico sin control y no sustentable. Frenk y Gómez Dantés destacan cómo factores como técnicas de producción masiva de pollo o cerdo, mercados donde se mantiene a animales en condiciones insalubres, la destrucción de hábitats y el cambio climático favorecen el cruce de barreras o la liberación de microorganismos con los que no hemos estado en contacto.

Aquí viene totalmente al caso el gran refrán de la sabiduría oriental: el mejor momento para plantar un árbol ya pasó; el segundo mejor momento es ahora.


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