espacio público

La insoportable levedad de(l) ser… ¡inmobiliario!

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1968, ¡jamás se olvida!… ni la masacre de estudiantes en Tlatelolco ni los sucesos de la Primavera de Praga. Conmoción, estremecimiento, ira y desesperación praguenses, se escuchaba y resonaba, por todos lados, la desproporcionada entrada de la fuerza militar de defensa del bloque de países socialistas constituido en el Pacto de Varsovia contra el modelo liberal y democrático de occidente; soldados, fusiles y ametralladoras, un devastador ensordecimiento de la vida cotidiana praguense y la paralización en seco de su devenir político-democrático en ciernes; un grotesco y asimétrico despliegue del poder contrainsurgente inmortalizado gráficamente –y fotográficamente– para la posterioridad en infinidad de rollos fotográficos que lograron plasmar con cruda realidad la entrada de los tanques y tropas rusas para asegurar el control y sometimiento de la disidencia a la dictadura comunista que, en su búsqueda por democratizar el socialismo checoslovaco, había logrado granjearse la sucesión de la dirigencia del Partido Comunista, con la crítica a la represión del régimen comunista soviético y, no menos importante, la libertad de expresión como banderas políticas. Fueron momentos convulsos y presagios trémulos, voluntades silenciadas y corazones apagados, una sensación generalizada de pérdida y desesperanza vivida y sufrida que dio paso a una contienda dogmática: fijar e implantar un modelo, una idea, una visión doméstica y privada de la realidad, para imponer una verdad relativa.

La pasión y el ardor ciudadano por la búsqueda de la libertad y la felicidad mediante la democratización de su vida política, en La insoportable levedad del ser de Kundera, es encarnada por Teresa, una fotoperiodista “a nivel de cancha” o de primera línea, cuyo objetivo logra retratar e inmortalizar las más abyectas y deleznables acciones castrenses contrainsurgentes que, en su búsqueda de sometimiento y adoctrinamiento de la población en general hacia la visión doméstica –y domesticada– del bloque socialista, silencia los anhelos y las más nobles aspiraciones praguenses por una vida mejor, por un futuro de libertades y derechos… los avances democráticos alcanzados se quedan en pausa. La necesidad de implantación de esta verdad relativa conllevó la usurpación de las libertades, especialmente la libertad de pensamiento y de expresión; todo aquello que no la ensalzara era percibido como hostil y antagónico.

usurpacion inmobiliario
Imagen: Wikimedia Commons.

El ojo crítico de Teresa es percibido incompatible a los objetivos del bloque y es en ese talante político en el que se afianza la domesticación ideológica de la ciudadanía, en general, y de Teresa y su particular visión realista y “costumbrista” vigente en ese momento. El adoctrinamiento que sufre Teresa se funda en un discurso culturalista –concepto muy amplio pero también muy ambiguo– que aconseja redireccionar su talento innato y su afán político –su sed de justicia y su apetito democrático– hacia la expresión artística, hacia el gusto por la expresión creativa del yo, hacia manifestaciones más prudentes y moderadas –por no decir, más frívolas y superficiales–, hacia la fotografía de retrato pero no de los sucesos geopolíticos únicos e irrepetibles que marcaban el devenir socio-político de su país, sino dirigir su objetivo hacia la fotografía de la vida vegetal domesticada: ¡retratos de cactus en maceta!… mientras tanto, la desagradable realidad es negada, indocumentada, imposible de enfrentar desde una individualidad expresiva.

Esta suerte de razonamiento esquizofrénico individual, grupal o gremial que, por acción u omisión auto o exoinflingida –o por simple y llana ignorancia–, impulsa a voltear hacia otro lado o ámbitos más cercanos y manejables, niega rotundamente la realidad circundante, realidad autoinflingida históricamente, y que nos obliga, desafía e incita nuestro juicio, nuestra manera de ser y entendernos en el mundo, realidad de la que formamos parte y conformamos -unos más que otros- con nuestro devenir, con nuestra persecución del interés particular –parafraseando a Adam Smith–, convirtiéndonos en partícipes fundamentales, ¡en sus arquitectos!, vamos.

“La (industria de la) construcción es la mayor culpable del calentamiento global inducido. En todo el mundo, los edificios consumen entre el 30% y el 40% de toda la energía producida y son responsables en igual porcentaje de todas las emisiones de CO2”.

Jeremy Rifkin, en “Cada edificio, una central eléctrica”.

EnerNews – Jeremy Rifkin: “Cada edificio, una central eléctrica”.
Our World in Data – “Emissions by sector”.

Con la pandemia del SARS-CoV-2 vinieron los webinarios y con ellos se hizo público –y cuasi viral– el pensamiento del gremio inmobiliario. Este reducto diverso y peculiar de especialistas, peritos y expertos en un sinfín de materias dedicadas a la materialización del espacio habitable humano que, en una suerte de catequización vehemente de la edilicia mercantil y sus asegunes, buscan impostar diligentemente, entre partidarios y extraños, su sermón liberal y optimista, potentemente fundado –aunque, débilmente hecho consciente– en el “laissez faire, laissez passer” (“Dejad hacer, dejad pasar”) y, en trance de delirante apoteosis, en la inagotable y perseverante búsqueda de implantación de un proyecto gremial y profesional instaurado en el liberalismo más arcaico y desacertado, en contra de las previsiones y –lo que llaman– las interferencias del Estado, aferrados en las presuntas certezas intelectuales y empíricas adquiridas durante el ejercicio de su quehacer profesional.

geopolitica inmobiliario
Imagen: Kaos en la Red.

En esta pompa de harta intelectualidad gremial, la realidad basada en datos y no en apariencias y fachadas, que trascienden las coordenadas de pensamiento comercial y decorativo inmobiliario, es negada, velada o, simple y sencillamente, ignorada. Las coordenadas de pensamiento gremial y arquitectónico, en sus años más mozos, derivan de consideraciones y categorías nematológicas, que el materialismo filosófico contemporáneo clasifica como “…las nematologías son aquellas doctrinas que se caracterizan por organizar las nebulosas ideológicas, entendidas éstas como contenidos ideológicos muy poco sistematizados… especulaciones de carácter ideológico que se organizan alrededor de instituciones religiosas, políticas, militares (artísticas o gremiales), etc. (…)”.

En este candor y en sus años más precoces, los profesionales del espacio habitable apoyados en lo que, el padre del movimiento moderno, Le Corbusier, imposta ideológicamente que ¡la arquitectura está más allá de los hechos utilitarios y, por tanto, es un hecho plástico! (y de microplásticos y otros contaminantes vertidos en los mares, océanos y diversidad de ámbitos que conforman nuestra biosfera planetaria) y, al denominarlo desde las categorías del arte adjetivo –es decir, desde lo accidental, secundario o no esencial–, como “…el juego sabio, correcto, magnífico de los volúmenes bajo la luz”, no hace sino acotar la disciplina edilicia a lo que, el materialismo filosófico, clasifica dentro del marco categorial del subjetivismo teórico estético. Y que engloba a todas aquellas escuelas, nematologías o “filosofías del arte” que en su concepción artística reducen la obra de arte a la condición de expresión, revelación, manifestación, realización, creación o apelación del sujeto, ya sea el artista, ya sea el grupo social –pueblo, generación, gremio, etc., al cual el artista pertenece–, disociándola de manera absurda e irracional de los compromisos medioambientales intra e intergeneracionales reconocidos y asumidos en los acuerdos de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Cuyos principios establecen las medidas necesarias para la reducción de las emisiones de los gases de efecto invernadero, basadas en la implementación urgente de medidas y acciones de transformación, adaptación, mitigación, resiliencia y de desarrollo sustentable en toda actividad económica humana, máxime en aquellas que son preponderantes por el impulso que suponen al cambio climático y que, su falta de reconocimiento o su desconocimiento o, simple y llanamente, el hacer la vista gorda como proceder autoemancipativo gremial y profesional, no hace sino postergar la necesidad de enriquecer su marco teórico y categorial, y, por tanto, su manera de actuar ante una realidad innegable.

Le Corbusier
Le Corbusier (Fotografía: Antischock Revista).

El discurso webinario gremial inmobiliario vigente e invirus, basado obstinadamente en los campos ideológico categoriales del liberalismo más optimista y en armonía obceca con las nebulosas nematológicas del subjetivismo teórico estético y del arte adjetivo, no logra ver y entender cuál ha sido su máxima creación ecosistémica, y en lance de hacer la vista gorda hacia las externalidades negativas que genera su quehacer, ignora y desplaza, para las generaciones futuras, los cambios y (r)evoluciones impostergables de su campo categorial y de pensamiento. (R)evoluciones que debieron implementarse, al menos, desde la fecha de la publicación del Informe de la Comisión Brundtland Nuestro futuro común, que alertó, desde 1987… ¡sí, desde 1987!… en relación con los efectos negativos sobre el medio ambiente del modelo económico liberal imperante –fundado en el “Dejad hacer, dejad pasar”– y, asimismo, en relación con la necesidad de transitar hacia un modelo económico y, por supuesto, edilicio basado en la sustentabilidad del desarrollo.

En tanto la relación causal del cambio climático y la edificación siga siendo extraña o ajena al discurso y el pensamiento gremial arquitectónico e inmobiliario, aún y a pesar de la crisis mundial laboral, económica y de salud vividas y sufridas actualmente, y de las próximas venideras, que no son otra cosa que legítimas herederas de los procesos de crecimiento ilimitado en el que se fundó el modelo económico keynesiano apuntalado en el consumo y el gasto –y, por supuesto, en la rentabilidad privada–. Y, asimismo, sigamos escuchando, en un santiamén de enajenación artística, la misma webinaria cantaleta gremial –liberal–, ignorante o renuente de la más prístina expresión cultural de toda sociedad que presuponen y resultan ser sus reglas y leyes locales, y que, en más de las veces, sólo muestran un pensamiento insular antagónico en relación con los marcos normativos y regulatorios, públicos y comunitarios, del desarrollo urbano y de la edificación inmobiliaria, impostando frases tan prehistóricas y desafortunadas, dadas las condiciones del estado ambiental mundial, como “…los profesiones de la construcción tenemos claro qué debemos proyectar y construir, los estudios de mercado y nuestra amplia experiencia profesional nos lo señalan con claridad…”, o “…el gobierno debe liberar la normativa urbana para que podamos construir lo que técnica y financieramente es posible…” o, peor aún, desde la visión pedagógica más ingenua posible que es vertida en ámbitos gremiales y académicos “…busquen en la expresión utópica artística la respuesta de la arquitectura a la nueva realidad habitable que supondrá la era postvirus…”.

Jeremy Rifkin
Jeremy Rifkin (Fotografía: Atalayar).

Este cúmulo de pensamiento e intelectualidad gremial vigente niega, como parte fundamental de sus procesos de razonamiento y de diseño, los datos y los efectos negativos acumulados y generados por la edificación durante el siglo XX y lo que va del XXI, se ciega ante la construcción de un nuevo modelo de desarrollo compartido, de riqueza comunitaria e incluyente, de lo que Jeremy Rifkin denomina la Sociedad de coste marginal cero –o la Sociedad del Capital Social y la Economía del Compartir–, y, asimismo, desdeña una genealogía arquitectónica basada en la Representación (entendida ésta como la incorporación de decisiones arquitectónicas que representan claramente a la realidad imperante y, por tanto, le dan respuesta), en vez de fundarse, como tradicionalmente ha sido, en la Expresión del yo y, por tanto, en las premisas del arte adjetivo. En esta ámbito de oposición ideológica y doctrinaria gremial resulta, por decir lo menos, probable que nuestro futuro común requerirá para trascender el uso prolífico de unidades de cuidados intensivos y personal médico especializado o procesos socio-espaciales de resucitación cardiopulmonar apremiante… bueno, al menos, a las generaciones que aún no están aquí para alzar la voz les heredaremos la posibilidad apremiante de diseñar ese futuro común del capital social y la economía del compartir, como respuesta al ominosos legado ambiental y climático de la generación de la insoportable levedad de(l) ser… ¡inmobiliario!


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Desconcerto grosso, Opera prima

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Primer movimiento: Allegro maestoso!

Nunca antes se había visto, en la historia democrática de la Ciudad de México, que un candidato a jefe de gobierno ganara con tal ventaja de votos. Claro, hay que considerar que dicha historia, sí, la de la vida democrática y electoral de la jefatura de gobierno en la Ciudad de México, es muy breve, tan sólo lleva 23 años y cuatro administraciones completas, y la quinta en curso; digamos que está en su mera juventud y que, el logro alcanzado, todavía puede –y seguramente podrá ser–superado.

Segundo movimiento: Scherzo!

Días felices para el gobierno recién electo, todo era felicidad y goce, los pasillos del antiguo palacio del ayuntamiento rebosaban de voces que sugerían ideas, proyectos, programas sociales y económicos, infinidad de imágenes, ilusiones y utopías que, a la fecha, se convertirían, en voz de dicho séquito, en confesiones de un pasado turbulento. En este ámbito bullicioso y juguetón, en este cúmulo de ideas brillantes… –bueno, no todas–, se distingue una que, desde una visión simplista, conceptual y jurídicamente hablando, y en un lapsus de delirio de superioridad interpretativa y de negación de la norma urbana como sistema jurídico –en negación autoinfligida del criterio de completitud de los sistemas jurídicos, en este caso, el del derecho urbano citadino–, su líder, en materia urbana, se embarcó en la falsa premisa de dar cauce a la inversión inmobiliaria en la ciudad. Y no económicamente, sino en sentido jurídico, inverso, a través de una innoble –irregular, por decir lo menos– constitución de polígonos de actuación. Aquellos instrumentos de la Ley de Desarrollo Urbano de nuestra ciudad tan desconocidos pero, por su uso incorrecto, definitiva y trágicamente satanizados.

Tercer movimiento: Adagio!

El Polígono de Actuación es un instrumento establecido en la Ley de Desarrollo Urbano del Distrito Federal, al menos desde la publicada en 1996 (TÍTULO V. De la ejecución de los programas. CAPÍTULO I. De la ejecución, GODF, 7 de febrero de 1996). Su origen conceptual, muy probablemente data de la Ley de Zonificación de 1916 (1916 Zoning Resolution) de Manhattan, cuyo ejemplo material más acabado –al menos para orgullo del gremio de los arquitectos– es el proyecto que realizó para el edificio Seagram el arquitecto alemán considerado el padre del estilo internacional, Ludwig Mies van der Rohe, y cuyos principios generales se fundaban en la necesidad de lograr mayores alturas y menores áreas de desplante; con lo que se lograban dos cosas, primero, más superficie de espacio no construido y, por supuesto, de espacio público –el espacio dedicado a mejorar la habitabilidad urbana, a la habitabilidad de la ciudad– y, segundo, garantizar la entrada de luz solar a las plantas bajas de las edificaciones, en una ciudad que tenía por designio lo que actualmente es nombrado como manhattanismo, un espíritu de verticalidad e intensidad en el uso de su territorio y maximización de la densidad de su suelo urbano y de su limitado territorio isleño.

Mies van der Rohe
Mies van der Rohe (ABC.es).

Regresando a nuestra historia –a la fiesta chilanga del chivo–, la de la constitución de los polígonos de actuación en la Ciudad de México, y revisando las machincuepas urbano-normativas que fueron expedidas, en un gesto de desvelamiento y claridad, los principios generales y el espíritu de los polígonos de actuación, negados y desconocidos por la autoridad, se pervirtieron tergiversando su uso al transferir superficies de construcción entre predios con realidades urbanas, económicas y sociales muy diversas y, en más de los casos, contrastantes. Dichas transferencias –para las que existe un instrumento específico en la Ley de Desarrollo Urbano del Distrito Federal desde 1996, y que también desconocieron–, entre predios ubicados en colonias diferentes con distintas características sociales, económicas, ambientales, territoriales, urbanas, físicas, espaciales y normativas –características que precisamente se cristalizan en su zonificación y, por tanto, en sus condiciones de desarrollo urbano e inmobiliario y regulan la superficie de construcción y el número de viviendas disponibles y, por supuesto, su valor inmobiliario–, no han constituido otra cosa que la demolición de los supuestos originales y básicos de la planeación urbana: la delimitación –en nuestro caso, vía la zonificación– de la capacidad de carga de cada territorio, colonia, manzana, calle, predio.

En resumen, en una suerte de prestidigitación de cambio de la unidad monetaria –como transformar pesos en dólares–, compraron superficie de construcción en suelo barato y lo transfirieron a suelos caros y mejor ubicados, aumentado así el valor de dichas superficies de construcción transferidas… presto, ma non troppo!

zonificacion chilanga
Fotografía: Ángel Metropolitano.
Cuarto movimiento: Scherzando!

Esta ensoñación delirante urbana, fundada, por un lado, en la cristalización de ámbitos de oscuridad administrativa y, por el otro, en el menosprecio explícito de la autoridad por –lo que Jung llamó– el inconsciente colectivo, y que resulta ser un organismo consciente construido por la comunidad chilanga participativa que, por su amplia experiencia de sinsabores y desaciertos administrativos, en una suerte de inmediatismo burocrático, la autoridad no logra comprender ni prever los nefastos e incontrolables impactos negativos que dichas actuaciones tendrán sobre la delicada y ya de por sí impactada trama del valor del suelo y de la función social de dicho suelo en la Ciudad de México.

Quinto movimiento: Crescendo!

Ese inconsciente colectivo compartido por todos –como organismo consciente comunitario– reconoce que el valor de cualquier predio en la ciudad depende directamente de su ubicación y, por supuesto, en gran medida, de su zonificación. Es decir, de los derechos de desarrollo que tiene asignados –superficie de construcción permitida, número de niveles, área libre de construcción, densidad de vivienda, usos y destinos del suelo permitidos–, y la autorización irregular de polígonos de actuación con predios de alcaldías y/o colonias distintas –y valores distintos–, no hizo sino promover una burbuja especulativa del valor de los predios en la Ciudad de México que prácticamente será irreversible… bueno, a menos que llegase un virus tan contagioso que lograse echar abajo el modelo económico inmobiliario de la Ciudad (¡!).

zonificacion chilanga
Fotografía: Tinsa México.

En esta suerte de quimera urbana-administrativa se prevé que los propietarios del suelo impondrán –y ya lo están haciendo– un mayor valor a sus predios, precisamente por la modificación al valor de cambio que ya presuponen por la transferencia interna o externa de superficies de construcción de sus predios, por la expectativa de relocalización o desterritorialización de dichos potenciales constructivos, entre territorios con diferenciados valores de renta urbana en razón de la reglamentación urbana aplicable en los programas de desarrollo urbano. Ahora, gracias a este sueño delirante de una barbie, todo en rosa, la zonificación y la superficie de construcción de cada predio puede “viajar” hacia otros predios de mayor valor, desterritorializando, errónea y engañosamente, estas superficies de construcción, el valor de esos “inmuebles” y modificando al alza los valores del suelo de la ciudad. Y todo por el valor expectativo artificial generado por la irresponsable autorización que llevaron al cabo de polígonos de actuación entre predios con ubicaciones y zonificaciones distintas y, por lo tanto, con valores originales distintos.

Sexto movimiento: Finale, ma non allegro!

Como toda fiesta, a pesar del inefable deseo de perpetuidad, llega a su fin y con éste los desechos y los excesos de lo vivido, la herencia pública –escrita en piedra, edificada– de sus participantes, aquellos que supuestamente tutelaban el orden público y el interés general de la ciudadanía y que, con la autorización de polígonos de actuación interdelegacionales –o interalcaldías–, no han hecho más que transgredir los principios generales de la planeación urbana, ambiental y democrática, trastocando fatídicamente el de por sí ya malogrado mercado de valor del suelo de la ciudad; e inmóviles hacia su mandato ciudadano, en un lapsus de delirio de superioridad interpretativa, se justifican, única y exclusivamente, con el principio jurídico de prohibición: todo lo que no está prohibido está permitido, dijo el líder, evidenciando obscenamente su desconocimiento y su cerrazón jurídica al utilizar un principio que no le aplica al servidor público sino a los particulares, y contraviniendo, formal y material, la interpretación completa y compleja del sistema jurídico y normativo de la ciudad; modificando, errónea y desafortunadamente, las delicadas dinámicas del desarrollo urbano sustentable; y trastocando y encareciendo, nefasta e irremediablemente, el valor del suelo de la Ciudad de México… ¡tran tran!


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