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Remedios, hospitales y salud

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Darle valor principal a la salud física y a la mental debe ser uno de los mejores hábitos que saquemos de esta pandemia. Cuidarnos, procurarnos hacia adentro y afuera, vivir con moderación y en equilibrio será la diferencia para la siguiente emergencia sanitaria que nos toque.

Cualquier enfermedad, por leve que ésta sea, debe tener remedio en más de un sentido, tanto en recobrar la salud plena, como el no quebrar ante los costos que significa atenderse prácticamente del padecimiento que nos afecte.

El sistema privado de salud debe prevalecer y ofrecerlo, es una situación de mercado que, bien conducida, es conveniente para una economía sana; lo que no es posible, es que una enfermedad pueda arruinar a familias completas.

Para eso tenemos que empujar un sistema de salud pública que sea universal, de calidad y gratuito en la mayoría de sus servicios. Uno, el privado, complementa al otro, el público, con el objetivo de que, a partir de los cuidados que nosotros mismos nos debemos aplicar, tengamos vidas sanas y sin padecimientos que deterioren la vida en su último tramo.

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Imagen: Lorenzo Gritti.

Esta consciencia social de que la salud es fundamental (sin ella hablar de otras necesidades personales y comunitarias se vuelve irrelevante) debe comprometernos y hacernos corresponsables para impulsar el equilibrio de un sistema público y privado que no existe desde hace mucho tiempo.

Lo mismo con la información y las campañas de difusión que nos quiten el nada honroso primer lugar en obesidad infantil y uno de los primeros tres en obesidad en adultos, con un problema latente entre los jóvenes que ya llevan más de un año en casa sin actividad física necesaria.

La sabiduría convencional puede hacernos creer que, como la vida no está comprada, disfrutarla es una decisión correcta, pero hay otros datos que contradicen: vivimos más años, aunque en peores condiciones, sobre todo al llegar a la plenitud.

Desentendernos de esta realidad es formarse en una fila que tiene turnos muy ingratos para cuando nos toque recibir cuidados o depender de hijos y nietos (en caso de que ellos decidan hacerlo). Planear hacia un mejor futuro es un remedio poderoso; hacer todo lo posible porque sea con salud y con un conjunto de servicios que puedan asistirnos en el momento óptimo, es una forma de vida que garantiza la tranquilidad.

Estamos precisamente en la coyuntura ideal para que los ciudadanos empujemos esa agenda pendiente para que los gobiernos, en todos sus niveles, inviertan en infraestructura hospitalaria pública y abran nuevos espacios en la competencia privada para que los costos sean mucho más accesibles a quienes recurran a ella.

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Imagen: Behance.

Reactivar la economía también pasa por apostarle a la inversión de hospitales, clínicas, centros de salud que sean suficientes y estén bien aprovisionados de equipo y medicinas, además de construir la infraestructura que permita a México consolidar un pendiente: producir fármacos y vacunas nacionales.

Esa investigación científica urgente podría ayudarnos mucho para que la siguiente pandemia no nos tome en medio de una feroz negociación por vacunas que, si bien son un avance histórico gracias al conocimiento, hoy son una forma de diplomacia que busca establecer órdenes nuevos entre naciones que ya las concentran para su población y aquellas que no tienen una sola dosis hasta la fecha.

Se trata, en resumen, de la salud de la humanidad y de cómo las naciones se prepararán para nuevos casos de crisis sanitaria. La ciencia nos respondió, hubo colaboración en general, pero se nos olvidó algo que debe acompañar a cualquier remedio que esté dirigido a funcionar: el trapito. Es decir, la propuesta y la acción necesaria para que la cura se administre y funcione, junto con la prevención que es la mejor forma de obtener seguridad y también buena salud.


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Hora de ajustes en la respuesta a la pandemia

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A cuatro meses de distanciamiento social para contener la propagación del COVID-19 en México, no se ve la luz al final del túnel. Al contrario: lo que hay son signos del riesgo de caos si no hay un influjo renovado de responsabilidad de las autoridades sanitarias y políticas. Lo mismo aplica para la ciudadanía en general, donde, sin embargo, persiste una enorme confusión que no ayuda para construir una mejor respuesta y tener una perspectiva menos sombría.

Para resolver un problema, lo primero es reconocer que lo tenemos. Hasta ahora no se ha visto esa disposición elemental en la conducción de la respuesta nacional a la pandemia, a pesar de que es evidente que México está inmerso en una verdadera tragedia de salud pública y en el panorama económico. Nos perfilamos hacia los 40 mil muertos como efecto del virus, y eso de acuerdo con las cuentas oficiales. Más allá de cómo manejos sui géneris de la estadística, no existen signos contundentes de descenso en contagios. Por el contrario.

Desde las conferencias de gobierno, en la máxima tribuna del país, de acuerdo con la empresa SPIN, que les da seguimiento, desde principios de abril se ha mencionado 14 veces que “vamos de salida”. Sin embargo, los contagios han aumentado 100 veces y las muertes se han elevado a 200 veces mayor.

Por eso es hora de hacer ajustes. Comenzando por asegurar una política de comunicación coherente y que genere confianza, constituida con información puntual y verificable. Que transmita directrices claras a la población, apegadas a lineamientos de la Organización Mundial de la Salud (OMS). De entrada, la exigencia de uso generalizado de la mascarilla, sin matices.

“Las mascarillas médicas pueden proteger a las personas que usan la mascarilla de infectarse, así como también pueden evitar que las personas con síntomas los propaguen”. Esto está en las indicaciones fundamentales de la OMS. ¿Por qué se le sigue poniendo reparos aquí?

respuesta a la pandemia
Ilustración: Fabio Buonocore.

Con eso, y buena coordinación con gobiernos estatales, en vez de confrontación para justificar el déficit de resultados, se ayudaría mucho.

Hay que atender las directivas y también a los llamados, incluso desesperados, de la OMS. Su Director General, quien dijo hace poco –entre lágrimas–, que el verdadero enemigo no es el virus, sino la falta de liderazgo, unidad y solidaridad mundial que han prevalecido en varios frentes de la contingencia en el mundo y en varios países. A lo que señaló el Director de Emergencias del organismo, quien específicamente ha alertado de que reabrir la economía en México, a pesar de las cifras de contagios, puede acelerar el brote, y máxime si las reaperturas de realizan sin las debidas precauciones. Tal como ocurrió en Florida o Texas y en otros estados de la Unión Americana, donde los gobiernos se han visto obligados a decretar la vuelta al encierro. Su consejo es sensato: “mensajes claros y consistentes sobre los riesgos” y “ser honestos con las comunidades sobre el nivel de la epidemia”.

Ejemplos a evitar: el caso estadounidense

México debe verse en el espejo de Estados Unidos y Brasil, para evitar lo que está pasando en esos países. Si no estamos a la altura, podemos acabar, junto con ellos, entre los tres países con más fallecimientos.

La columna del 9 de julio del columnista del New York Times, Paul Krugman, sobre la conducción de la pandemia desde la Casa Blanca, “The Deadly Delusions of Mad King Donald”, es elocuente.

Resumiendo: si hace un mes todavía era posible esperar que la presión de relajar el distanciamiento no tendría resultados catastróficos, ahora se despejaron las dudas de que la receta era contraproducente. Los especialistas, comenzando por Anthony Fauci, Director del Instituto Nacional de Alergia y Enfermedades Infecciosas, que desde 1984 ha encabezado la respuesta de Estados Unidos a las enfermedades infecciosas, fue consejero de los cinco presidentes y ahora, con muchos problemas, de Trump, alertaron que no se cumplía ninguno de los criterios de responsabilidad para hacerlo.

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Ilustración: R. Fresson.

“Todo lo que advirtieron los expertos que probablemente sucedería, está sucediendo”, dice Krugman, Premio Nobel de Economía en 2008. “Los nuevos casos diarios de COVID-19 están dos veces y media por arriba que a principios de junio, y aumentan”. En vez de reconocer el error y corregir, porque “un presidente normal y un partido político normal estarían horrorizados”, pareciera que se dobla apuesta, insistiendo “en que el aumento en los casos reportados es solo una ilusión creada por más pruebas”.

Para Krugman, la pandemia vino a trastocar la confianza del inquilino de la Casa Blanca en tener éxito en las elecciones de noviembre gracias a la bonanza económica que heredó de la administración pasada, y que le daba cierta aceptación a pesar de sus rasgos más negativos: “Esto ayuda a explicar su extraña aversión a las mascarillas: le recuerdan a la gente que estamos en medio de una pandemia, que es algo que quiere que todos olviden. Desafortunadamente para él, y para el resto de nosotros, el pensamiento positivo no hará que un virus desaparezca”.

El caso brasileño

Sobre Brasil, es esclarecedor un artículo publicado por Alfredo Saad Filho, Profesor de Economía Política del King’s College de Londres, “Coronavirus: how Brazil became the second worst affected country in the world”, publicado en The Conversation.

“La pandemia de COVID-19 ha puesto bajo prueba de presión a países, economías y sistemas políticos como nunca antes”, dice Saad. “En ninguna parte el resultado ha sido más devastador que en Brasil, posiblemente el país con la peor respuesta”. La atribuye a dos factores esenciales: la aguda desigualdad social y un liderazgo polarizante que no ha estado a la altura.

En esta exposición, el Presidente Bolsonaro, en vez de unir a la nación, contribuyó a generar una parálisis institucional, avivando su antagonismo con autoridades locales, prensa y las distintas fuerzas políticas. Minimizó el desafío, refiriéndose al COVID como “sólo una gripa” de la que no se contagiarían los brasileños. Hizo del no uso de mascarilla una bandera política, como una especie de provocación a sus adversarios. No detuvo sus mítines y giras hasta que él mismo contrajo el virus, que se multiplicó por el enorme país sudamericano a partir de una reapertura apresurada y descoordinada.

Como en todo el mundo, los más afectados han sido los más pobres, a pesar de las voces que, como en México, dijeron que se trataba de un problema de la gente rica. En Brasil, el primer caso fue una empleada doméstica, que se contagió el entorno de su trabajo en un hogar de altos ingresos.

Sería fácil imaginar a un político inteligente y ambicioso demostrando empatía con la gente, bendiciendo a las comunidades privadas con amor y recursos, ordenando al gobierno que haga más e informando del progreso a la nación diariamente. Como cualquier ola de pandemia debe ser pasajera, esto sería un boleto de ida a la gloria.

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Ilustración: Lo Cole.

Como se ha visto fue todo lo contrario, junto con el caos de una fallida reactivación.

Inevitablemente se generó “un mosaico de reglas incoherentes”. Por ejemplo, centros comerciales cerrados en algunas ciudades, pero abiertos en las vecinas, mascarillas obligatorias en el transporte público sólo de algunos municipios… “Las reglas terminaron teniendo poco sentido incluso en una misma ciudad; por ejemplo, en São Paulo, los centros comerciales están actualmente abiertos pero los parques están cerrados”.

¿Una salida?

Como hoja de ruta, para actuar cuanto antes y como política ante futuras crisis, vale la pena considerar las lecciones empíricas que sintetizaron Julio Frenk, ex Secretario de Salud, y Octavio Gómez Dantés, investigador del Instituto Nacional de Salud, publicadas en la revista Nexos. Ayudan a entender el reto y las respuestas que hacen falta. Aquí algunas de las claves del texto “Covid-19 y salud global: diez reflexiones”:

No desdeñar las alertas de quienes conocen de los temas: desde fines del siglo XX, especialistas habían alertado de condiciones para un aumento en la aparición de patógenos, sobre todo respiratorios, y por su velocidad de difusión. En 2005, Bill Gates, a partir del bagaje de información de su fundación dedicada preponderantemente a la salud, advirtió que el mayor riesgo de una catástrofe global era una pandemia. Ocurrió lo que se temía: el brote de un virus particularmente contagioso y letal.
Los ahorros mal entendidos tienen un alto costo: los países no atendieron los exhortos de la OMS y otros organismos para fortalecer el sistema de vigilancia y respuesta. Con una mínima fracción de lo que han perdido las economías se pudo financiar un sistema global robusto.
La miopía y el aislacionismo de las realidades del mundo actual, tan interconectado, tienen consecuencias graves: a pesar de ello, ahora vemos que Estados Unidos suspende contribuciones y amenaza retirarse del único sistema de recolección global de información epidemiológica y que puede generar respuesta coordinada.
Contaminar con politización lo que exige enfoque técnico y directrices especializadas es receta para el desastre: liderazgos nacionales desestimaron los llamados explícitos de la OMS para una respuesta oportuna y sólida, sobre todo en gobiernos populistas. Trivializaron el peligro, desdeñando el consejo y la evidencia médica y científica. Se opusieron a directivas internacionales, como el uso de mascarillas, incluso con argumentos de “pensamiento mágico”.
Una pandemia exige movilización temprana, agresiva, coordinada e integral.
La confianza en los líderes es fundamental. Varios países respondieron pronta y efectivamente: Corea del Sur, Grecia, Noruega, Nueva Zelanda, Taiwán.

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Ilustración: Koren Shadmi

Resaltan el caso neozelandés: con sólo cuatro contagios, el 15 de marzo se sometió a cuarentena a todo visitante y en 10 días se decretó un cierre nacional radical. Se implementó una asertiva campaña de detección de casos. El liderazgo y la difusión se dio desde el máximo nivel. La Primera Ministra, apoyada por científicos y profesionales de la salud, enviaba mensajes claros, consistentes y concisos todos los días. A fines de abril la pandemia ya se había controlado casi por completo.
La pregunta no es si hay que reactivar, sino cuándo y cómo. El consenso: la pandemia debe estar bajo control local en términos de casos, y que las hospitalizaciones y muertes por COVID-19 estén disminuyendo de manera clara. Preguntémonos si eso pasa en México y en cada estado antes de tomar decisiones contraproducentes tanto para la salud como la economía.
La actividad económica debe reanudarse con extrema precaución en el transporte, los sitios de trabajo, las escuelas y los espacios públicos, con disposición total para reajustar en función de la información epidemiológica.
Es fundamental proteger con medidas especiales a poblaciones vulnerables, como adultos mayores y personas con enfermedades crónicas, y fortalecer la búsqueda activa de casos y su aislamiento.
En todo el mundo el COVID-19 afecta desproporcionadamente a grupos de menos recursos, tanto en contagios como mortalidad. Por un lado, por problemas de hacinamiento; por otro, la necesidad de salir a ganarse el sustento. Aquí me parece preciso añadir que se necesitan políticas públicas específicas de apoyo económico. En México no hay ningún programa que ayude a millones que están perdiendo sus ingresos. 
La subinversión en la ciencia y la tecnología es un grave error. Estas áreas serán las que habrán de sacarnos adelante en ésta y futuras ocasiones. Añado que lo mismo aplica para el cambio climático, el otro gran desafío de nuestro tiempo.
La pandemia confirma la urgencia de un compromiso con el desarrollo sustentable. A nivel mundial y en cada país, no podemos seguir por un camino de crecimiento económico sin control y no sustentable. Frenk y Gómez Dantés destacan cómo factores como técnicas de producción masiva de pollo o cerdo, mercados donde se mantiene a animales en condiciones insalubres, la destrucción de hábitats y el cambio climático favorecen el cruce de barreras o la liberación de microorganismos con los que no hemos estado en contacto.

Aquí viene totalmente al caso el gran refrán de la sabiduría oriental: el mejor momento para plantar un árbol ya pasó; el segundo mejor momento es ahora.


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Niños se quedan en casa un mes más

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SEP amplía suspensión de clases hasta el 30 de abril

Esteban Moctezuma, titular de la Secretaría de Educación Pública, anunció que la suspensión de clases se ampliará hasta el 30 de abril, en línea a la decisión del Consejo de Salubridad General.

“El sector educativo, en favor de la salud de todos, acata esa determinación, ampliando el aislamiento preventivo del #RecesoEscolar al 30 de abril”, indicó el funcionario en su cuenta de Twitter.

Inicialmente, se tenía contemplado que las clases se reanudaran el día 20 de abril; sin embargo, ahora se retrasó hasta después del día 30 de ese mes.

Al lunes 30 de marzo, los casos confirmados del nuevo coronavirus llegaron a mil 94 en México y las muertes ascendieron a 28, según lo informado por la Secretaría de Salud. Mientras que los casos sospechosos subieron a 2 mil 752.

El Gobierno de México decretó emergencia sanitaria por causa de fuerza mayor, por lo que el periodo de suspensión de actividades no esenciales fue ampliado desde este 30 de marzo hasta el 30 de abril debido a la expansión del coronavirus en México.

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Acciones extraordinarias en la CDMX contra pandemia

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Nuevas medidas contra el coronavirus en la CDMX

La curva epidemiológica está en fase de acenso rápido y al 30 de marzo suman 28 muertos por el COVID-19, siendo la Ciudad de México (CDMX) la entidad con mayor número de casos contagiados.

Ante este panorama, el gobierno de la CDMX anunció seis medidas de acción extraordinarias para evitar el contagio y la propagación del virus entre la población, entre las que destaca el aval de la Secretaría de Salud y la de Finanzas, así como el Sistema de Aguas de la capital para emprende obrar libres de licitación pública y de trámites, así como poner en marcha las acciones necesarias para el abastecimiento de agua potable en la ciudad.

En conferencia de prensa, Claudia Sheinbaum, Jefa de Gobierno de la Ciudad de México, informó que se autorizó utilizar como elementos auxiliares todos los recursos médicos y de asistencia social de los sectores público, social y privado existentes en las zonas, colonias y comunidades afectadas en la capital.

Además, Sheinbaum Pardo anunció la contratación y adquisición equipo médico, agentes de diagnóstico, material quirúrgico y de curación y productos higiénicos, así como todo tipo de mercancías y objetos que resulten necesarios para hacer frente a la contingencia.

“La diferencia entre actuar ahora y actuar después, es la capacidad de poder atender a cientos y no poder atender a miles” – Claudia Sheinbaum.  

En la CDMX sólo hay 400 camas para casos graves

Por otra parte, el titular de la Comisión Coordinadora de Institutos Nacionales de Salud y Hospitales de Alta Especialidad, Gustavo Reyes Terán, estimó que en la Ciudad de México es posible adaptar 400 camas de hospital “con las características necesarias para dar atención a los casos más graves” de COVID-19.

La Secretaría de Salud estima un contagio de alrededor de 250 mil 656 personas en el país –el mayor número será en la capital–, de los cuales 140 mil 367 necesitarían tratamiento ambulatorio, 24 mil 564 personas serían hospitalizados en condición estable, pero 10 mil 528 casos presentarían cuadros graves.

Y para ello, Reyes Terán indicó que son solo seis los hospitales que cuentan con el protocolo de respuesta y atención a enfermos graves por COVID-19 en la Ciudad de México: el Instituto Nacional de Enfermedades Respiratorias (INER), el Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición “Salvador Zubirán”, el Hospital General de México, el Hospital Juárez de México, el Hospital GEA González y el Hospital Infantil de México.

Sin embargo, desde hace más de dos semanas personal médico y de enfermería en estos hospitales se ha manifestado por la falta de insumos, de equipo de protección, de personal, de protocolos básicos y de capacitación para recibir los pacientes con COVID-19 entre otros.

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Coronavirus y solidaridad humana

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La irrupción del coronavirus de Wuhan en territorio chino desde diciembre de 2019 y expandido a una docena de países en este estos días, ha disparado las alarmas sanitarias y de seguridad, además de romper la relativa “tranquilidad” en materia sanitaria que ha habido en el planeta. La declaración de emergencia sanitaria internacional por parte de Organización Mundial de la Salud (OMS), es un llamado de contención del patógeno “coronavirus”, que hasta este 30 de enero ya causa más de 170 muertos y casi 7,700 infectados según registros de la entidad supranacional.

Indudablemente que el impacto de fenómenos como éste se torna más peligroso en tanto se adolece de infraestructuras sanitarias dinámicas y con sentido humano; además de una débil y descoordinada comunicación entre éstas y las autoridades de seguridad, lo cual propicia la propagación del mismo a falta de muros científicos-preventivos que coadyuven a generar confianza en respuestas apropiadas a percances como el que actualmente ha copado agendas periodísticas, rezos en los recintos religiosos y el diálogo interpaíses para responder de manera conjunta al problema.

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Imagen: Net-ADN.

Es en este escenario cuando surge el debate en torno a teorías conspirativas desde laboratorios científicos para minar la población mundial y acrecentar las redituaciones económicas de productores de medicamentos contra estas enfermedades. En mi opinión, todo puede ser posible en entornos faltos de transparencia y con servidores públicos desvinculados de una ética profesional interesada en la gestión respetuosa y humanizada de la actividad pública. Ahora bien, creo que el hecho de que el sistema sea permeable a las fluctuaciones de los intereses de diversa índole, crea una especie de lo que yo podría denominar “marcos de desintegración de ideales”, en tanto, los planes originarios de administración estatales pasan a un segundo plano, en cuanto se permite la entrada en escena de nuevos actores que “contaminan” los procesos iniciales que buscan sobre todo salvaguardar, diseñar y crear las condiciones humanas básicas dignas para la convivencia en sociedad. 

No cabe duda de que la situación se antoja apocalíptica para los habitantes de Wuhan, pues la confinación a la que se han visto expuestos a raíz del “miedo” institucional, empresarial y ciudadano, debido al hecho de ser el epicentro de este nuevo fenómeno contra la salud, automáticamente reproduce los miedos al contagio y de nueva cuenta se reactivan las murallas que sirven como “escudos” para algunos seres humanos que buscan resguardarse del “peligro inminente”. Es decir, representar “al otro” bajo la lupa sanitario-mediática que reproduce imaginarios y miedos en un contexto de adversidad para ese sector asiático.

En tal escenario, vale la pena subrayar la observancia de tres requisitos para que la OMS declare la emergencia global: que se trate de un evento extraordinario; que constituya un riesgo de rápida expansión en otros países; y, que requiera una respuesta coordinada internacional, lo cual imprime el sello de la solidaridad en la respuesta a la nueva afrenta “natural” contra la salud pública. En definitiva, pienso que la respuesta apropiada ante el coronavirus como amenaza contra la salud de la comunidad humana, requiere de integración, armonización intercultural, y, sostenibilidad en la aplicabilidad de criterios tecno-científicos de respaldo a las poblaciones ante eventos “desconocidos” para el ciudadano.


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