rostro

Gramática del gesto. Del pronus al Zoom

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Gesto. “La cara que se muda”. “Gesto con visage. [sic.] Gesticulatio”. Ahora el Nuevo Tesoro Lexicográfico ya nos deja traer a este mundo contemporáneo las voces registradas por Nebrija en 1495. No hubo mucha variación en el significado hasta que Covarrubias, en 1611, convirtiera su Thesoro de la lengua castellana en una serie de entradas mucho más explícitas, siguiendo la antiquísima tradición de las Etimologías de Isidoro de Sevilla. Covarrubias explica que la voz latina gestio tiene que ver con “demostrar en el rostro y en su semblante, el efecto que está en el ánima” (actualicé la escritura para mayor facilidad de compresión). En el mismo año, Francisco del Rosal (Origen y etimología de todos los vocablos…) consigna que el gesto es un movimiento corporal (ya no sólo de la cara) que comunica algún afecto del alma. En las ediciones posteriores del Diccionario de Autoridades, el vocablo gesto vuelve a la cara.

Cuando analizamos imágenes, el gesto deja ese lugar del cuerpo para ocupar uno más amplio. Se sale del rostro para ser ademán, que es un modo de ser. El diccionario de Stevens (A new Spanish and English dictionary…1706) apunta que “ademán” se desplaza a la mano (ad manum) para indicar prácticamente lo mismo que “gesto”: gusto o desaprobación por algo a partir de un fruncimiento de los músculos del rostro, excepto que en esta explicación las manos ayudan a enfatizar cualquier expresión juntándolas para rezar, llevándolas a la cabeza para expresar terror o quizá sorpresa.

La muerte de Sócrates, Jacques-Louis David
“La muerte de Sócrates”, Jacques-Louis David, 1787.

Para los que analizamos imágenes, el gesto representa un horizonte mimético, semiótico y semántico que se desplaza del ámbito de lo religioso (las manos juntas que rezan, lo cual es “claro para todos”) a lo político (el brazo extendido que podemos ver en fotografías de personajes como Hitler, Mussolini o Chávez) o a lo vocativo histórico, como el famoso pronus o ademán del profeta o del líder que señala el camino a un pueblo. Este gesto se caracteriza por levantar la mano y apuntar con el dedo índice, tal como el Sócrates que pinta Jacques-Louis David o como el Napoleón del mismo autor. El gesto es un semema en iconografía política, es decir, en el levantamiento o construcción de un personaje con liderazgo a partir de sus discursos e imágenes. Pronus o prono revela inclinación acendrada a algo: una idea, un horizonte promisorio… otra acepción es que alguien está echado sobre el vientre, pero esa es una postura poco gloriosa para los próceres franceses o latinoamericanos. El que guía, señala con el dedo la dirección. Y ése es un gesto.

Rafael Sanzio pintó en La escuela de Atenas a Platón levantando un índice en actitud pontifical hacia el mundo de las ideas: quien levanta el índice tiene “el micrófono”, como diríamos hoy en día; tiene la atención de la audiencia, cuando no su fe desbordada en lo que está diciendo. Quien actualmente se atreva a aparecer en público ostentando este gesto, debe estar consciente de la responsabilidad que conlleva: no es sólo un simulacro o una teatralización para atraer las miradas momentáneamente: quien levanta el índice, tiene qué o hacia dónde señalar.

La escuela de atenas, Platón y Aristoteles
Platón y Aristóteles (tomada de la pintura de Rafael Sanzio, “La escuela de Atenas”).

Hoy entendemos que el gesto es una responsabilidad cuando hablamos con alguien o cuando estamos frente a otros, de manera real o virtual. Quienes ahora estamos conectados permanentemente por pantallas, hacemos quizá un uso indiscriminado de las videollamadas: las podíamos hacer antes de la pandemia puesto que había aplicaciones para ello, pero no se usaron tanto como ahora. Porque quizá tenemos más necesidad que nunca de ver un gesto y no sólo de escuchar inflexiones de voz; porque tenemos la impresión de que el gesto propio y el ajeno se van a encontrar y van a dejar absolutamente claros los puntos a tratar, porque veré a mis alumnos en el Zoom y me esforzaré por rastrear como arqueóloga sus expresiones… desde el escenario que los contiene en sus pequeños recuadros, hasta la ropa, el gesto (visage) y los ademanes (¿mueven las manos cuando hablan?, ¿sostienen la pluma?, ¿levantan la mano para pedir el turno de intervenir, como cuando teníamos clases presenciales?). No dejo de pensar en los escuetos ademanes que nos brinda el Zoom: se puede aplaudir y levantar la mano (quizá hasta se pueda hacer más cosas, pero mi cuenta no es pro). Acostumbrados a la amplia variedad de emociones que podemos expresar con los emojis del WhatsApp, los ademanes del Zoom se quedan muy, muy cortos. Acostumbrados como estamos a un repertorio icónico que ya trascendió el emoticón plano y llano para colonizar el ámbito de la imagen circular y repetitiva (el GIF) y la cada vez más amplia gama de stickers, levantar la mano, según el protocolo de Zoom, nos aleja años luz del ademán glorioso que constituía el prono. Pedir permiso para hablar es un acto que ahora merece resignificarse y por eso yo levanto mi mano en mi recuadro cuando quiero hablar en pantalla. Aplaudo físicamente y levanto la mano, como en los tiempos previos al confinamiento. Levanto el dedo en ademán de pronus cuando creo que digo algo importante (o sea, no muy seguido) y adquiero consciencia de que el gesto es cultura y mediación entre unos y otros.

Napoleón de Jacques Louis David
“Napoleón cruzando los Alpes” de Jacques-Louis David, 1801.

Levantar la mano para hablar implica respeto: es pedir permiso; no es un acto de sumisión sino de civilidad y reconocimiento del otro. Es pedir la voz, no es atropellar con un discurso impuesto. Es pensar que a otro le puede interesar lo que yo diga, si lo hago mesurada pero enfáticamente. Sin pausas incómodas. Sin expresiones dramáticas que llegan a victimizar. Porque el gesto hace el lenguaje perlocutivo: todo eso que se nos escapa en Zoom –si no somos buenos observadores– y que contribuye a reforzar nuestro dicho… o a traicionarlo inconscientemente. Gesticular puede ser un acto consciente y construido o inconsciente y proyectado. Interpretar el gesto es entrar de lleno en el desciframiento de la cultura.


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La hermosura del rostro: el propio, el ajeno y el ideal

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En la autoimagen corporal de una persona se distingue la apariencia de su rostro, la parte del cuerpo más expuesta a la vista de los otros. Además de los rasgos faciales individuales, tal apariencia entraña una valoración estética, uno de los atributos más relevantes de la conciencia de sí y que engendra consecuencias sustanciales sobre las actitudes, percepciones, experiencias y comportamientos sociales de la persona.

La valoración estética del rostro constituye una de las motivaciones más básicas y arcaicas de la especie humana porque soporta una gran carga simbólica: “el mal y el bien en la cara se ven”. Es así que desde Cicerón se supone que “el rostro es el espejo del alma” y a lo largo de la historia y lo ancho de la geografía ha ocurrido una equiparación entre la belleza y la bondad, o entre la fealdad y la maldad, que inunda mitos, narraciones o artes visuales y aún impacta la vida social. En efecto, se conoce que, independientemente de su bondad o inteligencia, las personas hermosas (del latín fermoso: bien formado), tienen mejores evaluaciones, desempeños y remuneraciones en la vida laboral. Para los actores y particularmente para las actrices, el atractivo físico es determinante de su contratación, publicidad y del éxito de las películas que protagonizan, además de convertirles en compendios de belleza y focos de admiración o aún adoración para ciertos miembros de la población, sobre todo los más jóvenes.

hermosura del rostro
La actriz Hedy Lamarr, considerada epítome de la belleza femenina, en 1944 (Wikipedia). El actor Marlon Brando hacia 1955, considerado epítome de belleza masculina. (Wikipedia).

Los incontables concursos de belleza, la profusión de cosméticos, o la creciente importancia de la cirugía plástica y la ortodoncia atestiguan el valor social que tienen la belleza del cuerpo y en especial del rostro. Sin embargo, esta sobrevaloración tiene fuertes detractores en algunos colectivos, académicos, feministas y religiosos. La polémica implica condiciones y consecuencias muy profundas para la autoconciencia porque la valoración del propio rostro, siempre graduada en comparación con la de otros y en referencia a ellos, impacta la imagen corporal, la actitud social y las interacciones del sujeto.

Un punto central y relevante en este tema es el modelo o estándar de belleza facial contra el que se compara la representación de un rostro, tanto el propio como el ajeno. En este sentido es ilustrativo examinar si, como afirmaron entre otros David Hume y Oscar Wilde, “la belleza está en el ojo del observador”. Este dicho proclama que la belleza no es un factor objetivo situado en el mundo externo, sino que es un hecho subjetivo prescrito por la valoración del observador. Si esta noción fuera verídica en el caso del rostro, estaría supeditada a un modelo asumido e implícito de belleza facial. Para puntualizar esto, es importante referir que desde Francis Galton en el siglo XIX se ha realizado una investigación muy extensa de los rasgos que se consideran atractivos en un rostro humano mediante técnicas fotográficas y computacionales.

Los rostros promedio se consideran más hermosos que los que les dieron origen y mientras más rostros se promedien más atractiva resulta el resultado. Ejemplos del prototipo femenino (izquierda), del prototipo masculino (centro) y del andrógino (derecha) (fotografías tomadas de: Plos One).

Los tres rasgos más estudiados y establecidos de belleza facial son el promedio, la simetría y el dimorfismo sexual. El promedio se refiere a que se califican como más atractivas las caras que resultan del mayor número de rostros equiparados. Este efecto se demuestra al realizar una síntesis de fotos reales en un rostro promedio o cara quimérica que elimina las diferencias individuales y conserva las generales. La simetría se refiere a la similitud que tienen la parte derecha e izquierda del rostro cuando se divide en dos mitades por la línea media. Al realizar caras compuestas de los dos lados derechos y de los dos izquierdos se hace patente que los rostros asimétricos son menos atractivos que los simétricos. El dimorfismo sexual consiste en las diferencias entre el rostro masculino y el femenino y que se revela en las caras quiméricas de hombres y mujeres. Si bien las caras promediadas resultan más atractivas que cualquiera de las iniciales y verídicas, la faz resultante resulta aún más atractiva si se exageran los atributos más femeninos o masculinos. Estos tres rasgos de belleza y atracción se han tomado como indicadores biológicos y en especial hormonales que se asocian a una mayor fertilidad, potencial reproductivo y de crianza. Es posible que existan otros factores adjuntos.

Einstein y Marilyn
Imágenes de Einstein y Marylin Monroe (originales arriba al centro) compuestas de dos mitades o hemifacies derechas (abajo a la izquierda) y dos mitades o hemifacies izquierdas (abajo derecha). Las mitades derechas resultan más parecidas al original y la diferencia expresa la asimetría del rostro, que es uno de los factores objetivos de su atractivo (tomadas de: Faraday).

Pero no todo es innato y genético en el modelo de rostro ideal, pues éste se modifica durante el crecimiento de acuerdo con la experiencia de cada individuo en relación al tipo de personas y rostros que encuentra en su vida y a los parámetros estéticos prevalentes de su cultura y que hoy en día se presentan profusamente en revistas de modas, anuncios comerciales, la televisión o las películas “románticas”. De esta manera, la exposición del individuo a su hábitat humano durante el desarrollo puede reforzar o corregir el modelo de rostro atractivo. En suma: la efigie ideal parece tener elementos universales e individuales que inclinan a cada persona hacia cierto prototipo de rostro como epítome de belleza, lo cual seguramente tiene consecuencias en el enamoramiento y la selección de pareja sexual o parental. Puede parecer una exageración y una simplificación decir, como lo afirmó Milan Kundera, que cuando uno está enamorado, está enamorado de un rostro, pero si bien La Bella se enamora de la personalidad de La Bestia, satisface que al final de la fábula se rompa el hechizo y ésta se convierta en un hermoso príncipe. Ambos resultan bellos… y buenos además.

El cotejo frecuente que hace una persona de su fisonomía en relación a la de los demás afecta la representación que tiene de sí misma: entre guapos uno se siente feo y entre feos, guapo. Algunas investigaciones han mostrado que si se les solicita a miembros de parejas de larga duración que seleccionen las fotos de múltiples rostros que les parezcan más atractivas, el promedio de ellos es similar al rostro de la pareja. Más aún: las personas eligen como más atractivos los rostros que se asemejan más a sí mismos. Esto implica una forma de homogamia que se expresa en el aforismo “like mate with like” (lo similar se aparea con lo similar) y que funciona en muchas especies animales, incluyendo en alguna medida a la humana. Los biólogos evolutivos han determinado que la consanguinidad humana juega un papel importante en la evolución porque cuando ésta es muy elevada, como en el caso de hermanos, o cuando es muy lejana, hay menos descendencia que cuando hay una consanguinidad moderada.

memoria del rostro
Fotografía (izquierda), autorretrato de memoria (centro) y autorretrato con espejo (derecha) de un estudiante de arte. En los dibujos se aprecia una exageración del tamaño de los ojos y labios así como una línea mandibular más estilizada (tomadas de: Research Gate).

Hay evidencia experimental de que la mayoría de las personas mantienen una imagen de su propia apariencia, en especial de su cara, más bella que la verídica, lo cual explicaría la creencia de que uno no es muy fotogénico, porque al verse en una foto considera que la imagen no le favorece ni le hace justicia. El reconocimiento de la propia cara es mejor cuando se compara con imágenes discretamente modificadas para exponerla con ojos más grandes, narices más pequeñas y apariencias más atractivas. Esto concuerda con las observaciones de que los autorretratos dibujados de memoria suelen ser más atractivos que las caras originales y verídicas, precisamente porque acentúan estos rasgos. La discrepancia entre los rasgos reales e idealizados implica que la representación del propio rostro es más atractiva que la verídica en la mayoría de las personas y probablemente redunda en un ego más aceptable y una mayor asertividad social. Y así, seguimos documentando que las personas tienden a concebir una imagen más seductora de sí y para sí. “Muy bien, míster DeMille, estoy lista para mi closeup.”

close up
“De acuerdo, señor DeMille, estoy lista para mi closeup.” Famosa frase de Norma Desmond (actuada por Gloria Swanson) en la película Sunset Boulevard (Billy Wilder, 1950). La imagen es un fotograma de la pose del personaje una vez que dice la frase (fotografía tomada de Wikimedia).

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La energía que invierten en ejercicios, dietas, atuendos, peluquerías, cosméticos o maquillajes revela la importancia que las personas otorgan a su aspecto, elegancia e identidad públicas. La apariencia personal es una cualidad recursiva y referencial; es recursiva porque constituye la imagen o representación de la propia figura, facha o semblante, y es referencial porque, en ese teatro imaginario o “gran simulacro” del aspecto externo, el sujeto conjetura tácitamente cómo lo perciben y juzgan los demás, y actúa en consecuencia: “El mundo es un escenario, y todos los hombres y mujeres son meros actores”, dictaminó Shakespeare en Como gustéis. De hecho, uno de los sentidos del término autoconsciente en el habla popular y cotidiana se refiere específicamente a cómo supone una persona que los demás perciben y juzgan su aspecto, su personalidad o sus capacidades. A pesar de que estas atribuciones no siempre se justifican por la conducta o el discurso de los otros y son más bien imaginarias y proyectivas, tienen un peso inusitado en la vida de casi todos nosotros.

El reconocimiento y la representación de la propia cara es un parámetro dominante del autorreconocimiento, de la imagen corporal y de la identidad e identificación propias, tal y como se acredita oficialmente en credenciales, pasaportes, diplomas o licencias de conducir. Los rasgos faciales permiten el reconocimiento tanto de la persona para sí misma como para los demás y son muy significativos no sólo por permitir su identificación, sino también por su valoración estética. De esta manera, la fisonomía del rostro y su adivinada belleza o fealdad juegan un papel fundamental en la autoimagen y, como consecuencia, en la actitud y comportamiento de la persona en su ámbito social.

rostro de dali
Los rasgos y actitudes faciales son la señal más inmediata y contundente de identidad de una persona. Autorretrato de Salvador Dalí (tomado de Pxfuel).

La cara tiene un significado muy especial para la gente. Una de las primeras acciones que las personas suelen realizar tras despertar en la mañana es mirarse al espejo, apreciar cómo se encuentran y proceder a “arreglarse”, o sea… a reparar los desperfectos. El reconocimiento no sólo sucede por vía visual, pues el sujeto siente su rostro y al tocarlo comprueba que concuerdan su tacto y su vista. Ese rostro actualizado por la anuencia de varios sentidos con la memoria es componente fundamental de la identidad propia que, lejos de ser fija, se recalibra con el tiempo, la edad y las circunstancias. Aunque aún no se conoce bien cómo los individuos representan su propia cara, la investigación científica ha confirmado la importancia del propio rostro y establecido algunos de sus fundamentos. Es así que, mediante técnicas computacionales ha sido posible manipular los rasgos faciales en imágenes verídicas y modificadas, lo cual permite establecer algunos elementos de la representación del propio rostro.

rasgos
Cambios en los rasgos de la cara en relación a la imagen original o “verídica” a la izquierda. Los cambios aplicados a los ojos, boca o nariz y a los tres en conjunto (EMN) generan rostros ligeramente distintos con los cuales el sujeto puede identificarse o compararse (figura tomada de Felisberti y Musholt, 2014).

Las personas reconocen con mayor celeridad su propia cara que las caras ajenas y el reconocimiento es más rápido en individuos de culturas occidentales en comparación con orientales, lo cual se interpreta en términos de la importancia concedida al individuo en relación al grupo social. La percepción de la propia cara difiere de las ajenas porque el sujeto puede ver directamente los rostros de los demás, en tanto que sólo puede visualizar el suyo de manera indirecta. Se sabe que el procesamiento cognoscitivo y cerebral de la propia cara y de las otras son procesos separados. En un estudio de imágenes cerebrales se comparó la actividad cerebral de sujetos en tres condiciones: el reconocimiento de la propia cara, el reconcocimiento de rostros familiares y la percepción de caras desconocidas. La exposición a caras desconocidas activó la base del lóbulo occipital confirmando que ésta es un área involucrada en el reconocimiento del rostro humano en general. El reconocimiento de una cara familiar comparado con el de desconocidos involucró a las zonas mediales del cerebro y el lóbulo de la ínsula. Finalmente, la exposición a la propia cara en comparación con las caras familiares activó la circunvolución superior derecha y la medial del lóbulo frontal.

Motoaki Sugiura
Motoaki Sugiura y su esquema de tres sistemas o esquemas que intervienen en la construcción de un self social y las tres redes neuronales que los implementan.

Con base en una extensa experiencia con imágenes cerebrales obtenidas en sujetos sometidos a tareas de reconocimiento del propio rostro y en una valoración de la literatura disponible, Motoaki Sugiura de la Universidad Tohoku en Sendai ha llegado a una conclusión relevante. Las imágenes cerebrales orillan a abandonar el concepto de un self unitario y apoyan la idea de que hay varias categorías de identidad, autorreconocimiento, autoimagen o relación con los otros, cada una de ellas fundamentada en un proceso neuronal distinto. Sugiere entonces que tres sistemas distintos intervienen en la representación del self y estos se pueden aplicar al reconocimiento de la propia cara. Uno de ellos es el reconocimiento de la propia fisonomía, lo cual activa partes de las cortezas motoras y sensoriales como expresión de una comparación entre lo que el sujeto percibe y el esquema de su cara en la memoria. Un segundo sistema de reconocimiento toma la apariencia del propio rostro en referencia a su papel interpersonal. El tercer sistema es el de valoración social y opera cuando las personas se percatan del efecto que tiene su presencia y su apariencia sobre los otros, lo cual constituye una parte importante de su autoconciencia social. Sugiura concede relevancia no sólo a las zonas del cerebro que se activan, sino a aquellas regiones que se desactivan o inhiben en el reconocimiento, y apunta que múltiples estudios de activación regional del cerebro han mostrado que la corteza del hemisferio derecho está involucrada en el el reconocimiento de la propia cara cuando ésta se distingue de las caras ajenas. Sin embargo, no hay un área única o especializada en el reconocimiento del propio rostro, sino que, dependiendo del contexto y del objetivo, diversos sistemas se enganchan para realizar la tarea requerida.

Ruborizarse
Ruborizarse es una reacción autonómica que ocurre durante emociones de vergüenza o culpa y de exposición no deseada, por lo que suele ocultarse con las manos. Implica la existencia de un yo social (figuras tomadas de Wikipedia y Sipse).

Me parece relevante mencionar una afección transitoria del rostro que requiere y expresa de manera automática la existencia de un yo social. A partir de los 5 años de edad la mayoría de los personas de ambos sexos se sonrojan en público en circunstancias de exposición indeseada al experimentar emociones sociales como vergüenza, culpa o modestia. En La expresión de las emociones en el hombre y los animales de 1872, Charles Darwin consideró que ruborizarse es la más humana de las expresiones de la emoción:

Lo que precipita el sonrojo no es un simple acto de reflexionar sobre nuestra propia apariencia, sino de pensar sobre lo que los otros piensan de nosotros: En la soledad absoluta la persona más sensible sería indiferente a su propia apariencia. Sentimos la culpa o la desaprobación mucho más que la aprobación y, en consecuencia, los comentarios derogatorios o el ridículo, sea de nuestra apariencia o conducta, causa nuestro sonrojo mucho más que el halago.

Esta vasodilatación facial transitoria acontece cuando la persona se angustia por dar una impresión negativa, pero también, como lo observó Darwin, puede presentarse cuando se le adula. Es una afección involuntaria cuando cae sobre el individuo una atención no deseada y se acompaña de sensaciones de sofoco, incomodidad, vulnerabilidad y amenaza tan severas que algunos desarrollan eritrofobia. “El que se ruboriza, ya es culpable: la verdadera inocencia no siente vergüenza por nada” decía Rousseau; sin embargo, el sonrojo se valora positivamente como signo atractivo de calidez y sinceridad. Los científicos deberíamos ruborizarnos al no conocer mejor su función adaptativa o su precisa conexión con la autoconciencia.


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