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Agua salada, una crónica de supervivencia (Parte II)

Lectura: 11 minutos
DÍA 5

Como estaba planeado, Javier escaló por el balcón hasta el camarote de nuestro amigo de Perú para de ahí correr hacia el suyo. Parecía una ruta segura, pero permanecimos atentos durante más de 20 minutos para asegurarnos de no escuchar ningún ruido revelador. Nada, todo parecía tranquilo.

La primera mala noticia del día fue la falta de agua en el baño del camarote. No sólo era grave la falta de aseo, sino que era el agua que habíamos estado bebiendo. Una hora después llegó el aviso por los altoparlantes:

—El agua potable se ha terminado, junto con la comida se incluirá una botella de agua por camarote, pero deben racionarla. No salgan por ningún motivo de sus camarotes. Repito, no salgan por ningún motivo.

Más por distraernos en algo productivo que por encontrar una solución, improvisé con una parte firme de mi maleta y con la cuerda sacada de los chalecos salvavidas logramos bajar el recipiente hasta el mar y subirlo con una pequeña cantidad de agua que nos sirvió para asear el WC. Repetimos la operación turnándonos Isabel y yo hasta que el cansancio nos lo permitió; de repente un nuevo toc-toc en nuestra puerta.

Cuando abrí para recuperar la comida me llevé la sorpresa de que no era el room service, sino un colega de Estados Unidos al que apenas reconocí detrás de una máscara de tela que sólo le dejaba los ojos visibles.

—Soy Bryan, déjame pasar, tengo un plan para salir de aquí que les quiero compartir.

Bryan tenía mi número de camarote porque el primer día me lo pidió para contactarme más adelante para una cita de trabajo. De acuerdo a la información de Bryan, lo que estaba sucediendo es que el comando que había tomado el barco había diseminado una substancia en alguna bebida el día del coctel inaugural, la cual había matado a varias personas, con el propósito de correr la versión del virus y poder detener el barco para negociar nuestra liberación. Simplemente esto era un secuestro y éramos rehenes de un grupo criminal que, para mantenernos bajo control en nuestros camarotes, había diseminado la versión del virus letal. Claro, hacía mucho sentido. De alguna manera respiré, por fin había información que sonaba lógica, y en realidad, prefería estar secuestrado que expuesto a una infección mortal.

plan de escape agua saldad
Imagen: Cloudfront.

Según Bryan, tendríamos que saltar con nuestros chalecos salvavidas antes del amanecer del día siguiente hacia una luz intermitente que sería la señal de una lancha que iría a nuestro encuentro para llevarnos a tierra. Algo estaba mal en su plan… y cuando le pregunté cómo había hecho para contactar a alguien en tierra que viniese al rescate, no pareció asertivo y se limitó a decir que lo había negociado a través de “alguien” de la tripulación. No quise decir que no, pero claramente su planteamiento dejaba más dudas que certezas. Tampoco explicaba con claridad la razón de escogernos a nosotros para integrar el equipo de escape. Sólo se limitó a decir que debíamos ser al menos 6 para podernos cubrir unos a otros. Quedó de ver la forma de mandarme información sobre el plan de escape a través de alguien que vendría de su parte con indicaciones de ruta y lugar para el escape.

—No olviden llevar sus chalecos salvavidas, insistió, es la única manera de salir de aquí con vida.

DÍA 6

Hoy deberíamos estar desembarcando de regreso del congreso. Hoy todo tendría que haber terminado con abrazos y felicitaciones de vuelta a casa. A mí me esperaba mi hija que para este momento debía estar ya muy preocupada de la falta de noticias. Mi esperanza era que la situación del barco fuese noticia importante en el mundo y que al menos pudiera saber porque no regresaba a casa. Ese pensamiento me llevó a pensar en que era extraño, a esas alturas, no haber sido cercados por embarcaciones oficiales o sobrevolados por helicópteros de noticieros o de autoridades tratando de saber que ocurría. Nada. Para tranquilizarme asumí que seguramente era una de las exigencias de los secuestradores.

A cambio de eso, estaba dedicado a asearme con agua de mar, que me dejaba una sensación muy desagradable con esa mezcla pegajosa de sudor y la sal sobre la piel. El aire acondicionado se encontraba apagado desde ese día y el calor era ya un factor más de incomodidad.

En esas horas de quietud y silencio mis pensamientos viajaron a preguntarme si realmente me asustaba morir. Sí, definitivamente. El vacío más allá del borde de la cama de los enfermos me enfermaba ¿Qué seguía? ¿Qué había más allá? Y si había algo… ¿de qué servía sin la conciencia de seguir siendo yo? En algún punto me hice a la idea de morir y no me asustó tanto como pensar en dejar de hacer las cosas que aún tenía planeadas. Libros por escribir, viajes por hacer, amigos con los cuales departir, y el Corvette negro que siempre había querido comprar.

Lancé una vez más al mar una botella con mi orina. A partir de que nos habían suministrado botellas de agua, habíamos decidido usar algunas como recipiente para ese fin. Por una parte, para evitar ensuciar más nuestro baño, y por otro lado, para dejar flotando en el mar un mensaje líquido en la botella. Si alguien la encontraba, en alguna parte del océano, y la sometía a una prueba de ADN, sabría que habíamos dejado ese rastro de nuestra presencia en las aguas saladas del infinito mar.

Mis cavilaciones fueron interrumpidas por la voz entrecortada de Isabel que sólo alcanzó a balbucear que no se sentía bien, antes de tener un ataque que combinaba tos y llanto. Le faltaba el aire, se quejaba de dolores estomacales y en el pecho y su piel había adquirido un tono verdoso muy preocupante. La abrace, la lleve al bacón, la calmé hasta que poco a poco recuperó la suficiente dosis de tranquilidad para un autoexamen, dejando ver que más allá del ataque nervioso, sí tenía dolores identificables… y tos.

La llegada de Juan y Javier, de regreso de haber recuperado su ración del día, nos alivió un poco, especialmente porque regresaron con 3 botellas de agua que habían robado de un camarote abandonado, y con información nueva. El mesero que estaba vendiendo los lugares para la escapatoria en el bote salvavidas, esa misma noche, pedía un anticipo de dinero, joyas, relojes y cualquier otra cosa de valor a cambio de conseguirnos dos lugares, porque ya no quedaban más. Dependía de la suma ofertada que pudiera ganarlos para nosotros porque habían otros ofreciendo sus joyas y su dinero para conseguir los lugares. Debíamos sacar fotografías con nuestros celulares para mostrar las cosas y poder entrar a la subasta por la libertad. Juan y Javier, previendo la decisión que tomaríamos habían ya metido sus bienes y dinero en una back pack que vaciaron en ese momento. Hice lo mismo y sumando el dinero llegábamos a la cifra de $7,500 dólares, 3 relojes de buena marca y algunos accesorios de oro entre anillos y collares de Isabel. No era mucho pero era lo que teníamos.

De acuerdo, teníamos 2 horas para decidir si entrabamos a la subasta por los dos lugares, que era el plazo para que Juan se reuniera con el mesero para hacerle nuestra oferta. Mi decisión estaba tomada, así que les dije:

—La verdad no creo que con esta suma alcance para dos lugares, mi propuesta es que ofertemos por un lugar para asegurarnos de que Isabel pueda irse hoy mismo, porque no está del todo bien.

—De acuerdo jefe, dijo Javier y secundó Juan, ante las protestas acalladas de Isabel, las cuales, de tan débiles, sonaron a que también estaba de acuerdo.

plan de escape
Imagen: Human Rights Watch.

En corto, sin que Isabel lo viera, Javier me mostró fotos tomadas con su celular de fotos del teléfono que el mesero les había mostrado de pasajeros muertos por la infección, los cuales mostraban caras hinchadas y un color verdoso. Recorrí parsimoniosamente las fotos en busca de algún rostro conocido, pero no lo encontré, lo que me dio una cierta tranquilidad momentánea. Tal vez, sólo tal vez, era la manera de vender a precio de oro un asiento para un escape innecesario. Pero no teníamos opciones.

Casi sin discusión, asumiendo que era la única alternativa real y concreta, empezamos a trazar planes para que Isabel pudiera contactar posibles ayudas en tierra, y pudiera avisar a nuestras familias de que “estábamos bien”. En eso deliberábamos cuando… tocaron a  la puerta.

DÍA 7

Nos dieron las 12 de la noche, el inicio del nuevo día, discutiendo cuál de las opciones era la menos riesgosa. La nota que Bryan nos había hecho llegar a través de su mensajero decía: “Manuel, de lo que hablamos está listo. Estén preparados, pasaremos a las 5 en punto de la mañana por ustedes. No lleven nada, sólo sus papeles y lo que acordamos”. Estén listos, ya todo está arreglado”.

A las dos de la mañana tomamos la decisión. Parecía más real y realizable el plan del bote salvavidas del propio barco, que el que vendría de no sabíamos dónde, además, la idea de bajar al mar y dejar nuestro refugio, claramente era un paso sin retorno. Isabel iría en plan uno y el resto en el dos. No sabíamos con precisión a cuánto estábamos del punto en tierra más cercano, pero esperábamos que activando nuestros celulares en unas horas pudiéramos ya estar en contacto y fuera de peligro.

Al paso de las horas los nervios subieron de tono y la tos de Isabel también. Juan, el mejor dotado para escalar balcones y lograr circular en el barco, fue el encargado de acudir a la cita para subastar el lugar de Isabel en el bote salvavidas. Regresó sin contratiempos a decirnos que la oferta estaba firme para un lugar, que tendríamos que tener el dinero y las cosas juntas al momento de la partida para poder tener ese asiento. A las 3 de la mañana tocarían y nos dejarían un atuendo médico de los que empleaba el personal que repartía la comida para disfrazarse y poder avanzar hasta el punto de encuentro y de ahí proceder a abordar el navío. Sonaba posible.

Casi una hora después de lo acordado tocaron a nuestra puerta avisando que Isabel debía partir. Ya no hubo abrazos, ni llanto, sólo la precipitación de los últimos deseos de que todo saldría bien y pronto esto sería una gran anécdota para contar en la oficina. Al cerrarse la puerta nos quedamos en silencio, esperando nerviosamente nuestro turno para escapar. Antes de la hora acordada, Bryan llegó a nuestro camarote para explicarnos que “el plan había cambiado, que tendríamos que avanzar armados hasta el punto del bote en el que nos recogerían”. Que no tendríamos que tirarnos al mar, porque sabían que el barco sería abordado por la policía naval para recuperar el control y que la embarcación que vendría por nosotros aprovecharía la confusión para acercarse a un punto en el que podríamos abordar.

Con Bryan venían otras dos personas con suficientes caretas y protecciones como para no poder ver sus caras. Lo que sí se veía era que cargaban pistolas de alto calibre. En lo que tomábamos nuestras mínimas pertenencias para partir, Juan se nos acercó y extendiéndonos la mano se limitó a decir:

—Jefe, Javier, suerte, yo me quedo, no quiero tomar ese riesgo, prefiero esperar aquí a ver qué pasa.

—Pero… Juan, es nuestra oportunidad, no se ve que pueda haber una solución después, vente con nosotros.

—No jefe, yo aquí me quedo.

Rompimos el protocolo y nos despedimos de Juan con un abrazo deseando todos volvernos a ver muy pronto. Ready?, nos dijo Bryan, se hace tarde, hay que estar en el punto en menos de media hora. Recibimos un curso de 2 minutos sobre cómo usar el arma que a cada uno nos asignaron, y nos pidieron ir en la retaguardia del grupo. Los nervios iban en aumento, para mí era la primera salida del camarote desde el confinamiento, una semana atrás.

escape agua salada
Imagen: Kotaku.

No bien habíamos avanzado a la mitad del pasillo cuando de frente vimos caminando hacia nosotros a dos personas ataviadas con el equipo sanitario empujando un carrito de servicio. Bryan se limitó a pedirnos seguir y no decir nada, sólo seguir. El primer obstáculo parecía haberse librado bien, aunque uno de los sujetos, cuando habíamos ya pasado alcanzó a decir:

The code?

30 metros adelante nos alcanzó e insistió en que le diéramos el código. Bryan se quedó hablando con él y nos pidió que siguiéramos avanzando, lo cual hicimos. A los 20 segundos sonó un disparo, volteamos y vimos a Bryan corriendo hacia nosotros haciendo señales de que debíamos apurar el paso. Llegando a un punto en el que teníamos bajar por una escalera encontramos a tres personas en una especie de puesto de control, lo que nos obligó a regresar y tratar de encontrar otra ruta para bajar. Los gritos de los guardias empezaron a delatar nuestra incursión y escuchamos sus pasos corriendo detrás de nosotros. Empezamos a correr, pero al frente, al final del pasillo, ya teníamos cerrado el paso, estábamos acorralados. Mientras yo reducía el paso los demás doblaron hacia un pasillo que conectaba con alguna otra área, en busca de refugio.

Algo me dijo que estaría mejor solo. Oculté el arma y me recargué en una puerta de un camarote… y toqué. Abrió la puerta una mujer, seguramente esperando que fuera la charola con comida de todos los días. Tuve que aventar un poco la puerta y entrar. La mujer se refugió en la parte de atrás del camarote. Le dije con claridad que era pasajero y estaba huyendo de las personas que tenían el control del barco, que no le haría daño. Me miró fijamente y no dijo nada, sólo se mantuvo detrás de una silla, hincada en un rincón del camarote.

Afuera, ráfagas de disparos, gritos y caos. Era evidente que nuestro intento de huida había fracasado y había desatado una cacería. Por la frecuencia y estruendo de los disparos y los gritos parecía ya una confrontación entre varios grupos, o una especie de insurrección. Seguramente otros pasajeros, desesperados por el confinamiento, estaban en posición de pelea.

Aliviado de que nadie hubiera intentado entrar por mí al camarote, me tranquilicé un poco y en un resumen apretado expliqué en inglés a la dama quién era yo, que era asistente al congreso y que no le haría daño alguno, al contrario, que la ayudaría en lo que pudiera. A partir de ese momento salió de detrás de la silla que la protegía para mostrar su rostro y darme sus generales. Se llamaba Karen, era de Australia, trabajaba para una firma en Melbourne y llevaba una semana sin asomar las narices. Todo lo que sabía sobre la situación en el barco era información que le llegaba a través de un peculiar sistema que habían implementado con sus vecinos de los balcones contiguos, de manera que diariamente pasaban un cuaderno de balcón en balcón, anotando cada persona, cualquier nueva información que lograban adquirir, de manera que el cuaderno era ya una larga tira de diálogos entre los pasajeros de 14 camarotes que lo pasaban de mano en mano. Era, por así decirlo, un largo chat a la antigüita. Si alguien tenía nueva información para compartir, se pasaban la voz de balcón en balcón hasta que llegara a quien lo tuviese para reiniciar la cadena y pasar la información por escrito.

Además, me explicó Karen, habían implementado en el grupo una red solidaria para intercambiar medicamentos y otras cosas que cualquiera pudiere necesitar. Inclusive, un médico en el grupo, esposo de una abogada asistente al congreso, solía pasarse de camarote en camarote para asistir a quien lo pudiera requerir. Si a alguien le sobraba comida o agua, también podía ofrecerla al grupo.

Karen, que parecía meticulosa y muy observadora, había agrupado la información del cuaderno en tres modelos que podían explicar lo que estaba pasando. La teoría que en su opinión era la más creíble, es la que apuntaba a que el comando que tenía el barco bajo su control estaba negociando con la línea de cruceros la liberación y que este asunto del virus fue la mejor manera de mantenernos dentro de nuestros camarotes, porque no había forma de mantener a 3,500 personas sometidas que no fuese a través del miedo. La versión era consistente con lo que Bryan había dicho, por lo que, habiendo intercambiado ideas y posibilidades, llegamos a la conclusión de que lo mejor era quedarnos ahí en espera de noticias. Lo extraño, añadió Karen, refutando su propia teoría, era que en una de las notas que habían trasmitido en su correo diario del cuaderno itinerante, uno de los pasajeros aseguraba haber visto que en la madrugaba, en un punto bajo del barco cercano al agua, como tiraban bultos al mar que parecían cuerpos. Pudo haber sido basura, o tal vez alguna de las personas que pudieron haber sido abatidos tratando de huir, o parte de la tripulación sometida por el comando.

Entre las notas del cuaderno que me entretuve curioseando en él, una me llamó especialmente la atención, de uno de los integrantes del grupo que el primer día del crucero se había visto con varios árabes reunidos en una mesa hablando sigilosamente. Claramente ésa podría ser una evidencia que respaldaba la teoría del secuestro.  

Sin saber la hora, ni cómo, me dormí.

Continuará…


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El loco imaginario

Lectura: 5 minutos

—Buenos días. Dígame, ¿a quién viene a visitar? –dijo la enfermera.

—No vengo a visitar a nadie. Vengo a internarme voluntariamente.

—¿Sabe usted que está en un manicomio?

—Precisamente.

—Entenderá que no podemos aceptar a cualquiera así como así. Tendrá que hablar con la doctora.

—Por supuesto. Ya me esperaba que tendría que pasar algún trámite burocrático.

—Espero que también sea consciente de que, una vez dentro, no es tan fácil salir.

— Lo sé, pero como no quiero salir, eso no me importa. Y antes de que lo pregunte, dispongo de medios sobrados para llevar una vida digna allá afuera, por si piensa que lo hago porque no tengo donde caerme muerto.

—Bueno, siéntese en aquel sillón mientras llamo a la doctora Ortiz.

Para pasar el rato, Rubén cogió una revista médica. Le llamó la atención un artículo de la OMS sobre la prevención de suicidios; una de las mayores causas de muerte no natural en el mundo. Según el artículo, los países debían estudiar los medios empleados por los suicidas para ponerles trabas, ya que, en muchas ocasiones, la decisión era fruto de un calentón mental. La idea era que, al serle más difícil el acto, el suicida recapacitase. O sea, que, según estos expertos, hay que hacer desaparecer la herramienta, llámese insecticida o pastillas, en lugar de abordar las razones del individuo. No soy ningún experto, pero me parece que por ese camino poco haremos, pensó mientras depositaba la revista en la mesilla. Al alzar la mirada, se encontró a su lado a la doctora, que se había acercado sin que él se percatase.

imaginario
Imagen: Guim.

—Rubén Amancio Pradera.

—Soy yo.

—Hágame el favor de acompañarme.

Avanzaron por un pasillo mal iluminado y a medio camino entraron en un despacho amplio con un sofá doble y un sillón a mano izquierda y, al fondo, un escritorio con una silla. Un par de estanterías con libros de psicología en las paredes laterales completaban el mobiliario. Tras entrar, la doctora invitó a Rubén a que sentar se en el sofá mientras que ella hacía lo propio en el sillón.

—Le voy a ser sincero. Desde mi punto de vista profesional, el simple hecho de que quiera ingresar en este centro denota que, en efecto, usted no está en pleno uso de sus facultades mentales– soltó la doctora a bocajarro.

—Me alegro de que coincidamos tan rápido en el diagnóstico– dijo Rubén contento.

— No obstante, como se podría tratar de una broma de mal gusto, tengo que conversar una hora con usted antes de rellenar los formularios de ingreso.

—¡Qué disgusto!

—No se preocupe. Sólo será un ratito y para facilitar las cosas dígame. ¿Por qué cree que debería estar aquí?

—Pues verá, la cuestión es muy sencilla. Desde hace varios años he notado que no comprendo este mundo. Durante mucho tiempo he pensado que los demás eran los equivocados, pero finalmente he llegado a la conclusión de que soy yo el que está apartado de la realidad, y por eso he venido aquí.

—¿Qué es lo que no comprende?

loco imaginario
Imagen: Inci.

—Yo he vivido la mayor parte de mi vida en un sistema en el que se premiaba la fidelidad del trabajador para con su empresa, en el que aspirábamos a salir adelante con lo necesario pero sin grandes pretensiones y esperábamos que nuestros hijos y sobrinos llegasen más lejos. Nunca nos faltaba trabajo y cuidábamos de nuestros mayores. Ahora se nos acusa de desquiciar la economía por el simple hecho de vivir demasiado, tener un trabajo de 800 euros es ganarse la lotería y reina el individualismo en todo el mundo.

—Su mundo tampoco era el edén. Vivían con el temor constante de una guerra atómica y en muchos países había dictaduras genocidas, por no contar con los horrores de la Segunda Guerra Mundial que ocurrió en su infancia.

—Sí, es cierto, todo eso existía pero no imperaba la estupidez como en nuestros días.

—¿A qué se refiere?

—Podría hacer una larga lista. Pero sólo citaré tres ejemplos: antes de la aparición de las redes sociales nadie se habría atrevido a decir que la tierra es plana. Hoy no sólo lo aseveran miles, sino que hasta hacen sus congresos. Lo mismo pasa con las mascarillas desde hace años. Sabemos desde que surgió el COVID y sus derivados, han sido una herramienta muy útil para combatirlo. Pues bien, ¿no hay quienes muy estúpidos siguen haciendo sus manifestaciones sin guardar distancia ni cubrirse la boca? Pero eso no sería nada si no fuera porque estamos corriendo desbocados hacia nuestra propia destrucción, o mejor dicho, la del planeta, y lo único que pensamos es “ya le tocara a otro. Yo voy a librarla.” Y si los que hablaran fueran viejos como yo, aún lo entendería, pese a su egoísmo, pero esa es la forma de hablar de jóvenes de 30 años que tienen hijos y les importa una mierda el futuro de sus vástagos, y además, a qué chingados viene ese afán por competir si al final sólo unos pocos se van a llevar el provecho de ese sudor y por unos cuántos años.

Rubén se detuvo jadeante para tomar aire, pero en lugar de continuar su perorata simplemente agregó:

—En fin, ya ve cómo me pongo sólo pensando en esas cosas. Durante mucho tiempo, pensé que los demás eran los locos, pero he llegado a la conclusión de que el orate soy yo si los demás aceptan este sistema sin rechistar.

La doctora se quedó mirando fijamente a su interlocutor. Él agachó la mirada. Sabía que ella estaba analizando su testimonio para finalmente dictar su sentencia.

 salud mental
Imagen: Nexos.

—Lo siento, pero no podemos internarlo porque no le guste el mundo tal cual es. Nosotros también tenemos cuotas de rentabilidad y, si nuestros superiores llegan a enterarse de que pacientes sanos ocupan camas sin derecho, nos meteríamos en un serio aprieto.

—Pero estoy dispuesto a pagar mi estancia.

— No se trata de eso, sino de la eficiencia en la gestión.

—Bueno, y yo qué hago entonces.

La doctora volvió a contemplarlo detenidamente. Está claro que a una persona como Rubén sólo le quedaba una solución, y pensaba en comprar una soga, pero no quería ser ella quien lo sentenciase. Había que ganar tiempo y darle una esperanza.

—Hagamos una cosa. Si en un par de años sigue empeñado en ingresar en nuestro centro, venga a visitarme y lo haremos pasar por un caso de demencia senil. Mientras le pido que aguante.

Rubén sopesó los pros y los contras de la propuesta. Finalmente, se levantó y se despidió de ella de forma efusiva, con un fuerte abrazo.

—Hasta dentro de dos años doctora.

“Otro más que no se halla y van 85 en lo que va de año”, pensó la doctora. “En el próximo congreso al que asista pediré que se investigue esta nueva enfermedad”.


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La mujer que tenía muchas palabras adentro y otros relatos

Lectura: 5 minutos

No tiene miedo al arte chiquito

Hay gente que no tiene miedo al arte chiquito, comentaba en el banco de la plaza donde estaba sentada la Chichina, y señaló a diez hinchas que iban a la cancha con trompetitas, silbatos, vuvuzelas. Esas personas son trompetistas, saxofonistas, trombonistas. Es una Orquesta de Cámara, pero lo hace con arte chiquito. Digamos, hacer arte con poquito. Y cuando se hace el arte con poquito “queridaaa” –decía–, es mucho el arte. Y seguía diciéndole a su amiga que la miraba: porque el arte para ser arte no necesita vestirse de gala y grandes estridencias.

“Nooo querida, es lo que nos han hecho creer”. Aquél muchacho que pasa golpeándose rítmicamente el pecho, ¿para qué se va a comprar una batería? La lleva en el alma. Y ese otro muchacho que va allá, el que siempre canta alguna canción y se le olvida la letra y canta algunos pedazos aislados repitiéndolos una y otra vez. No necesita cantar bien para cantar, ni instrumentos, ni siquiera necesita toda la canción, con una sola frase que repite una y otra vez le alcanza para hacer una ópera. Y ni siquiera necesita de su memoria, porque siempre se olvida la frase y la inventa.

También aquella señora que pasa por el negocio, ése que tiene los parlantes con la música, cada vez que pasa por la verada con dos o tres pasos va bailando la música que está sonando. No necesita una discoteca, ni una pista, ni siquiera toda la canción. Y ni hablar de los guitarristas que imitan una guitarra con una escoba y siguen el ritmo de una canción. “Esos son guitarristas querida”, porque tocar con la guitarra lo hacen todos, pero tocar con una escoba que no saca un puto sonido, eso es animarse a tocar la guitarra, o los que tocan la guitarra en el aire, y el violín en el aire, y en el aire hacen la batería, como si le hubiesen sacado los instrumentos hace instantes. Ni hablar de los escritores que escriben en el baño, en los pupitres, o las paredes pequeñas, partes de libros, muy pequeñas frases que, si tuvieran que escribir un libro, así necesitarían todas las paredes de la ciudad, o los baños de todas las casas. Eso querido, también es arte, el pequeño arte que está en todas las cosas. Porque para buscar en lo grande hay que buscar en lo pequeño.

musica y palabras
Imagen: Leonard Peng.

La mujer que tenía muchas palabras adentro

Eso pasaba con esa mujer, tenía muchas palabras adentro, y las quería decir todas, ella no podía dejar de decir las palabras que tenía adentro. Estaba educada desde chica en que las palabras se decían todas, frases completas, bien armadas, bien pensadas, bien trabajadas, en la escuela y la casa. No sabía que de esa manera no se hablaba, que lo que motorizaba a la palabra no era el intelecto sino la emoción, sobre todo la velocidad de la emoción, y que ahí podía salir cualquier cosa, cualquier palabra, menos las que quería decir. Eso estaba muy bien si hablaba sola, pero si hablaba con otras personas, que también hablaban, y casi todas las personas hablaban más que lo que escuchaban; ella estaba lejos de poder decir toda la cantidad de palabras que quería porque era interrumpida, no escuchada, completada, cortada, tapada. Así que sus palabras salían en partes, tapadas, cortadas, divididas, susurradas.

Algunas se perdían saliendo, otras las cortaba por la mitad. Pero más que nada, la mujer no era escuchada. Se encontraba con que los otros, la mayoría, más que incorporar, sacaban. Entonces empezó a buscar quién sí la escuchaba. En su casa tenían dos perros que había criado de chicos, y observaban con atención todo lo que hacía, la seguían con la mirada por toda la casa como si fueran un sistema de vigilancia. Y empezó a hablarles a ellos, y ellos la empezaron a acompañar con movimientos de orejas, leves quejidos, ladridos, movimientos atentos, según cambiaba el tono de voz de ella. Le gustó hablarles a los perros, y se dio cuenta de algo, sus perros hablaban con el tono de su voz, pero no con su voz. Y se dio cuenta de otra cosa, su tono de voz hablaba también.

Cuando se cansó de hablarle a los perros, todavía le quedaban palabras por sacar y se fue a hablar con una oveja que tenía afuera, que de lejos hacia como que no la escuchaba, pero la escuchaba con atención, como si ella fuese un ser que acababa de ser concebido y sus palabras algo que acababan de ser lanzadas al mundo. La escuchaba como si la descubriera. Cuando se cansó de la escucha curiosa de la oveja, aun le quedaban más palabras, entonces se puso a hablar con las plantas; parecía que no escuchaban, pero escuchaban todo y mucho, sólo aparentaban como si no lo hicieran. Después de esa escucha gentil, amable y suave de las plantas, se quedó sin una sola palabra pero se sintió contenta de la experiencia. Y se dijo que que a partir de ahora le iba a hablar a los animales y las plantas, que ellos lejos de interrumpirla, cuando lo hacían era de manera tan suave que se volvía una conversación entre ellos.

mujer de las palabras adentro
Imagen: Anja Susanj.

Corrientes de aire

Todo cambió cuando en ese lugar empezaron a comprender las corrientes de las cosas. Todo empezó con una profesora de escuela le dijo lo que nunca le habían dicho: las personas están en corrientes, las cosas tienen corrientes y en los lugares hay corrientes, por eso existen cosas con corrientes de las cosas. Por ejemplo, cuando alguien está enojado no es porque está enojado, está en una corriente de enojo, que es algo muy diferente, decía la profesora. Hay que pensarlo como un accidente climático, es como si estuviera en un huracán. No nos llega él, sino el huracán en el que está. Uno ante un huracán se manejaría con prudencia. Y cuando alguien está deprimido está en una sequía, no hay que ver a la persona deprimida sino a la corriente de sequía en la que están las cosas. Uno ante una sequía se manejaría con paciencia y espíritu constructivo.

Y así, aprendimos de la profesora a tratar a las personas como accidentes climáticos, corrientes que van por el aire, parte de un sistema de corrientes. Por ejemplo, el vecino, que siempre estaba alegre, se manifestaba como un día de campo, o una temporada de vacaciones en la playa con días templados. Siempre se manejaba como si estuviera en un día templado, hasta en invierno, si hasta andaba descalzo todo el día.

Así, la vecina de más allá que llegaba y te contaba sus desastres llorando y llorando sin parar, era un tsunami. Llegaba como un tsunami porque te revolvía todo, y te arrastraba como éste y luego se iba. Si sabíamos tratarla como un tsunami, o como una marejada alta los días más tranquilos, sabíamos que teníamos que encontrarnos con ella sobre alguna tabla de windsurf. El vecino de más adelante era una pedrisca, hablaba y caían piedras, y lo seguían las piedras. Encontrarse con él era como encontrarse con una tormenta de granizo, mientras él se quejaba y se quejaba, y criticaba y criticaba todo, recibía su pedrada. Hasta él mismo que se sentía mal haciendo eso, y el que lo escuchaba que se iba como cagada a palos.

Y otros vecinos, por ejemplo, o los mismos vecinos, pero en otro momento del accidente climático de su espíritu, era un amanecer con rocío y los pájaros cantando. Después de que uno hablaba con ellos, salía levemente mojado, con pequeñas gotas de rocío con olor a los más exquisitos perfumes, porque eran de los que se ponían en sí mismos esencias de flores para agradar a los otros. Así que hablar con ellos era como hablar con un bosque.


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El mismo viento

Lectura: 3 minutos

 ¿Se habrán dado cuenta que era el mismo viento? ¿Traería el viento la información a todos? Sería un viento traducido ante cada roce que lo transformaría en otro viento, pero el mismo viento como Las mil y una noches. Cuando Marina sintió el viento que le traía el olor a lluvia desde las afueras de la ciudad, en la oscuridad abierta de su patio de noche, también lo sintió Federico, entrando por la ventana de su living y trayéndole ese olor desde la infancia. Y ese mismo viento que no sabía de exclusividades entró hasta los pies por las hendijas de los respiradores del comedor de Martina y le lengüeteó levemente los pies.

volar al viento
Imagen: Lily Etta.

Y cómo no había celos que lo frenara o se lo apropiara, y nadie podía agarrar al viento, el mismo viento les llevó el olor a la lluvia que se aproximaba, ese olor a tierra mojada, a los chicos del campamento en la otra punta de la ciudad. De repente, en ese momento también apareció en la terraza y en la mente de Raúl; él mismo de pequeño olía ese viento en el patio de su abuela, así que éste coló hasta el pasado de Raúl. Incluso Julieta, quien se encontraba volviendo a su casa, se puso a pensar si tal viento más adelante seguiría llevando el olor a tierra mojada de la tormenta como lo recordaba desde su infancia; ése era el mismo viento que llegaba hasta el futuro de Julieta.

Y desde ahí volvía porque que no sabía de propiedades ni nadie lo cercaba alrededor con un corral, era el mismo viento, el que entró por la ventana del colectivo y las narices de los pasajeros y les recorrió el cuerpo; enseguida salió por las palabras, porque en ese momento se pusieron a hablar del olor a tierra mojada y de la tormenta. Y en lo alto de su terraza mirando el foco, tranquilo en la paz de la bajada de actividad del día, el mismo viento que tampoco se alquilaba ni obedecía a instrucciones, le llevó a Rubén las viejas tormentas que venían siempre en esta época y movió el foco sin lámpara levemente.

tormenta
Imagen: Kati Närhi.

El mismo viento que jamás fue y será de ninguna internacional, ni tampoco nunca se iba a poder estatizar, que agarró a la abuela y la nieta regando las plantas, se les metió en los oídos, haciendo un leve ruido, luego salió por sus bocas porque se pusieron a hablar de éste, y así sacaron puras palabras de viento. Después volvió a entrar por la nariz y enseguida vino el olor a tierra mojada, de nuevo salió por la nariz porque lo que respiraron, lo sacaron y se los volvió a meter por los ojos; señalando a los lejos vieron la tormenta que ya llovía en las afueras de la ciudad y se acercaba suave.  

El viento se les quedó un rato en el tacto, porque estuvo pasándoles por el cuerpo sutilmente como una vestimenta invisible de la naturaleza.

Ninguno se dio cuenta en la ciudad que por un momento compartieron el mismo viento, el mismo aroma, la misma tranquilidad y los mismos recuerdos, porque les llegó a todos simultáneamente como tantas veces. Quizás –eso lo decía un anciano, quien observaba el viento en su carpa en el parque de la ciudad–, eran hermanos del viento.


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El joven viejo José

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El viejo José fue viejo desde chico, esos chicos que son ancianos desde que nacen. Cuando los chicos jugaban él los miraba. Cuando empezaron a comprar juegos, él no jugaba pero los guardaba. Y de vez en cuando les cambiaba uno por otro, o les compraba alguno. Era el dueño de las cosas, pero no por riqueza, sino por actitud. Cuando las cosas se fueron perdiendo en el crecimiento de la infancia, en el salto de etapas, que son como superficies superiores en una montaña, a todos les iban quedando las cosas de la etapa anterior en la etapa anterior, José, las guardaba todas. Se metía en las etapas bien vividas, porque una etapa para ser saltada tiene que ser bien vivida, y recogía el bochinche de cosas que habían dejado los que acababan de pasarla.

Así fue que el viejo José llegó a viejo y se quedó ahí, en la vejez con que había nacido, y en la etapa de guardar etapas. Andaba el viejo José con un guardapolvos por las plazas, en una época había sido placero, cosa que también desapareció, y también ayudante de una carpintería, y andaba con sus guardapolvos de trabajo, con los bolsillos gigantes de los costados. Y los bolsillos del viejo José estaban vivos, se movían, como si tuvieran un ratón adentro, una pequeña lagartija. Y cuando uno le preguntaba “José, ¿qué tiene en el bolsillo?” Nada importante, decía, unas bolitas. Y sacaba unas cuantas bolitas. Y si le preguntaban “¿cuántas tiene?”, José se ponía a sacar, sacar y sacar, haciendo una pila de bolitas delante de él, como si estuviese trayendo algunas bolitas del pasado.

pintura, oleo, James Coates
“Old”, James Coates (Etsy).

Sí, se decía que el viejo José tenía un bolsillo mágico que guardaba todo lo que añorábamos. “José, ¿tiene pelotitas saltarinas?”, le preguntaban. Y él sacaba diez, veinte, miles de pelotitas saltarinas, haciendo desaparecer en el bolsillo el brazo hasta el hombro. Se decía que el viejo José tenía un bolsillo mágico, pero además tenía cierto ritmo lento que le permitía no dejarse llevar por lo urgente que se iba presentando, y quedarse en el ritmo normal de las cosas. Eso decía José, en el ritmo normal de las cosas sigue habiendo bolitas, bomberos locos, bucaneros, sólo que en la velocidad con la que vamos, no la vemos. No se ve nada de los costados a esa velocidad, sólo el frente de un mundo que se hace más pequeño.

Frenen un poco y van a ver que todo lo que buscan está en algún lugar, decía José, y metía la mano en el bolsillo y sacaba un TEG, un Ludo Matic, una Pileta Pelopincho tres veces más grande que él, y hasta un día lo vieron sacar un metegol completo, del pequeño bolsillo de centímetros. Eso sí, revolviendo y buscando con la mano en el pequeño bolsillo, y pegando unos cuantos tirones hasta que salió.


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¿Ya no soy esa persona?

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¿Las personas cambian? Después de hacer algo malo o equivocado, pensamos que podemos cambiar y ser mejores.

A quienes nos catalogan como una mala persona, les decimos que eso malo que hicimos quedó en el pasado, que hemos cambiado, que ya no somos esa persona, que somos una nueva.

¿Merecemos entonces una segunda oportunidad? Si pensamos que las personas no cambian, entonces no tendría sentido.

Si pensamos que las personas sí pueden cambiar, entonces deberíamos de dar una nueva oportunidad. Después de todo, ¿quién de nosotros no se ha equivocado alguna vez?

Y si echamos a perder esta nueva oportunidad, ¿mereceríamos una tercera?

cambio de personalidad, cara doble
Imagen: Naukas.

Tal vez para conseguirla, nos comprometeríamos a dejar de tomar alcohol, a dejar de consumir drogas, a buscar ayuda profesional.

Si pensamos que nuestra mala conducta es ocasionada siempre por la misma causa, entonces si la elimináramos, probablemente mereceríamos esta tercera oportunidad.

En caso de conseguirla, es de suponer que sería la última.

¿Está en nosotros el poder cambiar? ¿Queremos? ¿Somos capaces de hacerlo?

Y si podemos, ¿el cambio es temporal o para siempre?


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Vidas paralelas

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Nací el día en que el sargento Shōichi Yokoi regresaba a la civilización. Había sido capturado por unos pescadores a los que había atacado, creyendo que aún seguía en la guerra. Al igual que yo, él retornaba de un gran exilio. Yokoi había estado confinado en una isla; yo en dos. Él se había enfrentado a las bestias de una jungla inhóspita, yo había tenido que lidiar con los bestias de mis captores. Él era un veterano de la Segunda Guerra Mundial; yo también luché en otras guerras, ciertamente no tan aberrantes, pero donde se derramó mucha sangre. Al igual que él, pienso que la guerra no ha terminado, por más que ya no se oiga el estruendo de los cañones. Sin embargo, no apruebo su famosa frase: “es con mucha vergüenza que regreso”. De lo único que él debería estar avergonzado es de haber sido sometido por dos pescadores, pero, después de más de un cuarto de siglo, quizá se dejó capturar.

Quiero decir, ¿de qué sirve estar listo para el combate si no hay nadie a tu alrededor? Yo supongo que pensaría que era mejor enfrentar su destino, así fuera la ejecución, que seguir languideciendo en la isla. Además, si él hubiese sido soldado mío, yo lo habría condecorado, pues nunca hizo caso de lo que fácilmente se podía considerar mentiras del enemigo. Me refiero a los folletos que soltaban los americanos desde los aires, anunciando el final de la guerra. Cierto que era verdad, ¿pero él cómo podía saberlo? Cualquiera que fueran sus motivos al atacar a aquellos pescadores, creo que mereció el homenaje que le rindieron. De hecho, he de reconocer que yo no habría podido aguantar tantos años viviendo en una cueva. Y la prueba es que sólo resistí seis años en condiciones materiales mucho más propicias. Eso se llama disciplina.

shoichi yokoi
Shōichi Yokoi, sargento del Ejército Imperial Japonés (Fotografía: El Diario del Pueblo).

Yokoi era un buen soldado, pero no tenía talento para el mando. Nunca buscó escapar de la isla a diferencia mía. Mi fuga apenas duró un poco más de tres meses y, cuando me volvieron a apresar, me mandaron al fin del mundo para evitar que me volviese a escapar. Pero esos fueron los años finales de mi otra vida. Mi historia reciente asemeja en ciertos aspectos mi vida pasada. Nací nuevamente en una isla. En este caso, Puerto Rico. Me dirigí a Nueva York; la actual capital del mundo con una beca fullbright para hacer mi carrera en economía. Ahí conocí a Josephine Stewart, una de las hijas del multimillonario de los medios de comunicación.

Pronto me di cuenta de que lo mío era mandar sobre los hombres. Ya no podía ser en el campo de batalla; un trabajo mal visto en nuestros días. Ya no se podía adquirir ni la gloria ni el poder a través de esta noble profesión. La sociedad se había vuelto pusilánime en doscientos años y se asustaba si se topaba con un cadáver en la calle. Supongo que Yokoi coincidiría con mi diagnóstico. A fin de cuentas, acabó repudiando a la sociedad de su tiempo y luchando por el ecosistema. Yo, en cambio, me di cuenta de que los negocios eran una forma de hacer la guerra por otros medios. Adquiriría tal fortuna que, a su debido tiempo y con un mensaje populista plagado de invectivas contra los inmigrantes, conseguiría la Presidencia de Estados Unidos.

Por ello, mi primera decisión, tras la boda, fue convertirme en americano de pleno derecho. Y la segunda, crear esa fortuna en la Bolsa de Valores. En algo sí se parece la Bolsa a un campo de batalla, las consecuencias. Los resultados de una decisión bursátil pueden conllevar a la pérdida de trabajo de miles de personas, suicidios colectivos o el hundimiento de un país entero. Además, ya no es necesario demostrar la superioridad intelectual o la mayor fuerza. Tan sólo es necesario esparcir un rumor y esperar a que cunda el pánico en las filas enemigas. Da igual que se trate de una mentira, acabará convirtiéndose en realidad.

emperador de wall street
Imagen: Cairopolitan

Al igual que en mis antiguas campañas, mis operaciones eran veloces e imprevistas. Veía el objetivo y ordenaba el ataque a mis soldados-funcionarios. Pronto me gané una fama universal y, cuando alcancé los mil millones, el mote de “El emperador de los negocios”. Qué dulce y querido era ese apodo. Qué tiempos tan bellos me recordaban al lado de mi Josefina.

No obstante, cometí un error garrafal de cálculo que me costó una derrota tan amarga como la que sufrí en Bélgica tiempo atrás. Invertí grandes cantidades en bonos de las hipotecas o, como todo el mundo las conoce, acciones subprime. Nunca pude probarlo, pero sé que fue un plan urdido por mis enemigos los ingleses y sus primos; los americanos ingratos. No les importó destruir Grecia y otros países con tal de destruirme. Perpetraron una tormenta perfecta de los mercados que llevaron bancos y aseguradoras a la quiebra. Ése fue mi Waterloo moderno. Y ahora me encuentro atado en esta lóbrega habitación, esperando ser rescatado.

—Ten mucho cuidado con ese paciente –le dijo el celador a su relevo novato–. Es un ex-millonario que perdió toda su fortuna en la última crisis y se cree la reencarnación de Napoleón


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Como es afuera es adentro

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Desde la azotea de la casa se ve la plaza del pueblo, un jardín en donde los viejos observan a la gente entre dos juegos de ajedrez. En donde los niños se roban las naranjas de los árboles cuando el jardinero está distraído y los novios se encuentran a la salida del trabajo. Los sábados, un tianguis la asfixia.

Desde la azotea, también se ve el campanario que ahora se usa cada vez más para replicar los dobles, ese lamento de campanadas largas, tristes, que anuncian la muerte de alguien. Se ve el atrio de la iglesia, con la cruz de cantera para persignarse antes de entrar. A las mujeres que llegan tarde, pero guapas; a los hombres de botas relucientes. A las jóvenes furtivas que voltean de un lado a otro antes de entrar a pedir un milagro. Al cura que barre él mismo la calle; al sacristán y a los monaguillos.

Es un pueblo lleno de vida que, un día, se quedó vacío. Las puertas de la iglesia se cerraron y la plaza se acordonó. Las hojas de los árboles se acumularon en las esquinas.

pueblo solitario
Ilustración: Leonid Afremov.

La casa de la azotea con vista al pueblo también se vació. Sólo quedó un matrimonio que la cuidaba desde hacía años. Acostumbrados al movimiento en los pasillos, al escándalo a la hora de las comidas y a las risas de los niños, los días les parecían eternos. Él leía libros de herbolaria, ella bordaba. Tenían prohibido salir más allá de la única tienda abierta en el pueblo. Compraban lo necesario para la semana y regresaban al encierro. El virus que azotaba al planeta se había adueñado de sus vidas. Aprendieron a llenar horas muertas y a buscar consuelo en pequeñas ilusiones. Por las tardes, subían dos sillas a la azotea y esperaban a que pasara el cura por el atrio para platicar un momento con él a gritos.

Pasaron los meses y, al igual que el anciano matrimonio, la gente del pueblo empezó a acostumbrarse a las nuevas rutinas. Los trabajadores del campo eran los únicos que salían con libertad. En las calles vacías, notaron cosas que nunca habían visto: una huerta detrás de un muro de piedra o macetas llenas de flores en una fachada. En las casas, los niños inventaban mundos para escapar del aburrimiento.

Hace unos días, el delegado anunció que ya se puede dejar el encierro. Pero algo cambió en el interior de la gente. Ya nadie quiere salir. Se ha hecho costumbre oír la misa por altavoz y los trabajadores del campo le han tomado gusto a las reuniones en familia. El matrimonio con vista a la plaza ha puesto una sombrilla en la azotea. Desde ahí observa, como un teatro, los encuentros de los novios, los únicos humanos en las calles repletas de pájaros que le han perdido el miedo a los hombres.

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