ética

Perspectivas de la otra productividad

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“Productividad” es una palabra que ocupa el pensamiento de todas las personas que tienen la responsabilidad de generar valores agregados en una organización, la medida de la eficiencia y el mejor aprovechamiento de los recursos son los elementos fundamentales que se contemplan y evalúan. Existen muchas formas y metodologías para medirla, con enfoques particulares dependiendo de la industria y la forma en que el líder desea que se conduzca el desempeño, dentro de ello debemos contemplar un par de enfoques primordiales:

a) La evolución y
b) La revolución

La evolución implica un camino de mejora natural, donde se busca en forma secuencial y ordenada el avance, desechando aquellas prácticas que no generan el valor agregado suficiente para mantenerlas. Se prueban opciones y aquellas que no funcionan son desechadas, las que sirven permanecen y se someten a mejoras bajo la misma mecánica, así funciona la selección natural

La revolución implica grandes cambios, saltos tecnológicos y metodológicos que aportan cambios de pensamiento, enfoque, formas y dinámicas diferentes, son medidas que cambian y transforman en plazos breves. Propone visiones diferentes que transforman todo a su alrededor, llevando a las organizaciones a planteamientos nuevos y soluciones novedosas.

tecnologia y productividad
Imagen: Freepik.

En ambos casos las ventajas son evidentes, pero también presentan desventajas. La evolución es más lenta y nos puede hacer perder el nivel de competencia ante mercados o retos agresivos; la revolución, por su parte, es cara e implica tomar riesgos altos que pueden ponernos a todos en peligro de subsistencia. Es un verdadero dilema y se soluciona frecuentemente por la cantidad de recursos que estamos dispuestos a destinar y por el enfoque que pueda tener el líder. Pero ¿estos dos caminos son los únicos? ¿No existe alguna alternativa? En realidad, sí existe y es el ser humano.

El ser humano es una constante de cambios y mejoras que aportan permanentemente a la organización, sin embargo, existen momentos o situaciones donde no se presenta de esa manera. Esos momentos son cuando las personas eligen por encima del deber ser y en contra de la organización, y en esas situaciones en lugar de aportar, ¡restan!

Las faltas al cumplimiento ético e institucional y los quebrantos por los actos cometidos por las personas en contra de las organizaciones, representan entre el 4–6% de las ventas, según estadísticas publicadas por diversas organizaciones. Entendamos esto, esa cantidad tiene costo y gasto “0”, es decir, para una empresa con EBITDA de entre el 8–12% serían aproximadamente una merma del 50% de posibles utilidades, lo cual es mucho recurso desviado. La mayor parte de las veces esos recursos no son detectados por los sistemas tradicionales de contabilidad y auditoría por dos razones: están perfectamente registrados y son constantes.

aumento de optimizacion
Imagen: Freepik.

Por ello, aumentar la certeza en la forma por la cual las personas se conducen es tan importante, el aporte que puede dar a la productividad de la organización es crítico. En este apartado no nos referimos a capacitación o a desarrollo organizacional, nos referimos a detectar aquellas actitudes de riesgo que ponen en peligro a la organización, aquellas que representan una posible afectación patrimonial o de seguridad, aquellas que alteran la forma correcta, ordenada y eficiente de hacer las cosas.

Actualmente, la velocidad a la que se implementan las mejoras evolutivas es muy alta y el límite al que están sujetas representan niveles de rendimiento inesperados en la vida de las organizaciones, estamos alcanzando niveles insospechados de eficiencia y rendimientos; sometemos las mejoras a niveles de optimización pocas veces visto en la historia de la gestión empresarial. Llevamos al límite los métodos y las tecnologías. Esa forma es cara y alcanzar la optimización y productividad de cada método tiene un costo muy elevado.

Las revoluciones tecnológicas y metodológicas son impactantes, el ritmo al que aparecen las nuevas tecnologías y soluciones, vuelven casi imposible estar al día con las últimas apariciones, es por ello que debemos buscar más allá de esos espacios, debemos buscar en el talento de nuestros recursos humanos, promoverlo, estimularlo y asegurarnos que esas grandes mejoras también formen parte de nuestro activo y valor.

La próxima frontera de la productividad será tener el mejor talento calificado, estar bien preparado, con experiencia desarrollada, óptimamente evaluado y dispuesto a comprometerse. La humanidad avanza por su creatividad y pensamiento, ¡por las ideas!, no por ser capaz de hacer en forma más eficiente un proceso.


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Ética para robots

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¿Podrán algún día pensar por sí mismos los robots? ¿Lo hacen ya? Sin duda. Si por pensar entendemos, claro, la capacidad para tomar decisiones.

Desde los primeros aparatos capaces de imitar lo que se llama la “neurona cero”, aquella que opta entre dos opciones, abrir-cerrar, por ejemplo, hasta nuestros días, las máquinas piensan.

Y no sólo eso, podríamos decir que, de muchas maneras, y de modo cada vez más complejo, los dispositivos, encarnados en eso que llamamos genéricamente robots, piensan cada vez de mejor y más compleja forma.

El tema no es nuevo. La fascinación-terror respecto al grado de autonomía que una máquina pudiera tener frente a quien la creó, enlaza al Frankenstein de Mary Shelley con las memorables partidas de ajedrez de Beep Blue, la computadora creada por IBM, contra Gary Kasparov.

Nunca antes, eso también es cierto, lo humano ha estado más cerca de ver cumplir ese sueño-pesadilla, una máquina capaz de pensar a tal grado que sea capaz no sólo de decidir sino de crear una máquina aún más inteligente que su creadora.

Vivimos un tiempo, pues, en el que con la precisión de un relojero suizo, los grandes productores de tecnología alimentan un imaginario dispuesto a colocar sobre los dispositivos toda clase de representaciones de estatus, productividad, liberación de tareas rutinarias, comodidad, y un largo etcétera.

maquina del cesar
Imagen: The Daily Beast.

Los grandes productores de aparatos estimulan, con toda intención y éxito, así, un ánimo social de frenesí por lo tecnológico, entendido esto como el consumo desenfrenado de aparatos.

Se trata de un universo fantasioso al que, con toda lucidez crítica, el gran escritor inglés Ian McEwan ha caracterizado en su más reciente novela como el (inducido) “sueño de virtud robótica redentora”.

Multipremiado y con una capacidad de trabajo que le permita publicar una novela al año, McEwan entregó a sus lectores en 2019 Máquinas como yo, distopia que tiene como centro una sociedad en la que personas conviven con androides con forma humana.

En pleno fervor por el camino que se abre la Cuarta Revolución Industrial, lista prácticamente la nueva generación tecnológica del Internet, la 5G, McEwan lanza en forma de novela un certero alegato ético.

La cuestión, parece querer advertir McEwan, no es preguntarse si las máquinas piensan o si con el tiempo los humanos serán capaces de hacer que piensen de forma cada vez más asertiva y compleja, la pregunta es qué lugar ocupa lo esencialmente humano en todo esto.

El sueño de la redención robótica llega pues a su punto de inflexión, cuando en Máquinas como yo, se lee: “dicho de forma abreviada, diseñaríamos una máquina un poco más inteligente que nosotros y dejaríamos que esa máquina inventara otra que escaparía de nuestra comprensión”.

robot y hombre
Ilustración: Roberto Parada.

Porque si tal cosa pasara, se pregunta la novela, y a la vez cuestionándoselo al lector, “¿qué necesidad habría de nosotros, entonces?”.

En abril de 1991, hace casi 30 años ya, el hoy muy conocido filósofo español, Fernando Savater, vio publicado un pequeño ensayo: Ética para Amador.

En esos años, Savater enseñaba ética en la Universidad Complutense de Madrid, y su hijo, un adolescente llamado justamente Amador, a quien está dedicado el volumen, tenía 15 años.

Dirigido a lectores de la edad de su hijo, el libro, sin embargo, se abrió paso entre lectores de todas las edades, y le significó a su autor una enorme fama.

El problema central de la vida, “del arte del saber vivir”, planteará Savater, descansa en una condición tan única como esencial que acompaña a los seres humanos y nos diferencia de los animales: la libertad.

“La libertad, asegura Fernando Savater, no es una filosofía y ni siquiera es una idea: es un movimiento de la conciencia que nos lleva, en ciertos momentos, a pronunciar dos monosílabos: sí o no”.

Esto es, la libertad se halla lejos de la voluntad absoluta, manifestación de la omnipotencia, y cerca de la circunstancia enteramente humana de decidir.

No somos libres de elegir lo que nos sucede, sostendrá con lucidez el filósofo, pero sí lo somos respecto a la manera cómo respondemos a eso que nos sucede.

maquina caminando
Ilustración: The Synapses.

Nuestra racionalidad, luego entonces, ha de brillar en tanto se encuentre al servicio de averiguar cómo vivir mejor; a ese intento racional es a lo que llamamos ética, explica a su hijo adolescente el filósofo español.

Bajo esa óptica, y sin que se lo hubiese propuesto explícitamente, el célebre novelista Ian McEwan, tiende un puente de humanidad entre su más reciente novela y el casi legendario manual del profesor Savater.

La información no es, en sí misma, conocimiento. Mucho menos, autoconocimiento.

En ello descansa la cuestión central. El linde respecto de lo humano. No es si las máquinas pueden decidir, ni siquiera si pueden llegar a ser capaces de aprender.

La cuestión verdaderamente humana que une, de este modo, a Savater y McEwan, es la misma: decidir no es optar solamente, sino hacerlo en libertad y conciencia.

El sueño redentor no es, entonces, el de transformar desaforadamente las máquinas y sustituirlas en un carrusel sin fin.

El verdadero sueño redentor es transformar lo humano. Sigue siendo, el arte de la vida.

Eso.