decisiones

¿Qué si…? o What if?

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Como una herramienta básica de mi “filosofía-metodología hazlosencillo” siempre nos hacemos esta pregunta en los dos tiempos pasado y presente: ¿qué si hubiéramos hecho esto o aquello? Y mejor aún, ¿qué si hacemos esto o aquello?

Todos seguramente hemos escuchado muchas veces la expresión “el hubiera no existe” y creo que es un gran error asumir ese dicho como algo real. Claro que “el hubiera” sí existe y si hacemos un muy buen análisis de éste, podríamos –en el tiempo– tomar estos aprendizajes para volver a hacer una u otra cosa o para evitar errores del pasado.

Entender el pasado es fundamental para saber dónde estamos parados, el porqué, y lograr ser exitosos en el presente y en el futuro. Quedarse atrapados en el pasado es una estupidez.

El ejercicio de preguntarnos sobre “qué hubiéramos hecho si tal o cual cosa”, es relevante para desarrollar un buen plan de lo que debemos hacer en el presente y en el futuro, inclusive nos da la oportunidad de ya no volver a hacernos la pregunta y actuar en consecuencia. La vida en algunas ocasiones –diría que en muchas– nos da varias oportunidades para hacer algo y está en nuestras manos tomarlas o dejarlas pasar, somos accountable de ésa o esas decisiones.

y si accountable
Imagen: Sam Pete.

Déjenme ejemplificarlo de manera sencilla y muy práctica. El presidente López Obrador tuvo la inmensa oportunidad, cuando se presentó la pandemia del coronavirus, para cambiar decisiones que ya había tomado en ciertos temas y que obviamente ya estaban fracasando –o fracasarán– en el mediano o largo plazos, como la refinería en Dos Bocas, el aeropuerto de Santa Lucía y el ecocidio del Tren Maya, por hablar de los tres grandes proyectos del sexenio; pero podríamos mencionar decenas, cientos o inclusive de miles de decisiones, y todos, absolutamente todos –seguidores y detractores– (chairos o fifís, para utilizar su lenguaje) lo hubiéramos entendido perfectamente. Pero no lo hizo.

Preguntarnos “¿y si…?”, nos da la enorme oportunidad de ir por la vida asumiendo responsabilidad por lo que hemos hecho y por lo que vamos a hacer; también de lo que no dijimos o no hicimos y con ello evitar jugar a la víctima e ir culpando a la vida, al destino, al anterior gobernante, al gobernante en turno, al jefe del trabajo, a la suerte, a nuestro pasado familiar, al lugar donde nacimos, inclusive a Dios.

En varios medios y en distintos momentos, a lo largo de los años, he visto o leído resultados y artículos sobre encuestas y entrevistas a adultos mayores, lo que ahora se está hablando como la cuarta edad (personas de más de 80 años) donde más del 80% de los entrevistados dice arrepentirse de no haber dicho o hecho algo, contra sólo menos del 20% que se arrepiente de haber dicho o hecho algo.

Por ello es fundamental en la “metodología hazlosencillo” decir que nada se pierde haciendo o diciendo cosas, inclusive si pueden resultar políticamente incorrectas. Aquí sí estoy de acuerdo en el dicho “más vale pedir perdón que pedir permiso”. Y estoy seguro que, de facto, nos arrepentiremos de muy pocas cosas y por el contrario siempre viviremos con la frustración de no haber dicho o hecho algo. Así que atrévanse.

cambio de rumbo
Imagen: Roma Gavirla.

No les tengo que reiterar lo que seguramente han visto o leído en distintos artículos, libros, blogs, programas de radio o televisión sobre casos de personas que les dijeron que no podían hacer tal o cual cosa y que, gracias a su tesón, dedicación y siempre preguntarse “¿y si lo hago de esta otra manera, o le pregunto a otra persona, o si voy a otro lado?”, y muchos etcéteras, lograron el éxito.

Oprah Winfrey, Michael Jordan, Michael Jackson, Jack Ma, Walt Disney, Thomas Alva Edison, Steven Spielberg, Steve Jobs, J. K. Rowling, el dueto de guitarritas mexicanos Gabriela y Rodrigo, son sólo algunos ejemplos de personas que aplicaron la pregunta ¿y si?

También en la metodología usamos la pregunta para plantearnos escenarios posibles, prever esos momentos, tener la mejor respuesta a los mismos y no tener que actuar de manera apresurada cuando se presentan los casos.

No hace mucho, trabajé para una importante cadena hotelera mexicana con presencia local e internacional en un catálogo de “¿Qué si es…?”. Para estar preparados en caso de que no pudiera cumplir con su oferta de valor y servicio a sus huéspedes. Por ejemplo, ellos tienen previsto que el registro (check in) al llegar al hotel se debe hacer en menos de cinco minutos desde que cruzas la puerta del hotel, pero lamentablemente no siempre pueden cumplir con esto y por ello hoy tienen tres escenarios ya documentados en qué se tiene que hacer si el check in rebasa los cinco minutos –que, por cierto, les ha funcionado muy bien–.

ser productivos
Imagen: Ana Varela.

Es famoso el caso de la flexibilidad de la cadena Nordstrom en su política de devoluciones y también lo es la de la zapatería en línea Zappos. ¿Cómo es su política de devoluciones?, ¿la tiene?, ¿es clara?, ¿es generosa para con los clientes? Ésta es una política fundamentada en la pregunta “¿y qué si nos devuelven un producto?”.

De esta manera aplicamos la pregunta en muchos quehaceres de las organizaciones y de verdad resulta muy interesante ver todo lo que surge a partir de este planteamiento. Hace apenas unos días, cuando estaba dando un taller, hicimos el ejercicio y surgió la pregunta de “¿qué tal si viene un cliente con muy mala reputación y nos ofrece un gran negocio que nos ayudaría a alcanzar el objetivo de ventas en el año, pero que a menos de un mes de que acabe el mismo, ya sabemos que no alcanzaremos?”. Esta formulación generó una gran discusión, ya que había integrantes del equipo que dijeron que no había razón para no hacerlo, pero hubo también, la mayoría, quienes sostuvieron que los principios estaban mucho antes que los objetivos de corto plazo. Entonces, la polémica llevó al Director General de la empresa a cuestionarse si estas personas que estaban dispuestas a hacer el negocio deberían seguir en la organización. Así de poderosa puede resultar la pregunta y la herramienta.

Un buen ejemplo sobre el tema me parece que fue el caso reciente de los tres jugadores de las Chivas de Guadalajara que se comportaron de forma incorrecta en varios niveles disciplinarios, tanto que la directiva no tuvo ninguna duda en separarlos del plantel, a pesar de poner en riesgo el campeonato para el equipo. Mientras que el año pasado, en un caso mucho más obvio, el América salió a defender a un jugador que había actuado de manera mucho más impropia. ¿Principios o éxito?

Termino este artículo invitándoles a hacerse la reflexión personal y profesional de “¿y si…?”, sobre temas del pasado y del presente, y obviamente trabajarlo con sus equipos.


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Decisiones y consecuencias

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Los seres humanos ordenamos nuestras ideas a través de un conjunto de reglas, todo lo que percibimos a través de nuestros sentidos o de la memoria por la interacción con el medio que nos rodea, le damos una estructura para poder comprender y tomar decisiones. En esta vía elegimos primordialmente guiados por nuestras emociones, por aquello que nos ha proporcionado mayores beneficios y menor dolor.

Al decidir, nuestra mente no le da importancia al largo plazo, prioriza el gozo de la inmediatez, son resabios de nuestro yo primitivo que tenía expectativas de vida cortas. Esto nos coloca frecuentemente en dilemas de valores y tendemos a ajustar la moral de nuestros actos.

Lo anterior sucede para todos los seres humanos, en toda la vida y en cada una de las elecciones que realizamos. Por tanto, somos hoy la consecuencia infinita de combinaciones de variables, del cúmulo de cada elección realizada y las posibilidades futuras dependerán de lo que hagamos en cada instante, ligado con el siguiente de nuestra existencia.

toma de desiciones
Imagen: 123rf.

Elegir entonces en un acto simple de ejecutar, pero muy profundo para llegar a la opción seleccionada, el cómo ordenamos los hechos que recibimos condiciona nuestras respuestas. Sin embargo, ajustaremos siempre la realidad en términos de aquello que nos es conocido y que podemos solucionar con las herramientas mentales que tenemos. Así, nuestra versión de la realidad no corresponde en la mayoría de los casos con la forma en que suceden los eventos. Sólo una mente abierta a nuevas experiencias es capaz de entender, aprender y comprender sin apegos nuevas realidades

La moral de las decisiones y sus consecuencias

Debemos entender que la moral de las personas está sujeta a dimensiones individuales, aquello que es para una persona “moralmente aceptable” no necesariamente lo es para el resto. Cuando tomamos una decisión que cuestiona nuestra moral, la justificamos y nos perdonamos. Argumentaremos que si no hubiéramos actuado así, las consecuencias hubieran sido más graves.

Conforme avanzamos en nuestras decisiones, flexibilizando las referencias de aquello que consideramos correcto, será menos complicado extender nuestras fronteras morales e iremos adquiriendo una inmunidad mental, caracterizada por la soberbia y el menosprecio a las personas que se sujetan a patrones de conducta diferentes a la nuestra, ahondado por sentimientos de culpa que se buscarán esconder. Pero se continuará en la justificación hasta llegar a un punto donde no podamos actuar conforma a patrones sociales de sana convivencia y viviremos en continuo conflicto.

toma de decisiones
Imagen: Silk.

Las decisiones de las personas tienen impacto en el círculo que los rodea y ese círculo se va extendiendo conforme nuestro nivel de influencia, autoridad o poder es más grande, eso conlleva una gran responsabilidad, ya que los actos afectan la vida de aquellos que se están al alcance y en muchas ocasiones más allá; construyendo o destruyendo con las decisiones que tomamos debemos elegir con estructuras morales y conciencia.

Debemos asumir la responsabilidad de nuestros actos y asumirlo, no hacerlo nos vuelve tiranos e insensibles. Las personas que tienen niveles de influencia relevante deben saber que sus actos afectan en maneras que no imaginan e independientemente de aquellas que visualizan. Las personas que no acatan las normas, normalizando esas conductas, es difícil que retomen cursos morales de convivencia cívica. Debemos cuidar, entonces, que tales personas no aborden nuestros círculos familiares, sociales o laborales, porque las consecuencias siempre son desafortunadas.

Las personas no se convierten en quebrantadores en forma espontánea, son procesos de diversa dimensión temporal, donde la constante es que no fueron contenidos o enfrentaron responsabilidad por los actos cometidos. No es un asunto de bien o mal, es el daño o beneficio que causo a las personas, que afecto con mi elegir; actuar en la moral y la normatividad es fundamental para el buen cauce social y el desarrollo de las sociedades.


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No se case… con sus inversiones

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Hasta que la muerte los separe

Consistentemente, señalamos el horizonte de inversión a largo plazo que requiere la inversión bursátil y lo importante de conocer y atender el desarrollo de las empresas de las que somos dueños. Pero ello no significa necesariamente que una vez dueños, no podamos eventualmente tomar la decisión de vender nuestra empresa si ésta deja de ser extraordinaria o su valuación ya no resulta atractiva. A diferencia de un matrimonio, esta decisión no implica “hasta que la muerte los separe”.  Con toda proporción, posiblemente coinciden con la emoción inicial que originan, y que se trata sin duda de una gran decisión pero es muy diferente.        

Es racional no emocional

Debido a nuestra naturaleza humana y espíritu competitivo estamos programados para querer ganar, buscamos destacar y ser exitosos. La mayoría de los que compran una acción y ésta tiene malos resultados, esperan a que las cosas mejoren, pensamos “seguro el mercado está mal y yo estoy en lo correcto” (una de las frases que más escucho). Similar a un matrimonio que no funciona bien, muchos “aguantan” con la esperanza de que mejore, consideran que la mala situación actual es una anomalía temporal, esperanza sobre esperanza, sucede porque las personas quieren que surja una mejoría. Algunas veces ocurre y otras no.

familia, balance de vida

Pero con las inversiones bursátiles usted tiene toda la capacidad de hacer que las cosas sucedan si entiende que no puede tener una relación emocional con la empresa de la que es dueño. Esto significa que usted debe comprar, vender y/o mantener su condición de dueño de manera racional no emocional. Tampoco se puede enojar, pues esto propicia nuevas decisiones equivocadas. 

Aceptemos que nos podemos equivocar

El matrimonio es un compromiso de amor personal, es un dar y recibir permanente para alcanzar la mayor felicidad posible. ¡No es el caso de la inversión!

Usted tiene o considera una metodología para decidir de qué empresas ser dueño. No hay un compromiso contractual que lo obligue a tener siempre esas acciones. Somos dueños de empresas porque sabemos de los beneficios patrimoniales que ofrecen una vez que las conocemos y nada más. Sin embargo, seamos conscientes de que nos podemos equivocar (personalmente me ha sucedido y me seguirá sucediendo), es de lo más importante que podemos saber: “No vamos a ganar siempre en todas las empresas de las que seamos dueños, no es posible ganar todo el tiempo”. Por ello llevamos a cabo un proceso que se enfoca a cuidar el riesgo a conocer las empresas, a diversificar portafolios y a minimizar la posibilidad de equivocarse.

La única coincidencia entre el matrimonio y las inversiones es que ninguna de las dos son ciencias exactas. Pero en la segunda, el resultado depende únicamente de usted.


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Improvisando decisiones

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“Sólo alguien que está bien preparado tiene la oportunidad de improvisar “, escribe el gran Ingmar Bergman en La linterna mágica, su autobiografía.  

Aparentemente la improvisación surge del apremio, del acorralamiento. De pronto encontramos que el camino que transitábamos termina y, ante nosotros, aparece indistintamente el precipicio o el punto de partida de nuevas rutas. La percepción del lugar en el que nos encontramos dependerá de la forma en que interpretemos ese punto de inflexión. 

Por otra parte, los mecanismos con base a los cuales tomamos una opción en particular son diversos.  Los momentos de profunda decisión raramente surgen del azar.  Siempre hay algo previo en nosotros; una pulsión que se ha ido movilizando, a tientas, intuitiva e inconscientemente mucho antes del momento en que elegimos qué haremos.  

interrogantes, griego
Ilustración-Marco Melgrati.

La forma en que decidimos surge, a veces, desde la desesperación, no del conflicto mismo, sino de la falta de lucidez que nos podría haber permitido estar preparados para lo que nos ocurre.  En otras oportunidades la decisión se toma por descarte, por hastío incluso, sabemos cómo terminará aquello por lo que optamos, pero insistimos en seguir en la misma lógica, “más vale diablo conocido que diablo por conocer” nos decimos y nos mantenemos en la comodidad de la molestia cotidiana.

Decidimos por miedo, rabia y cansancio. También lo hacemos por la tentación de lo que se nos ofrece, por el entusiasmo del momento y porque confundimos deseo con necesidad. Decidimos porque lo que se nos presenta coincide con lo que creemos normal, natural y justo para nuestros intereses; actuamos en base a ello porque pensamos que el poder hacerlo es un acto de libertad e incluso de emancipación.   

Toda posibilidad es una oportunidad y toda decisión es un acto político.  Psicología y política conviven en nuestra cotidianidad de manera mucho más frecuente que la que aceptamos. 

improvisar, decisiones
Ilustración: Scientific American.

Desde siempre, hemos adaptado nuestra ideología a nuestras decisiones y las mismas han ido definiendo nuestro sistema de creencias. Votar, optar, definir, sufragar, elegir, todas las conjugaciones de esos verbos implican un teórico proceso reflexivo. El problema radica entonces, no en la ausencia de un proceso introspectivo y hasta analítico, no, el problema es otro. 

La dificultad mayor de nuestra forma de decidir es que lo hacemos sesgada e ideológicamente; confiamos en nuestra capacidad de objetivar el problema y olvidamos que todos nuestros mecanismos de juicio se sostienen en nuestra experiencia y formación cultural previa.  Pensamos con base a aquello a lo que nos dedicamos y terminamos creyendo que la forma correcta de entender un problema es utilizando los conceptos y herramientas comprensivas con las que enfrentamos nuestra cotidianidad. Es decir, querámoslo o no, estamos condicionados por el discurso que ha justificado todo aquello por lo que hemos optado antes.  

pescador, red
Ilustración: Marco Melgrati.

La ecuanimidad es un atributo muy complejo de alcanzar, es más, no está del todo claro que ello sea posible. Lo que sí se puede y se debería exigir de cada uno de nosotros es que desconfiáramos, ante todo, de todos nosotros mismos, de nuestras parcialidades, de nuestra zona de confort. Que avanzáramos hacia la responsabilidad que supone abrir el horizonte de nuestra experiencia y nos atreviéramos, antes de elegir, a integrar a nuestro discurso elementos que nos generarán duda y disconfort. No nos debería sorprender que lo optado fuera lo mismo que hubiéramos acometido sin el ejercicio previo.  Pero tal vez, sólo tal vez, integraríamos un pequeño matiz a nuestro análisis, el que permitiría abrir nuestra mente a nuevas ideas y perspectivas que podrían, con algo de necesario desasosiego, sacarnos de los habituales esquemas desiderativos que gobiernan nuestras decisiones.

Muchas veces creemos decidir, cuando en realidad lo que hacemos es improvisar.  Lo hacen nuestros gobiernos y lo hacemos los ciudadanos y, a diferencia de Bergman, rara vez estamos preparados.


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¿De qué depende?

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¿Matarías a una persona para salvar a diez?

Sería horrible tener que matar a una persona, pero sería peor que murieran diez por salvar a una sola.

Entonces, ¿vale más la vida de una persona que la de otra u otras?

Muchos de nosotros no tendremos que tomar esa decisión, pero muchos otros sí, como los que peleamos en guerras y tenemos que matar o morir, los que somos policías y debemos de cuidar a los ciudadanos, los que sufrimos un asalto en el transporte público, en nuestra casa, o en cualquier otro lugar, los que trabajamos en una escuela y vemos cómo entra una persona con un arma de fuego dispuesto a disparar…

¿Podrías vivir con tu decisión? O acaso, ¿preferirías estar muerto?

Podemos ser culpables por una acción o una omisión –por hacer algo o por dejar de hacerlo–. ¿Qué será más fácil?, ¿vivir sabiendo que lo hiciste?, o ¿vivir sabiendo que no lo hiciste?

¿Encontraríamos refugio en la teoría del mal menor?

Y si fuera al revés, ¿matarías a diez personas para salvar a una?

No lo creo, pero qué tal que esas 10 personas son desconocidas para ti y la persona que salvarías es un familiar o alguien muy cercano.

¿Lo harías entonces?


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