De todo y de nada

¿Dónde está la autoridad?

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#DondeEstaLaAutoridad

El pasado lunes, 1º de junio, hablé con un queridísimo amigo poblano. Me comentó, muy molesto, que el sábado anterior que venía a la CDMX a ver a sus hijos, unos encapuchados, en la última caseta antes de llegar a la Ciudad, tenían tomada la caseta; y no por alguna causa social o manifestándose por alguna razón, sino simplemente, para cobrarla más cara. Yo me acuerdo, hace algunos años, haber pasado por casetas tomadas en la carretera México-Acapulco, pero los manifestantes lo hacían con causa y en contra del gobierno, por lo que no cobraban el cruce y sólo afectaban al concesionario del tramo tomado; lo cual tampoco estaba bien, pero cuando menos lo hacían con causa (o así lo disfrazaban). Estos delincuentes, de los que me estaba platicando mi amigo, eran jóvenes encapuchados que cobraban 100 pesos por coche, cuando esa caseta vale 42 pesos. Era un vil asalto, de viles ladrones, que al coche que pasaba le robaban 58 pesos y al concesionario, el resto. Lo que más le molestó a mi amigo es que había dos patrullas de la Secretaría de Seguridad Pública (que por cierto, ya ni existe) estacionadas con sus elementos dentro de las mismas quienes sólo observaban la situación. Yo me pregunto, ¿dónde está la autoridad?

El martes 2 de junio, es decir, un día después de que aquel amigo me platicara de la toma de la caseta en la Puebla-México, otro amigo con quien hablé por la noche me dijo que trató de salir de Valle de Bravo y todos los accesos estaban tomados. Incluso se le acercó a una pick-up con elementos de la Guardia Nacional para preguntarles qué estaba pasando y ellos contestaron que un grupo de transportistas tenía tomada la carretera y que ellos no podían hacer nada. Así la tuvieron toda la tarde y mi amigo tuvo que regresar a CDMX por la carretera antigua cuando pudo, en algún momento, salir del cuello de botella en el que se encontraba. Ya más tarde me enteré, por las noticias, que un grupo de taxistas había bloqueado la carreta porque habían detenido a su líder. Yo, otra vez, me pregunto, ¿dónde está la autoridad?

Con esos dos acontecimientos decidí que, la semana pasada, haría mi colaboración para El Semanario sobre este tema, pero por distintas razones ya no pude publicarla y, lo que sucedió el jueves y viernes en Guadalajara y en CDMX, aunado a lo que pasó este lunes (el día de ayer) en el centro histórico de la CDMX, no hizo más que abonar en acontecimientos y tristes historias para volver a preguntar ¿dónde está la autoridad?… pero ahora de una forma más desesperada.

Cuando se ven las imágenes de un grupo de auto-llamadas “feministas” saqueando, junto con otros grupos de manifestantes, una tienda deportiva y rompiendo los cristales de una tienda de conveniencia con absoluta impunidad, con libertad plena y comportándose de una forma grosera y prepotente con los medios de comunicación, uno se pregunta otra vez, ¿dónde está la autoridad? Esos maleantes disfrazados de manifestantes, justo frente a las cámaras, cometieron claramente –al menos– dos delitos: el de daño en propiedad ajena y el de robo, pero se les podrían sumar unos cuantos delitos más. Todos los vimos, nadie nos lo platicó; ¿y la autoridad? Brilló por su ausencia.

Ya la semana pasada habíamos visto cómo quemaban a un policía de Guadalajara, destrozaban inmuebles y amenazaban a la prensa; y la autoridad no apareció, por lo menos en la Ciudad de México, hasta que los rijosos llegaron al barrio de Polanco. Este lunes ni siquiera llegaron.

Quiero pensar si usted o yo, querido lector, nos atreviéramos a salir con un bat por la calle a romper un escaparate de una tienda, ¡a ver cómo nos iría! La policía, seguramente, nos aprehende rápidamente. Aquí en la capital, el lunes, extrañamente, no llegó nadie.

Las autoridades no están protegiendo a manifestantes quienes, sin duda, están en todo su derecho de salir a las calles y expresar las razones de su manifiesto; están protegiendo a agitadores profesionales que son violentos, que no luchan por ninguna causa y sólo se venden como mercenarios al mejor postor. No hay ideales ni principios en esas personas. Son barbajanes y rufianes que no le hacen ningún bien a la sociedad. Allá ellos, pero los mexicanos elegimos a nuestros gobernantes para que apliquen la ley, nos protejan de maleantes como esos y hagan su trabajo. Si no pueden con ese trabajo, que se vayan.

Yo, como ciudadano de a pie, ya estoy harto de preguntarme todos los días ¿dónde está la autoridad? Estoy harto porque no encuentro respuesta. Los acontecimientos se van multiplicando y la pregunta cada vez encuentra mayor eco en más y más ciudadanos: ¿Dónde está la autoridad?

¿Encontraré respuesta? No lo sé. Me temo que si paso mucho tiempo haciéndome la misma pregunta, y no encuentro respuesta, la siguiente pregunta será: ¿Dónde quedó México?


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Jugando con la letra “I”

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#LETRAi

Hoy haré un juego que me pareció divertido, por lo menos desde mi punto de vista; ¡a ver cómo sale el resultado!

Presentaré palabras con la letra “I”, y las definiré tal como lo señala el Diccionario de la Real Academia Española (RAE) –en algunos casos, las palabras tienen varias definiciones, así que no copiaré todas– y cada lector podrá pensar a qué o a quién le recuerda. Es un ejercicio personal. En mi caso, todas las palabras y sus definiciones me recordaron a la misma persona.

¡Que lo disfruten!

¡Cooooomenzamos!

Ignorante – Que ignora o desconoce algo; que carece de cultura o conocimientos.

Incongruencia – Dicho o hecho falto de sentido o de lógica.

Intriga – Manejo cauteloso; acción que se ejecuta con astucia y ocultamente para conseguir un fin; enredo; embrollo.

Insensato – Falto de sensatez; tonto; fatuo.

Irrealizable – Que no se puede realizar.

Incendiario – Que incendia con premeditación, por afán de lucro o por maldad.

Idiota – Tonto; corto de entendimiento.

Indigno – Que no tiene mérito ni disposición para algo; que es inferior a la calidad y mérito de alguien o no corresponde a sus circunstancias.

Impensable – Que no se ajusta al pensamiento racional.

Irreverente – Contrario a la reverencia o respeto debido.

Insensible – Que carece de receptividad a determinados asuntos o problemas y de disposición para resolverlos.

Improbable – No probable.

Inaccesible – No accesible.

Irrisorio – Que mueve a risa y burla; insignificante por pequeño.

Iracundo – Dicho de una persona: Propensa a la ira.

Irracional – Opuesto a la razón o ajeno a ella.

Increíble – Que no puede creerse; muy difícil de creer.

Imbecilidad – Retraso mental moderado; flaqueza; debilidad.

Inverosímil – Que no es verosímil.

Insoportable – Muy incómodo, molesto y enfadoso.

Incapaz – Que no tiene capacidad o aptitud para algo; falto de talento; que no es capaz, por su naturaleza o por decisión de su voluntad.

Inanimado – Que no da señales de vida.

Irrealidad – Cualidad o condición de lo que no es real.

Indolente – Que no se afecta o conmueve; flojo; insensible, que no siente el dolor.

Incompetencia – Falta de competencia o jurisdicción.

En este caso, al buscar en Google “definición de incompetencia”, me encontré con otra que dice así – Carencia de capacidad para hacer una cierta cosa, especialmente para realizar un trabajo u ocupar un puesto.

Espero les haya gustado este juego de palabras con la letra “I”. Cualquier sugerencia para jugar con otras letras es bienvenida.

Se me ocurre que la próxima letra pudiera ser la “P”, aunque probablemente me recuerde a la misma persona.


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80 años del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM

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#80AñosIIJUNAM

Cuando eres Licenciado en Derecho por la UNAM, como es mi caso, no puedes dejar pasar por alto el cumpleaños número 80 del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad. Por este Instituto, que fue fundado el 7 de mayo de 1940 a un costado de la Escuela Nacional de Jurisprudencia, han pasado grandes juristas de nuestro país.

La UNAM se viste de gala. Tiene, en mi opinión, el mejor centro de investigación y difusión del conocimiento jurídico. Sus investigadores son de muy alto nivel y tienen absoluta libertad en sus trabajos y aportaciones jurídicas, confirmando la que siempre ha sido la característica de la UNAM.

Juristas de la talla de Mario de la Cueva, Roberto Mantilla Molina o, quien fuera un gran maestro, Héctor Fix Zamudio, por quien aprendí, en sus textos, acerca de la figura del ombudsman y sobre Derechos Humanos, fueron directores de este Instituto.

Cuando el Instituto organiza congresos, seminarios o conferencias, sabemos que se estará atendiendo a un evento de gran calidad. Su capacidad de atraer juristas del extranjero y de ser un semillero de grandes abogados para que intervengan en otros países, le ha dado un nivel invaluable en derecho comparado y ha conseguido un intercambio académico sin precedentes en la historia de nuestro país.

Yo siempre me he enorgullecido de ser Universitario. Mis pasos por Ciudad Universitaria, a principios de los años 90, fueron de un gran aprendizaje integral. La UNAM te da todas las herramientas necesarias para entender bien a México. En su diversidad radica su riqueza. Además, por esos años, la Facultad de Derecho era reconocida como una de las más grandes en el país. El Doctor Jorge Carpizo, quien había terminado su mandato como rector en 1989, logró fortalecer la carrera de Derecho, de la que él era uno de sus egresados. Así lo hizo, primero como cabeza del Instituto de Investigaciones Jurídicas. Durante su gestión, se realizaron las primeras evaluaciones del personal académico, lo cual contribuyó a los niveles de excelencia que hoy vemos. Ser investigador del Instituto de investigaciones Jurídicas de la UNAM es una posición muy prestigiada.

Ahora, en su 80 aniversario, el Instituto se ha modernizado. Cuenta con una Biblioteca Jurídica Virtual que acerca, por medio de la tecnología, tanto a los estudiosos del Derecho como al público en general, a las obras publicadas y a sus revistas de tan variados temas que van desde el derecho constitucional, derecho comparado, derecho electoral y hasta una dedicada al derecho a la información.

Todo abogado debe conocer al Instituto de Investigaciones Jurídicas de la máxima casa de estudios. Su riqueza editorial es inmensa y sus programas actualizados la hacen una institución viva, que no se detiene y que tiene todo para ir por otros ochenta años más, para, como lo dice su misión, contribuir a la solución de los problemas sociales y políticos vinculados a los fenómenos jurídicos nacionales e internacionales.

Hoy más que nunca, debemos cuidar a las instituciones académicas de excelencia. La ignorancia es más peligrosa que cualquier pandemia y sólo con educación de calidad, México podrá salir adelante.

Celebro con alegría estos primeros 80 años, que, con autonomía, libertad, dedicación e integridad, mujeres y hombres, abogados de nuestro país, han pasado por los espacios del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Es gracias a ellos que hoy el Instituto goza de una enorme reputación. Enhorabuena.


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#NocheDeCuarentena #ElHombreQueSubioLaMontaña

Había una vez un hombre que se vistió y salió de su casa con dirección a la montaña. Desde muy joven la había visto y siempre soñó con llegar a su cima. Esa vez que se vistió y trató de llegar a ella, estuvo a punto de lograrlo y, sin embargo, diferentes obstáculos se interpusieron entre él y su meta. A esa punta de la montaña sólo podría llegar uno, y en esta ocasión no pudo ser él.

Pasaron seis largos años y aquel hombre, durante todo ese tiempo, suspiró por llegar a la cima de montaña. La veía desde lejos. La estudiaba desde diferentes ángulos. Ideaba estrategias para subir de forma exitosa, incluso pensaba en alianzas con otros hombres para que le ayudaran a cumplir su destino. En esa ocasión, ni siquiera se dio cuenta en qué momento fue rebasado por otro hombre que subió más rápido; incluso se encontró a una mujer que, durante buena parte del trayecto, corría detrás de él. Cuando tomó aire para alcanzarlos, su fuerza y empeño le dieron el impulso para alcanzar a la mujer e incluso pasarla, sin embargo, el otro hombre ya estaba muy arriba y le fue imposible alcanzarlo.

Aquel hombre tesonudo no se desanimó, y después de otros seis largos años, volvió a emprender el camino. Esta vez, aunque maduro y golpeado por el paso de los años, se le veía más fuerte que nunca. Traía un ritmo muy por encima de los demás y con el caminar se entusiasmaba más y más al sentirse cada vez más cerca de la meta. Siempre había querido llegar a la cima de la montaña. Era el objetivo más importante en su vida. Todo el tiempo se había preparado para lograr la gran hazaña y ahora parecía el momento de la gloria. Todo indicaba que llegaría por fin a esa cima anhelada; que sería el que llegaría allá arriba, allá donde solo llegaba uno cada seis años. Ese lugar que parecía de tan difícil acceso y por el que tuvo que sacrificar tantas cosas. Llegar a esa cima le implicó enemistarse con mucha gente, ser atacado por muchos adversarios –e incluso correligionarios– y sortear miles y miles de trabas. El esfuerzo había sido tremendo, pero estaba por llegar.

En algún momento el hombre dudó y volteó hacia atrás para ver si los otros hombres le seguían de cerca. Se encontró tranquilizado al ver que no se veían por ningún lado.

Por fin, una tarde de julio, aquel hombre llegó a la cima. Volteó a su alrededor y se encontró solo. Una ráfaga de viento le golpeaba la cara, y el sonido del viento era lo único que se escuchaba en ese infinito silencio. Se sentó entonces y con un dejo de emoción dijo para sí mismo:

—“¡Lo logré, ya estoy aquí!” (y el silencio y la soledad lo inundaron y un escalofrío le estremeció por un momento).

En efecto, aquel hombre estaba ahí, pero la felicidad que sentía semanas atrás, cuando veía que su escalada incansable por fin lo llevaría a la cima, se había desdibujado. El hombre no era feliz. No sabía qué hacer. Se trazó un objetivo claro que era llegar a la cima de la montaña. Por años se fijó ese objetivo y se había preparado para alcanzarlo. ¡Lo había logrado! Entonces, ¿por qué se sentía tan solo y triste?, ¿por qué no había experimentado satisfacción alguna desde que había llegado a la cima?, ¿por qué lo embargaba esa frustración en todo momento?

El hombre dejó pasar el tiempo. Se mantuvo caminando en esa cima, dando vueltas y vueltas. Seguía sintiendo el viento golpeándole la cara. A veces por un lado, a veces por otro. Otras veces el viento frenaba y el frío, penetrante, se apoderaba de todo. Aquel hombre trataba de calentarse, de moverse, pero el frío no lo dejaba. A veces, lo que desesperaba a aquel hombre, era el silencio. ¡¡¡No podía más!!! Su desesperación era tal, que todo le estaba saliendo mal. Si el día era cálido y debía aprovechar las bondades del sol, salir a sentirlo, a vivirlo, él se agazapaba y titiritaba de frío. Si el frío azotaba, él no lo percibía de esa forma y se quitaba la camisa para quedar con el torso descubierto. Ya no identificaba nada, ya no entendía nada. Estaba al borde de la locura. En su desesperación creciente miró al cielo y gritó:

—¡Dios!, ¿por qué subí hasta la cima?, ¿por qué?

Lo que aquel hombre no esperó es que Dios le contestara súbitamente. La voz era de un estruendo ensordecedor. Dios le dijo al hombre:

—Hombre soberbio y orgulloso, has estado tantos años planeando llegar a la cima y ahora que estás en ella, ¿te preguntas por qué?

El hombre, asustado, cayó al piso perplejo por lo que acababa de oír. Un largo silencio se apoderó del ambiente, para ser roto por otra frase que, al sonar, parecía la voz del Dios del trueno, de un megáfono cósmico interestelar que le hablaba del más allá y que le dijo:

—La pregunta que te debes hacer no es “por qué” sino “para qué”.

El hombre se quedó solo en la cima, sentado, abrazando con los brazos sus rodillas y meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Tendría cinco largos años para descifrarlo, por lo que entre más rápido lo hiciera, más rápido saldría de esa angustia, soledad y desesperación que le causaba estar en la cima de aquella montaña.

Fin.


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#Covid19 #Cuaresma

Recuerdo, cuando era niño, que al llegar la Cuaresma mi abuelita me decía que eran tiempos de guardar. También recuerdo que mi mamá ponía varios papelitos en un recipiente, papelitos que los cuatro hijos sacábamos y que cada uno de ellos tenía actividades específicas que normalmente no haríamos, pero que por ser Cuaresma la realizábamos ofreciéndole a Dios nuestro “trabajo”.

En la religión católica la Cuaresma son aquellos 46 días que recuerdan a los 40 días que ayunó Jesucristo en el desierto. Esos días inician el miércoles de ceniza y terminan en la víspera del domingo de resurrección. Durante ese período algunos hacen ayunos, otros penitencias, otros no comen carne los viernes, pero en general, el católico practicante debiera hacer algunos sacrificios y guardarse. No necesariamente la frase se refiere a que se esté literalmente guardado en algún lugar, sino que son tiempos de austeridad, de gastar menos, de ser más humildes y de recordar los últimos días del Cristo que moriría en la cruz y salvaría a los hombres, abriendo las puertas del cielo. El pasado 26 de febrero fue el miércoles de ceniza, marcando el inicio de la Cuaresma de este año. Casi el mismo día empezamos con el coronavirus en el país, cuando se dio a conocer el primer caso de un hombre contagiado que venía de Italia.

Debo decir que, aunque fui criado como un católico, tengo ya muchos años de no ser practicante. No soy, por así decirlo, un fan de las iglesias (de ninguna); sin embargo, hay muchas cosas que me gustan de las religiones y, particularmente que en la Cuaresma católica se invite a que participemos de una época de recato, sacrificio y veamos por los demás, siempre se me ha hecho algo muy plausible. Lo que me llama la atención es cómo ha coincidido el período de la Cuaresma con la crisis de COVID-19, que nos ha hecho –más por fuerza que por ganas– comportarnos como lo dictaría la Cuaresma católica. Nos hemos guardado, estamos haciendo sacrificios importantes todos los días y hemos visto actos de solidaridad y de pensar en los demás en una sociedad que, incluso adelantándose a su gobierno, ha tenido a bien, hasta el día de hoy, contenerse y cuidarse.

Sin duda los caminos de Dios son perfectos y esto que está pasando debe darnos muchas lecciones de vida. En México, un país eminentemente católico, ni los más ortodoxos pensaban en la Semana Santa como una época de guardar; por el contrario, la gente salía a disfrutar de las playas, los balnearios y los más acaudalados viajaban al extranjero para descansar con la familia y con los amigos. Qué bueno que se tengan esos momentos de vacaciones y yo espero que esa posibilidad de salir se normalice en los próximos meses; sin embargo, no podemos ni debemos olvidar lo que ahora nos ha pasado y valorarlo. Esta Cuaresma obligada nos invita a ser más generosos, más compasivos, más solidarios y reflexivos. Ya lo dije en mi artículo anterior, pero debo insistir en que este sacrificio debe darnos nuevos bríos para ver las cosas importantes de la vida y no perdernos en lo superfluo y mundano.

Entender que lo que se disfrutaba hace algunas semanas y que hoy no tenemos de forma absoluta, es la libertad. Esa libertad absoluta que ahora se ve limitada no la teníamos identificada, la dábamos por un hecho y ni siquiera le dábamos importancia. Ahora, en nuestras casas, la extrañamos.

La Cuaresma nos recuerda que hay que ponernos límites, que hay que hacer sacrificios y, sobre todo, que hay que pensar en los demás. No le hemos prestado la debida atención, aunque cada año se celebre. Tuvo que venir una pandemia para que viviéramos la Cuaresma. Ojalá nunca se nos olvide y seamos seres humanos más sensibles y humildes.

Realmente, si entendemos el fondo de lo que significa la frase “tiempos de guardar” sin fanatismos, pero sí con conciencia, saldremos de esta pandemia mucho más fortalecidos como sociedad y cada uno en lo individual. La crisis económica que seguramente se derivará después de la crisis médica, irremediablemente nos hará ser más austeros y conscientes en nuestros gastos. Si estamos preparados en términos espirituales de que se puede vivir más simple, estaremos bien; si nos quedamos pensando en lo que perdimos, en que ya no podemos gastar en A o B y nos lamentamos, no habremos aprendido nada de esta Cuaresma obligada y nos sentiremos mal.

Que el COVID-19 nos deje muchas enseñanzas y que la Cuaresma nos las recuerde cada año.


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Mirar hacia adentro

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#MirarHaciaAdentro #Introspeccion

Esta semana, todos los que de alguna u otra manera nos enteramos de lo que pasa en el mundo, ya sea a través del Internet, las redes, la televisión, la radio o los periódicos, estamos preocupados por un tema que no entendemos, que no conocemos sus alcances, que veíamos lejano y que ahora es una realidad en México: el virus COVID-19, que ha provocado una pandemia y nos ha puesto a prueba. ¿Por qué a prueba? Porque hoy se vive algo desconocido para muchos de nosotros, que nos provoca miedo y nos limita para llevar nuestras vidas de una forma “normal”. ¿Es normal vivir como vivimos? ¿La prueba tiene que ver en si ahora sabremos vivir con poco movimiento, con pocas salidas, con falta de abrazos a los amigos y de conciertos masivos? La prueba parece fácil de superar porque todos tenemos claro que este problema del Coronavirus (como mejor se le conoce en el país) es temporal. Pero… ¿qué no lo es? Yo ya aprendí que la expresión “para siempre” no es aplicable a nada. Ni bueno ni malo. Todo es por un tiempo, y así será la pandemia que hoy nos azota. Entonces, la respuesta es sí. Sí pasaremos la prueba y casi todos seguiremos con nuestras vidas. Sólo algunos morirán y entonces, aquellos pocos cercanos a esos muertos, jamás olvidarán lo qué pasó cuando nos visitó el nuevo virus.

“Seguir con nuestras vidas” cuando termine la pandemia, es una oración seca, poco clara y puedo decir que hasta vacía. Si tratamos de darle una interpretación muy simplista, “seguir con nuestras vidas” será vivir exactamente como lo hacíamos antes de que llegara el coronavirus. Yo invito a mis lectores, aprovechando el poco movimiento, las pocas salidas y la poca socialización, a que en estos días reflexionemos, precisamente, sobre “nuestra vida” y cómo la queremos vivir. Nadie tiene una respuesta correcta o errónea. Todos somos constructores de nuestra vida y la edificamos como queremos o podemos. Nadie puede vivir por nosotros. La vida es de las pocas cosas que son indelegables. No hay sustituto para Pepe Elías, ni lo hay para cada uno de ustedes. Aunque esto que acabo de decir parece una obviedad, nunca nos ponemos a pensar en ello.

El estilo de vida de los habitantes de este planeta, en el siglo XXI, está caracterizado por seguir patrones irreflexivos de conducta que vienen siempre del exterior de nuestro ser. Es decir, lo que pasa afuera dicta nuestro comportamiento. Cada vez hay menos introspección. La dinámica social del siglo XXI es de hacer contacto con miles de personas en las redes, para no contactar nuestro ser interno. Las tecnologías para el desarrollo del transporte de personas por cielo, mar y tierra, hace que los seres humanos puedan estar del otro lado del mundo en menos de 24 horas, que conozcan puertos en diferentes países en cuestión de días o que manejen por todos los caminos en ciudades y campos. Creemos que eso es lo “normal” y no paramos. Pero ese personaje único, que somos cada uno de nosotros, ahora mismo está en un conflicto porque, por lo menos en la parte de movilidad, tendremos que hacer un alto. Debemos dejar de viajar, dejar de salir y estar más con nosotros mismos. Podemos seguir desperdiciando nuestra oportunidad de mirar hacia adentro, conectados todo el día con el exterior a través de las redes y los medios, o en ese alto forzado en el camino, hacer una verdadera introspección de quiénes somos y qué vida tenemos, para así reflexionar sobre la vida que queremos.

Mirar hacia adentro es descubrirnos vulnerables, mortales y miedosos. Probablemente eso no nos guste, pero por lo menos sabremos lo que no nos gusta de nosotros mismos. La gran ventaja es que, al mirar hacia adentro, también descubriremos nuestras pasiones, nuestra creatividad y todas las cosas que realmente amamos y que muchas veces ni siquiera nos habíamos dado cuenta.

Yo deseo, con todo el corazón, que estos días extraños, en los que todo parecerá un caos –la salud, la economía, el empleo, la movilidad y un sinnúmero de etcéteras–, les traiga en su vida interior, certidumbre de quiénes son, paz, armonía y amor. La realidad del ser humano está ahí, en su ser interior.

Dice la Kabbalah que el 99% de nuestra realidad no está en el exterior, pero que vivimos como si ese 1% fuera realmente lo importante. Meditar, leer, crear, es sin duda lo mejor que podemos hacer en estos momentos, en vez de seguir “conectados” con el mundo exterior. Nada nos desconecta más de nosotros mismos que esa falsa conexión. Con la única persona que estamos 24 horas al día es con nosotros mismos, y si nunca nos miramos hacia adentro no podremos realmente “seguir con nuestra vida” cuando la crisis virulenta termine. Si no lo hicimos antes, es el momento de hacerlo. Yo no creo que estas calamidades vengan nada más porque sí. Hay mucho que aprender de ellas, pero sobre todo, hay mucho que aprender de nosotros mismos cuando estamos en esas pruebas. No las reprobemos y mejor saquemos mención honorífica.

La vida la tenemos para vivirla a plenitud, pero es plena cuando la vivimos de adentro hacia afuera, no al revés.

Que tengan buena semana y manténganse seguros y reflexivos.

Acción con inacción (9 de marzo)

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#AccionConInaccion #UnDiaSinNosotras #9M2020

A unos cuantos días de cumplir un año, precisamente el 8 de marzo de 2019, publiqué mi artículo “¡Viva la mujer!”. Dicho artículo lo escribí con motivo de la celebración del Día Internacional de la Mujer, además de que soy un convencido de que los seres humanos somos iguales, sin importar género, y que seguir menospreciando a la mujer denota ignorancia, falta de valores y principios y absoluta estupidez (como lo describe la Real Academia Española en su definición: “Torpeza notable en comprender las cosas”).

Hoy escribo sobre lo que harán muchas de las mujeres, a lo largo y ancho de nuestro país, el próximo 9 de marzo. Es la acción con inacción la que motivará a un paro, que consiste en que las mujeres no irán a trabajar, no asistirán a sus clases, no consumirán nada fuera de sus casas, porque simple y sencillamente, no saldrán. Un día sin nosotras, como se le ha bautizado a este movimiento, es una iniciativa impulsada por varias organizaciones sociales que ha tocado muchas fibras y que ha movido corazones. Surgió como muestra a una verdadera solidaridad en torno a la mujer, como yo nunca la había visto en mi país. La iniciativa fue escuchada y recibida con mucho interés, aunque también ha generado controversias y detractores. El resultado lo sabremos el martes.

ni una se mueve

La acción con inacción es precisamente lo que tiene a la mujer mexicana protestando. En México se han diseñado e implementado un sinnúmero de programas en atención a la mujer, ha habido muchas “acciones” para mejorar su condición, pero al final, no pasa nada. Hay inacción total. Puedo concluir eso cuando veo que una iniciativa como la que nos ocupa ha encendido a un grupo muy importante de la población que está inconforme con la forma en que se trata a las mujeres de este país. Este grupo, no sólo de mujeres, al menos están haciendo hoy un alto en el camino para revisar la condición de la mujer en México. Este país, desde sus orígenes, ha sido, por decirlo suavemente, inequitativo con la mujer. El problema hoy es que los niveles de violencia y abuso hacia la mujer han llegado al grado de ver a una niña de siete años brutalmente torturada y asesinada, detonando la indignación de millones de personas. Fátima fue la gota que derramó el vaso.

Según datos del INEGI, en México se registran 10 asesinatos de mujeres todos los días. Las mujeres indignadas, con toda la razón, se agolpan en manifestaciones sin que haya respuestas contundentes. Hay inacción ante la acción. El lunes próximo, en una manifestación que me parece a todas luces inteligente y que ha sumado cada vez más voces, la inacción de un solo día pondrá en alerta a todos sobre las acciones que vendrán después por parte de las autoridades y la sociedad en su conjunto, para revertir esta crisis de violencia hacia la mujer que ya tiene años viviéndose.

ni una se mueve

Yo realmente espero que con la visibilidad que dará esa manifestación pasiva a la vulnerabilidad que tienen las mujeres en México, haya una nueva conciencia y se acabe con esa dinámica de discriminación que, desde nuestra propia cultura, perspectiva psicológica, sistema de creencias o ejemplos recibidos, ha sido arraigada en la sociedad mexicana desde tiempos inmemoriales. Hombres y mujeres hemos sido corresponsables de que en México todavía no entendamos que, sin distinción de género, los hombres y las mujeres tenemos igual valía. Nuestra educación ha puesto al hombre como el eje de la familia, como la figura de autoridad y como el “fuerte”. La realidad nos ha dado grandes lecciones. La mujer es más fuerte que el hombre y, en muchísimos casos, es el eje de la familia, pero al final, la fuerza bruta se impone.

Me sumo, como hombre, a esta causa y a cualquiera otra que sirva para lograr la equidad de género, para que a la mujer se le respete y no se le agreda, y que existan consecuencias para aquellos quienes sigan violentándola.


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Autenticidad, que no se acostumbra en México

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#Autenticidad #SeTuMismo

A mí me encanta que alguien defienda sus convicciones. Puedo estar de acuerdo con esa persona o no; pero por lo menos sé que lo que defiende es aquello en lo que cree.

Hace algunos días le comenté a una persona que me encantaba cómo defendía, con pasión, su opinión, a lo que me contestó te juro que a veces mejoro, no siempre, sólo a veces. Me encantó la frase porque, en el contexto en que lo dijo, claramente me dio a entender que a veces se trata de ser correcto, pero el que es auténtico, siempre acabará diciendo lo que siente y haciendo lo que le convence, sin importar el foro o los convencionalismos sociales. En pocas palabras, va a decir su verdad.

Ser auténtico y decir lo que uno piensa, en países como México, no se acostumbra. No sólo en México, sino en general en todo Latinoamérica. En unos círculos, incluso se ve mal.

En México la autenticidad no es costumbre. El mexicano es cuidadoso en lo que dice, no le gusta ofender, prefiere mentir por agradar y por pertenecer, que decir lo que realmente piensa (Mentir por Agradar – 22feb2018). En parte, probablemente, tiene que ver con nuestra historia. La conquista de los españoles por varios siglos nos hizo timoratos al momento de opinar, después en el México independiente la historia nos ha marcado episodios repetidos y cíclicos de vencedores y vencidos y, por ende, de los que someten y los que son sometidos.

El sometido, con tal de sobrevivir, no dice lo que realmente piensa. La historia mexicana –y lo que conocemos como historia universal– ha sido escrita por los ganadores, así que su grado de autenticidad no es del todo claro. Es así que, desde siempre, en México ser auténtico no paga bien; o dicho de otra forma, quedar bien con quien somete, el poderoso, el que manda, ha rendido frutos. El problema son los enconos, resentimientos y sentimientos guardados que se quedan cuando alguien no dice o hace lo que realmente piensa o quiere.

La autenticidad tiene que ver con muchas cosas. Ser auténtico es ser único. Cuando somos niños no nos importa cómo nos ven o nos juzguen. Hacemos y decimos lo que queremos. Vivir en sociedad nos hace tener límites, pero nos han enseñado a olvidar al ser único que cada quien es, para mimetizarnos en reglas y normas sociales que muchas veces no van con nosotros. El problema no es que se sigan las normas convencionales, sino que las adoptemos como si verdaderamente así pensáramos y así fuéramos nosotros.

Ser auténtico es ser coherente entre nuestras convicciones y conductas. Si te parece reprobable que se contamine el medio ambiente, no vas por la vida tirando basura. Eso es muy fácil de identificar. El problema surge en temas más sutiles o arraigados en la conciencia humana.

En tiempos de mis padres, e incluso en algunos círculos sociales de hoy en día, la mujer se casaba y tenía hijos porque así debía ser. Era su rol. No importaba mucho si ella así lo quería o no. Los convencionalismos sociales, el “deber ser” y, en muchos casos, el sometimiento a los padres, no dejaban espacio para que la mujer hiciera lo que auténticamente –y lo resalto a propósito– quería. No se detenía a pensar si realmente quería ser madre. No pensaba si tenía la madurez y/o el ánimo suficiente, y mucho menos, la capacidad para serlo. Tenía hijos porque así tocaba. Pongo otro ejemplo. En muchos círculos sociales, a menos que te educaras en una universidad y luego tuvieras un empleo formal, eras un bicho raro –por no decirlo de peor manera–. Muchos de nosotros, y me incluyo, así fuimos educados y no reparamos, en el camino, a pensar si eso era lo que auténticamente queríamos o no. Nos fuimos por la ruta que, en nuestro círculo social, era correcta. En esos dos casos, así como en muchos más, lo que nos mueve de fondo, es el miedo al conflicto.

Recordarán mis lectores que en repetidos artículos he dicho que al final, en cualquier conducta del ser humano, hay dos sentimientos que pueden estarla moviendo; o es el amor, o es el miedo, únicamente (Infinitamente Superior – 25oct2016). Todo lo demás, son derivadas.

El miedo al conflicto nos hace ir a compromisos a los que no queremos, apoyar causas que nos pueden parecer absurdas, aprobar de forma silenciosa conductas en las que no estamos de acuerdo, etc. Ejemplos hay millones, pero la consecuencia es la misma, el miedo al conflicto hace que no seamos auténticos. A veces de forma consciente y otras más de forma inconsciente. Hay temas tan arraigados en las costumbres sociales que ni siquiera nos detenemos a pensar si estamos de acuerdo o no, y dejamos de percatarnos que hacemos muchas cosas actuadas, falsas y mintiendo. Darse cuenta ya es un paso agigantado hacia la conciencia y entonces, por lo menos, sabes que es un rol o un juego que debes jugar por un tiempo, aunque no estés de acuerdo con el mismo.

La autenticidad ha hecho grande a la historia de la humanidad. Normalmente los grandes acontecimientos de la humanidad, los grandes libros escritos, los increíbles descubrimientos y muchas cosas más, han venido de gente que es auténtica, que no se dejó llevar por la masa de seres humanos que siguieron el camino de sólo hacer lo correcto, sino de cuestionárselo, confrontarlo y así generar nuevas ideas y cosas que transformaron su vida y entorno.

En momentos como el que hoy vivimos se requiere más que nunca de gente que exprese lo que siente, que defienda sus convicciones y que no le tenga miedo al conflicto. Una buena dosis de conflicto en nuestra vida nos hace salirnos de nuestra zona de confort, nos hace crecer y nos hace ser mejores seres humanos. Las personas auténticas son confiables, son respetadas y son escuchadas. Muchos liderazgos han nacido gracias a la autenticidad. Ser auténtico incomoda a otros, y precisamente por eso es una cualidad escasa en nuestros días.

La globalización, las tecnologías y el mayor número de posibilidades de acceder a más información, más educación y más oportunidades de ser escuchados, han hecho que surjan voces más auténticas en todo el planeta, que se conozca la verdad de las cosas de forma más rápida y, afortunadamente, que la mentira sea cada vez más difícil de ocultar. Todo esto es un buen campo para que las personas dejemos el miedo atrás y, con amor, seamos auténticos y únicos.

Los dejo con esta frase que encontré en Internet y a la que no pude identificar su autoría, pero que me gustó porque al final pone el sentimiento del amor por encima del miedo y anima a ser auténticos:

Deja que te juzguen. Deja que te subestimen. Deja que cuenten chismes de ti. Sus opiniones no son tu problema. Sé amable, comprométete a amarte y a liberar tu autenticidad. Sin importar lo que digan o hagan, no te atrevas a dudar de tu valor, de tu belleza, de tu verdad. Sólo sigue brillando.


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