La deriva de los tiempos

La memoria es masculina. ¿Quién es el violador?

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Hace poco escribía que en México hace falta una iconografía de la marcha, una identidad visual que amalgame y represente al cúmulo y a sus demandas. En mis cavilaciones, pienso que esa identidad iconográfica está lejos de lograrse, en virtud de nuestras profundas divisiones. No obstante, el fenómeno mundial de “Un violador en tu camino” me vino a dar una cierta tranquilidad, pues se replicó en varias ciudades del país, en varias instituciones educativas y el resultado no se verá pronto, pero por lo menos, tendrá que comenzar a tomar forma. Una victoria es la aprobación de la Ley Olimpia en la Ciudad de México.

¿Por qué me dio tranquilidad ver las numerosas representaciones de “Un violador en tu camino”? En primera instancia, porque canaliza la ira, durante años contenida, que se produce al culpar y criminalizar a las mujeres. En segunda porque enfrenta directamente al agresor: lo identifica, lo clasifica, lo nombra. Me gusta que se haya hecho en varias lenguas y que incluya a mujeres de todas edades. Participar en una performance mundial de alguna manera sí potencia la energía en torno a una preocupación, que a la vez se desdobla en muchas.

Sigue –y seguirá– el debate respecto a las pintas realizadas en los monumentos. Ya pasado el tiempo, reflexiono en el concepto nuevamente, en lo que “deben” representar para una comunidad y en que, precisamente porque son representativos, son espacios de visibilidad de lo que se les adhiera: ya sean pintas, ya sean varias capas de playo para protegerlos, los monumentos están en el foco y se encuentran desnudos y a merced de la manifestación de lo social, simplemente porque son parte de lo social. Lo que no representa, no se ve y por lo consiguiente, no se activa simbólicamente.

violador-feminismo
Imagen: Pinterest.

¿Qué es lo que tanto nos esforzamos en preservar? Aquí viene lo interesante: preservamos no el objeto, el monumento, sino la memoria que vehicula. Claro, ese discurso no es un flujo “natural” y unívoco que sale de la pieza; ese discurso es selectivo, parcializado, entendido y perpetuado con voluntad mediante las ceremonias cívicas, es decir, el ritual de la repetición. Los que se enojan por las pintas y la “vandalización” no creo que tengan cabal idea de a quiénes representan las esculturas de Reforma; se indignan porque forman parte de un paquete de memoria fabricada, cuyo epítome se encuentra en el Monumento a la Independencia. El colmo para ellos fue la vandalización del Hemiciclo: muy deplorable, dijeron, esto de que hubieran “vandalizado” el insigne Hemiciclo a Juárez. Qué cosa tan fea y procaz que su avecita del centro haya quedado como un perico tropical, pintado de rosa y verde. En efecto, con el color el plumífero se degrada y queda como guacamaya sacrificada. Abajo dice “Mujer Ármate” y “Feminicidas”. ¿Todavía no somos capaces de ver?

La discusión se enriquece con un suceso reciente: La Unión Nacional de Trabajadores Agrícolas se manifestó en el Palacio de Bellas Artes. ¿La razón? Piden que se retire la obra de Fabián Cháirez que se exhibe en ese recinto como parte de la curaduría de la exposición Emiliano. Zapata después de Zapata. La obra se expuso con antelación en la Galería José María Velasco y no pasó a mayores. Al parecer, los ofendidos no supieron de ello y en cambio sí se sintieron vulnerados por la exhibición en el Palacio, un recinto legitimador de discursos. En la nota de El Heraldo de México se contiene la entrevista telefónica hecha al nieto de Emiliano Zapata: los argumentos son pueriles. Pretende demandar a la directora del INBAL, Lucina Jiménez y al artista por denigrar la figura de su abuelo en esa forma. ¿En dónde está lo denigrante? En la feminización del personaje. Don Jorge Zapata no fue capaz de hablar de homosexuales: “…tengo muchos amigos que son de otro género, o que aparentan ser de otro género” (https://bit.ly/2YBHWQF). Con la promesa de destruir la obra, el grupo que se manifestó se negó a escuchar la invitación del director del recinto, Miguel Fernández Félix, quien afirmó que no se retirará la pieza de salas. No hay ganas de entender una propuesta, no hay ganas de construir nuevos discursos, sino de perpetuar el que les ha resultado “ganador”.

zapata en bellas artes
“La Revolución”, Fabián Cháirez (2014).

El nieto de Zapata se deslinda de la voluntad de quemar o afectar la obra, pero no se responsabiliza por lo que “los pueblos” puedan hacer. “Nosotros no buscamos dinero, buscamos llevar en alto la figura de nuestro general”, afirma Zapata. Lo que tanto le vulnera (“esa pinche porquería”, según sus propias palabras), además de la apelación a lo femenino de un héroe que, por supuesto, debe permanecer en la memoria como todo un hombre, es que se juega con su capital simbólico, con lo “inalterable” de una imagen construida a lo largo de los años, pero también, al rostro de un programa político, de una facción revolucionaria: “Que denigren a un abuelito de ustedes. ¿Por qué no ponen la figura de Carranza, la de Huerta…?” La obra de Cháirez expropia esa “única forma” de entender la masculinidad (fuerte, viril), tanto como la idea de sacralidad del héroe. Femenino es, en la lectura tradicional, igual a vulnerable, veleidoso, débil… Y entonces ¿por qué tienen miedo a las acciones de los colectivos que, no sólo vandalizando, sino por medio de performances, hacen una denuncia de la complicidad de todas las instancias de poder para perpetuar el machismo? ¿Recuerdan la intensidad menádica que se reveló en la primera marcha de mujeres, la de la Glorieta de los Insurgentes y en la que se destruyó una estación policiaca en Florencia? El miedo es a que la memoria del patriarcado deje de sustentar los relatos de identidad que pretenden contener a lo femenino.

machismo
Ilustración: elPeriódico.

Se preserva lo que se elige, lo que representa. Se coleccionan objetos que son significativos, se resguardan del olvido porque lo que queremos recordar son los relatos que detonan. “…Preguntarse por las condiciones del coleccionar, preguntarse por las modificaciones del conservar y olvidar y, por consiguiente, por nuestra memoria es la pregunta por nuestra propia auto-comprensión” (Manfred Osten, La memoria robada. Los sistemas digitales y la destrucción de la figura del recuerdo, p. 24, Siruela, 2008).

Independientemente de si nos gusta o no la obra de Cháirez, si sentimos que la ira nos consume por ver al general montar a pelo y llevar tacones, si nos enojamos por el pecho pintado de Mon Laferte, si nos enojamos porque vandalizaron el ínclito monumento marmóreo al que itineró por el país desconociendo un poder central, es que el problema es nuestro relato sobre nosotros.

Poder de la imagen: el Matapacos como icono de protesta en Chile

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Una imagen no existe per se; somos nosotros quienes la identificamos, la aislamos, la modificamos, la recordamos, la reproducimos. Una imagen es una oportunidad para aprender a ver a través del tiempo, para cruzar capas y capas de significados acumulados y llegar, con suerte, a su corazón. Una imagen no tiene principio ni fin; máxime en tiempos de la circulación saturante de la imagen digital, cada vez más seguido pienso en que es como la materia: no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Tuve la oportunidad de hacer una inmersión en el sitio creado por el diseñador Cristóbal Pizarro, a propósito de una plática con un amigo chileno sobre las protestas que se han suscitado en aquel país desde hace poco más de un mes. Todo comenzó porque pregunté qué significaba en su contexto “ser paco” y mi amigo me respondió “ser policía”. Acto seguido, me envió la imagen de un perrito conocido como “Negro Matapacos”, así que abundé en su historia. Su fama se remonta a las protestas estudiantiles de 2011, en las que se adelantaba a atacar a los carabineros. No era un callejero, tenía quien lo cuidara, pero su dueña lo dejaba participar en las marchas: tanto ella como los estudiantes le colocaban pañuelos al cuello. Así tuvo su primer atributo iconográfico.

Matapacos de James O’Barr.
Ilustración: James O’Barr Creador de “The Crow”.

Para que algo tenga iconografía, es decir, para aparecer representado de manera reconocible, debe contar con atributos y éstos deben aparecer reiteradamente en cada representación, de lo contrario, se imposibilita la labor de reconocimiento del personaje. Negro Matapacos ya contaba con dos: ser negro y llevar un pañuelo rojo anudado al cuello. La bandera chilena se sumó, creando una imagen asociada tradicionalmente a la iconografía libertaria latinoamericana. Otros atributos con los que aparece es el casco de carabinero debajo de una pata, una efigie de un paco en el hocico, o bien, se le representa llevando a cabo acciones específicas, como morder la pierna de un policía, o acompañar a los estudiantes con la mirada puesta en un horizonte promisorio. La iconografía del Negro Matapacos se hizo más compleja después de su muerte, en 2017. Dos años más tarde, en el marco de las protestas contra el gobierno de Sebastián Piñera, se enriqueció considerablemente con nuevos atributos como cacerolas y mediante su vinculación con personajes como el PareMan.

Pareman y matapacos.
Ilustración: @nbascunan.

A raíz de 2019, el Negro aparece saltando un torniquete del metro y su imagen incluye la palabra “Evade”, o bien aparece con un ojo parchado, en recuerdo de los ojos que los manifestantes han perdido gracias a los disparos de balas de goma por parte de los carabineros. Matapacos se ha convertido en un icono de la protesta y de la cultura chilena contemporánea, articuló en su imagen histórica la actualidad de las protestas recientes y aparece como una promesa de imagen cohesionadora, dispuesta a seguirse modificando en pro de una comunidad. Incluso, aparece en imágenes que circulan por la web junto a Juan Carlos Bodoque, personaje de 31 Minutos, quien aparece cabalgándolo con la leyenda “Chile despertó”.

Matapacos y 31 Minutos.
Ilustracióm: @_maca.

Matapacos se ha reproducido en esténciles, pintura de muros callejeros, carteles, así como en la circulación de imágenes digitales creadas conforme a diferentes estilos. Más allá de las técnicas de producción, lo que me interesa ahora es apuntar las variaciones icónicas, producto de una intención narrativa específica, tanto como al estilo elegido para llevar a cabo la representación. Me explico: si uno revisa el compendio que se encuentra disponible en NegroMataPacos, verá que no hay una estrategia de disposición de las imágenes, eso permite a cada uno hacer su propia selección, con base en patrones formales, en rasgos estilísticos de cada ilustración, en atributos o atendiendo a la presencia de consignas. Algunas imágenes se adscriben al formato de las cartas del tarot o de las cartas de la lotería. En otras imágenes (en muro) el Matapacos aparece rodeado de un cortejo pompier compuesto de mujeres y putti, al estilo académico de Bouguereau: dos de las mujeres sostienen, respectivamente, una cuchara y una cacerola, en alusión al movimiento convocado en las diversas marchas de protesta de 2019 (gesto originado en la década de los 70 y hoy compartido en varios países latinoamericanos), mientras que uno de los putti está a punto de colocar una corona al Matapacos quien, además, aparece alado. Matapacos se convierte así en un santo coronado, enmarcado por la iconografía católica y por los gestos de la pintura académica. Hay que notar que, en esta inmensa diversidad, el perro puede aparecer en toda su fiereza o bien, destacar por un dibujo más amable, es decir, adscrito a un discurso de paz y construcción de nuevos escenarios de futuro, desligándolo de la protesta agresiva.

Matapacos arte.
Ilustración: @caiozzama.

Otras imágenes muestran al Matapacos asociado con otro perrito, un “rubio” de pañuelo rojo, que podría hacer pensar en el Rubio Matacapucha, creado recientemente por Daniel Contreras, ilustrador chileno, quien se sintió en la obligación de crear un archienemigo al héroe consolidado. Matacapucha es un labrador vestido con un chaleco con la insignia de los carabineros y aparece ladrándole a un encapuchado en plena protesta. Las críticas no se hicieron esperar, tanto a la calidad del dibujo como a la idea de un perro carabinero, que además representaba a la ideología de derecha.

El creador de NegroMataPacos afirma que su iniciativa de recopilar las imágenes del Negro obedece al deseo de preservar al máximo icono de la protesta; estima que el perro fue capaz de dar rostro a la misma y de sintetizar las simpatías en torno a un solo elemento. A raíz de las manifestaciones de 2019, el Matapacos figura cada vez con más frecuencia en cómics, como el creado por Guido Salinas, de muy reciente presentación. El cómic potencia la canalización del coraje y asume la creación de posibles escenarios de futuro a partir de la narrativa visual.

Varias de las imágenes compiladas en el sitio permiten un análisis desde la conformación, precisamente, narrativa a partir de la elección de personajes que acompañan al héroe y de optar por estilos que vinculan al cómic o al manga. La imagen no se crea ni se destruye, sólo se transforma. En la deriva de los tiempos, veremos en qué deviene el Negro Matapacos, pues como decía antes, sus posibilidades son infinitas.

¿México sin artistas?

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Me pareció imposible no comprar el argumento. Claro, es justo pedir que se incremente el presupuesto a arte y cultura. Así como la película de Un día sin mexicanos (2004) decidí perseguir el impulso de pensar qué pasaría si no hubiera creación. Increíble pero cierto, mi primer pensamiento fue que no sería realmente grave: la creación no persigue fines utilitarios que pudieran ser notados por quienes no han dependido de ella (y no me refiero económicamente) para vivir.

Vi el video que difundieron quienes están vinculados al MOCCAM (Movimiento Colectivo para la Cultura y el Arte de México). En él, una chica aficionada al arte y la cultura se percata de que algunas de sus manifestaciones empiezan a desvanecerse: la Piedra del Sol desaparece de internet y del anverso de una moneda de 10 pesos, la música de Cri Cri no se reproduce en el tocadiscos, las páginas de un libro de Rulfo se hallan en blanco y las imágenes de un libro de historia del arte mexicano se desdibujan. La narrativa me pareció algo lenta y entorpecida al principio, máxime por el aura de misterio que iba construyendo la banda sonora y que me hacía esperar un desenlace más rápido y dramático. En la medida en que el video continuaba su curso y que la protagonista interactuaba con su familia, me di cuenta de un argumento muy poderoso –pero muy peligroso– para la causa perseguida por el MOCCAM: en efecto, para algunos, el que no exista el arte no es un gran problema. Y esos “algunos” están en el seno de nuestras propias familias.

La chica del video advierte la desaparición de una máscara sobre el televisor, justo después de que su película no pudiera verse y de que la familia la increpara (por cambiarle a la telenovela, por hacerle algo al televisor y privar a todos de tan grande invención). Lo que me pareció interesante es justamente eso: que el resto de la familia de la protagonista aficionada al arte y la cultura no parece estar en la más mínima tribulación. Para ellos no desaparece nada ni echan nada de menos. Mientras tengan telenovelas, futbol y TV notas, mientras tengan entretenimiento al alcance, parecen no darse cuenta de aquello tan esencial que suponen elementos como la máscara sobre el televisor, la Piedra del sol o las letras de Rulfo. ¿En verdad es esencial?

Otra mirada a la argumentación del video: las manifestaciones (diré) populares como las telenovelas y el futbol (pero curiosamente no la máscara), las revistas de la farándula, no se desvanecen: permanecen tan firmes en la narrativa como el pensar que no son “alta” cultura. “Estás loca”, le dice una de las mujeres a la protagonista, mientras lee su TV Notas. Esto pone a la chica en una situación de descrédito por parte de quienes la rodean, de alucinación (sólo ella parece darse cuenta de las desapariciones) y de aislamiento (a los demás no les importa lo que a ella le importa). Curiosamente, el video pone de manifiesto, con su narrativa, que el arte y la cultura cohesionan a unos pocos que deciden apartarse del camino del consumo cultural popular.

arte y cultura en México
Imagen: travelbymexico.com.

Al final, la chica se da cuenta de que todo ha sido un sueño. Más tranquila, revisa su libro de Rulfo y todo está ahí otra vez. Cuando sale a la calle se encuentra con una librería que ostenta numerosos ejemplares con portadas idénticas y con leyendas tales como “Que se acaben las becas”, “hay otras prioridades”, “no hay presupuesto”: frases que se han pronunciado con mayor énfasis y frecuencia en esta administración y que hacen referencia a la pregunta que me hacía líneas más arriba: en verdad, ¿el arte y la cultura son esenciales? ¿Para quiénes y desde qué perspectivas?

MOCCAM está exigiendo un incremento sustancial al presupuesto dedicado a las artes y a la cultura. No sólo eso, sino que solicita también que se generen las condiciones necesarias para que los trabajadores del sector cuenten con seguridad social. El propósito es muy noble y claro: el arte y la cultura no son de adorno, no están restringidos a un ámbito socioeconómico privilegiado ni a los pueblos aborígenes. Parecería que es obligado: el arte y la cultura deben ser “el eje rector de cualquier verdadera transformación”, dice una de las actrices como parte de las conclusiones del video. “Invertir en la cultura es invertir en la transformación del país que soñamos”. Es ésta tal vez la frase de mayor impacto que subrayo y que nos permite pensar en qué pasaría si tuviéramos, más que un día sin artistas, un día sin manifestaciones artísticas y culturales, sin importar si son populares o académicas: es a partir de arte y cultura que construimos horizontes, identidades y capacidad de exceder nuestros constreñimientos y proyectarnos hacia metas insospechadas.

El arte hace posibles ámbitos de transformación personal y colectiva; la educación artística permite construir relaciones, conexiones cerebrales e inteligencia emocional; los imaginarios nos pueblan y nos dan la medida de nuestras aspiraciones; cierto es que fuera de ellos, nada es posible. Pero, como se ve en el video, parece que si no hay arte y oferta cultural, no hay por qué preocuparse. El arte es un ámbito de transformación que rinde frutos que esta administración federal ni siquiera calcula. Más allá de salas de cine cerradas (lo cual, a ojos de la mayoría, sólo implicaría menos opciones de entretenimiento), de teatros sin programación, de salas de concierto vacías o de museos cerrados o sólo con operación mínima; más allá de que la cultura sea un derecho, la capacidad de canalizar presupuesto a algo que la mayoría ve como parte de la industria del entretenimiento no se antoja parte de un panorama sostenible. Las condiciones laborales de muchos de los trabajadores del sector son más que precarias y la opción de abonar un camino en las instancias públicas parece cada vez más lejana.

Telar.
Fotografía: Coolhunting.

Abril Alcalá Padilla, diputada del PRD y quien participa en las comisiones de Cultura y Cinematografía, Educación y Ciencia, Tecnología e Innovación (https://www.informador.mx/cultura/Cultura-y-ciencia-ante-el-desafio-presupuestal-20190917-0012.html) señala la oportunidad de invertir en turismo para desarrollar áreas de oportunidad que vinculen a las regiones con su legado artístico y cultural. Suena bien, pero no hay una política de sostenibilidad ni una proyección que dure más de los años que dura el gobierno municipal, estatal o federal. Un proyecto de desarrollo comunitario por regiones debería contemplar la estricta vinculación con los sectores turísticos y de comunicación, pues si no se cuenta con infraestructura capaz de recibir, canalizar y posibilitar una experiencia placentera para los visitantes, el flujo de éstos decaerá.

Alcalá Padilla hace referencia al potencial de la “economía naranja”, es decir, la industria de lo creativo en donde arquitectura, filmes, artes plásticas y escénicas están al mismo nivel que videojuegos, software, moda y publicidad. Esta economía comprende al sector de las industrias culturales productivas, lo cual genera dividendos que contribuyen al Producto Interno Bruto y que permiten su comercio a nivel mundial. Invocar el modelo de la economía naranja es esperanzador, pero no es sencillo plantear su introducción a la política gubernamental actual ni poner en circulación dentro de este esquema al considerado “patrimonio”, debido a que los derechos de reproducción, de uso y las solicitudes de autorización que es preciso cubrir encarecen la producción y no permiten la circulación de la ganancia.

Para cerrar: me sumo a la iniciativa de exigir que se den más recursos para arte y cultura, pero para convencer habría que ser más elocuentes en todos los sentidos. Soy la primera convencida de que invertir en la cultura es indispensable, pero hay que generar en nuestros gobiernos el sentido de inversión a largo plazo y de ver más allá de su administración. De igual manera, eliminar las antiguas categorías de “alta” cultura y cultura “popular”, artesanía y “arte de los pueblos originarios” sería de tremenda utilidad para que los prejuicios no fueran los que sesgaran el destino de los presupuestos, sino la calidad vinculativa y estética, capaz de hacernos creer que podemos tener escenarios de futuro muy distintos.

La venida de los muertos: el altar como eje del mundo

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Estructuras que tienden a lo piramidal y a lo ascensional. Altas estructuras, cada una en su proporción. Ningún altar de muertos se queda por lo bajo, ni en forma ni en simbolismo, ni en el entusiasmo prodigado por sus hacedores. Estamos por entrar a esa época del año en que México se vuelve tan ajeno a los ojos de los extranjeros: pueden entender que tengamos corrupción y que contemos con una burocracia hiperinflada (otros países europeos y latinoamericanos las tienen) pero no pueden entender que celebremos la muerte. Parte de esos recursos de celebración son las estructuras que tienden a lo piramidal: el referente inmediato son los altares de muertos, escalonados, que exhiben frutas, flores, mole y pan junto con fotografías de los finados y algunas velas. Antaño, estructuras similares –pero que se podían circular– se constituyeron como túmulos funerarios, representativos de la presencia ausente. El pan de muerto es un mini testigo de ese recuerdo tumular cuyas hipotéticas aristas se coronan con huesos y un fingido cráneo azucarado. Y por más que les extrañe a los indigenistas de libro, no, esas manifestaciones que se realizan en noviembre poco tienen que ver con el mundo prehispánico. La celebración de los fieles difuntos fue instituida por San Odilón, abad de Cluny, en el año 980 d.C.

Las estructuras ascendentes que le prestan su esencia al altar de muertos de los siglos XIX y XX tienen su origen en el siglo XIV, no en México, sino en regiones como Valencia y Cataluña, aunque también se vieron en otras zonas de Francia. Se llamaron capelardentes o capillas ardientes, y no eran escalonadas, pero sí ascensionales: se construían como estancias temporales para el cuerpo de un príncipe, rey o reina que iba de camino a su sitio de reposo final: el cortejo paraba a descansar, a reabastecerse y se aprovechaba para exhibir el cuerpo real y dejar por momentos la pesada parihuela en lo que los locales iban a satisfacer su curiosidad y a observar al despojo. Pensar en esas lejanías temporales y en un cadáver peregrino, que estaba a merced constante de la descomposición, puede resultar repulsivo hoy en día. Lo cierto es que las agencias funerarias siguen ofreciendo el mórbido paquete del maquillaje y el féretro abierto, o sea que algo nos sigue gustando de esa contemplación.

Algunos investigadores plantean que para evitar el riesgo de corrupción y para llevar el preciado cadáver del personaje destacado a regiones que el cortejo no tocaría en su itinerario normal hasta la sepultura, se desarrollaron símiles (muñecos, maniquíes) del cuerpo del rey, por ejemplo, en zonas de Francia e Inglaterra. En España, que yo sepa, esto no sucedió o está escasamente documentado, pero sí sabemos que los capelardentes, túmulos o capillas ardientes se comenzaron a popularizar en el siglo XVI, sobre todo, a la muerte del emperador Carlos V.

¿Qué hacer para llevar la presencia del real cadáver sin pasear el cuerpo real? Representarlo mediante sus insignias. Pero claro que esa representación no podría estar desprovista de otros aliños, como telas negras (hachones) que cubrirían parte de la arquitectura falsa y de la real; esculturas de muertes y figuras que daban cuenta de la importancia de los hechos del monarca en vida, etc. Fue así que se configuró una iconografía propia de la casa reinante y que permitió a diversas ciudades de los reinos mostrar su lealtad y preeminencia en la elaboración de fiestas que, muchas veces, excedían las posibilidades del gasto público.

“El arte de la fiesta, envilecido en casi todas partes, se conserva intacto entre nosotros”, dice Octavio Paz en El Laberinto de la soledad (https://bit.ly/2N0MVGF); la fiesta tiene un largo camino en nuestras comunidades y el calendario litúrgico, engranado con el civil, hacen mella en nuestra productividad desde el siglo XVI en forma continuada. Está mal que lo diga pues, en lo que se refiere a los siglos previos al XIX, la idea de productividad no existía: existía la de comunidad. Y la comunidad encontraba una de sus mejores expresiones en la fiesta.

Tal vez en México tengan verificativo como en ningún otro lugar las implicaciones medievales de las carnestolendas: el carnaval, la inversión permitida, el mundo al revés, el exceso gastronómico, excesos todos que nos llevarán al descanso de fin de año: como sea, una válvula de escape a presiones, inconformidades y opresiones sociales. Pero en México esto no se ve previo a la Cuaresma, sino en los días comprendidos entre el 12 de diciembre y el 6 de enero. El famoso Guadalupe-Reyes es un puente formado por una sucesión de festejos que nos vuelven al seno de lo familiar encarnado en la comida. Antes de ello, un último periodo de recogimiento. El Día de Muertos es una conmemoración que ha ido tomando terreno rápidamente en la esfera de lo comercial. Desde el recientemente inventado desfile de catrinas gigantes y de carros alegóricos, residuos de la filmación de Spectre, parece que hemos dado en el clavo del efectismo festivo que permite salir a las calles a festejar “una tradición” y que deja en lo privado el altar doméstico, la añoranza de que los que se fueron, vuelvan sobre sus espectrales pasos a comer lo que los vivos prepararon para ellos.

Parece que, en la deriva de los tiempos, olvidamos los aportes culturales que se produjeron en los siglos XVI y XVII: cuando las festividades asociadas con la muerte y resurrección de Cristo nunca apuntaron a la construcción de altas y fastuosas estructuras que se cubrieran de velas y se emplearan para significar la presencia de los fallecidos. Los altares de muertos de la actualidad, más que una relación con el mundo prehispánico, la encuentran con las piras funerarias o túmulos construidos mientras estos territorios formaron parte de la Monarquía Hispánica.

“Nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares” (https://bit.ly/2qOaDwS) Decíamos antes que, siglos atrás, las ciudades no reparaban en gastos durante sus festejos (mortuorios o de otra naturaleza). Esos gastos, temidos por las autoridades, prohibidos en reales pragmáticas y aborrecidos por el que tenía que asumirlos en total o en parte, eran la oportunidad de reclamar más adelante, en un sistema de precedencias y clientelismos, la posibilidad de obtener algo a cambio. Lo mismo sucede en la actualidad, por contradictorio que parezca. Ni la modernidad, ni el republicanismo, ni la “democracia” han logrado extinguir el dispendio: ahora, no es una oligarquía (¿o sí?) la que auspicia los festines que se han de dar al público, sino las propias autoridades, otra vez, con la intención de ganar voluntades que, en nuestros días, se llaman votos.

Como cada año, nos encanta evocar al Mictlán. No entendemos por qué, pero nos encanta evocarlo. Octavio Paz hablaba de una dualidad continuista que en nada se parece a nuestra concepción católica de la muerte. En el mundo prehispánico, muerte y vida eran dos etapas sucesivas de un continuum infinito, con lo que la angustia por la condenación eterna y la visión de separación de una y otra vida nos vinieron con el catolicismo. Lo que resulta maravilloso todavía es esa capacidad, incluso en los grandes centros urbanos, de conectarnos con lo arquetípico: eso es lo que hace a muchos evocar presencias espectrales que comen mole y toman tequila, lo que hace acomodar escalones decorados con papel picado para disponer los platillos –la ofrenda– que los muertos van a comer, lo que hace levantar una estructura ascensional –un axis mundi– en un sitio prominente de la casa (como hasta el siglo XIX cuando alguien moría o en la celebración de los Fieles Difuntos) y lo que hace levantar en los hornos la harina del pequeño túmulo funerario azucarado que, desafortunadamente, hoy se comienza a vender en los supermercados desde octubre. Sin embargo, ese cráneo espolvoreado de azúcar que se come los primeros días de noviembre, no ha perdido su rigor como memento mori.

Larga vida a Aby Warburg a 90 años de su muerte

Lectura: 5 minutosEl 26 de octubre de 1929 moría en Hamburgo, Aby Warburg. Un alemán cuya vocación estaba perfectamente definida, al punto de renunciar a la administración de la cuantiosa fortuna de su padre –un banquero– a cambio de que su hermano menor se hiciera cargo de ella y de proveerle a él todo lo necesario para que pudiera dar cauce a sus estudios. Ese mismo año nació Martin Luther King, se publicó por primera vez la historieta Tarzán, también se declaró la Gran Depresión, afectando principalmente a Estados Unidos pero de manera indirecta a la economía mundial, aún no tan globalizada como ahora. En 1929 nacieron Imelda Marcos, Yasser Arafat, André Previn y Milan Kundera. Si convierto esta nómina a un concierto de imágenes, tendré parte de mi iconosfera infantil y de adolescente. Es decir, esas imágenes estuvieron conmigo y yo con ellas durante los años en que se formó mi enciclopedia visual. Hablando de enciclopedias, yo crecí sin Internet en casa y mis búsquedas se tuvieron que resolver con esos mamotretos de varios tomos y no con Google, lo que significa que cuando hablo de “investigar” en mis clases, mis alumnos hacen el gesto de escribir en un teclado y yo el de hojear un libro a la antigua. Todavía hago un ademán con la mano izquierda en forma de cuernito y me la acerco al oído cada que el gesto de “hablar por teléfono” apoya mi oralidad. Warburg permitió la inclusión del gesto como objeto de estudio en el arte, y después de él, en las imágenes en general. El gesto construye un mundo y una visualidad, y por eso es que compartimos gestos, pero también nos distanciamos de otros gracias al uso que hacemos de ellos.

Aby Warburg.
Aby Warburg, historiador alemán (Fotografía: Süddeutsche.de).

Bueno, pues Warburg, ese señor que decidió renunciar a la administración de una fortuna por dedicarse a una educación esmerada, pensó en la iconosfera y en su poder de creación y explicación, aún antes de que fuera denominada así por teóricos posteriores. Podría pensarse que, por su actividad de estudio, Warburg se dedicaba a la mera especulación. Sí y no. Porque dedicarse a pensar en las imágenes no es un ejercicio de contemplación, paradójicamente. Cuando en la prepa me hablaban de la Filosofía de la contemplación de lo absoluto (estudié en escuela católica), me parecía tremendamente aburrido estar condenada a una eternidad así. Las imágenes son discontinuas, fragmentarias, son lexemas que construyen realidades incompletas, ficcionales, pero a la vez, tremendamente reales. En la eternidad y en la especulación eso no tiene cabida; las imágenes y su estudio necesitan heurística y un profundo trabajo de crítica que Warburg desempeñó activamente.

A partir de 1889, Warburg concebiría un gran proyecto: una enorme biblioteca que se hizo realidad a inicios del siglo XX y que la guerra mundial obligaría a migrar a Londres, volumen a volumen hasta llegar a 65,000 o más. Acerca de este monstruoso proyecto, dice Georges Didi-Huberman que era una working library de una “ciencia sin sombre” (La imagen superviviente…). El nombre de Warburg, ciertamente desconocido para muchos, trae aparejado otro apelativo: el de la ciencia de las imágenes o iconología.

Atlas Mnemosyne.

La producción de imágenes que la humanidad había llevado a cabo hasta la fecha de muerte de Warburg es seguramente medida en millones. Parecería fácil medir esta producción en realizaciones concretas de la cultura material (desde la venus de Willendorf hasta cada cajete trípode mesoamericano; desde los primeros daguerrotipos hasta las primeras imágenes de la Gran Depresión). No obstante, la andanada de imágenes que vino a saturar lo que varios teóricos, entre ellos Román Gubern, llaman iconosfera, implica una tarea ingente que se puede abordar desde muy diversas perspectivas: en primer término, para analizar esa andanada y ser conscientes de ella (¿dónde empieza y dónde termina una imagen? ¿Es siempre la misma?). En segundo, para deslindarnos de las imágenes que no nos interesan y, en tercero, para ser conscientes de la colonización que se ejerce a través de ellas sobre nuestro imaginario.

Para Warburg, empeñado en comprender su propio universo de imágenes y en transformarlo en un enorme panóptico en donde todo se despliegue en función de relaciones heurísticas –tanto como la biblioteca que soñó y logró hacer–, pensar en las posibilidades y tiranías de la imagen digital y en lo que la tecnología que hoy tenemos a disposición puede proporcionar, hubiera sido ciertamente alucinante. Eso era, tal vez, su Atlas Mnemosyne, un proyecto de libro (que contendría más imagen que texto) iniciado por él en 1926 y que se vio ciertamente truncado por su muerte en 1929. El Atlas consta de 60 paneles o tablas que recopilan cerca de 2,000 imágenes. Se editó póstumamente y presenta escasa sistematización y mucha fragmentariedad, lo cual puede llegar a asustar a quien busque en el rigor una certeza, un asidero. La tarea de recolección que emprendió Warburg, no obstante, se antoja titánica en su tiempo y persigue el camino de la supervivencia en las imágenes, sin llegar a la búsqueda de patrones arquetípicos.

Lo que Warburg vertió ahí responde a sus propias inquietudes. Si nosotros hiciéramos lo mismo, seguramente nuestro Atlas Mnemosyne recurriría a otros repertorios. Basta ver nuestras galerías de fotos en los teléfonos celulares: colecciones que reúnen lo más familiar y entrañable con el resultado de espigar de manera dispersa; sí, espigar a la manera en que Agnès Varda lo propone en “Les glaneurs et la glaneuse” (2000, documental, 1h 22 min.). En el fondo, todos somos espigadores y hacemos una colección de imágenes que se plantean y se replantean en sus infinitas relaciones a lo largo de toda nuestra vida.

Warburg nos dejó mucho, en particular, a los historiadores del arte. La sola idea de que podamos detectar la supervivencia de algo en imágenes distanciadas miles de años y que se pueden juntar a nuestra voluntad para decirnos una cosa nueva es, de suyo, productiva. Aby Warburg estuvo varios años encerrado en una institución psiquiátrica en Suiza y eso, junto con la fundación Warburg Institut y con el paso de seis meses con comunidades indígenas en América del Norte, hace que el personaje se rodeé de un aura de misterio. El legado de Warburg me impone cada vez que abro una red social y percibo la saturación, la velocidad que tenemos para descartar y para aprobar lo que “vemos” en fracciones de segundo. El legado de Warburg me hace ver que le creemos a la imagen, en términos generales y que no nos tomamos la molestia de interrogarla. El legado de Warburg me ha hecho ver que no vemos nada. Larga vida a Aby Warburg, a 90 años de su muerte.

Del elusivo “Barroco” al Centro de Artes y Cultura Contemporánea

Lectura: 4 minutosAntes de que anunciaran su apertura, miembros de la comunidad académica y cultural mostramos nuestras reservas: un espacio dedicado al Barroco, fantástico; pero un espacio sin colecciones, sin identidad, sin relación con su emplazamiento, que despojaría a otros museos y que además no contaría con una estructura normativa, no sonaba como algo pertinente. Vaya, ni siquiera era juicioso seguir adelante si no se argumentaba el recurso al concepto.

Barroco no es algo dado, no es una estructura histórica sino una etiqueta empleada con fines pedagógicos. Seamos honestos: barroco, para la mayoría de la gente, no significa mucho más que algo abigarrado o complicado. No tiene contenido más que en lo descriptivo formal. Tal vez tenga relación con “lo religioso” y con lo que algunos denominan “lo colonial”. Barroco, como concepto, surge a posteriori, desde el racionalismo del XVIII europeo y con carácter peyorativo. Nada más antibarroco que la apariencia que nos entrega el edificio de Toyo Ito, más parecido a su metáfora: un elefante blanco erigido en una zona sin referentes históricos; por momentos se antojaba como una enorme carpa en la que se desplegó un espectáculo que resultó ser elusivo, confuso y efectista: un capricho.

Museo de Arte Barroco.
Fotografía: Designaholic.

Con algunos fragmentos curatoriales bien trabajados en el papel, pero escasamente desarrollados con obra poco adecuada y faltos de integración en un guion lo suficientemente didáctico, la exposición con la que abrió el flamante Museo Internacional del Barroco en 2016 mostraba más intenciones, más pretensiones que ejercicios de reflexión en torno a qué significa esa palabra para nosotros. Todavía se puede consultar su sitio web oficial, mismo que se subió antes de la apertura, pues todos los textos están redactados en futuro. Para tener una idea de la vaguedad, traigo un ejemplo: si uno navega por el sitio, encontrará las características fundamentales del MIB, que “no es un lugar cualquiera, tiene magia”. Al parecer, quienes estuvieron a cargo del proyecto tenían un deseo incontenible de fabricar un espacio de experiencias que se saltara todas las reflexiones académicas que, a ambos lados del Atlántico, numerosos investigadores se han dedicado a producir. No, ¿para qué leer? Basta con ir para encontrar: “Las diversas manifestaciones del arte barroco: lo material y lo intangible; religioso y laico; antiguo y contemporáneo” (http://mib.puebla.gob.mx/es/). Todo eso con una confusa espectacularidad museográfica que se comía la obra, que saturaba al visitante con la sobreabundancia de recursos digitales y con un recorrido caótico gracias a la movilidad que Ito le imprimió a la planta del recinto.

Museo Internacional de Arte Barroco en Puebla.

Para colmo, el MIB jamás tuvo una estructura para garantizar su operatividad: no se tuvo responsabilidad sobre el espacio y sus actividades, no se diseñaron programas públicos, no se actualizó la oferta ni se invirtió en adquirir una colección. Las piezas que conformaron las exhibiciones del MIB provenían de diversos recintos; sin una orientación clara hacia una vocación que hoy está sólo en el nombre y a punto de esfumarse, tuvieron que haber sido devueltas a sus lugares de origen para evitar el trabajo excesivo de sus materiales y garantizar su buen estado de conservación. Ernesto Cortés, el titular de Museos Puebla, declaró recientemente a Excelsior que “Las 57 piezas volverán a sus lugares de origen por cuestiones de conservación, y esos espacios serán ocupados por piezas que se encuentran en la bodega del recinto o de otras colecciones que están en proceso de negociación. Será otro tipo de piezas, ya que en lo sucesivo el museo incluirá manifestaciones contemporáneas e, incluso, obra prehispánica y popular que también puede ser vista con un carácter barroco”. (https://www.excelsior.com.mx/expresiones/museo-internacional-del-barroco-recinto-poblano-de-chile-y-de-mole/1338698). Y es esto último, el “carácter barroco” lo que se sigue repitiendo en la retórica sin reflexión, sin análisis historiográfico y sin razón política.

Museo Internacional de Arte Barroco en Puebla.
Fotografía: TripAdvisor.

En fin, ciertamente, la afluencia de públicos y la captación de recursos por diversos conceptos no fue la esperada y hay que hacer de los espacios algo útil. La cruzada emprendida años atrás rindió frutos mediocres y sus impulsores jamás respondieron a los cuestionamientos de una comunidad que legítimamente quería saber desde qué encuadre metodológico se había planteado la vocación del museo, y si explicaría la pluralidad de visiones que sobre el Barroco existen en la historiografía. No se respondió tampoco sobre el porqué crear un espacio de miles de millones de pesos en lugar de fortalecer la infraestructura de los ya existentes, por qué no restaurar el patrimonio histórico custodiado por iglesias y museos estatales, por qué no invertir en el desarrollo de mejores modelos de explicación de tres siglos que se nos pierden en la ambigüedad de los planes de estudio de la SEP y bajo el peso de la lápida que implica el triunfo de la historiografía de cuño liberal.

En La deriva de los tiempos, el MIB quedó como testimonio del empeño por construir sobre arena la recuperación de un periodo ominoso: no se le quitaría ese carácter por hacer aparecer sus creaciones de manera desarticulada y efectista. Que ahora se dedique a actividades varias y que abra sus puertas a manifestaciones contemporáneas –“igualmente barrocas”, sea lo que eso sea– probablemente se trate de una mejor decisión, pero lo que es cierto es que el proceso transcurrido desde su concepción, las objeciones publicadas por la comunidad académica e ignoradas abiertamente por los impulsores del proyecto, su apertura en 2016 y su cambio de vocación (si es que alguna vez la tuvo) traza una estela gris, como las administraciones federales y estatales que hacen creer a la ciudadanía que sus decisiones, intereses y sugerencias importan; una estela gris y el mal sabor de boca que queda cuando sabemos que en México la relación costo-beneficio de los proyectos y programas públicos nunca nos sale a favor porque el dinero se va por otro lado.

Patrimonio, identidad y memoria

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El saqueo y la legislación como tradición histórica

Ayer escuché que la UNESCO, por mediación de las autoridades mexicanas, solicitó a la casa Millon, en París, que se suspendiera una subasta en la que se implican supuestamente 95 de 120 piezas arqueológicas (las cifras varían en las notas) consideradas patrimonio de la nación mexicana. En primera instancia, pensé que la casa de subastas saldría a decir que no (como, en efecto, sucedía hasta la mañana de ayer miércoles). El embajador de México en Francia, Juan Manuel Gómez-Robledo, afirmó que se trata de joyas prehispánicas que corresponden a su legítimo propietario, es decir, nuestro país. La nota vespertina de Carmen Aristegui (https://m.aristeguinoticias.com/1809/mundo/realizan-en-paris-subasta-de-arte-precolombino-pese-a-que-gobierno-de-mexico-pidio-cancelarla/) es consecuente con esta hipótesis y detalla las gestiones que se realizaron para impedir que se subastaran los objetos. Después reparé en la debilidad de los argumentos esgrimidos por el embajador: el comercio de este tipo de piezas banaliza el valor de las mismas, contribuye al recrudecimiento del pillaje e incentiva el mercado negro. El embajador afirmó también que estos objetos son “de un valor inestimable para los pueblos autóctonos” lo que no descarto, pero dudo que estas piezas en particular significaran algo en el seno de las comunidades actuales. (Excélsior https://www.google.com/amp/s/m.excelsior.com.mx/global/unesco-interviene-ante-subasta-de-piezas-arqueologicas-mexicanas/1336834/amp). Lo que tienen estos objetos es el aura de lo que constituye un legado antiquísimo y la identidad de una nación, es decir, han sido tocadas por la magia del metarrelato identitario que se configuró en el XIX. ¿En qué estriba su valor para una colección extranjera? En muchos factores, entre ellos, el interés arqueológico, la procedencia, la antigüedad, la factura, la belleza exótica que puedan encontrar en cada pieza y, por supuesto, la capacidad de incrementar su valor y constituir una inversión.

Juan Manuel Gómez-Robledo.
Derecha: Juan Manuel Gómez-Robledo Verduzco. es un diplomático mexicano, embajador de México ante la República Francesa.

La cosa no es nueva. En octubre de 1880 se discutía en el Congreso mexicano sobre la pertinencia de que Désiré Charnay, considerado padre de la fotografía arqueológica, sacara del territorio mexicano objetos hallados durante sus exploraciones. El Ejecutivo había pedido permiso al Congreso para celebrar un contrato por medio del que Charnay pudiera llevar a cabo la exportación de manera lícita: hubo quienes estuvieron a favor y hubo quienes se manifestaron en contra. Quienes estaban a favor afirmaban que el gobierno de México no tenía la capacidad para extraer, investigar y conservar todos sus vestigios arqueológicos, y llevarlos fuera del país permitiría que se conocieran, cuidaran y apreciaran en otras partes del mundo. Otros consideraron “altamente deshonroso que objetos de su arqueología, en los que [se] debe tomar inspiraciones y datos para escribir [la] historia, figuren en los museos extranjeros y no en los nuestros” (Clementina Díaz y de Ovando, Memoria de un debate (1880). La postura de México frente al patrimonio arqueológico nacional. México, UNAM, 1990, p. 67). Llamo la atención sobre la palabra deshonroso y vuelvo al argumento del embajador de México en Francia: la banalización a la que son sometidos los objetos subastados y la valía que supuestamente éstos tienen para los pueblos autóctonos.

Si bien es obligación del gobierno mexicano velar por la conservación de lo que se considera patrimonio cultural y contamos con la Ley Federal de Monumentos y Zonas Arqueológicos, Artísticos e Históricos de 1972; si bien Francia y México suscriben la misma Convención firmada en 1970 (http://www.unesco.org/new/es/culture/themes/illicit-trafficking-of-cultural-property/1970-convention/), en la que se comprometen a respetar los bienes culturales de ambos países, todavía quedan lagunas por cubrir en lo tocante al registro y tenencia de los bienes patrimoniales. “El inciso (ii) del apartado (b) del artículo 7 de la Convención dispone que los Estados Partes se comprometen a tomar las medidas apropiadas para decomisar y restituir, a petición del Estado de origen Parte en la Convención, todo bien cultural robado e importado después de la entrada en vigor de la Convención en los dos Estados interesados a condición de que el Estado requirente abone una indemnización equitativa a la persona que lo adquirió de buena fe o que sea poseedora legal de esos bienes. De manera más indirecta, y sujeto a la legislación nacional, el Artículo 13 de la Convención contiene también disposiciones relativas a la restitución y la cooperación.” (Ibid.) La Convención contempla también la importancia de los registros y los inventarios de bienes patrimoniales levantados y actualizados debidamente por cada país.

Arte prehispánico.
Fotografía: Azteca Sonora.

El 1 de septiembre de 1918, el presidente de la República informaba acerca de la prescripción de integrar un registro de “monumentos artísticos, obras de arte, reliquias históricas y demás objetos de mérito y valor”. La Dirección General de Bellas Artes nombró inspectores y subinspectores honorarios de Monumentos y Bellezas Naturales en diversos estados de la Federación. Un año antes, en 1917, se había llamado a la creación de una Carta Arqueológica que recogiera, en un primer registro, información sobre los bienes de esta naturaleza. En 1920 se anunció felizmente su culminación y se dijo que tanto la Carta como un Directorio serían próximamente editados. Creo que la labor y el número de piezas que había que registrar superaron por mucho los esfuerzos, presupuestos y voluntades (como me parece que hasta ahora sucede). Lo hilarante es que en 1922 se volvió a anunciar la terminación de la Carta y se dijo que estaba en vías de formación la Carta Etnográfica. Seis años y nada. Se anunciaba el “ahora sí” junto con alguna otra noticia de avance (como las exploraciones en la zona arqueológica de Teotihuacan). La Ley de 1972 contempla un capítulo del registro en donde también se habla de que no basta inscribir en el registro un bien cultural, sino que debe también certificarse su autenticidad (según el Reglamento respectivo). A este respecto es interesante comentar que el INAH lo hace, pero el INBAL no lleva a cabo esos procedimientos (cuando un particular inquiere por el costo de un servicio de autentificación, el personal le sugiere que acuda ¡a una casa de subastas!).

Son muchas las circunstancias que pudieron llevar a París las piezas que fueron subastadas. Imposible conocerlas todas o saber si habían pasado tiempo en colecciones particulares de fuera. Lo que se va a poner interesante es que si, como adujo la casa de subastas Millon, se determina anular la puja, “se reclamará el perjuicio causado” (https://www.google.com/amp/s/m.excelsior.com.mx/global/unesco-interviene-ante-subasta-de-piezas-arqueologicas-mexicanas/1336834/amp) y México tendrá que pagar un dinerito (recuerden que en la Convención de 1970 se contempla el pago de una indemnización). El gobierno de México tiene una larga tradición que consiste en preocuparse por el cuidado de su patrimonio cultural, sólo que también es tradicional que haya escasos recursos económicos para hacerlo.

Subasta de piezas arqueológicas.
Fotografía: Lifestyle.

Cierro con una consideración sobre la ontología de las piezas y la argumentación de su valor inestimable para los pueblos autóctonos. Definitivamente, no creo que se banalice a los objetos por ponerlos a subasta o porque sean considerados “decorativos” (antes bien, podrían encontrarse con mejores posibilidades de exhibición y conservación; sí, en el extranjero). Vender o subastar un objeto no es banalizarlo: es insertarlo en el mercado, simple y llanamente. El embajador hacía referencia a la pérdida de la esencia de estas figurillas, con lo cual no concuerdo puesto que, ontológicamente, a ellas no les pasa nada. Son productos culturales milenarios o centenarios, sujetos, como todo, a legitimación y a valor comercial. Mi llamado es, como siempre, a hacer consciencia sobre la “identidad” que hemos forjado a punta de fuego, del chauvinismo y del patrioterismo que se sigue construyendo a pesar de la fragmentación de los metadiscursos del nacionalismo.

A las piezas no les duele si las “banalizan”, pero retóricamente se contempla un expolio. La retórica del reclamo de las autoridades mexicanas es peligrosa en ese sentido y marcha por la línea (la favorita de esta administración) de hacerse víctimas con el presunto expolio que inflige la propia historia u otros países. Si hubo saqueo, si hubo comercio ilícito (lo que aún no está comprobado), que se denuncie y se tomen acciones para solicitar la restitución del patrimonio, pero de ahí a afirmar que las piezas arqueológicas van a ser significativas para los pueblos autóctonos actuales o que se van a perder su esencia, hay un trecho. Si así fuera, quizá los objetos jamás habrían abandonado sus comunidades de origen. No es imposible conservar algo valioso en la deriva de los tiempos. El hecho es que las figurillas salieron a la puja, al mejor postor. ¿Quién las dejó salir?

Derroteros de la imagen. Mirada colonizada y derivación política

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Si nacemos contando con el don de la vista, nos veremos sumergidos al cabo de pocos meses en un universo saturado de imágenes. Aunque el olfato y el tacto son decisivos para que el recién nacido se sienta amado y seguro en la proximidad de su madre, pronto comenzará a horadar el mundo con los ojos. Los objetos de colores le resultarán atractivos y, en cuanto los alcance, se los llevará a la boca. Pronto también, muy pronto, la visión del mundo exterior estará ya mediada por lo que nos dicen de él, por cómo nuestros padres o personas cercanas miran y por lo que nos aproximan para ver más detalladamente. “Cuando aprendo a ver socialmente, es decir, cuando empiezo a articular mi experiencia retiniana con códigos de reconocimiento que provienen de mi(s) medio(s), entro en sistemas de discurso visual que vieron el mundo antes que yo, y que seguirán viéndolo cuando yo ya no lo vea…” (Villafañe. Introducción a la teoría de la imagen, 2006).

Imágenes.
Ilustración: MIMI_N.

En el fondo originario de la imagen se encuentra el sentido de la imitación. La mímesis es condición para crear imágenes que están en lugar de otra cosa. Por eso son representaciones. Dice Susan Blackmore (La máquina de los memes, 1999) que el ser humano pertenece a la única especie que es capaz de aprender por imitación (“Imitation and the definition of a meme”, A memetics compendium, 2008 http://citeseerx.ist.psu.edu/viewdoc/download?doi=10.1.1.731.4497&rep=rep1&type=pdf#page=170). Al definir una imagen imitamos el mundo. Pero ninguna imitación es auténticamente reproductiva: en la operación de imitar está implícita la interpretación. Así surge el concepto de meme, una palabra contraída de un vocablo griego que Richard Dawkins asignó en 1976 a todas aquellas formas de la cultura que se reproducen en una comunidad. “Necesitamos un nombre para el nuevo replicante, un nombre que nos aporte la noción de unidad cultural de transmisión o unidad de imitación”. Gracias a esto podemos entender por qué nuestras madres cortaban los cabos del pepino y los frotaban contra el mismo para que no se volviera amargo. También eso explica el porqué de ciertos procedimientos en la cocina o el que las mujeres embarazadas se cubran la panza con un trapo rojo durante un eclipse. Así, además de aprender a ver, aprendemos a producir imágenes en nuestro cerebro a partir de tonadas, participación en rituales, textos literarios o formas de hacer cerámica. El mundo aparece siempre mediado por nosotros en esa manera de compartir.

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Parecería que esta forma de construir la cultura implica solamente reproducción de modelos a partir de lo ya existente y que no admite cambios. Menuda forma de concebir las cosas. Entonces, ¿para qué nos rebelamos o por qué protestamos? Porque las formas de protesta también se aprendieron por imitación, también se reprodujeron sus mecanismos y también mutaron en la interpretación que, en la deriva de los tiempos, se ha hecho de los mismos. Cierto, el imperialismo, el colonialismo, el machismo, la dictadura también se pueden reproducir, igual que gestos de solidaridad, empatía y afecto. Al margen de la ramplonería de los mensajes presidenciales de AMLO –lo que parece ser extraordinariamente efectivo entre ciertos públicos–, los spots que comenzaron a salir a raíz de la cercanía del Primer Informe de Gobierno me recuerdan lo que Televisa, perversamente, nos enseñó a ver. Nada lejos de la retórica priista, sino gestada a su servicio, nos condicionó al ámbito de posibilidad de una perspectiva milagrera, a la idea de que la muchacha del servicio doméstico se puede casar con el patrón joven y guapo, de que se puede trascender la opresión y la miseria, pero ojo, no con trabajo, esfuerzo o estudio, sino con fe y tantita suerte o bien con la ayuda de la Virgen de Guadalupe. El caudillismo posrevolucionario nos legó, abstracción hecha de cualquier explicación histórica, una idea del héroe conductor que puede acabar con un régimen e instaurar otro. Señores: somos víctimas del memeplex de la autocondescendencia.

Sociedad.
Imagen: PinImg.

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Un memeplex es un complejo de memes de la misma naturaleza y que interactúan dentro del mismo campo para reforzarse. Ya en otras ocasiones he escrito sobre memes. Pero esta vez quiero ser particularmente enfática en que no sólo me refiero a los que compartimos todos los días y nos dan risa (#InternetNuncaTeAcabes). No a los que nos quitan el tiempo en el trabajo pero son útiles para iniciar una larga discusión sobre nada. Me refiero a la memética de la reproducción de la forma cultural que puede tener muchos caminos y derroteros. Si el meme encuentra terreno fértil, puede contribuir a liberar o a esclavizar, por el contrario. Lo que se observa de unos años a acá es que, entre más emocional es un tópico y la forma de abordarlo en las imágenes que nos compartimos por Internet, con más fiereza solemos interpretar, reelaborar, embatir y compartir de nuevo. Dice Delia Rodríguez que los resultados de la proliferación de memes (ahora sí, de los de Internet) han sido graves desde el punto de vista político, pues “son esos memes los que nos llevan de la mano a votar” (Memecracia. Los virales que nos gobiernan). La pasión que desplegamos en el compartir (hacia el lado que sea que tiremos) replica ideas y produce comportamientos. Estamos reproduciendo formas emocionales que decantan en modelos de política de colonización de nuestro imaginario: si como dice Delia Rodríguez, “somos groupies de la información que nos excita”, los publicistas, los comunicadores y quienes están a cargo del gobierno no dudarán en ocuparnos para hospedar a sus memes: los calentaremos, los reelaboraremos y los lanzaremos como piedras. Misión cumplida.

Memecracia.
Fotografía: Flickr.

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Cierto es que nuestra memoria es selectiva. Nuestra mirada también. Esa realidad que encuadramos a diario está mediada por nuestros deseos, nuestra cultura, nuestras necesidades pendientes de satisfacción, nuestras expectativas, etc. Hace algunas columnas decía que podemos elegir lo que compartimos y lo que reelaboramos para otros. Cuando tal vez por mero impulso o, mejor aún, porque cuestionamos nuestras estructuras, un velo se quita de los ojos. Nunca veremos la “realidad” de cara porque no existe o porque, como Semele, caeríamos fulminados por su pureza. No estamos para eso, sino para verla mediada por la cultura, pero eso implica que podemos seleccionar nuestros encuadres, hacer zoom in y zoom out a voluntad y desarrollar desde ahí una distancia crítica sobre cuestiones que hemos dado por implícitas. Así vemos que no hay algo que sea “normal”, sino que lo normalizamos en contextos específicos y para resolver necesidades muy precisas. No es normal que las mujeres sean acosadas en la calle. No es normal que las maten o desaparezcan. Tampoco es normal que la economía se estanque para luego contraerse y en la mañana salgan a decir que todo está mejorando. El impulso de compartir en redes tiene explicaciones no sólo psicológicas sino químicas. Si algo nos gusta o nos enfurece, queremos compartirlo porque creemos que estamos haciendo bien. Hoy por hoy y a pesar del peligro señalado por Delia Rodríguez, nos encontramos en un momento propicio para que nuestra guerrilla de teclado sí tenga frutos: estamos configurando la apreciación sobre las cosas. Sobre las marchas, sobre el gobierno, sobre la economía, sobre la protesta de las mujeres, sobre lo que nos parece y no nos parece legítimo.

Al margen de la risa que nos pueden inspirar ciertos memes y del compartir (que ya implica agencia y no pasividad), hay una puerta que se abre a la posibilidad de crítica y reelaboración. Si el meme nos da la mano, vamos a tomarle el pie.